Esta pretende ser la historia de quince supervivientes en un mundo devastado y plagado de zombis. Los protagonistas son familiares y amigos míos que habrán de interactuar para llegar hasta el último capítulo. Pero, irremediablemente, algunos de ellos se habrán de quedar en el camino.
(Esta es una sinopsis patrocinada por Doxma)

21 mar. 2016

VIVIR Y MORIR EN THE ZOMBIE EXPERIENCE

Dos meses desde que empezamos esta aventura por entregas, y sigo tan entusiasmado, ¡qué digo, más entusiasmado!  que el primer día.
No me cansaré de agradeceros lo mucho que me estáis haciendo disfrutar y cuánto me motivan vuestras muestras de interés. 
No puedo más que deciros que sois estupendos y que lo estáis haciendo todo muy bien (tanto vosotros como vuestro  "personaje Z")

Como ya dije en su día, una de las cosas que más me seducía de esta historia es el hecho de que hubiera quince protagonistas dispuestos a sobrevivir pero que no todos fueran a llegar hasta el final,  sin que ni yo mismo sepa quiénes lo lograrán y quiénes no.

De momento solo queda claro que al ser  elegido líder en la primera encuesta, el contrato  de rodaje de Juan Miguel en la historia seguirá en vigor por más tiempo.

También sabemos que ya ha habido una despedida (¡cómo se le ocurre no llevar cinturón de seguridad!) y que desde entonces he recibido muchas protestas e incluso denuncias que ya he puesto en manos de mis abogados.


El otro día os pedía que me dijerais qué tres personajes de la historia os parecían imprescindibles. Más de uno se quedó con la mosca detrás de la oreja con esa petición, y no sin motivos, porque efectivamente tenía que hacer una nueva criba para que al menos dos entraran en peligro y que uno de ellos cayera.

Tras sumar votos, el resultado ha sido el siguiente:

ANASISTER................... 6 votos
HOLDEN......................... 6 votos
JUAN MIGUEL............... 5 votos
NACHO........................... 5 votos
NERINE.......................... 4 votos
ROQUITO....................... 4 votos
A.B.................................. 3 votos
FRAN.............................. 3 votos
PEPI................................ 2 votos
ÁNGELES....................... 1 voto
CARLOS......................... 1 voto
MONTSE......................... 1 voto
TOMÁS............................ 1 voto
MARÍA JOSÉ OLALLA... 0 votos

Al haber un cuádruple empate con un voto,  los cinco últimos (en rojo) han entrado en peligro, y uno de ellos será en breve la segunda baja en la historia.

¿No es triste dejar a un compañero atrás? Haber ido conociendo su trayectoria de cerca y que de repente, ¡zas! nos lo maten. Sí, ¿verdad? ( ¡Cómo  mola! :p )

Bien, para saber quiénes se salvan y quién nos dirá adiós , esta vez propongo un juego.


En este mapa he representado un amplio escenario de esta historia y he marcado nueve puntos que tienen especial importancia. Haciéndose una composición de lugar, no creo que os sea difícil asociar esos puntos con lugares o cosas de las que se ha ido hablando en los capítulos.
(Haz click en la foto para agrandar)

NORMAS:

1) Perderá aquel que menos respuestas correctas me dé. 
2) En caso de empate perderá el que más tarde contestara.
3) No se podrá contestar en más de un comentario. Aseguraos antes de enviarlo porque  no se permitiría añadir o quitar nada después.
4) No es necesario enrollarse. Es suficiente con decir, por ejemplo: Punto 9: la iglesia del pueblo.
5) Ocultaré todos vuestros comentarios (para que nadie se copie) 
6) El plazo acaba el jueves 24 a las 23 horas.
7) Si pasado el plazo hubiera más de uno sin enviar respuesta, la eliminación entre ellos se haría por sorteo.
8) Este juego es "obligatorio" para los cinco que están en peligro y opcional para el resto, incluidos los que leéis pero no sois personajes de la historia.
9) Al ganador de los que juegan sin peligro le adjudicaría un "privilegio" que le comunicaría en su momento.

Por cierto, el otro día estuve pensando que esta forma de eliminar personajes, sabiendo de antemano quiénes están en peligro y quiénes no, supone un alivio para los que se encuentran a salvo. 
A la hora de leer, uno podría pensar: "Uf, tengo un zombi en mis propias narices, pero JuanRa no me puede matar porque no estoy en la cuerda floja. ¡Qué alivio!"
Bueno, pues esto ¡se acabó!

Aunque en su día dije que yo jamás decidiría quién vive y quién muere, me voy a tomar la libertad de elegir en un momento dado (que puede ser pronto o tarde) una muerte repentina e inesperada. ¡Sólo una!
No, no protestéis, que lo hago por vuestro bien. Es necesario que la tensión aumente y que vayáis leyendo sin estar seguros si está a punto de tocaros la china y palmarla.

Creo que no me queda nada más que decir. Dudas que hubiere o hubiese, las dejáis en comentarios y las haré aparecer con mis respuestas.

¡Hasta más ver, supervivientes!



17 mar. 2016

08. SORPRESA TRAS SORPRESA

El muerto viviente se levanta del suelo. El fragor de la lluvia sobre el techo y los jadeos de la marabunta zombi al pasar junto a la gasolinera han llamado su atención.
Tomás deja de escuchar el rascar de sus uñas en la trampilla e intuye que por fin se marcha.
Deja pasar unos minutos, con el oído atento a cualquier ruido, antes de empujar la trampilla hacia arriba y mirar. Siente alivio al comprobar que la tienda está vacía y sale por fin, dejando atrás los gruñidos del zombi que dejó encerrado en el cuarto.
 
Tomás se acerca al ventanal.

Lo que ve es escalofriante, decenas de caminantes avanzan por la carretera bajo la lluvia en macabra procesión. A pesar del estruendo del chaparrón, aún le llegan levemente sus gemidos perdiéndose en la distancia.
Minutos después el cielo se abre y la luz resplandece en todas las superficies mojadas. Brilla la carretera, y brillan los campos y las plantas.
A menos de dos kilómetros de allí, un Ford Mustang recibe también los rayos del sol. Su llamativo color rojo, ahora reluciente, se convierte en un potente punto de atención.
Pero está demasiado lejos como para que Tomás lo vea.

Sale a la carretera y corre en dirección opuesta a la de los caminantes, hacia el lugar donde dejó a Anasister y Pepi.
…..........................................................
 

Carlos camina a buen paso por el arcén de la carretera. Ana Bohemia no deja de acompañarle en sus pensamientos.
Pasa junto a un encharcado bancal de cerezos cuajados de fruto y lamenta que ella no haya llegado a ver aquel hermoso paisaje que tan próximo tenían.

“Yo me alimentaría solo de fruta”, solía decir, y el recuerdo de su alegre voz vuelve a entristecerle, a ponerle otra vez de manifiesto que su adiós es algo irreparable.
Cada vez entiende menos cómo ha podido ocurrir algo así. ¿No era ya suficiente desgracia haber sobrevivido a un mundo que ahora se presenta tan hostil? ¿De qué ha servido no sucumbir ante el maldito virus si ahora se trunca su mayor y única ilusión?

Un coche inclinado en el arcén aparece ante sus ojos y Carlos se aproxima con precaución. Es un Peugeot. Tiene un golpe en un lateral y una rueda torcida. Inspecciona su interior por si encuentra algo que pueda serle útil, pero termina por marcharse de allí con las manos vacías.
Intuye que no debe de estar lejos del lugar del que vieron emerger aquella columna de humo. La lluvia borró esa referencia, pero Carlos había calculado la distancia desde el primer momento en que la vio.

Su único propósito ahora es encontrar a alguien y pedir ayuda. No pretende más que un poco de solidaridad para trasladar a su amiga Montse a un lugar seguro en el que pueda recuperarse.
“Me siento lejos de todas partes”, murmura.

No está seguro de encontrar a nadie y cuanto más se aleja de Montse, más le angustia la idea de que pueda estar sufriendo, de que necesite su ayuda.
Al alcanzar una vez más una de tantas vueltas de aquella carretera, percibe a lo lejos otro coche. Está parado en lo que parece un camino a la izquierda. Carlos se detiene para observar cualquier posible movimiento en su interior o en las inmediaciones. Hace varios días que no ha visto a nadie, ni caminando ni conduciendo, y la visión de aquel coche rojo le parece una buena señal y al mismo tiempo le produce cierto desasosiego.
 
A escasos metros de la entrada al camino , Carlos se detiene una vez más. Qué extraño y fuera de lugar le parece aquel Ford Mustang allí.

Se acerca al vehículo y comprueba sus puertas.

“Cerrado – piensa - Me pregunto si alguien tiene previsto volver a por él".
 
Se percata de que también tiene un golpe en el lateral. Escudriña su interior, y al alzar de nuevo la vista a la carretera se queda sin respiración durante unos segundos.

Por el asfalto ve llegar a una mujer corriendo de forma extraña. Cojea, lleva una mano apretando el pecho y parece tener sangre en la cabeza.
“HELP” - la oye gritar - “Aiuda... aiuda...”

A unos cien metros de ella, una gran cantidad de caminantes avanzan con paso vacilante. Nunca vio tantos juntos.
Carlos corre hacia ella. No es sangre lo que creía ver, sino su pelo mojado. En el momento en que la alcanza, la mujer, con la cara encendida, solo logra decir:

- El coche... el coche... aiúdeme... ¡vienen!

Y se desvanece en sus brazos.

…......................................................................

En ese mismo instante, en la aldea hay una gran exaltación.

Tras la fuerte impresión de haberse enfrentado a aquella turba de seres descompuestos, Anasister siente el alivio y la dicha de reencontrarse con Fran.

A.B abraza a su amiga y ríen y lloran juntas.

Pepi, llorando también demuestra su alegría y agradecimiento abrazando a unos y a otros.

- ¿Y Tomás? - pregunta a Fran con desasosiego- ¿No viene con vosotros?

- ¿Tomás? ¿Pero no estaba con vosotras?

- Sí- responde Pepi secándose las lágrimas - Pero se marchó y tardaba en volver y nos adelantamos y...

- Tranquilízate – le dice Fran- Si no aparece pronto, iremos a buscarle.

- Estoy muy preocupada, Fran.

- Me lo imagino, pero mira, ahora estamos juntos. Y con más gente.

- Sí, qué alivio tan grande. Yo soy Pepi – dice extendiendo la mano a Roquito- ¡Gracias por venir!

También se dirige a Holden, que está contando los cuerpos esparcidos por todo el camino.

- Soy Pepi, gracias, gracias por venir

- Yo Holden. Bueno..., yo ya estaba aquí, ¿eh?, sois vosotros los que habéis venido.
 
Ángeles sube por el camino hacia donde se encuentran todos ellos.
 
- ¡Eh, te dije que esperaras! – le reprocha Holden.

- Ya no aguantaba más sin saber.

- ¡Pero no debes exponerte nunca sin ir armada!

Holden se acerca para abrazarla.

- ¿Estás bien? - pregunta ella – ¡Qué miedo he pasado!

- Sí, ha sido más complicado de lo que esperaba pero ya está.

- ¡Estaban en aquella casa! - le explica Ángeles- ¿Cómo es que estaban en aquella casa? ¡Nunca los oímos!

- Ven - dice él sin contestar- Vamos a presentarnos a esta gente.
 
Roquito está frotando a Lucille por la húmeda hierba de los márgenes, intentando desprender de su arma los restos de sangre y piel.
 
- Bueno – dice Holden alzando la voz - No esperábamos encontrar a tanta gente de golpe. Ella es Ángeles, y yo soy Holden. Llevamos unos meses viviendo aquí.

Los demás se presentan también.

- ¿No os conocíais? - pregunta Fran extrañado.

- No, – responde Anasister – le hemos visto poco antes de que llegárais. Pensábamos que no había nadie en la aldea.

- En realidad no estábamos aquí – dice Holden – Estábamos pescando río abajo y cuando vimos una columna de humo vinimos a...

- Un momento, Holden, - le interrumpe Anasister señalando la mancha de sangre que él tiene en la pierna.

- Todo bien, tranquila – responde él tras una ràpida mirada a sus pantalones- No es sangre mía.

- ¿Seguro? Ví cómo te mordía.

- ¿Que te han mordido? - pregunta Ángeles asustada.

- Sí, un niño, pero no a mi, mordía un paquete de vendas que guardaba en este bolsillo. Me ha salvado mi manía de llevar tantas cosas encima – dice Holden volviendo a subir un bolsillo desgarrado que cuelga a la altura de su muslo.

- ¿Y esa sangre? - pregunta Ángeles mirándole a los ojos.

- No había manera de que ese malnacido se soltara. La de golpes en la cara que tuve que darle...

- Has tenido mucha suerte – dice Roquito.

- Por cierto, ¿de dónde venís? - pregunta Holden.

- ¿Por qué no dejamos las preguntas para más tarde? - exclama A.B. - ¡Solo he comido cerezas y tengo más hambre que un perro chico.

- ¡Claro! - responde Ángeles – Venid a nuestra casa. Ya nos contaremos todo después de comer.
Sorteando los cuerpos abatidos que encuentran a su paso, marchan juntos hacia la última vivienda de la aldea, la más próxima al río.
- Más tarde quemaremos todo esto – dice Holden mirando al suelo.
 
Cuando pasan junto a la casa de la que surgieron los zombis, Holden observa cómo Pepi aprieta el brazo de Anasister y ambas miran furtivamente hacia la puerta abierta y caminan más deprisa.
….....................................................................

Carlos se ha echado a Nerine sobre un hombro y se apresura hacia el camino lo más rápido que puede.

Ahora el sol pica en la piel y el sobreesfuerzo le hace sudar.

No tiene ni idea de qué hacer con aquella mujer, solo sabe que no puede dejarla allí como cebo para aquel tumulto de seres grises.

Se pregunta si será la propietaria del coche y si la intención de ella al nombrarlo era resguardarse en su interior.
Cuando alcanza el Mustang la deposita con cuidado en el suelo y cachea sus bolsillos en busca de las llaves.

“¡Maldita sea!” , murmura nervioso, “Esto es lo último que necesito, ¡más problemas!”
 
Allá en el asfalto, los zapatos de Nerine, que Carlos no se entretuvo en recoger, empiezan a ser golpeados por decenas de pies descarnados que siguen su marcha.

La mente de Carlos es una olla a presión. Intentando despertarla, abofetea la cara de la mujer y la agita por los hombros. El frasco cae entonces en su regazo.

“¡Aquí va a tener guardada la llave del coche! – murmura Carlos. Lo agita pero tan solo escucha sonido líquido.


Carlos deja el frasco en el suelo y arrastra a Nerine a la parte delantera del coche, con la esperanza de que los zombis no les hayan visto y sigan el trayecto de la carretera.

Se le pasa por la cabeza dejarla allí y adentrarse camino abajo, pero lo descarta inmediatamente. Si los zombis se desviaran, con toda seguridad supondría la muerte para aquella mujer.

“Piensa, piensa algo”- se dice a sí mismo.
 
Se plantea la posiblidad de esconderla bajo el coche, pero el terreno es irregular y no hay suficiente altura.

Se asoma con cuidado y ve que los zombis ya están a pocos metros de la entrada al camino. Desea con todas sus fuerzas que ninguno se desvíe hacia ellos, aunque también es consciente de que si continúan por la carretera llegarán a la caravana.

“Montse...”
Carlos ha tomado una determinación. Si la horda de muertos se desvia por el camino echará a correr. No puede ni quiere arriesgar su vida por salvar a aquella desconocida.
….............................................


Juan Miguel está contento por haber encontrado a alguien. Llevaba tanto tiempo solo, sin más compañía que la de sus pensamientos, que siente una profunda emoción escuchando hablar a Montse.

En ciertos aspectos le recuerda a su madre y ya se ha prometido interiormente ayudar a aquella mujer pase lo que pase.


- ¿Y dices que has venido en bici desde tan lejos? ¡Es increíble!

- Sí, la verdad es que ni yo mismo me lo creo. Lo que más me costó fue avanzar en los primeros kilómetros, después ya era como si pedaleara otro.

- Si es que dicen que la mente es muy poderosa. Tal vez deseabas tanto dejarlo todo atrás que hasta tu mente se olvidó del cansancio.
 
Montse se incorpora con un ligero gesto de dolor.
- ¿Te ayudo? - pregunta Juan Miguel

- Sí, me gustaría estar menos inclinada. A ver si encuentras algo para que pueda tener la espalda más recta.

Mira a su alrededor, ve una manta y la dobla.

Cuando Montse la coge se abraza a ella y se le llenan los ojos de lágrimas.

- ¿Te duele mucho?

Ella niega con la cabeza.

- Es que... acabamos de perder a una compañera. Esta era su manta.

- Vaya, lo siento mucho.

- Todavía huele a ella.
…......................................................
 
Holden da instrucciones a Fran y Roquito para que echen la pesca del día en la sartén de la chimenea, mientras él va a lavarse y cambiarse de ropa.

En la cocina, Anasister, Pepi y Ángeles trocean tomates y lechuga para hacer una gran ensalada.

A.B. pone los ojos en blanco saboreando un pepino con sal.

- De verdad que si tardamos un poco más, me como mis propios zapatos.

- ¿Como Chaplin? - pregunta Ángeles sonriente.

- ¡Como Chaplin!

- Entonces, Ángeles, – dice Anasister - ¿vuestra intención es quedaros en esta aldea?

- Hace mucho tiempo que no me planteo nada más allá del día en que vivo. Holden me trajo aquí porque este era el lugar en el que veraneaba de niño. Aquí vivieron sus abuelos. Me costó un poco adaptarme, pero últimamente me encontraba bien.  No sé, me parece un lugar seguro. O eso pensaba hasta hoy.

- No me parece mal sitio, ¿no? – dice A.B. masticando embelesada.

- Lo de hoy ha sido sorpresa tras sorpresa. No sé el tiempo que hacía que no veíamos gente, pero lo que no acabo de comprender es de dónde surgieron esos infectados. En todo este tiempo no vimos ninguno.

Pepi y Anasister se interrogan con la mirada un instante y Pepi asiente con la cabeza.

- Ángeles, - dice Anasister- ha sido culpa mía que hayan aparecido esos zombis

- ¡Culpa nuestra! – se apresura a decir Pepi.

Ángeles se queda quieta, mirándolas. A.B. las mira extrañada.

- ¿Cómo? ¿Culpa vuestra? – pregunta.

- Esta mañana Pepi y yo estuvimos investigando todas las casas. Buscábamos cosas que pudieran sernos útiles. Y, bueno, encontramos una puerta grande que no se podía abrir porque tenía un tonel delante. No se me ocurrió pensar que ese tonel estuviera allí precisamente para eso, para que no se abriera.

- ¿Y toda esa… gente, estaba allí adentro?

- Sí, me di cuenta a tiempo – explica Anasister- Pero vaciamos el tonel, y como ya no pesaba…

- Pudieron escapar – termina Pepi.


En ese momento entra Holden en la cocina.


- ¿Cómo va eso? ¿Comemos?

- Holden, - exclama Ángeles – acabo de descubrir de dónde salieron esos zombis.

- Nuestras invitadas apartaron el tonel, ¿no?

- ¿Cómo lo sabes?

- Porque no podía ser de otra forma.

- Pero… ¿tú sabías que estaban ahí?

- Sí, Ángeles, desde el principio. – y cogiendo los dos platos de ensalada se marcha hacia el salón.


……………………………………….
Apoyado en el capó del coche, para observar a los caminantes a través de las lunas, Carlos ruega a los cielos que pasen de largo.

Aquella marabunta está alcanzando el desvío al camino y su monstruosa respiración ya lo invade todo.

“Vamos- susurra- seguid andando, no entréis, seguid andando”

Los primeros zombis rebasan la entrada y continúan arrastrando los pies por el asfalto.

“Eso es, pasad de largo, pasad de largo”

Continúan transitando más zombis, siguiendo todos a los que van en cabeza. La columna de caminantes es muy larga, pero Carlos la ve rebasar poco a poco la desviación hacia donde se encuentra. Tiene la piel erizada y la boca seca.

“Vamos, seguid, seguid…”

Mira un instante a Nerine. Está sentada en el suelo, apoyada en el coche con la cabeza ladeada y Carlos se pregunta quién será aquella mujer.
Más de la mitad de aquellos seres han seguido avanzando por delante de Carlos, que empieza a tener la esperanza de haberse librado de aquella angustiosa situación.


Y toda aquella multitud de seres hambrientos hubiera pasado de largo por completo si no fuera por una fatalidad que Carlos no podía imaginar.

Los rayos del sol inciden en esos momentos en uno de los espejos retrovisores del coche, produciendo una refulgente llamada para la mitad de zombis que todavía no han pasado.
Horrorizado, Carlos ve cómo los últimos zombis se salen de la carretera hacia el arcén y empiezan a invadir el campo paralelo al camino. Si no empieza a correr, en un par de minutos estarán junto a él.
 
“¡¡No, mierda, no!!”

Se agacha y sacude a la mujer por los hombros.

“¡Despierte, despierte joder!”

Se levanta para salir corriendo pero antes siente el impulso de probar de nuevo si todas las puertas están cerradas. La del conductor lo está. La de detrás también. Prueba la del maletero y entonces nota cómo cede.

“No es posible” Tira hacia arriba y la puerta del maletero se abre

“Oh, mierda, mierda, mierda”

Corre a donde está Nerine y la agarra del pelo para girarla. La sujeta por las axilas y la arrastra con rapidez, sin dejar de mirar por dónde van los zombis. Son muchos, muchísimos los que ya han dejado la carretera y van hacia él.

Carlos siente que el corazón le martillea en el pecho pero aún cree tener tiempo para esconder a Nerine en el maletero.

La alza sin ningún cuidado y con gran esfuerzo la empuja hacia el hueco. Nerine cae boca abajo. Carlos cierra la puerta de golpe y cuando va a echar a correr, la puerta se levanta. La vuelve a cerrar con un fuerte golpe pero la puerta se vuelve a abrir.

¡¡Maldita sea mi estampa!!

Puede ver perfectamente las caras de los zombis que más rápido avanzan. Sus pieles colgando en rostros descompuestos, sus ojos hundidos, sus mandíbulas en constante movimiento.

Se apresura a buscar una piedra grande. Ve una semienterrada en el borde del camino. Empleando todas sus fuerzas la extrae de la tierra y la coloca rápidamente sobre la puerta del maletero. Está sudando copiosamente.
Cuando por fin puede salir huyendo de allí, ve que ya está rodeado.

Sube de un brinco al maletero y de allí al techo del coche. Otros zombis también están llegando a la parte delantera cuando Carlos en dos zancadas salta lo más lejos que puede. Uno de los caminantes cruza en ese momento en su trayectoria y tanto Carlos como el zombi ruedan por el suelo. Carlos se levanta pero el zombi le aferra por un tobillo.
 
“Hijo de satanás”, le grita Carlos, pateándole la cabeza con saña, “¡Suéltame!"

Tiene a su lado a una mujer con traje de novia que le roza con sus manos huesudas la cara y Carlos la aparta de un fuerte empujón. Hay tres zombis más que están a punto de atraparle y el del suelo sigue aferrado a su pierna.

Carlos piensa en Montse y por un instante la ve morir sola y desamparada en la caravana, y esa imagen le genera tal afán por sobrevivir que alza el pie y con una fuerza titánica hunde el cráneo del zombi de una patada. De los zombis que ya le están aferrando los brazos se defiende con una furia incontenible, desasiéndose y hundiendo sus rostros a puñetazos. Presa de un ataque de histeria casi olvida que su deber es huir.

Cuando se da cuenta de que lo ha conseguido, echa a correr sin poder dejar de maldecirles a gritos.

Varias decenas de aquellos depredadores sin vida le siguen, bordeando el coche por ambos lados.
…………………………………………………
 
Rodeando la chimenea, todos comen con apetito. Todos excepto Holden, que mira fijamente las llamas del fuego. Ángeles lo nota preocupado y se levanta.

- ¿Me ayudas, Holden? - le dice al pasar junto a él.

- Sí, ya sé qué me vas a decir – dice Holden cuando ambos entran en la cocina– Que por qué no te conté lo de los encerrados.

- No, simplemente quería preguntarte qué te pasa, te noto raro. Pero también es cierto que sí, que no entiendo por qué me lo ocultabas.

- Ya sabes que no tengo secretos contigo, pero sabía que no podían escapar y además no hacian ruido, ¿para qué iba a preocuparte, Ángeles?

- No lo sé, pero aunque solo fuera por precaución...

- Y a ver, ¿habrías dormido tranquila sabiendo que teníamos tan cerca ese montón de...?

- Está bien, no importa, pero dime...

- No me pasa nada – dice él levantando las manos.

- Me ha sorprendido tu reacción con todos ellos – le dice Ángeles señalando con la cabeza hacia el salón – Creía que te molestarías más por su presencia.

- Pero qué querías, ¿que les echara?

- No, en absoluto, quiero decir que me ha sorprendido positivamente. Les has acogido muy bien. Y me alegro.

- Bueno, para serte sincero, preferiría que no hubieran venido. Estábamos mejor solos. Pero poniéndome en su lugar...

Holden se sienta en un taburete.

Ven, acércate – le dice.

Ángeles se pone a su lado y él la abraza por la cintura.

- En realidad sí tengo algo que decirte.
En ese instante oyen sillas arrastrar por el suelo y Roquito entra en la cocina.
- ¡Holden, hay alguien ahí afuera! ¡Está llamando!
Holden se levanta y corre hacia la puerta de entrada.

Todos pueden escuchar nitidamente a un hombre gritar.
"¿Hay alguien aquí? … ¿Hay alguien?..."
 
Carlos escucha abrirse la puerta de una casa unos metros más abajo y corre hacia ella. Ve salir a un grupo de gente.
- ¡Gracias a Dios! ¡Necesito ayuda! - les dice.

- ¿Qué pasa? - pregunta Holden.

- He tenido un accidente con mi caravana. - Carlos apoya las manos en las rodillas para coger aliento- Mi amiga... mi amiga está herida y no puedo trasladarla yo solo.

- ¿Está sangrando? - le pregunta Anasister- Soy enfermera.

- No, le duele una pierna. No parece rota pero no puede andar. Tengo... tengo que ir ya con ella. Hace tiempo que la dejé sola.

- Yo le acompaño – dice Roquito a Holden, y se adelanta para ponerse junto a Carlos- ¡Vamos!

- Hay que atravesar todos estos bancales – dice Carlos - para adelantar a un grupo de zombis que marcha por la carretera.

- ¿Son muchos? - pregunta Roquito.

- Unos pocos – miente Carlos- Por cierto... - vuelve a coger aire, fatigado.

 A.B. sale de la casa con una cantimplora que entrega a Carlos.

- Gracias, muchas gracias – le dice y empieza a beber.

- ¿No vas armado? - le pregunta Roquito.

- No, no llevo nada.

- Pero, hombre, ya no se puede ir así por ahí. ¡Aunque sea un palo con el que poder defenderte!

- ¿Ibas a decir algo? - pregunta Holden a Carlos.

- Sí... Es muy probable que llegue un grupo que me ha estado siguiendo.

- ¿Un grupo? ¿Un grupo de zombis quieres decir?

- Sí

- ¡Joder! - protesta Holden con rabia - ¿Cómo es posible que lleguen tantas calamidades juntas?

- Lo siento, - dice Carlos- pero cuanto antes lleguemos, mejor. Tenemos que salir ya.

- Tened mucho cuidado, Roquito – dice Anasister.
Empiezan a correr.
- ¿Cómo te llamas? - pregunta Roquito.

- Carlos – de repente se detiene – ¡Mierda!

- ¿Qué pasa?

- Hay que volver. Olvidaba decirles algo.
 
- ¡Un momento! - grita Carlos.

Fran y Holden le reprenden con una señal, indicándole que no haga tanto ruido.

- ¿Qué cojones quieres ahora? - protesta Holden cuando se acercan.

- ¿Es vuestro el Ford Mustang que hay en el camino?

- No – dice Holden

- ¡Sí! - exclama Fran- Es nuestro.

- Hay una mujer en el maletero. La metí yo. Está inconsciente. O estaba.

- Pero qué coño... - empieza a decir Holden mirando a Carlos con desconfianza.

- ¡No podía dejarla alli! No la conozco, apareció de repente. Tiene acento extranjero.- 
- ¡Ostias! – exclama Roquito - ¿acento extranjero?
Fran y A.B. se miran.

- ¡La australiana! - exclaman a un tiempo.

5 mar. 2016

07. UN NUEVO MUNDO

 Carlos ha acomodado a Montse en la vivienda de la caravana. Ella le observa sin pronunciar palabra, consciente de lo agotado que está por el esfuerzo. Arrastrarla hasta allí por entre los asientos ha sido muy complicado para él y doloroso para ella.
Montse no quiere confesarle su preocupación por quedarse sola,  aun sabiendo que no queda otro remedio.

- Apoya aquí la cabeza- le dice colocándole una almohada - Te tapo con esta manta y te dejo aquí esta otra. Cuando tengas hambre...
- Gracias, Carlos – dice desanimada – Cuánto siento no poder...
- ¿Que lo sientes? ¡Soy yo el que lo siente, Montse! No debí...
- No, por favor, tú no tienes la culpa de nada. Yo hubiera actuado exactamente igual.
Él se sienta  a su lado y se tapa la cara con las manos.
- Si pudiera... - empieza a decir entre suspiros- Ojalá fuera yo el que...
- No, Carlos, no te martirices. Ha sido un accidente. Yo lo sé, y tú también lo sabes.
Él mira a su alrededor. El desorden en aquel reducido espacio es un continuo recordatorio de la desgracia.
- ¿A dónde la has llevado? - pregunta Montse.
- Lejos.
- ¿Has hecho lo que debías?
Él la mira sin contestar.
- Ya sabes – dice Montse señalándose la cabeza en un movimiento fugaz.
Carlos  asiente en silencio,  desviando la mirada.
- Bueno, cuanto antes me vaya...
- Sí, mejor que salgas ya. Ten mucho cuidado, por favor.
- ¿Te duele ahora?
- Muy poco. Si no me muevo... apenas.
- Lo dicho, Montse, voy a intentar volver lo antes posible.
- Bien, yo...
- Dime.
- No, nada, que te espero.

Antes de cerrar la puerta trasera mira a su compañera y puede leer en su rostro el miedo que tiene.
- No me moveré de aquí – le dice Montse con una sonrisa y los ojos brillantes.
….......................................................

María José volvió a tener una pesadilla.
Estaba viendo la televisión y el presentador del informativo empezaba a sudar y a decir cosas sin sentido. María José se asustaba al comprender que el virus ya estaba haciendo estragos en el país sin haberse anunciado previamente.
En la calle  la gente empezaba a gritar y ella se asomaba por la ventana para descubrir que todo el mundo corría en una sola dirección, formando una gran serpiente en movimiento que terminaba cayendo por un oscuro agujero en el horizonte
En el jardín de enfrente había un hombre sentado en un banco. El hombre  observaba tranquilamente cómo corrían todos por delante de él. De repente alzaba la vista y miraba a María José.  Era Nacho.

Con una amplia sonrisa, Nacho la saludaba con la mano.  María José sentía inquietud por su sosiego ante hechos tan preocupantes, pero él le hacía un gesto que ella interpretaba como “No hagas mucho caso de todo esto. Cuanto más miedo sientas, peor. ¡Olvídate del miedo!”

Sentía ella entonces una inmensa paz interior. Saludaba a Nacho y volvía a su habitación. Cuando se disponía a abrir la puerta, intuía lo que había detrás y percibía que el pánico la quería invadir, para inmediatamente recordar el consejo de su amigo y sentirse más segura.
Alguien tocaba a la puerta. Ella la abría sin miedo y se encontraba con Nacho que le decía “Lo estás haciendo muy bien. ¿Nos vamos?” “Sí, vámonos – respondía-  De todas formas ellos han dejado ya esta vida”

A la mañana siguiente María José guardó la caja debajo de su cama. Más que guardarla la estaba escondiendo, pues el solo hecho de verla la ponía nerviosa. Pero antes la abrió por simple curiosidad. Encima de los frascos de Doxma encontró una tarjeta y al leer el nombre de Nacho sintió un escalofrío.  Allí estaban su nombre y apellidos y el número de su móvil, como una señal de respuesta al sueño de aquella noche.
Poco a poco empezó a sentir  la necesidad de hablar con él.
Pensó que algo de cierto había en aquel extraño sueño. Nacho parecía estar sumamente tranquilo cuando hablaron en aquel almacén, sin embargo ella estaba muy asustada desde entonces, y su angustia crecía conforme pasaba el tiempo, de manera que empezó a pensar en llamarlo.
Pero no se atrevió.

Aunque no se detuvo a dilucidar el porqué de su indecisión, de haberlo hecho habría descubierto que le aterraba dar veracidad a aquel sueño, tomarlo como  una premonición.

Horas más tarde, en un arrebato, le escribió un mensaje indicándole su dirección. Y añadió: “Por si fuera de utilidad”

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Durante una larga temporada, Nacho  vivió en el almacén.
Era un lugar que conocía bien y en el que siempre se sintió sumamente cómodo. En los últimos meses había permanecido más horas allí que en su propia casa, por lo que terminó trasladando el colchón de su cama a aquella caseta acristalada destinada al vigilante, donde ya había una pequeña nevera, un hornillo de gas y una estantería con libros.
 Nacho siempre se había caracterizado por ser una persona práctica y totalmente independiente. En cuanto fue consciente de la nueva realidad, apenas le bastaron un par de horas para encajarla y aceptarla. En su naturaleza no había lugar para dramatismos ni desesperación.
“Llevo toda mi vida viviendo solo y sin miedo a nada – pensó- No voy a cambiar ahora”

El almacén se encontraba en un polígono industrial de las afueras de la ciudad, en la parte más alta de un terreno en desnivel. Fue la última nave en ser construida y ya no había lugar para más, puesto que detrás de ella empezaba una zona montañosa.
El almacén tenía una sola puerta metálica por la que entraban los camiones de distribución. La puerta se abría y cerraba por mediación de un motor eléctrico, y a falta de corriente  se podía accionar de forma manual. La única iluminación natural la recibía de diez ventanas pequeñas a gran altura; cinco en el lado este y otras cinco en el oeste.
Una escalera de hierro adosada a una de las paredes servía a Nacho para encaramarse al estrecho pasillo que recorría los cuatro lados de la nave por su parte más alta. Muchas tardes subió hasta alguna de aquellas ventanas con una taza de café y mirando a través del cristal, meditaba, unas veces contemplando la ciudad que se extendía a lo lejos y otras la escarpada montaña de pinos y matorrales que iban cambiando su tonalidad conforme descendía el sol.

“Sólo queda esperar” - pensaba, e interiormente agradecía el no tener a nadie por quien sufrir.

A veces el viento llevaba hasta allí el sonido de alguna ambulancia o la sirena de algún coche de policía, pero en general la ciudad era un paisaje distante y silencioso de luces nocturnas y reflejos diurnos.
Desde allí, todo seguiría teniendo su misma apariencia externa cuando todo empezara. Nacho no quería vivir aquello de cerca, por eso había elegido pasar los días solo en aquel almacén.

“Tan sólo queda esperar”

Aquella misma noche, al acostarse, vio que tenía un mensaje en el móvil.

“¡María José!” - pronunció asombrado. 
Y es que, desde que se despidieron, había soñado repetidas veces con ella.

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Juan Miguel devora kilómetros a una velocidad constante. Su ánimo crece ante la buena respuesta de sus piernas, que parecen haberse fundido con los pedales formando un motor ajeno a él.
Con el rostro encendido y los ojos atentos, se estimula ante las líneas del asfalto que corren a su lado para ir quedando atrás, y con la mirada puesta en el horizonte va marcando nuevas metas que alcanzar.

Durante todo el trayecto tan solo ha visto media docena de coches apartados en el arcén. Ninguno obstaculizando la carretera, como había pensado que encontraría; tampoco ninguno circulando, como también esperaba.
Piensa que es poco probable encontrar alguno de aquellos infectados caminando lejos de las ciudades, pero no quiere bajar la guardia pues ha pasado por lugares con casas y granjas próximas a la carretera.

Hace media hora que se ha quedado sin agua en las botellas y ya está buscando algún lugar donde reponerlas. Además necesita azúcar que le dé energía.
Tuvo oportunidad de buscarla algunos kilómetros atrás, cuando aparecieron las indicaciones a Villacarrillo, pero no había estado atento a la última botella de su mochila.

Agotado finalmente por el esfuerzo, decide descansar a la sombra de un árbol. Desde allí divisa  un caserío en la distancia y decide acercarse  a  inspeccionarlo.
Hay amplios campos de trigo verde a ambos lados del camino que lleva a aquellas casas pardas. La brisa hace cimbrear las espigas con un singular sonido que consigue inquietar a Juan Miguel.
Cerca ya de los frondosos pinos que parecen dar la bienvenida al caserío, desciende de la bicicleta y continúa andando con ella.
Oye relinchar un caballo y pronto ve dos a su derecha, pastando en un prado de alta hierba. Ambos tienen las sillas de montar puestas, lo que le hace pensar que tal vez alguien esté viviendo allí.

De repente uno de los caballos se encabrita y tras sacudir varias veces las patas traseras echa a correr. El otro lo sigue con cierta dificultad.

Juan Miguel deja la bicicleta  apoyada en una tinaja grande junto a la primera casa. Salvo el murmullo de la brisa atravesando las copas de los pinos, aquel lugar está en absoluto silencio.
Las puertas de las casas que Juan Miguel tiene a su vista parecen cerradas, pero al intentar abrir una de ellas se sorprende al comprobar que cede a su empuje.
Juan Miguel levanta el brazo para agarrar el bate de beisbol que sobresale de su mochila. El interior de la casa está en  penumbra y entra con mucha precaución, alerta al menor movimiento. Huele a humedad.
Decide dar unos golpes con el bate sobre la mesa, la mejor forma de constatar si hay alguien allí adentro.
Nadie acude al ruido.
Juan Miguel separa una gruesa cortina que da paso a una cocina.
Es un habitáculo pequeño lleno de trastos con mugre, polvo y desperdicios, y al entrar tiene la sensación de haber retrocedido en el tiempo pues todos los utensilios parecen muy viejos.
Encuentra aceite, vino, sal, manzanilla seca, cabezas de ajo, un recipiente de olivas enmohecidas...
“Si aquí hubiera agua no me atrevería ni a probarla” - piensa.

Inspecciona el resto de habitaciones y vuelve a salir para volver a probar suerte en otras casas.
La siguiente puerta está atrancada pero Juan Miguel consigue abrirla empujando con el cuerpo. Observa que está tan destartalada como la anterior.

En esta ocasión la suerte le sale al encuentro.
En el hueco de la amplia chimenea hay una silla con la talla de una virgen de madera colocada encima. Un brillo especial ilumina la escena como si de un altar con velas se tratara, pero es la luz que entra por la chimenea y rebota en el agua de las muchas botellas de plástico allí amontonadas. Son botellas grandes, de 5 litros y Juan Miguel comprueba que están bien cerradas. Bebe hasta saciarse y llena después sus tres botellas.
En la cocina de esa casa encuentra medio paquete de azúcar y también lo guarda en su mochila.
Escucha un sonido metálico afuera y vuelve a sujetar con fuerza el bate.
En el exterior la brisa se ha tornado ventisca y ha volcado la bicicleta. Juan Miguel decide no alargar mucho más el tiempo allí.

Cuando sale de la casa, el viento levanta una gran polvareda. Los caballos relinchan y vuelven a correr por el prado. Un relámpago surca el cielo.

 Al adentrarse un poco más en la aldea descubre algo impactante. Junto a un elevado leñar  de cepas secas hay un caballo muerto. 
Se acerca despacio a él.

La cabeza está prácticamente separada del cuerpo, gran parte de su cuello ha desaparecido y el resto es una masa sanguinolenta. Por una  hendidura en el vientre han escapado las tripas y hay restos de ellas por todas partes. Gran parte de su pelaje cobrizo está desgarrado y un charco de sangre cuajada asoma debajo del animal.
Juan Miguel no puede dejar de mirar su enorme ojo abierto en el que parece haber quedado grabado el horror de su muerte.

Uno de los caballos vuelve a relinchar en el prado y Juan Miguel se vuelve y se da cuenta de que están nerviosos.
“Saben que he encontrado a su compañero”, piensa.

En ese momento les ve dirigirse al camino que conduce al caserío. Uno de ellos abandona el prado con trote ligero. Cuando el otro se va también, Juan Miguel ve por qué caminaba más rezagado.  Va arrastrando a un jinete.

Los dos caballos llegan a su lado. Juan Miguel deduce que el hombre que arrastra  por el suelo debió de caer de la montura y su pie quedó enganchado en el estribo. Está boca abajo. Su camisa está destrozada. Tiene magulladuras y cortes por toda la espalda. Con el movimiento del caballo se hace evidente que ambos brazos y pierna están rotos, como si fueran extremidades de trapo.

Juan Miguel logra calmarlos chasqueando la lengua. Acaricia al que llegó primero y después al segundo y piensa que sería un alivio desprenderles de las monturas y del peso que arrastra. Cuando agarra al muerto por el tobillo para liberarlo del estribo lo oye jadear.  Juan Miguel se aparta de él de inmediato. El muerto vuelve la cabeza a un lado y emite un sonido agónico. Tiene la cara llena de sangre seca y tierra pegada.

“¡Joder! – murmura Juan Miguel- ¡Es uno de ellos!”

El muerto mueve el cuerpo y el caballo vuelve a alterarse. Juan Miguel, convencido de que con los huesos rotos no puede levantarse, se apresura a sacarle el pie del estribo. El caballo da unos pasos y al sentirse liberado corre hacia el prado, relinchando y coceando al aire.

Juan Miguel desata las correas de la montura del segundo caballo y la deja en el suelo. Cuando mira hacia el prado por ver si regresa el otro, descubre que hay gente caminando entre la hierba, dos hombres se balancean con los brazos caídos y la cabeza torcida.

“Aquí ya no pinto nada”, piensa Juan Miguel y se encamina al lugar en donde dejó la bicicleta.

Pedaleando por el camino  hacia la carretera ve algo que le hace frenar en seco. Otros dos muertos caminan despacio de espaldas a él. Juan Miguel contiene la respiración, deseando que no hayan oído el frenazo. Uno de los zombis sigue moviéndose  pero el otro se detiene, se vuelve y lo mira. Juan Miguel no quiere retroceder. Saca el bate de la mochila, lo aferra con la  mano derecha y pedalea con fuerza para llegar cuanto antes a su altura.
Sin dudar ni un instante  descarga el bate contra la cabeza del muerto. El que va delante se gira en el momento en que la dura madera impacta sobre sus dientes.

Ya en la carretera, Juan Miguel vuelve la cabeza y comprueba que ambos se están levantando del suelo.

“Tengo que encontrar algo más efectivo que este bate”, piensa mientras continúa pedaleando.
Nota el corazón bombear  en su pecho.
"Y tengo que acostumbrarme a ver estas cosas"

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En los días siguientes, de forma esporádica, se escucharon pequeñas detonaciones. En otros tiempos Nacho las hubiera asociado con el júbilo de alguna fiesta con tracas y petardos, pero tras un tiempo esperando el caos, supo que eran ráfagas de balas.
Luego llegaron los helicópteros del ejército. Alguno de ellos sobrevoló el almacén en dirección a la ciudad o alejándose de ella, llenando la nave de un estruendo sobrecogedor. Desde los helicópteros se mandaban mensajes a la población a través de megáfonos que repetían algo que desde allí Nacho no conseguía entender.

Una noche se oyó una fuerte explosión que despertó a Nacho de golpe. Saltó de la cama  y se encaramó a una de las ventanas. Vio llegar  dos helicópteros con potentes luces que iluminaban  todo a su paso.
Se veía una columna de humo en el centro de la ciudad.

En una de las aproximaciones de los helicópteros, los focos barrieron el polígono industrial. A Nacho le pareció estar soñando cuando la fantasmagórica claridad  penetró por las ventanas superiores y llenó las paredes de grandes sombras  en movimiento. Por unos segundos creyó que dispararían desde lo alto sobre él.

Aquella noche le fue imposible volver a dormirse, porque empezaron a oírse cláxones de coches en lo que parecía un concierto infernal.

Una noche, cerca del amanecer, Nacho oyó sonar un claxon  en algún lugar próximo. Subió a una de las ventanas por si vislumbraba algún vehículo cerca, pero no  consiguió ver nada.
El pitido se prolongó de forma ininterrumpida y Nacho pensó que debía de tratarse de alguna alarma.
Salió el sol y el sonido no cesaba.
“¡Maldita sea!, ¿qué es eso? ¡Me está volviendo loco!”
El pitido se le hizo insoportable, y Nacho, agotada su paciencia, cogió una palanca de las que se utilizaban para abrir las cajas de madera, decidido a salir al exterior.

Abrió la puerta manualmente y se colocó en la explanada de entrada. Era la primera vez que salía en mucho tiempo y la caricia de la brisa en su cara le pareció muy gratificante. No pudo evitar recordar la agresividad del virus y el primer pensamiento fue “Aquí estoy. No tengo miedo”
 Miró al cielo, estiró los brazos con fuerza,  respiró hondo, y echó a andar intentando orientar el oído en dirección a aquel inagotable pitido.

Descendió varias calles del polígono hasta dar con el origen.
Era un coche familiar empotrado contra la fachada de una fábrica. Nacho vaciló antes de avanzar. Imaginó que el conductor habría caído sobre el claxon tras el accidente y temía encontrarlo gravemente herido o incluso muerto.

Siguió avanzando.

A unos 10 metros del coche pudo ver unas manos que se apoyaban en los cristales traseros. Sin duda eran las manos de algún niño.
Nacho respiró hondo, dispuesto a encontrar algo desagradable.
Y así fue.

El que debía ser el padre de familia tenía la cara apoyada contra el claxon. La mujer, con el cinturón de seguridad puesto y totalmente cubierta de sangre, le había cogido el brazo derecho y lo estaba devorando. Se había comido toda la mano y cuando Nacho se asomó seguía mordiendo  a través de la camisa, por donde asomaban largas venas. En el asiento trasero había un bebé atado a una silla de viaje. Su cabeza temblaba como la de un muñeco de muelles. Tenía los ojos en blanco y las piernas en carne viva, sin duda mordidas por su hermana, que intentaba atacar a Nacho a través de la ventanilla, dejando huellas rojas por todo el cristal.
Nacho estudió la situación y supo que podía actuar sin peligro.
Abrió la puerta del coche y con la palanca empujó al hombre contra la mujer. A pesar del horror ante tal escena, el que cesara de sonar el claxon le produjo un gran alivio.

La mujer, que hasta ese momento no se había percatado de su llegada, empezó a hacer aspavientos y a emitir resuellos de moribundo con los brazos extendidos hacia Nacho. La niña se revolvió inquieta al ver la puerta abierta, y alargando el brazo  lo sacó por un lateral, intentando aferrar a Nacho.

Madre e hija ansiaban más carne y Nacho las miró con repugnancia y desprecio. Cerró con violencia la puerta aplastando el brazo de la niña, que quedó allí atrapada, con la cara contra el cristal.

A Nacho le sobrevino una arcada y terminó vomitando junto al coche.

Les dio la espalda  para no verlos más y al marchar se repetía una y otra vez que aquellos monstruos no eran seres humanos, que no sentían, ni sufrían ni eran nada más que despojos muertos.
Tuvo la repentina idea de volver para quemar el coche pero decidió que no merecía la pena.

“El tiempo de espera  ha pasado. - musitaba en dirección al almacén- Es hora de meditar el siguiente paso.”

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En vista de que las nubes amenazan con descargar un aguacero, Juan Miguel se refugia en el cenador de un chalet. Es un cobertizo de madera  acristalado, al abrigo del viento, pero empieza a sentir frío y no le parece buena idea permanecer allí hasta que escampe

Da una vuelta a la casa intentando entrar, pero lo encuentra todo cerrado. La puerta es de considerable grosor y las ventanas están protegidas por rejas. Todas salvo una más pequeña que parece ser la de un aseo.
Juan Miguel rompe el cristal con una piedra grande, se encarama a ella y termina de romperla con el bate.

El cielo se oscurece y los relámpagos son cada vez más frecuentes.  Grandes gotas caen con fuerza al suelo. Juan Miguel lanza la mochila por la ventana y después se asoma manteniendo todo el cuerpo a pulso. Cuando sus ojos se habitúan a la oscuridad y comprueba que no hay movimiento en ese aseo, empieza a introducirse. Brazos primero y cabeza después.
Con medio cuerpo dentro  consigue apoyar las manos en la cisterna.
Nota la lluvia caer con fuerza en sus piernas, siente el agua empapar sus pantalones.
Y unos dedos que de repente lo tocan.

Al notar ese contacto se introduce de golpe, perdiendo toda sujeción y cayendo en medio giro contra el suelo.
Entonces le parece oír un estruendo de pasos por toda la casa y olvidándose del dolor se incorpora con el corazón al galope.

Necesita unos segundos para comprender lo que ha ocurrido.

Afuera ha empezado a granizar. Lo que creyó una mano sujetándole no ha podido ser más que el golpe de algún granizo en el tobillo y ese estruendo de pasos que sonaba por la casa es el repentino rumor del pedrisco chocando contra paredes y tejado.

“¡Menudo idiota! – piensa- ¡El susto que me he dado yo solo!”

Juan Miguel está dolorido y sigue teniendo frío. Con el bate en las manos camina por la casa y va subiendo todas las persianas. Tras una minuciosa inspección comprueba que la casa está vacía.

Afuera está lloviendo muy fuerte.
Juan Miguel encuentra cerillas y periódicos y decide encender la chimenea para entrar en calor. Quema un cesto de esparto con flores secas y sobre las llamas coloca unas cajas de madera consiguiendo al momento un vivo fuego.
Acerca un sofá a la chimenea y mirando la fogata come lo poco que le queda en la mochila.
Se relaja masajeando brazos y piernas, que siguen doloridos por el golpe al entrar.
Antes de dormirse siente una gran añoranza por sus padres y se tranquiliza pensando que quizás encuentre gente en el sur,  tal y como leyó en algunos carteles.

“… y volver a hablar con alguien, y compartir los días, y no sentirme tan solo… “, piensa mirando las llamas bailar, mientras otro trueno retumba en la distancia.

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Ha perdido la noción del tiempo, pero Montse calcula que han podido pasar dos horas desde que Carlos se marchó en busca de ayuda.
La pierna sigue hinchada y la siente adormecida.

Ha estado pensando en su vida hasta aquel momento y se pregunta si volverá a ver el mundo con los mismos ojos que hasta ese día. La pérdida de Ana parece haber cambiado su ánimo y está muy preocupada por Carlos, a quien no quiere perder por nada del mundo.

Llora al recordar a su amiga  y en su pena se sume en recuerdos de tiempos felices. Su infancia y juventud con sus padres, con su hermana, con sus amigos… Aquellos tiempos de activista contra tantas causas perdidas, sus amores…
Qué más daba todo aquello hoy si el mundo parecía haber acabado.
Y sin embargo…
“Y sin embargo la vida sigue siendo algo maravilloso”, piensa emocionada.


Las cortinas floreadas  cuelgan desde el techo, donde la luz del sol, que empieza a caer hacia poniente, entra por la ventana como un resplandor dorado que la llena de nostalgia.
Empieza a canturrear una vieja canción que le enseñó su abuela.

“Nacerán hojas verdes,
nacerán otra vez,
y al cubrir la campiña
contigo estaré.”

Montse se calla de golpe porque le parece haber oído un ruido afuera.

Presta atención y efectivamente escucha unos pasos lentos que la llenan de inquietud.

“¿Será Carlos? – piensa esperanzada, y siente necesidad de llamarle para constatarlo, pero no se atreve.

Está asustada. Sigue escuchando pasos rodeando la caravana y puesto que el visitante sigue sin pronunciar palabra ha descartado que pueda ser Carlos.
Ahora escucha los movimientos junto a la puerta trasera.
"Que no sea uno de esos infectados", musita.
Montse ve horrorizada cómo la puerta empieza a abrirse.

"¿¿Hay alguien??" - oye gritar
- ¡Sí! – responde con un hilo de voz- ¡Si!

La puerta se abre y Montse descubre a un chico joven con un bate en la mano.
- ¿Qué ha pasado?- pregunta él- ¿Está herida?
- ¡Por dios, muchacho, qué miedo he pasado! Entra y cierra esa puerta. Me llamo Montse, y sí, hemos tenido un accidente.

Juan Miguel se agacha a su lado y la coge de la mano.
- Yo soy Juan Miguel. ¿Necesita ayuda?