Esta pretende ser la historia de quince supervivientes en un mundo devastado y plagado de zombis. Los protagonistas son familiares y amigos míos que habrán de interactuar para llegar hasta el último capítulo. Pero, irremediablemente, algunos de ellos se habrán de quedar en el camino.
(Esta es una sinopsis patrocinada por Doxma)

29 ene. 2016

03. UNA COLUMNA DE HUMO

El lugar en el que se registró el primer caso del que se llamaría Síndrome Imee fue en la ciudad filipina de Butuan. 
Una joven trabajadora de la limpieza del Maternity Hospital volvía a casa después de una jornada laboral especialmente dura. Dijo encontrarse tan cansada que se acostó nada más llegar. Su familia la llevaría de nuevo al hospital horas después porque el proceso febril en el que se había sumido iba en aumento. La temperatura que alcanzó su cuerpo fue tan alta que perdió finalmente el conocimiento, entrando minutos después en estado de coma. Los médicos se esforzaban por encontrar la causa de tan radical desenlace. 

Un par de horas después, en la misma isla de Filipinas, pero en Ciudad Quezón, un camionero se detenía en el arcén de la autovía y hacía una llamada al servicio de urgencias pidiéndoles que mandaran una ambulancia, pues se sentía desvanecer por la  alta fiebre. Cuando ésta llegó al lugar, encontraron al hombre delirando en el interior de su camión, y al ingresar en el hospital, también había entrado en coma. 

Tan solo dos días después había registrados 7 casos más en Ciudad Quezón, 6 en Olonpago y 4 en Manila. Todos con el mismo proceso: alta fiebre, delirio, pérdida de conocimiento y coma. 
Las autoridades sanitarias dieron la voz de alarma a los departamentos gubernamentales de todas las islas. Algo muy extraño estaba sucediendo. 

Se aislaron los 19 casos,  que no mostraron evolución alguna en los siguientes días, y se empezaron a llevar a cabo protocolos de actuación ante posibles nuevos brotes de lo que parecía un virus agresivo, y totalmente desconocido que los facultativos analizaban con sumo cuidado.

Entonces sucedió algo imprevisto: diez de los afectados por ese  virus murieron de repente el mismo día, con intervalo de unos minutos de unos a otros. En las autopsias se descubrió algo asombroso: sus  órganos internos habían sufrido una transformación inimaginable, habían perdido toda el agua de sus células y se mostraban rígidos, secos y acartonados. Solo la piel externa seguía ofreciendo un aspecto normal, incluso saludable. 

Todavía no se habían inhumado todos los restos cuando otro hecho insólito vino a ocupar la portada de diarios de todo el mundo:  Imee, la primera afectada, la limpiadora de Butuan, había despertado. 
A pesar de que sus funciones vitales recobraron la normalidad y de que los posteriores análisis fueron positivos, la joven se mostraba ausente y no reaccionaba a las muestras de cariño de sus familiares. Imee respondía con naturalidad y coherencia a cualquier pregunta pero había algo extraño en su personalidad que la familia notó enseguida: ya no sonreía. 
En los dos días posteriores a ese regreso del coma de Imee, fueron despertando los otros ocho aislados, como si se tratara de la evolución natural de tan extraño proceso de incubación vírica. Médicos y científicos estaban estupefactos ante algo tan insólito.

Todos presentaban las mismas  características físicas de Imee: derrame en los ojos y labios de un vivo carmesí, e idénticas particularidades en su nueva personalidad: suma tranquilidad, indiferencia ante muestras de felicidad e incapacidad no solo de reír, sino también de llorar. 

Nada hacía presagiar que “la triste Imee”, como era ya conocida en medio mundo, protagonizaría, días después de recibir el alta, un terrible episodio, que sería el primero de tantos otros que la humanidad entera estaba a punto de vivir con horror. 

Caminaba por la calle con su madre cuando una señora que llevaba un pequeño perro en los brazos pasó junto a ellas.  De repente la joven se abalanzó hacia el animal, lo aferró con fuerza con sus manos y lo destrozó a dentelladas ante el horror de su madre y la propietaria del animal, que intentando arrebatar a su perro de las manos de lo que parecía una fiera con aspecto humano, fue también mordida con fuerza en una mano. 
Los transeúntes, incapaces de reaccionar,  fueron testigos de cómo el perro moría entre alaridos de dolor y cómo la joven lanzaba finalmente una masa sanguinolenta al suelo, mostrando una cara bañada en sangre, unos ojos demoníacos desorbitados y una boca que aún masticaba las vísceras del animal. 
A pesar de tan impactante escena, el suceso no tuvo demasiado eco. 
Al día siguiente los rotativos tenían en sus páginas una noticia de mayor alcance, que eclipsaría a la anterior: en Estados Unidos había 85 casos de altísima fiebre que desembocaba en coma. 
….......................................................................... 

Tomás se incorpora con dificultad para mirar a través del hueco de la puerta, que ha quedado abierta. Sigue confundido ante la extraña reacción de Nerine de salir de allí a toda prisa.  Por unos segundos le pasó por la cabeza la idea de que aquello fuera solo teatro, una trampa por su parte para comprobar qué haría él  si se le presentara  la oportunidad de escapar, y que si lo intentaba reaparecería descendiendo la escalera, con una gran sonrisa, un  largo cuchillo y aquella dulce voz diciendo: “¿A dónde crees que vas, darling?” 
   
Sin embargo oyó el rugido del motor al arrancar y cómo el sonido se desvanecía al dejar el recinto de la gasolinera y continuar por la carretera. 

No entiende nada, pero tampoco le extraña demasiado; los locos no actúan de forma lógica, y no le cabe duda de que Nerine está loca. 

Consciente de que cada segundo es vital si quiere salir de allí, mira a su alrededor buscando la forma de librarse de las cuerdas que le tienen inmovilizado de pies y manos. A duras penas consigue levantarse, y dándose impulsos sale saltando al espacio más amplio en el que la australiana ha estado viviendo. 
Las velas son más grandes allí y sus llamas más vivas, por lo que coloca la cuerda que rodea sus muñecas sobre la más próxima y consigue desprenderse enseguida. 

Masajea la rojez de sus doloridas muñecas e inmediatamente se sienta en el suelo para desatar la otra cuerda que aprieta con fuerza sus tobillos. 
En ese instante escucha un estruendo a sus espaldas que lo sobresalta y le hace mirar atrás. 
 Un tipo muy alto, sin camisa, acaba de caer rodando por la escalera. Tomás se incorpora  de un brinco, pero al no haber conseguido desanudar la cuerda, pierde el equilibrio y cae sentado en la cama de Nerine. Con el corazón galopando en su pecho puede ver cómo el inesperado visitante se incorpora. Es extremadamente delgado, tanto que todas las costillas resaltan bajo la piel, que se hunde en el estómago como si tuviera una cueva en el lugar de las tripas. Durante unos segundos aterradores, lo que parece ser un muchacho, o haberlo sido al menos, mira desorientado el lugar en el que se encuentra, hasta que sus ojos empañados se detienen en Tomás. Abriendo una boca sin labios por la que escapa el quebrado resuello de los zombis, se encamina hacia él. 

Tomás le lanza con fuerza un cojín a la cara, y ese leve freno es suficiente para ganar los pocos segundos que necesita para volver a saltar hacia el reducido espacio en el que estuvo secuestrado, cerrando la puerta de inmediato. 
Apoyado de espaldas contra la madera que le separa del peligro exterior, percibe enseguida el empuje de ese monstruo de largos brazos y piernas, que es casi un esqueleto.
“Maldita sea”, piensa mientras su mente busca con celeridad la forma de escapar de allí. 
Se vuelve a sentar sin dejar de apoyar la espalda en la puerta. Está cerrada, pero no está seguro de si los zombis sabrán girar los picaportes. 
Maldice una y otra vez a Nerine por haberle atado los pies con tanta fuerza, pues no logra aflojar aquellos nudos, pero cuando finalmente lo consigue se siente tan furioso que empieza a concienciarse de que con miedo o cobardía no llegará a ningún lado. 
El zombi sigue golpeando la puerta desde el otro lado y Tomás sabe que ya no se alejará de allí por más tiempo que pase, por lo que tendrá que enfrentarse a él. 

Entonces se arma de valor y abre levemente la puerta, preparado a ejercer todo el empuje de su cuerpo sobre ella. El zombi introduce los dedos de una mano por la rendija  que ha quedado, momento en el que Tomás vuelve a cerrar con fuerza, escuchando el crujir de todos los huesos, que se parten con la embestida.
- ¡Jódete!, grita Tomás, eufórico, 

Vuelve a abrir un poco la puerta y el zombi introduce toda la mano, con  cuatro dedos a punto de desprenderse de ella. Con un nuevo impacto le parte la muñeca y Tomás  golpea con el puño esa mano huesuda que ha quedado colgando frente a él, hasta conseguir separarla por completo del brazo. 

La facilidad con la que aquellos huesos parecen quebrarse envalentona a Tomás para intentar abrir el hueco un poco más. 

Si el zombi asomara la cabeza, seguramente  podría partirle el cráneo a portazos. 

Decide hacerlo. Abre algo más la puerta y el zombi mete todo el brazo. Para que pueda asomar la cabeza debe permitir que la puerta se abra más, pero no le resulta fácil, pues el zombi sigue empujando y él ha de contrarrestar esa fuerza con el peso de su cuerpo. El brazo manco se mueve de arriba a abajo como una palanca de latex blanco y Tomás siente asco y odio al mismo tiempo. 

Por fin el zombi hace ademán de asomar la cabeza, momento que Tomás aprovecha para abrir lo suficiente como para que la introduzca, y al cerrarla de inmediato consigue aprisionarle por el cuello. 
Tomás embiste contra la puerta con todas sus fuerzas, pero solo consigue que el zombi se mueva con espasmos. Sus voraces ojos le miran y gruñe con rabia, estirando el despellejado cuello. Dentro de la desesperante situación, Tomás se siente afortunado de que ese brazo que ya le toca no tenga mano que pueda agarrarle. 

Una idea surge  como un relámpago y la lleva a cabo. 
Con el corazón desbocado en la garganta, se atreve a abrir la puerta de golpe. Eso hace que el zombi, que ponía todo su empeño en empujar para entrar, caiga de golpe al suelo. Tomás sale pasando por encima de él. Pero cuando quiere cerrar , el zombi es tan largo que la puerta choca con sus piernas. 
En ese momento de pánico en el que está a punto de salir huyendo, ve cómo el zombi encoje las piernas para poder levantarse y eso le permite cerrar la puerta, aferrando fuertemente el picaporte. 
Solo entonces respira aliviado. 

Sin perder tiempo, se dirige a la escalera, pero al ver tantas latas de conserva busca el modo de llevarse unas cuantas. “Pepi y Anasister se alegrarán de poder comer todo esto”, piensa. 
Vacía el relleno del cojín más grande y mete en su interior varias latas y un par de mandarinas. Los sordos golpes del zombi atrapado empiezan a sacarle de quicio por lo que se apresura hacia la escalera, donde se topa cara a cara con lo inesperado. 

Un ser inmundo con profundas heridas en cara y  cuello aparece frente a él y tan próximo se encuentra que percibe  el  leve silbido del aire que  escapa por el hueco de su garganta. 
Tomás retrocede sin dejar de mirarle, desciende un par de escalones hacia el sótano y cierra la trampilla con rapidez. 

Se queda allí sentado, aturdido y decepcionado, escuchando al zombi que golpea la trampilla sobre su cabeza intentando entrar y al que está abajo queriendo salir.
…................................................................................................... 

Aquella aldea parece totalmente abandonada, y Anasister empieza a sentirse más relajada. 
Con un hacha afilada, deambula entre las casas intentando dejar el miedo a un lado. Pepi, en cambio, no deja de mirar hacia todos lados, sin bajar la guardia en ningún momento. 

Han tenido la gran fortuna de hallar un lugar con árboles frutales y corrales abiertos a un  prado en declive, por el que, entre chopos de tronco plateado, discurre a lo lejos un riachuelo de agua cristalina. De esos corrales salen y entran gallinas que picotean las plantas y escarban la tierra buscando alimento. En sus gallineros han encontrado huevos y ya han decidido qué gallina asarán a la brasa. 

- Anasister, ¿no te parece que aquel huerto está muy cuidado para estar abandonado? 
- Pues sí, la verdad, pero no sé, la primavera es así de agradecida. Todo brota de nuevo. 
- Tengo la sensación de que tarde o temprano va a aparecer alguien, y eso me pone muy nerviosa. 
- Intenta relajarte, Pepi, ya has visto que todas las casas están abiertas pero aquí no hay nadie. 
- Solo hemos entrado en cinco o seis, quedan muchas. 
- No tantas, creo haber contado doce. Más tarde terminaremos de mirar bien por todas. Pero si hubiera alguien ya habría salido, mujer. 

La brisa matinal ha terminado despejando la nubes del cielo y ahora luce un azul intenso en el que resalta la columna de humo que sale por la chimenea de la casa más grande, en la que ambas dejaron, nada más levantarse, un fuego encendido. 

Cuando Anasister se percata de tan llamativa imagen, hace saber a Pepi lo que se le acaba de ocurrir. 

- Pepi, ese humo debe de estar viéndose desde mucha distancia, pero aún podría verse mejor. ¿Qué te parece si hacemos una hoguera grande aquí en el prado? Echándole ramas verdes por encima saldría más humo todavía. 
- ¡Sí! - exclama Pepi, entendiendo su propósito – Tomás no puede andar muy lejos. ¡Podría  ver nuestra señal y encontrarnos! 

Cuando media hora más tarde tienen una gran pila de leña seca preparada, descubren con disgusto que solo les quedan tres cerillas. 
La primera, a pesar del sumo cuidado que ponen en que prenda todo cuanto antes, se apaga por culpa de la brisa. 
 - Pepi, tenemos que encontrar algo que sirva de parapeto contra el aire. ¡Espera! 
- se aleja unos metros para volver con una oxidada chapa metálica que había apoyada contra un muro- Quizás esto sirva. 

En el segundo intento todo sale bien, y la hojarasca puesta en la base pasa de inmediato de su color marrón a un naranja vivo del que pronto surge  humo en espirales  y empiezan a aparecer fugaces llamas que se cuelan por todos los huecos como huidizas serpientes. 

Como habían previsto, la columna de humo que empieza a alzarse es espectacular y las dos miran al cielo  satisfechas. 

Dentro de un rato echaremos ramas verdes, ahora tenemos que encontrar cerillas o algún mechero. Por alguna de estas casas tiene que haber a la fuerza. 

- ¡Seré tonta! - exclama Pepi- ¡Si en mi mochila tengo un mechero! - y,  tras unos segundos mirándose, ríen las dos. 
- ¡Ay, estos nervios, que no nos dejan pensar...! Bueno, de todas formas vamos a explorar y coger todo lo que nos pueda servir. Cerillas y mecheros nunca van a sobrar. 

Toman de nuevo sus hachas y comienzan a caminar hacia las casas que se encuentran más cerca del arroyo. 

La mayoría de ellas, construidas con grandes piedras, tienen dos plantas, y por lo general en la segunda  encuentran una gran cámara vacía utilizada para guardar el grano. 

Las inspección por las dos primeras casas resulta infructuosa. Los cajones no contienen nada. Las despensas solo están llenas de polvo. 
En la tercera encuentran una caja repleta de velas y Pepi mete una decena en su mochila. No hay cerillas. 
La cuarta casa no tiene más que una planta pero en la despensa hallan tarros con arroz y lentejas , lo que las alegra tanto  como si hubieran descubierto un tesoro de monedas de oro. 
En la siguiente, un caserón enorme,  hay bastantes muebles en cuyo interior encuentran sábanas, mantas y algunos abrigos de terciopelo negro en un armario que huele a naftalina. Un cuadro en la pared lateral de un dormitorio hace que Pepi recuerde a Tomás, por lo mucho que a él le gustan los cuadros antiguos, y no puede evitar que se le humedezcan los ojos. 

En la segunda planta, un gran tonel colocado delante de la doble puerta de la cámara del grano impide que  se puedan abrir. 
- Ayúdame a mover esto, Pepi. 
Pero pronto descubren que el tonel está tan lleno de líquido que pesa demasiado para que ellas sean capaces de apartarlo siquiera unos centímetros. 
- Aquí abajo hay un tapón, ¿lo quitamos? 
- Sí, aunque sea por ver si es agua o vino o qué. 
Pero tampoco consiguen extraer ni un centímetro de ese gran corcho que parece llevar siglos allí presionado. 
Entonces Pepi le da golpes con el filo del hacha y el tapón se mueve un poco. En los siguientes intentos el saliente de corcho empieza a desintegrarse. 
- Déjalo, Pepi, solo lo estás rompeindo. Vamos a mirar en la última casa y nos ponemos luego a preparar la comida. 

En el exterior observan  cómo la columna de humo sigue ascendiendo en grandes volutas, como una gruesa pincelada de grises y blancos sobre un lienzo celeste. 
Empezando a caminar hacia la última casa escuchan a sus espaldas un repentino sonido que las sobresalta. 
- ¡Ay, Anasister!, ¿qué ha sido eso?, exclama Pepi pegándose a ella. 

Tras unos segundos de alerta en los que ambas agudizan el oído, perciben el sonido de agua cayendo al suelo. 
Anasister se asoma de nuevo a la casa intuyendo lo que ha ocurrido; el agua que contenía el tonel está cayendo por las escaleras. 
- ¡Anda, mira, al final el tapón  se ha salido solo!

A regañadientes, porque Pepi quiere marcharse ya de allí, la acompaña a subir a  la cámara que les falta por mirar. 
Pisando el suelo mojado se acercan al tonel que, ya vacío, cede a su empuje.
Es Anasister la que abre una de las dos grandes puertas. Pepi, intentando apartar el tonel un poco más, solo ve que Anasister vuelve a cerrarla  inmediatamente, intentando no hacer ruido. 
- ¿Qué pasa? - le pregunta, pero le basta con mirar la cara de Anasister para entender que ha visto algo horrible. 
Hace un amago de echar a correr, pero Anasister le dice que no con la cabeza y le señala el tonel. 
- ¡Empújalo hasta aquí! – le pide en un susurro. 
Pepi la obedece con la cara desencajada por el miedo. 
Como resulta todavía demasiado pesado para ella sola, Anasister se arriesga a dejar de sujetar la puerta y ayudarla. En ese último empuje, el tonel choca levemente con la puerta y ambas quedan petrificadas unos segundos. 
  
Están bajando las escaleras en absoluto silencio cuando empiezan a sonar torpes golpes en las puertas de la cámara. 
Con celeridad, Anasister y Pepi salen  de allí. 
- ¿Qué has visto? - le pregunta mientras corren. 
- No sé, Pepi. - responde entrecortadamente- Gente, mucha gente.  De pie, balanceándose. Hombres y mujeres. Creo que también había niños. 

El hombre está recogiendo sus cañas tras la pesca. Desconoce el nombre de aquel riachuelo, solo sabe que algunos kilómetros más abajo desemboca en uno mayor en el que hace unas semanas vio un cartel que decía Guadalmez. 
Lleva puesta ropa militar de camuflaje con los bolsillos muy abultados por tantas cosas que en ellos guarda.  Tiene una barba muy tupida, la cabeza afeitada  y un gesto duro en sus facciones. 
La mujer también está recogiendo y antes de asir la cesta de mimbre que dejó en la orilla busca en sus bolsillos una horquilla para recogerse el pelo que le cae sobre los ojos. 
En esos momentos levanta la vista hacia el cielo y ve la columna de humo por encima de los árboles que rodean la vaguada. 

- ¡Holden! - exclama, señalando el lugar - ¡Mira! 
 - ¿Y ese humo? - dice él muy asombrado. 
- Eso es en dirección a la aldea, ¿no? 
- Eso me temo. ¡Mierda! Venga, recoge rápido, Ángeles, quiero ver qué pasa. 
- Sabía que no tardaría en aparecer gente – dice ella con gesto de preocupación. 
- Vamos a ver qué tipo de gente es esa. Pobres de ellos como vengan a joder lo que hemos conseguido. 
Nerine conduce a más velocidad de la que está acostumbrada. Ve claramente una gran columna de humo a su derecha. Piensa que debe venir  de la aldea y se pregunta si tendrá que ver con los tres desgraciados que se llevaron su coche. Como no puede arriesgarse a perder el tiempo prefiere seguir algunos kilómetros más, por si logra verles y darles alcance. Si no los ve, volverá para averiguar qué es ese humo. 
…............................................................... 

A.B. se limpia con el envés de la mano los dulces regueros de zumo que resbalan de su boca. Se está dando un atracón de cerezas, eligiendo las más grandes de cada árbol. Fran y Roquito también sacan provecho de lo que les ofrece aquel bancal que apareció de repente ante sus ojos. 

Roquito levanta los ojos al cielo. 
- ¡Mirad allí! 
- ¡Humo!, exclama  Fran. 
- ¡Viene un coche!, les comunica A.B. 
Roquito se pone en cuclillas pues los cerezos no le dejan ver la carretera. 
- ¡¡Es el Mustang!! - les dice con asombro 

El Ford Mustang azul se acerca a toda velocidad y al llegar a la altura del Peugeot, que han dejado en el arcén, hace una brusca maniobra y choca contra él, haciéndolo volcar de lado en el bancal de los cerezos. 

24 ene. 2016

02. EL DESCONOCIDO


Pepi ha dormido poco y mal. Abrazada a sus rodillas mira a través de la penumbra las siluetas de los muebles de aquella habitación. Tratando de apaciguar su desasosiego, se entretiene siguiendo con la vista los dibujos de aquella colcha de hilo que cubre la enorme cama. En aquel lugar el techo es tan alto y todo es tan grande que Pepi es casi una miniatura de sí misma, y se siente como una muñeca pequeña y triste.

Estaba deseando que amaneciera y la luz del sol lo inundara todo, pero de nuevo el día se presenta frío y con nubes plomizas y, por si fuera poco, ha comenzado a llover con fuerza, volviendo más gris su ánimo.

Durante la noche ha notado cómo Anasister, que aún duerme a su lado, se agitaba en varias ocasiones y su sueño ha sido como el de ella, muy intranquilo. Le apetece despertarla para no sentirse tan sola, pero la deja dormir. Siempre es importante caminar descansado y bien despierto.

Hace dos días que Tomás se extravió, o quizás fueran ellas las que no le esperaron lo suficiente y se extraviaron de él. La impaciencia es una mala compañera de viaje, y el paso del tiempo se eterniza cuando se espera algo con ansiedad. Ahora sigue lamentando haberse alejado y se pregunta si habrá hallado refugio, si verá los carteles que dejaron para él, si será capaz de encontrarlas.
Porque algo peor... no lo quiere ni imaginar.

Fue casi un milagro hallar aquella casa abierta que les diera cobijo antes de que anocheciera. Pudieron inspeccionarla con algo de luz todavía y encontraron mantas que añadir a aquella cama de la segunda planta. Solo cuando atrancaron bien la puerta se quedaron las dos tranquilas.
Cuando se despierte Anasister investigarán toda la aldea, que aparentemente está abandonada. No tienen demasiadas provisiones y necesitan también más abrigo. Está siendo una primavera muy inestable y podrían llegar días de verdadero frío.

- ¿Dónde? – dice Anasister de golpe, asustándola.
Sin embargo no se ha despertado y sigue durmiendo. Pepi se acomoda junto a ella, intentando descansar también.
Todo va a salir bien” - se repite una y otra vez . “Todo va a salir bien”

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- Voy a bajar a echar un vistazo – dice Fran tras apagar el motor del coche.
- ¿Te acompaño? - pregunta Roquito, y se vuelve para mirar a A.B. - ¿Te esperas aquí un minuto?
- Si, pero solo si os tengo a la vista todo el rato. ¡Nada de dejarme aquí sola sin veros!
- OK, me llevo a Lucille – dice Roquito cogiendo su barra.
- ¡No me digas que le has puesto nombre! – dice Fran.
- Es ya parte de mí. ¡Necesitaba un nombre!

Ambos abren la puerta al mismo tiempo y también la cierran a la vez. En ese intervalo, el sonido de la lluvia golpeando la superficie metálica del techo de la gasolinera se asemeja al de una ovación, y A.B. recuerda de inmediato aquella vez en que puso al público en pie en un concierto. Por un instante le parece que aquello no ocurrió nunca en realidad, que es solo un bonito sueño dentro de la continua pesadilla de este nuevo mundo en el que está atrapada y al que siente no pertenecer.

Pocas cosas echa más de menos que su piano. Le dolió en el alma tener que dejarlo atrás. No hubo más remedio, la situación se volvió crítica, y el incidente en una pequeña tienda a la que había entrado varias veces para conseguir alimentos, cuando el dueño le disparó y la bala impactó a pocos centímetros de su cabeza, la asustaron de tal forma que desde entonces tuvo miedo de estar sola.
En aquellos primeros meses tras la catástrofe hubo algunos comerciantes que se negaron a aceptar que sus negocios ya no tenían razón de existir y los defendieron a muerte ante los saqueos.
No teniendo a dónde ir, decidió ir en coche por la autopista a casa de su amiga Anasister, a muchos kilómetros de allí.

El trayecto por la ciudad hasta la carretera fue peor de lo que ella imaginó y hubo ocasiones en que pequeños grupos de zombis arremetieron contra su coche. Uno de ellos, al que le faltaba una mano, tenía unas esposas colgando de la otra muñeca y los golpes contra el cristal le provocaron un ataque de pánico. Ese mismo zombi, cuando A.B. aceleró para dejarlo atrás, quedó enganchado por la cadena de las esposas al espejo retrovisor, junto a ella, y lo llevó arrastrando durante varios kilómetros, sin poder deshacerse de él por más que frenaba y aceleraba. Con los nervios destrozados por la situación, terminó arremetiendo de lado contra una farola, rompiendo el espejo y perdiendo de vista por fin a aquel ser inmundo.

A.B. vuelve a sentir un bocado en el estómago. Para no pensar en su hambre intenta centrarse en algún recuerdo agradable.
No encontró a Anasister, pero sí a su hermano Fran, y el abrazo que se dieron y la sensación de seguridad que sintió fue una de las cosas más gratificantes que le habían sucedido en años.

También recuerda con emoción y cariño los cuidados a aquella anciana enferma que tenía Fran en su casa, razón por la que demoró su viaje hacia el sur con sus hermanos.
La mujer murió finalmente, sin saber nunca lo mucho que había cambiado el mundo. A.B. tiene grabado en su mente aquel instante en que se asomó a la ventana y, desde la cama, la anciana le preguntó qué tal día hacía.
- Un día maravilloso, le dijo con una sonrisa mientras veía cómo la calle era un enjambre de seres descompuestos caminando sin rumbo en todas direcciones.

Las puertas del coche se abren y entran Fran y Roquito, sacándola de golpe de aquellos agridulces pensamientos.

- Ahí adentro hay alguien – le comunica Roquito.
- ¿Lo habéis visto?
- No, - dice Fran - pero todo apunta a que se ha encerrado.
- ¿Por qué lo crees?
- Al llegar me ha parecido ver cómo se apagaba una luz. Hay un cierre metálico con candado en la entrada, pero el cristal de la puerta está roto y al asomarme olía a vela recién apagada. Diría que alguien que nos ha visto llegar, la ha apagado y se ha escondido.
- Pero es que además se ven pieles frescas de naranja por el suelo – añade Roquito
- ¡Ay, por favor, naranjas...! - murmura A.B. , anhelando morder una.
- Y el candado está en la parte de dentro – prosigue Roquito- Si hubiera salido, al cerrar lo habría dejado por fuera.
- ¿Pero habéis gritado para que os oyera?
- Claro, pero no contesta.

El chaparrón ha empezado a remitir y A.B. propone volver a bajar.
- ¡Pues si está dentro que dé la cara!
Desciende del coche y se adelanta decidida.
- ¡Con precaución, A.B.! - le dice Fran corriendo para ponerse a su lado- No sabemos qué tipo puede haber ahí.

A.B. se asoma por el agujero de la puerta a través del cierre de tijera. Está demasiado oscuro para distinguir las cosas con claridad, pero puede ver bien las pieles de naranja.
- ¿Oiga? - grita- ¡Sabemos que está ahí! Por favor, tenemos hambre, ¿puede darnos algo de comer?
El silencio es la única respuesta.

- ¡Esperad, vuelvo enseguida! – dice Roquito.
Ha decidido rodear el establecimiento por si encuentra algún otro acceso.
En la parte de atrás hay una puerta abierta. Se asoma con Lucille bien sujeta entre sus puños. Es un aseo público. El lugar está en absoluto silencio. Hay muchos azulejos que han caído al suelo y también se ven muchos cristales rotos que crujen bajo sus botas. El polvo cubre por completo lavabos y espejos.
Su mirada se detiene en una cabellera gris que asoma por el muro previo a los inodoros. Por unos segundos piensa que hay una mujer muerta allí pero al cerciorarse descubre que es tan solo el mocho de una fregona acartonada.

Vuelve al exterior y sigue inspeccionando el lugar. La acera es muy estrecha en toda la parte posterior del edificio y un gran solar de hierbas altas y arbustos llegan hasta el mismo bordillo. Cuando está a punto de dar la vuelta y volver sobre sus pasos ve un destello rojo entre la tupida vegetación espinosa y se acerca con precaución a comprobar qué es aquello.

- ¡Solo necesitamos hablar un momento! – está gritando Fran cuando Roquito vuelve.
- ¿Alguna novedad? - les pregunta.
- Sigue en silencio, pero hemos oído un ruido. Está claro que se esconde. ¿Y tú?
- ¡Buenas noticias! Ahí detrás hay un Peugeot 208 en perfecto estado. Ruedas con presión y el depósito lleno.
Fran y A.B. le miran con expresión interrogante, momento en el que él les muestra lo que tiene en las manos.
- ¡Y con las llaves puestas!

Es en ese instante cuando del interior del establecimiento surge un grito agudo que les sobresalta.
OH, DAMMIT!! LEAVE ME ALONE!!”

Es la voz de una mujer a la que esperan ver asomar por fin, pero los segundos transcurren y sigue oculta en las sombras. Al escuchar que ha hablado en inglés, interviene Fran.
- Excuse me, we need some help. Our car...
- Sé hablar su maldito idioma – le interrumpe furiosa- Ustedes no respetan nada, ¿verdad? Todos quieren tomar lo que no es suio.
- No, escuche, por favor – dice Fran asomándose pero sin lograr verla- solo hemos parado porque nuestro coche tiene las ruedas muy deshinchadas. Veo que falta la válvula para poder hincharlas, ¿la tiene usted por ahí?
- ¿Ni siquiera puedo morir tranquila? Estoy muy enferma, ¿saben? Y ni eso me van a dejar hacer, morirme sin que me molesten ¡Maldito país y maldita gente!
Fran, Roquito y A.B. se miran con desconcierto.
- Señora, ¿tiene alguna naranja por ahí? - pregunta A.B. ante la mirada de reproche de Fran, que le hace un gesto para que se calle.
- Escuche, vamos hacia las playas del sur, estoy siguiendo la ruta que tomaron hace días mis hermanos. ¿Ha pasado alguien por aquí en este tiempo?
- Ya le he dicho que estoy enferma, yo no he visto a nadie porque no puedo salir.
- ¿Y qué come esta mujer? - murmura A.B.
- Siento que esté enferma- prosigue Fran-  ¿Por qué no me deja que la vea? Es incómodo hablar así. Acérquese al menos.
- No, no me obliguen, tengo la cara iena de iagas. Mi enfermedad puede ser contagiosa, así que ustedes mejor se largan ia. Hay una aldea no muy lejos de aquí, y un pueblo algo más allá, busquen comida por allí.
- ¿Un pueblo? ¿Qué pueblo? No hemos visto ningún cartel.
- ¿Acaso queda algo en pie hoy? La gente está loco, arrasa con todo.
- Señora, una cosa... – dice esta vez Roquito asomándose por el hueco- ¿es suyo el coche de ahí detrás?
- Sí, es mío.
- Pues nos los vamos a llevar.
- ¿Lo ven? - grita- ¡No respetan nada! Escoria, todos son escoria en este país. ¡Io les maldigo a todos!
- No se preocupe – responde Roquito – que la vamos a dejar morirse tranquila. Por eso nos lo llevamos, porque ya no lo va a necesitar - Y apretando los brazos a Fran y A.B. exclama- ¡Vámonos!

Fran va al Ford Mustang a coger las mantas y las mochilas.
- Señora – dice al volver a pasar junto a la puerta - dejo puestas las llaves de nuestro coche, por si cambia de planes. Le advierto que las ruedas están fatal y no debe de quedarle mucha gasolina. ¡Suerte!
- ¡Váyanse al infierno!

La mujer se acerca al ventanal cuando salen con su coche a la carretera. Se queda mirando cómo se pierde en la distancia. Tiene el pelo rojizo, bien cepillado y su aspecto es saludable. Mete una mano en el bolsillo de su bata y saca un caramelo. Le quita el envoltorio sin dejar de mirar el punto rojo ya apenas visible y se mete el dulce en la boca.

Después vuelve a la oscuridad, levanta una trampilla del suelo y baja por unas escaleras. Llega a un sótano iluminado por muchas velas. Suspira satisfecha al mirar su pequeña cama llena de almohadas, su colcha de vivos colores, su cajón lleno de libros, sus latas de conserva, su frutero con naranjas, su Biblia en la mesita...

Al fondo hay una puerta a la que se acerca y toca con los nudillos antes de entrar.
- ¡ Pasó el peligro, darling!
Es un cubículo muy reducido que huele a humedad. Hay un hombre tumbado sobre una alfombra muy sucia, con cuerdas anudadas en las muñecas y tobillos. Un par de velas muy consumidas iluminan pobremente desde un rincón. 
La mujer se arrodilla junto a él, sonriente, para quitarle el esparadrapo que le cubre la boca.
- Perdóname por ser tan desconsiderada contigo, pero es que esa gente tan odioso no se marchaba.
- Señora, por favor... - suplica el hombre cuando puede por fin hablar .
- Oh, darling, no me llames seniora, no me gusta, Ilámame Nerine, ok?
Le acaricia la cara mientras le sonríe.
- ¿Quieres que te prepare algo de comer?

De repente se le borra la sonrisa de la cara y se le endurece la mirada.
- ¡¡¡OOHH, SHIT!!!

Se levanta apresurada y sale de allí.
- SHIT, SHIT, SHIT!! - maldice mientras sube las escaleras.
Busca desesperadamente la llave del candado en el cajón del mostrador y al encontrarla se abalanza para abrirlo. Aparta de un golpe el cierre metálico y sale corriendo hacia el coche azul que dejaron los visitantes.
Lo arranca y conduce hacia el lugar por donde se marcharon con su coche y su frasco de Doxma en la guantera.





19 ene. 2016

01. HACIA EL SUR

- Ya está amaneciendo, dice Fran rompiendo el silencio. 

Regula el espejo retrovisor para mirar el asiento de atrás, donde A.B. sigue durmiendo bajo dos mantas gruesas.
Roquito abre unos instantes los ojos y los vuelve a cerrar. 

- Joder, qué frío hace, murmura al tiempo que se arrebuja en su manta hasta la barbilla.
 

Fran arranca el coche dispuesto a continuar, despertando de golpe a A.B., que se incorpora alarmada.
- ¡¡Qué susto, Fran!! ¡Cuando vayas a arrancar, avisa primero!
 

El coche empieza a salir del enorme matorral en el que se camuflaron al anochecer. Con precaución, avanza por el accidentado terreno hacia la carretera.
Los neumáticos del vehículo necesitan presión urgentemente y cada vez que el coche se balancea en los socavones, Fran aprieta los dientes preocupado. No se pueden permitir prescindir del vehículo ahora. No más caminatas mientras puedan evitarlo.
 

Ya en terreno firme, a poca velocidad, continúan su viaje hacia el sur.
 

El cielo tiene el mismo color de la carretera y parece fundirse con ella en el punto en que se unen en el horizonte. Hay brillos húmedos en las nubes menos densas, las que la luz del sol débilmente logra atravesar. También empiezan a brillar los andenes de la carretera por los reflejos del amanecer sobre el rocío.
El Ford Mustang azul que sacaron del garaje de algún rico coleccionista parece ser lo único que se mueve en aquella inmensa llanura helada.
La carretera se vuelve interminable, infinita, como infinitos e interminables son los pensamientos de Fran mientras conduce.
 

Cuatro años después de que se desatara aquella maldición mundial, los corazones de los supervivientes parecen estar cicatrizando. Hubo quienes no se adaptaron a la terrible situación y optaron por quitarse la vida, así como un inmenso número de gente que enloqueció, muchos de los cuales quedaron solos y desamparados, expuestos a ser presa fácil de la marabunta.
La cosa podía haber sido muy distinta de no ser por la incomprensible resurrección de los muertos, y de que estos se convirtieran en devoradores.
Una vez pasadas las fases de negación, de depresión y de ira de todos aquellos que lograron salvarse, llegó la aceptación de los hechos. Por muy difícil que hubiera sido comenzar de nuevo, tanto a nivel individual como colectivo, el instinto de supervivencia triunfaría finalmente. Muy despacio, adoptando una nueva forma de vida, las sociedades habrían sabido renacer.
 

Pero a la desesperanza de una adaptación tan difícil y que tanto costaba asumir, se sumaba hoy el pánico a la constante amenaza de esos otros seres que deambulan por las ciudades y los campos.
No parece haber lugar seguro. En cualquier punto en que en su día fuera posible vivir, pueden seguir existiendo.
 

Fran los odia con una furia incontenible. Su forma de caminar, como si sus huesos fueran a quebrarse en cualquier momento, le exasperan. Sus cabezas inclinadas, que en algunos casos casi se apoyan en los hombros como si tuvieran cuellos de goma, le parecen una caricatura del horror, la materialización de las pesadillas más absurdas y grotescas. Aborrece sus cuencas hundidas, sus miradas perdidas, sus llagas purulentas, la carne putrefacta que se desprende de sus huesos, su aliento fétido, sus abominables gruñidos...
 

La voz de Roquito, a su lado, le saca de su abstracción.
- ¿Estás bien, Fran?
Fran asiente después de un hondo suspiro.
- Tienes las manos blancas de lo fuerte que aprietas el volante. Tranquilízate, hombre, encontraremos a Tomás y Anasister, ya verás.
 

Fran no ha dejado de pensar en sus hermanos, que junto con Pepi, se dirigieron hacia el sur unas semanas atrás. Todos los supervivientes, o la gran mayoría al menos, han decidido obedecer a las pintadas que, como un eco se repiten por todas partes. En las terrazas de algunos edificios, en los puentes de varias carreteras, en las partes más visibles de los lugares donde antaño hubo más tráfico, hay sábanas con letras grandes. "UNÁMONOS EN LAS PLAYAS DEL SUR. LA UNIÓN HACE LA FUERZA".
 

Roquito abre la guantera y saca de allí su inseparable gorra azul, con un parche cosido en la parte delantera que muestra el número 78. Es amigo de otro hermano de Fran, el único de quien no tienen noticias. De los tres ocupantes del vehículo, sólo él se ha enfrentado directamente con los que llama "los putozombis.” Lo ha conseguido gracias a una barra de hierro que siempre lleva consigo. Se siente bien alentando a sus compañeros ante el peligro.
 

- Recordadlo siempre - dice de repente en voz alta - lo mejor es evitarlos, pero si llegara el momento... ¡sangre fría! Si os dejáis llevar por el miedo estáis perdidos. Tomáoslo como un juego, imaginad que son muñecos y que hay que reventarles el cabolo. Sin titubeos. Y sin dejar de mirar a tu alrededor, buscando siempre el lugar más despejado para salir huyendo. Y nunca quedarse si vienen más, ¿eh? Aunque se os esté dando de puta madre. El ruido les llama en masa.
 

A A.B. le tranquiliza escuchar sus consejos.
-Cuando tuviste que atacar, ¿cómo fue? -le pregunta A.B., que se ha despejado del todo al oirle.
-Cuando decidí salir de mi casa. Villena estaba plagada de putozombis y ya me estaba volviendo loco allí encerrado y sin atreverme a pisar la calle. Había un vecino que les disparaba con una escopeta desde su ventana pero eso era un error porque se agolparon a la puerta de su edificio. Cientos, ¡miles!... Me di cuenta de que cuanto más silencioso seas, mejor. Están atontados y si no te mueves, casi nunca te ven.
- ¿Y cómo lo hiciste?
-Pues estaba claro que no podía salir a la calle sin algo con que defenderme. Estuve a punto de salir con el palo de madera de una fregona. Lo afilé con un cuchillo y todo, pero después me acojonó pensar que se me partiera, así que busqué algo mejor y vi que la barra de una cortina era de hierro macizo. Es perfecta, ni demasiado larga ni demasiado corta y pesa lo justo para manejarla bien. Tenemos que hacernos con otras dos.
- Pero, ¿qué pasó?, ¿cuándo tuviste que matar a uno?
- A los pocos minutos de salir de mi casa. Me acuerdo de que antes de abrir el portón, me até bien los cordones de las zapatillas y pensé: “Que sea lo que Dios quiera.” Estaba desesperado por huir, asi que ya no tenía miedo. Miré bien y salí zumbando en dirección contraria al mogollón que había por el edificio de mi vecino. Creo que en mi vida habré dado zancadas más largas. El caso es que una vez que los dejé atrás me encontré las calles vacías, no había ni un alma por ningún sitio, así que me fui relajando y dejé de correr. Y cuando ya iba andando, en un segundo en que miré atrás para ver si me seguía alguno, me salió uno de entre dos coches y en un segundo me lo vi encima. Uff, mira, fue una reacción inmediata que ni yo mismo me explico, porque aún no me había dado tiempo a reaccionar y ya le había partido la cabeza. Y, joder, me entró una euforia bestial.
 

Por unos segundos quedan en silencio. Un par de cuervos posados en la carretera alzan el vuelo al acercarse el coche. Roquito rompe a reír.
- ¿De qué te ríes?, pregunta Fran
- Pues de que aquella vez no pude controlarme y aun lo machaqué más mientras le gritaba "¡Hijoputa, que susto me has dado!"
-¡¡Loco!! ¿Gritaste? , pregunta A.B.
-¡Ya te digo, como para quedarse callado! ¡Le dije de todo! Y, claro, los que había por los alrededores empezaron a acercarse. Mira, no me preguntéis cómo lo hice pero ya estaba encendido y les reventé la cabeza a todos. Creo que fueron cinco, o seis, no sé. Uno había sido una mujer y lo sé porque llevaba un zapato de tacón, pero tenia todo la cara y pelo quemados. ¡A saber por qué!
 

Un resplandor ilumina las plomizas nubes del cielo.
- Me temo que va a caer una buena, dice Fran
- ¿Y sabéis lo más fuerte?- prosigue Roquito - Que justo a dos o tres metros de donde yo estaba cayó un putozombi de algún balcón, o de alguna ventana, no sé. Se ve que cuando oyen ruido van hacia él, estén donde estén . Vamos que si oyen ruido en el fondo de un barranco se tiran todos por él. Y ya os digo, de repente, ¡pam!, un fardo que se revienta contra la acera, y que me podía haber caído encima. ¡Joder, nada, dos o tres metros y me aplasta!
- ¿Y qué hiciste?
- Clavarle la barra en la cabeza, que el muy cabrón aún iba a levantarse. ¡Es increíble, yo no me explico cómo...
- ¡Eh, mirad allí!”, interrumpe Fran.
 

A unos trescientos metros delante de ellos, un hombre avanza por el centro de la carretera. Camina lentamente, arrastrando un pie. La inesperada aparición resulta sobrecogedora. Fran aminora la velocidad.
 

- Nada, Fran, sin miedo, es un putozombi. ¡Dale un buen morreo con el Mustang!
Pero Fran, al llegar a su altura, se limita a acercar el coche al andén para esquivarlo.
Va descalzo, sus pies están destrozados, y dejan huellas de color marrón rojizo en el asfalto. El zombi se acerca al coche de inmediato con los brazos extendidos, y cuando va a apoyarse en él, Fran acelera y oyen cómo cae al suelo.
 

- ¡Para, Fran, para!, exclama A.B.
- ¿Para qué quieres que pare?, grita Fran, nervioso.
- ¡Que pares te digo!
Fran pisa el freno.
- ¿Se puede saber qué te pasa?
- ¡Roquito, dame la barra!, dice ella sin dejar de mirar atrás, observando cómo el zombi se levanta lentamente.
A.B. abre su puerta y desciende.
- ¡La barra, Roquito, que me la des!
- ¡Toma! Pero con cuidado, ¿eh?
- ¿¡Estás loca!?, grita Fran, enfadado.
- Un minuto, dice ella.
 

A.B. se acerca al zombi con paso decidido, agarrando con fuerza la barra de hierro que lleva firme a la altura de la cara.
Roquito baja también del coche.
- ¡Sin miedo! - le grita - ¡Con sangre fría!
 

A.B. siente el intenso helor del amanecer sobre sus hombros, como si le hubieran echado un manto de nieve encima. Mientras se acerca a ese andrajo andante que ya ha comenzado a dirigirse hacia ella, piensa que es inconcebible que tan repugnante y maltrecho ser haya soportado el intenso frío toda la noche.
Mira el extremo de la barra para calcular la distancia adecuada y cuando el zombi está a punto de entrar en su círculo de acción, en el justo momento en que abre la boca y deja ver su oscuro hueco descarnado, A.B. embiste con fuerza contra su cabeza, en un trazo de medio círculo de derecha a izquierda.
 

La punta de la barra abre una ancha franja oscura por encima de sus ojos. El zombi se tambalea y cae de rodillas, momento en que A.B vuelve a golpear, esta vez en sentido contrario, reventándole todo el cráneo.
 

Fran toca el claxon para que regrese. Antes de entrar al coche, Roquito le coge la barra y le hace un gesto de aprobación.
- ¿Era necesario todo esto?, recrimina Fran a su amiga.
- Lo siento, es que hasta que no comprobara por mí misma que podía acabar con uno, iba a sentir miedo. ¿Y sabes lo que te digo? ¡Que ya no les tengo miedo! ¡¡No me dan miedo!! ¡¡¡Que parecen de cartón piedra, Fran!! ! ¡¡¡Que son una mierda!!! ¡¡Que quiero cargarme a todos esos cabrones!!

A.B. está eufórica. Como si sus gritos rompieran la densa capa gris del cielo, que  parece no soportar ya tanta agua, empieza a llover con fuerza. La lluvia hace un ruido atronador sobre el coche y la carretera.
 

Tan solo a unos minutos de donde dejan al zombi con el cráneo destrozado, divisan una gasolinera.
- ¡Por fin! - exclama Fran - A ver si aquí podemos hinchar las ruedas
Roquito oye a A.B. sollozar a sus espaldas.
- Eh, ¿qué te pasa?
- Ay, es que tengo mucha hambre. Hasta ahora no me había dado cuenta del hambre que tengo.
- Venga, que vamos a tener suerte y aquí habrá algo que comer.
- ¿Seguro?
 

La lluvia es tan intensa que el limpiaparabrisas no consigue barrer toda el agua.
El lugar está abandonado, pero en el instante en que el coche se pone a cubierto bajo el gran techo en el que martillean las gotas de lluvia, a Fran le parece ver que en el interior del oscuro establecimiento se ha apagado una luz.

 (Continuará)