Esta pretende ser la historia de quince supervivientes en un mundo devastado y plagado de zombis. Los protagonistas son familiares y amigos míos que habrán de interactuar para llegar hasta el último capítulo. Pero, irremediablemente, algunos de ellos se habrán de quedar en el camino.
(Esta es una sinopsis patrocinada por Doxma)

26 abr. 2016

DEBERES Y JUEGO

Mis admirados supervivientes:

Me gustaría traer ya el capítulo 11 bajo el brazo, pero todavía me está orbitando por la cabeza, así que os reparto caramelos de paciencia mientras tanto.

Asomo por aquí porque necesito hacer tres cosas: una, pedir DISCULPAS a alguien; dos, poneros “DEBERES” a todos y tres, presentar un JUEGO para que vuelva a haber otro protagonista en la cuerda floja.

En efecto, lo primero es pedir disculpas a mi querida Pepi.

Sí, porque olvidé por completo algo que yo había dicho y que este pasado fin de semana se encargó de recordarme.


"¡Pero qué forma de masacrarme ha sido esa! - me dijo - ¿Tú no dijiste que si perdía el reto podía elegir mi muerte?"

¡Y tenía toda la razón del mundo! El 6 de abril, explicando en qué consistía el reto de “A vida o muerte”, escribí en los comentarios que al valiente que lo aceptara, si la cosa salía mal...

(…) “le daría el placer de decirme cómo quiere morir y la posiblidad de que elija a un compañero para preservarlo de la muerte en muchas jornadas”.

Así que mil perdones, Pepi, por olvidarme de algo tan importante. Lamento que esto sea como la vida misma, que ya no se puede dar marcha atrás, pero quiero que sepas una cosa:

Los zombis que se comieron a Pepi, la devoraron con tanta ansiedad que les sentó mal y anduvieron muy mareados las siguientes horas, hasta el punto de que al pasar junto al río perdieron el equilibrio y cayeron al agua, hundiéndose hasta lo más hondo, donde había una colonia de cangrejos de río tan voraz que no dejó de aquellos zombis ni el recuerdo. ¡Hala!

Vale, a lo mejor no te supone demasiado consuelo, pero seguro que tus compañeros te van a recordar siempre (o al menos mientras vivan :p )

Pero eso sí, ya puedes elegir a alguien para preservarlo de la muerte en muchas jornadas. ¿Lo tienes pensado?


El segundo punto es una petición que he pensado para cada uno de los protagonistas. Aunque llegado el día las haré saber, quisiera que de momento las respuestas sean secretas, por lo que es MUY IMPORTANTE que me las digáis por correo o a mi whatsapp personal.

Aquí van:

JUAN MIGUEL: En la última encuesta publicada en el blog, (ver barra lateral) aquella sobre cuántos supervivientes dejaríais para el final, hubo un empate de 6 y 7.

Así que, como líder, te dejo a ti la decisión. Cuando la historia acabe, ¿cuántos personajes vivos quieres que queden, seis o siete?

NERINE: A ti, Nerine, voy a pedirte que inventes un título para un próximo capítulo. Alrededor de ese título se construirá la trama.

ANASISTER: Mientras sigo pensando en qué privilegio será ese que ganaste en el reto anterior, la petición de hoy es que me digas tú la última frase del próximo capítulo. Invéntala. En el caso de que quieras que aparezca algún nombre, ten en cuenta que solo hablaré de María José, Nacho y Nerine.

FRAN: Te voy a conceder la posibilidad de que digas algo al personaje que quieras. Tú me dices a quién y el tema en cuestión y yo os pongo en comunicación en un próximo diálogo de la historia. Tal cual.

ROQUITO: Me vas a decir cinco palabras, las que quieras, para que sean dichas por tu personaje la próxima vez que intervengas. No han de ser cinco palabras que tengan sentido al decirse juntas, sino palabras al azar, para que vayan apareciendo.

NACHO: Cuéntame qué arma va a usar tu personaje en adelante, explicándome un poco cómo la va a construir. Llegado el momento se verá en la historia.

HOLDEN: Lo ideal sería que la convivencia de todo el grupo fuera siempre buena, sin embargo los seres humanos (y aún más en un apocalipsis zombi) terminan sacando su peores instintos. Vas a decirme qué dos personajes quieres que tengan una fuerte disputa (puedes ser uno de ellos o no, eres libre para elegir) También puedes decirme el motivo de la discordia.

MARÍA JOSÉ OLALLA: Dado que tu personaje tiene sueños premonitorios, dime, para que sea contado en algún capítulo, un sueño en el que ya te veas en una aldea con más gente. ¿Qué pasa? Dame algún detalle de ese sueño y veremos si realmente se cumple.

MONTSE: A ti, como la botánica del grupo, te voy a dar la opción de que inventes un reconstituyente natural hecho con plantas, que cuentes en qué consiste y qué propiedades tiene.

ÁNGELES: Como ya dije que tu personaje escribe un diario, envíame tus últimas anotaciones de ese cuaderno, en donde se vean tus impresiones ante los últimos acontecimientos. No tengas miedo a condicionar la historia. Esto es un reto para todos, y no me importa que lo sea para mí también.

CARLOS: A ti te pido la parte gráfica para una próxima entrada. Envíame una foto que la ilustre, y dejo a tu gusto lo que quieres que se vea en ella: tu mano sujetando un hacha, un paisaje misterioso, un lugar desierto...

A.B. : Soy consciente de que te pido algo difícil, pero ya sabes que desde hace años me hace ilusión tener algo tuyo en mi blog. Quisiera que me envies un video en el que toques algo al piano inventado por ti (con un minutillo basta) Solo utilizaré el sonido, añadiéndole otras imágenes. El resultado podría ser el tema principal de este grupo de The Zombie Experience. ¿Es mucho pedir?

Por último os dejo un JUEGO DE AGUDEZA VISUAL MEMORIA

He cambiado la foto que aparece en la cabecera del blog, la del zombi caminando por el campo de amapolas. A simple vista parece la misma, pero... HAY 7 DIFERENCIAS.

1) A ver quién es el observador con mejor memoria que sepa decirme qué diferencias son esas.

2) Son cambios notables, nada minúsculo difícil de apreciar.

3) Esto sí podéis contestarlo en los comentarios, aunque no serán visibles hasta el domingo 8 de mayo, dia en que acaba la prueba.

4) Aquel que menos respuestas correctas me de... jo, esto me resulta duro decirlo... tendrá los días contados en The Zombie Experience.

5) En caso de empate daré por perdedor al que contestara más tarde.

6) No admitiré cambios ni respuestas posteriores al primer envío, así que aseguraos bien antes de contestar.

7) Este juego está patrocinado por gentileza de Doxma S.A.

Y creo que nada más. Si os ha quedado alguna duda, consultad en comentarios.
 ¡Hasta pronto!



¡¡NO A LA CARNE PUTREFACTA!!
¡¡NO A LOS ATAQUES DE PÁNICO!!
¡¡NO A LOS ZOMBIS QUE NO COJEAN!!

18 abr. 2016

10. RODEADOS


Aquella muchedumbre de cuerpos sin vida camina por la carretera como una serpiente enferma que se arrastrara por pura  inercia, con el implacable afán de hincar sus dientes si la ocasión se presenta. 
Su cola se ha disgregado a la altura del Ford Mustang, y las decenas de muertos que se apartaron del asfalto bajaron por el camino atraídos por aquella carrocería roja que brillaba al sol. La presencia de Carlos estimuló la ferocidad de aquellos condenados, que le siguieron con su basculante caminar.

Por fortuna, aquel camino que baja hasta el río tiene una bifurcación que lleva hasta el caserío. Carlos, que había visto algunos tejados desde lejos, dirigió sus pasos hacia  allí mientras que los muertos descendieron hasta la orilla del río y se mantuvieron  por su margen, próximos a los campos de cultivo.

La extensa masa de podridos que continuó por la carretera está llegando a la caravana.

…...................................................

- ¿Me ayudas a levantarme? - dice Montse estirando un brazo hacia Juan Miguel - Necesito desentumecerme  y salir a respirar aire fresco.
- ¿Crees que podrás andar?
- No lo sé, me arde la pierna pero apenas me duele. Quiero intentarlo.
- Bien, espera a que eche un vistazo primero.

Juan Miguel sale al exterior. El sol empieza a ocultarse tras la arboleda que circunda toda la curva, y  las sombras de las ramas  avanzan por la carretera hacia la caravana. Una tórtola revolotea ruidosamente entre la fronda y termina alejándose de allí.

- Bueno, vamos a intentarlo – dice Juan Miguel al volver a entrar – Dame las manos e impúlsate con la pierna buena.
Montse le obedece y se pone en pie.
- ¡Ay, qué mareo!
- ¿Estás bien?
- Sí, es solo que necesito comer algo.

Apoyada en Juan Miguel, camina despacio hasta que consiguen salir.
- Bueno, no sería capaz de llegar muy lejos pero al menos puedo andar – dice animosa.

Una vez superados los pasos hasta la carretera se detienen para  mirar el lugar que les rodea.
La lluvia torrencial ha anegado los bancales que tienen enfrente, que brillan allí donde todavía queda agua.
- ¿Sabes lo que me vendría bien? Embadurnarme la pierna con barro. Eso me aliviaría, estoy segura.
- Pues barro es algo que no va a faltar, desde luego.  ¿Puedes mantenerte tú sola un momento?

Juan Miguel regresa al poco con una silla plegable, un bol de plástico  y algunos comestibles que ha encontrado en la caravana.
- Siéntate y come algo mientras voy a por barro.
- ¡Ah, qué bien! ¡Estás en todo!

Montse le ve actuar con celeridad y sonríe satisfecha por las muchas atenciones que ha recibido desde que apareció aquel muchacho. Se congratula de su buena suerte al no estar sola en momentos como aquel. Su única inquietud es la ausencia de Carlos que empieza a impacientarle,  y rechaza la posibilidad de que haya  sufrido algún percance.

Juan Miguel vuelve sujetando el bol con ambas manos.

- ¿Te puedes creer que toda esta zona está inundada? No he podido coger nada más consistente que esto.
- No importa. Muchas gracias, Juan Miguel. Yo hacía curas con friegas de arcilla, ¿sabes? Extendida por la piel y secada al sol tiene muchas propiedades.
- Poco sol vas a aprovechar  ya.
- Sí, pero eso no me preocupa,  me preocupa  que a mi amigo se le haga de noche.

Sentada en el borde de la silla, Montse se ha subido la larga falda estampada y se masajea la pierna con aquel lodo.
- ¿Hacia dónde dices que fue? - le pregunta Juan Miguel.
- En aquella dirección, buscando la zona en la que se veía el humo.
- Habrá que darle un margen de tiempo para volver.
- A mí se me está haciendo eterno. Menos mal que has aparecido tú.
- Lástima no haber llegado antes. ¿Llevaba algo para defenderse?
- No lo sé. Creo que no.
- Eso es lo primero que deberíamos hacer. Equiparnos. Construir  armas eficaces. ¡Es lo más importante!

Una bandada de palomas llega cruzando  el cielo por encima de sus cabezas.

Si son palomas domésticas, hay algún caserío cerca – dice Montse observando cómo tras planear en un semicírculo, las aves se dirigen a la arboleda que hay  junto a la curva. Las ven  camuflarse entre el ramaje, pero de repente salen volando en estampida, como si algo las hubiera asustado.
…...........................................................


Carlos y Roquito atraviesan el campo intentando ganar tiempo pero al llegar a los bancales se percatan de su error; las últimas lluvias han hecho impracticable el terreno.

- Esto es una locura, – exclama Roquito – está todo demasiado embarrado, me estoy hundiendo a cada paso.
- Sí, – responde Carlos-  y  cuanto más nos acercamos a la carretera, peor. No contaba con esto.
- Quizá deberíamos volver
- ¡Es que no puede faltar mucho!
- Yo no sé cuánto queda, pero cada pie me pesa un quintal. No vamos a adelantar así.
- Ah, mira, – exclama Carlos señalando un punto- ¿ves aquellos pinos? Están bastante cerca de la caravana, lo recuerdo bien. ¡Nos falta muy poco!
- De todas formas, o buscamos un terreno menos empapado o nos vamos a hundir hasta el cuello, ¡mira qué charcos! ¡Si parecen pantanos!
- ¡Maldita sea! ¡Pero es que estamos tan cerca...!
- ¿Pero es que no lo ves? ¡No podemos trasladar a tu amiga por aquí! Lo siento, pero debemos regresar y  llegar  por la carretera.
- Mi idea era sacarla de allí antes de que lleguen.
- Pero bien pensado..., ¿no será más seguro  que se quede dentro de la caravana hasta que pasen?
- No sé, son tantos... Me preocupa.
- Si  se queda en silencio pasarán de largo...
- Pero va a pasar mucho miedo. Quisiera estar con ella.
- Imposible yendo por aquí, debemos regresar.

Cuando Roquito empieza a retroceder, Carlos grita con fuerza.
- ¡¡Montse!! ¡¡Ahora mismo voy!!
- ¿¿Estás loco??- le reprocha su compañero- ¿Cómo se te ocurre gritar? ¡Vámonos de aquí!

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Nerine abre los ojos en mitad de una casi completa oscuridad  y cuando despierta del todo reacciona con un sobresalto. Gira su cuerpo para extender los brazos  intentando orientarse. Está en un lugar muy reducido en el que no puede incorporarse.
“What the hell??”, murmura

Tantea con las palmas de las manos y en seguida descubre que está en el maletero de un coche. De inmediato le llega el recuerdo de aquel hombre que fue a su encuentro cuando corría exhausta delante de los muertos.

…..............................................................


Holden camina nervioso por la estancia. Se detiene frente a la chimenea y tras un hondo suspiro queda pensativo mirando las brasas.

Todo el grupo le mira,  pendiente de lo que pueda decir.

- Bueno... ¿qué hacemos? - pregunta finalmente Fran.
- No sé, – responde con acritud-  es muy arriesgado ir a por aquella mujer  sin saber si de verdad se están acercando ni cuantos podrían ser.
- Eso creo yo – dice Pepi.
- Eso está claro – interviene A.B. – pero  si no vamos ahora, que aún queda luz...  De noche sería una locura.
- Deberíamos mirar por las ventanas de arriba - dice Anasister.
- Sí, ven conmigo, – dice Ángeles.
Ambas se dirigen a las escaleras.

- Esa mujer nos ha dado problemas desde el momento en que la vimos – dice A.B. - Para mí que está loca. ¡Pero loca del todo!
- ¿Y dónde la encontrasteis? - quiere saber Holden.
- En una gasolinera – dice A.B.- Estaba encerrada dentro.
- ¿Tiene provisiones?
- Eso suponemos – dice Fran – No llegamos a ver nada, no nos dejó entrar.
- Sería interesante acercarse allí mañana.
- ¿Aquí no tendréis gasolina? El coche se nos quedó seco.
- Tengo un coche de gasoil en el patio de atrás.
- ¡¡No me digas!! -  exclama Pepi al oírlo – ¡Perfecto!
- No tan perfecto – aclara Holden –  Apenas le queda combustible.
- Yo es que... - dice Pepi – No puedo quedarme aquí sin saber de mi novio...

En esos momentos baja Ángeles.

- Holden, ¿puedes venir un momento?
- ¿Habéis visto algo? - dice mientras  sube .
- Sí. Por la orilla del río.

Al llegar a la altura de Ángeles, ésta le sujeta por un brazo.
- ¿No tienes algo que contarme? – le dice en voz baja.
- Sí, después, no te preocupes.

 Anasister está mirando por la ventana. Al oírles entrar se vuelve.
- ¡Son un montón, Holden! ¡Mirad!

A esas horas de la tarde, el río es un camino dorado ondulando en la vaguada hasta perderse  en la distancia. 
Recortadas contra el fulgor del sol en declive, se pueden ver varias decenas de siluetas caminando  dispersas junto al río. Algunos se han introducido en sus aguas que discurren serenas en aquel valle.

Holden siente un escalofrío al contemplar la escena.

- ¡Joder, son mogollón! - exclama - ¿Cómo es posible que hayan llegado tantos hasta aquí?
¿¿Quién mierda los ha traído??
- Según dijo ese chico, venían por la carretera, - dice Ángeles - y otros han pasado de largo.
- Eso espero,  que pasen y se marchen lejos. De lo contrario... podríamos  estar rodeados.
- ¿Qué podemos hacer? - pregunta Anasister.

Fran, A.B. y Pepi suben a la habitación.

- ¿Qué pasa? - pregunta Fran.
- Pasa que tenemos a un montón  allá abajo, en el río – les dice Holden y los tres se aproximan a la ventana para mirar-  Están algo lejos, pero no sabemos cómo pueden reaccionar. ¡Maldita sea! El huerto, el corral... ¡todo lo que tenemos podría irse al carajo si se acercan tantos!
- ¡El gallo! - exclama Ángeles echándose las manos a la cara. ¿No les llamará la atención si se pone a cantar?
- No lo sé, pero hay que poner a los animales  a salvo ahora mismo. Me niego a que esos condenados se los coman.
- ¿Vais a salir? - pregunta Pepi poniéndose en tensión.
- ¿Y qué vamos a hacer con la australiana? - pregunta Fran
- ¡Y qué carajo queréis que diga!, - grita Holden  - Si alguno quiere ir a por ella que vaya en silencio.  Yo voy a guardar mis gallinas.
- Yo te ayudo, Holden – le dice Ángeles- Pero cálmate.
- Lo siento,  estoy  nervioso. Vamos, no hay tiempo que perder.

- ¿Me acompaña alguien a por la australiana? - pregunta Fran
- ¡Voy contigo! – dice A.B. - ¡la guerra que nos va a dar esa mujer!

…..............................................................

Montse se levanta de inmediato al oír que la llaman desde lejos.
- ¡Es Carlos! – exclama mirando a Juan Miguel - ¡Ay, qué alegría, es él! – Y poniendo sus manos a ambos lados de la boca grita:
- ¡¡Carlos, estoy bien!!

Al escuchar tan cercana  la voz de Montse, Carlos se queda petrificado durante unos segundos.

Roquito se enfurece.
- ¿Sabéis  cuánto  estáis llamando la atención?  ¡¡No gritéis, joder!! 
Carlos ha conseguido ver dónde está Montse y descubre que hay alguien con ella. Intenta acelerar sus pasos, pero comprendiendo que quizás no llegue a tiempo de avisarla vuelve a gritar.
- ¡¡Montse, métete en la caravana!! ¡¡Hay zombis cerca!! ¡¡Yo no puedo pasar por aquí!!

Juan Miguel hace un gesto a Montse para que retroceda hacia el vehículo y se apresura a ayudarla a caminar. Ella ve la severa expresión de su rostro al mirar a la carretera y no se atreve ni a volverse, pero el creciente jadeo que llega por  sus espaldas la aterroriza.

- ¡Dime que no nos han visto, Juan Miguel, dime que no nos han visto!
- ¡No lo sé, entra rápido y échate!
- ¿Y tú? ¿No te irás?
- No, son demasiados.
Juan Miguel levanta la puerta que se apoya en el suelo para cerrarla y busca algo por la caravana con lo que sujetarla. Si alguno de aquellos zombis se enganchara en la manivela exterior, la puerta se abriría de inmediato.

…........................................................

Cuando Holden y Ángeles salen al exterior escuchan gritar a lo lejos.

 - ¡Eso es! ¡Muy bien! - comenta Holden con ironía – ¡Haced todo el jaleo que podáis para que se acerquen.


A esas horas, el gallo y las nueve gallinas que durante las horas de luz campan por toda la aldea se han retirado a su frágil cobertizo. Holden sujeta a dos de ellas por las patas y se las pasa a Ángeles.
- Lleva tú éstas  mientras yo agarro a otras dos.

Las gallinas cacarean inquietas al ser atrapadas, pero después se dejan transportar dócilmente.
- Holden... - comienza a decir Ángeles mientras caminan hacia el patio.
- Ahora no es el momento.
- ¿No es el momento? ¿Por qué no es el momento?
- Hay que guardar las gallinas primero.
- ¿Qué tiene eso que ver? Puedes hablarme mientras tanto.

En ese instante Fran y A.B. salen de la casa.
- Vamos a por la australiana – dice Fran
- ¡Llevad mucho cuidado! - les responde Ángeles.

Cuando sueltan al último par de gallinas en el patio donde guardan el coche, Ángeles sujeta a Holden por los brazos.
- ¡Cuéntame! ¡Me ibas a decir algo!
- ¡Te digo que no es el momento!
- Diciéndome eso haces que aumente mi preocupación, ¿sabes? ¡Y ya me tienes bastante preocupada!
- ¡Joder! ¿No puedes esperar a que estemos tranquilamente a solas? - le grita.
- ¿Lo ves? ¡Nunca te he visto tan agresivo conmigo!
- ¡Te he dicho que estoy nervioso!
- ¡¡Y yo también!! - protesta ella – ¡Y no la pago contigo!
Holden aprieta los dientes, y tras un hondo suspiro la mira a los ojos.

- Está bien... no puedo ocultártelo más... Te mentí.
- ¿Cómo dices?
- Aquel niño... aquel jodido niño...
- ¡Te mordió!
- No se puede decir que sea un mordisco. Es... es solo una rojez del tamaño de un grano de arroz.
Ángeles se sienta en el suelo con la respiración agitada.
- Eh, no te preocupes, por favor. ¡Por eso no quería decírtelo! ¡Ni siquiera me duele!
Holden se arrodilla y le levanta la cara con las manos.
- ¡Eh, que no va a ser nada
- Estás raro – dice ella con los ojos acuosos.
- Estoy asustado, sólo eso.
- ¿Sabes que yo intuía algo? Y me daba miedo preguntarte.
- Escucha, vamos a olvidarnos de esto. Siento que si le damos importancia será peor. Ya te  he dicho toda la verdad, y ahora a actuar como si nada.
- No, tenemos que decírselo a Anasister. ¡Es enfermera!
- ¡No, no, no...!  No quiero alterar las cosas más de lo que están. Prométeme que esto queda entre nosotros.
- Pero ella...
- ¿Qué va a hacer ella? ¡No puede hacer nada!
- Déjame verlo.
Holden duda un instante.
- Eso es darle importancia, y te he dicho...
- Por favor...

Cuando Ángeles lo ve disimula sus ganas de llorar. El mordisco es la perforación en el muslo de un diente pequeño, un punto rojo oscuro en el centro de una notable inflamación.

….....................................................

La gran muchedumbre de muertos es ahora perfectamente visible desde el lugar en donde se encuentran  Carlos y Roquito. El sobrecogedor sonido es el de un inmenso enjambre, el de una jauría de bestias afónicas que estuvieran devorando un gran cadáver.

"Vamos, pasad, pasad de largo", murmura Carlos apretando los puños.

Aquella multitudinaria manada se abre justo en aquella curva y muchos  de los caminantes se esparcen e internan por el arcén en donde está volcado el vehículo, rodeándolo.

Montse está acurrucada en un rincón, muy quieta, mirando fijamente a Juan Miguel, que está colocando una mesa plegable junto a la puerta, con la intención de que interrumpa el recorrido de la manivela. 
Oyen el arrastrar de sus pasos y el jadeo de sus gargantas y notan el movimiento del vehículo cuando en su inestable avance aquellos seres chocan contra él.

Juan Miguel devuelve miradas tranquilizadoras a Montse, que no puede creer que solo unos minutos antes estuvieran los dos allí afuera, ajenos al peligro que se les avecinaba.
Monste le interroga con la mirada señalándole la mesa. Él niega con la cabeza. No ha sido capaz de colocarla apropiadamente o ha preferido no hacer el más mínimo ruido.

Montse está tan nerviosa que desde su posición le parece que la manivela se está moviendo y a veces sus gestos muestran tal pánico que Juan Miguel se aferra a aquella empuñadura temeroso de que la puerta se abra.
Entonces un fuerte golpe de algún cuerpo contra el vehículo le desconcierta de tal manera que piensa que van a abrir la puerta y en su confusión, en vez de girar la manivela a la derecha, Juan Miguel  la mueve  hacia la izquierda.

La puerta cae al suelo pesadamente y Montse grita.

….........................................................

Nerine empieza a pensar que probablemente aquel hombre que la metió allí huyera o tal vez acabara devorado y que eso podría dejarla allí encerrada hasta morir. Empieza a rezar con desesperación, pero aunque quiere dominar su angustia, esperanzada en que alguien vuelva a por ella, un ataque de pánico termina por invadirla, y grita y golpea con fuerza con manos y rodillas la puerta de aquel maletero.

Entonces se percata de que ha cedido levemente a su empuje, de que el cierre no está bloqueado y domina su llanto para decidir si es capaz de abrir aquello.
O si es conveniente hacerlo.

…......................................................

Roquito entra en la casa con barro hasta las rodillas y no encuentra a nadie.

- ¿Hola? ¿Estáis por aquí?

Anasister y Pepi bajan por las escaleras.

- ¡Eh!, ¿cómo ha ido? - pregunta Anasister.
- Fatal, mirad cómo me he puesto. Nos faltaba poco para llegar, pero ha sido imposible por culpa de tanto barro.
- ¿Y el otro?
- Carlos sigue allí, por más que le he dicho que regresáramos, se ha quedado. ¿Dónde están los demás?
- Fran y A.B. han ido al coche. Holden y Ángeles han salido.
- Oye, Pepi, - dice Roquito- no pretendo que te hagas ilusiones, pero Carlos dejó sola a su amiga y ahora ha visto que había alguien con ella.
- ¡¡Tomás!! - exclama Pepi- ¡Seguro!
- Ay, ojala sea él – dice Anasister abrazándola.
-¡¡Es él, Anasister!! ¿Quién si no? ¡¡Vamos, vamos ya!!  ¡¡Holden tiene coche!! ¡Me tiene que llevar a donde está!.
- Escucha, Pepi – empieza a decir Roquito- no sabemos...

Pero Pepi, con el corazón eufórico, sale presurosa al exterior.

- ¡¡Holden!! ¡¡Holden!! - grita en dirección a los corrales.
Le ve caminar por detrás de la higuera y se acerca a él.

- ¡¡Holden, ha aparecido Tomás!!
Cuando se quiere dar cuenta, el que parecía Holden es uno de aquello seres sin vida, que se vuelve y su mandíbula hace un chasquido, dejando al descubierto su verdosa dentadura.

Pepi da la vuelta para huir, pero de la huerta han surgido dos muertos que interrumpen su paso. Pepi choca con ellos y cae al suelo.
Se levanta, huye en otra dirección pero vuelve a frenar en seco.
Frente a sí tiene a varios infectados  con los ojos puestos en ella. Son muchos y están por todas partes.

- ¡¡Anasister!! - grita - ¡¡Anasister!!

La masa de podridos la rodea en cuestión de segundos y siente como le ponen las manos encima y la aferran. Pepi llora pensando en lo mucho que sufrirá Tomás cuando le digan que ha muerto.

Unos y otros tiran de ella para morderla por todas partes, con un apetito feroz que les hace gruñir como bestias del inframundo.

3 abr. 2016

09. ENTRE LUCES Y SOMBRAS

La ciudad pasó del caos al  silencio en un breve espacio de tiempo.

María José Olalla hubiera preferido mil veces que siguieran sobrevolando los helicópteros, a pesar del molesto ruido, a vivir con aquella inquietante tranquilidad que sobrevino después.
Dejaron de escucharse  los mensajes por megafonía ordenando a la población que permaneciera en sus casas. Dejaron de oírse las sirenas ululando en todas direcciones. En tan solo unos días cesaron las voces agresivas, los gritos de terror y los lamentos lejanos, los coches pitando, las explosiones...

Todo aquel bullicio se extinguió, como si el mundo entero  hubiera emigrado a otro lugar, a otro mundo  muy lejano.

La agresividad del virus era mucho mayor de lo que las autoridades sanitarias habían previsto. 
Al transmitirse por vía aérea, el contagio fue masivo y en proporciones exorbitantes. El mortífero microorganismo, aun sin los nutrientes y humedad necesarios, lograba una supervivencia nunca antes vista, y de haberse podido estudiar se habría descubierto su desconcertante capacidad para localizar a un ser vivo e invadirlo.

Los síntomas del contagio se manifestaban de tres formas distintas.
 La gran mayoría de las personas infectadas sufrían una fiebre inicial que iba en aumento hasta que perdían el conocimiento, entrando poco después en un coma irreversible.
En otras la fiebre alcanzaba un pico en el que se mantenía, dando paso al sangrado de encías y lagrimales. Horas después,  fallecían debido a severas hemorragias internas.
Una minoría, tras un evidente decaimiento acompañado de  fiebre alta o moderada, experimentaba una progresiva mejoría que se manifestaba hasta el punto de sentir la necesidad de estar en constante movimiento. La actividad cerebral iba en aumento y ante la imposibilidad de  dormir, el sistema nervioso provocaba el colapso de todos los órganos.

La primera en sentir escalofríos fue María José.
Era una mañana de domingo y a los cuatro les emocionó que en algún punto de la ciudad sonara la campana de una iglesia.

- Estoy algo mareada – le dijo a su marido – Voy a acostarme un rato a ver si se me pasa.
- ¿Pero tienes fiebre? - quiso saber extendiendo el brazo para tocarle la frente.
- No, no – dijo ella apartándose – solo necesito descansar. Pero en adelante, por si acaso, no debemos dejar de llevar las mascarillas.

En la habitación ya no tenía fuerzas ni para quitarse la ropa. Tan solo se descalzó y metida en la cama empezó a temblar.

“Mamá, aquí estamos a salvo, ¿verdad?”, oyó cómo le decían al oído.
Sobresaltada, abrió los ojos pero ninguna de sus hijas estaba en la habitación.
Se sentía vulnerable cada vez que cerraba los ojos, de hecho no había noche en la que  no la invadieran inquietantes imágenes sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo.
Con frecuencia soñaba que su marido moría, pero que se levantaba de la cama para decirle que se llevaba a sus hijas.

“¿Por qué te las llevas? Ellas están bien” - le preguntaba sin alterarse.
“No, no están bien. Murieron antes que yo”
“¡Por qué dices eso! ¡Hoy las he visto!”, argumentaba ella empezando a ponerse nerviosa.
“No, eso es lo que quieres creer. Nos vamos los tres. Tú te quedas aquí”
“¿Y qué voy a hacer aquí yo sola?”
Su marido, antes de salir de la habitación se encogía de hombros y respondía “No lo sé. Eso debes decidirlo tú”

María José, sumida en un estado febril con intervalos de frío y calor, terminó por dormirse.
Cuando se levantó, sus hijas estaban sentadas  cara a cara en la alfombra del salón. Las dos llevaban su mascarilla puesta. Cuando se giraron para mirarla, ella sintió que se le erizaba la piel  e intuyó que algo grave pasaba.
“Mamá, ¿te has muerto?”, le preguntaba su hija mayor.
“Claro que no”, respondía ella titubeando.
“¡Qué pena! -  le decían –  Nosotras sí”.                                                           
María José echó a correr hacia la puerta para salir de allí. Bajó las escaleras y golpeó con los puños la puerta de abajo.
Escuchaba los zapatos de sus hijas pisando cada escalón, descendiendo sin ninguna prisa hacia ella.
“¡Ábrame, por favor! - gritaba María José. La vecina la dejaba pasar y acto seguido la agredía. María José la miraba sin lograr comprender su reacción. Su vecina le decía “Sé lo que te ha asustado”. Después la abrazaba y  le susurraba “Shhhh, tranquila, shhhh...”

“Mamá, aquí no nos pasará nada malo, ¿verdad?”
Y despertaba para volver a comprobar que con ella no había nadie y que los sueños volvían a parecer tan reales que la confundían.

…....................................................................


Con un nudo en el estómago, Nacho conducía una de las furgonetas que había en el almacén. Se acercaba a la ciudad, convencido de que, después de tanto tiempo, la probabilidad de enfermar  era prácticamente nula,  pero no podía evitar sentirse nervioso conforme avanzaba.

No le acobardaba la idea de la muerte. El mundo se había convertido en algo incierto en el que ya nada volvería a ser lo mismo y la perspectiva de una vida tan insegura llegó a sumirlo en un  hondo desaliento. Pero los días de reflexión en el almacén le habían servido para concienciarse de que había que seguir adelante. Si la vida le concedía  el privilegio de sobrevivir a algo tan devastador, pensó que sería ruin por su parte no aprovechar esa segunda oportunidad, y que en adelante lo más acertado sería vivir el día a día sin pensar demasiado en el mañana.

Tenía miedo, pero no a la muerte, sino al dolor.  A  ser atacado, a herirse, a sangrar, a no poder moverse, a enfermar, a sufrir en soledad.
Nacho siempre fue un ser solitario sin que eso le importara demasiado, pero ahora que probablemente estuviera condenado a serlo irremediablemente,  deseaba que su suerte cambiara. Más que nunca anhelaba el contacto humano.

Llegó a la primera gran rotonda que daba paso a las circunvalaciones hacia  la ciudad y las encontró tan desiertas que se estremeció.
No se veía gente por ningún lado, ni vehículos en movimiento, ni sonidos que revelaran actividad humana, tan solo un silencio sobrecogedor que le hacía sentir pequeño e indefenso.

Se decidió a tomar  la ronda sur de la ciudad. 
Hacía un día espléndido, uno de aquellos días en los que la gente habría salido a pasear y los niños correrían por los parques, pero este era un nuevo mundo en el que el silencio se había tragado al bullicio y la ciudad parecía un decorado pintado sobre un azul intenso.

La primera gran sorpresa la encontró al acercarse al Hospital General. 
Un incendio lo había convertido en una gran mole negruzca que todavía humeaba. Incluso las copas de algunos árboles próximos al edificio habían ardido. Nacho imaginó el horror que debió de vivirse allí.

Por el jardín de su explanada  delantera se movía algo.
Redujo la velocidad para observar mejor y enseguida se percató de que había infectados caminando sin rumbo.
“Tres, cuatro... cinco... Dios, ¡si están quemados!”

Giró hacia  la avenida que corría perpendicular al lateral del hospital. Nacho estaba horrorizado pero al mismo tiempo  sentía una fuerte curiosidad por observar mejor a aquellos seres calcinados, incapaz de comprender cómo podían seguir moviéndose.  
Uno de ellos se percató del avance del furgón y varió su rumbo hacia él.   Al llegar a la verja que les separaba, Nacho pudo apreciar cómo tenía sus prendas pegadas a una  piel llena de ampollas. El zombi estiraba los brazos entre los barrotes y le miraba con desesperación emitiendo unos desagradables sonidos que terminaron por captar la atención de los demás.

Le latía el corazón con fuerza cuando todos aquellos muertos balanceaban sus brazos a través de la verja, moviendo unas manos en las que faltaban  piel, carne, dedos...
Nacho aceleró para dejar atrás aquella jauría hambrienta que emitía sonidos de ultratumba.

 Su mente comenzó a bullir.
“Yo podría haber sido uno de ellos... Pero estoy vivo... ¡estoy vivo!... No, no voy a enfermar ahora, ahora ya no... ¡Qué horror!... ¿Encontraré gente?... Tengo que buscar algo con lo que defenderme... Dios, cómo... ¿cómo pueden seguir moviéndose?...  Aún parecía haber vida en esos ojos... Pero no, es imposible… Qué  silencio...  ¿Se han ido todos? ... Pero a dónde... “

Ensimismado en sus pensamientos estaba cuando oyó gritar.

“¡Ehh, aquí!  ¡Aquí, por favor!”

Era la voz de una mujer. Detuvo el coche y miró alrededor.

“¡Aquí arriba!”

Nacho se aseguró bien de que no hubiera ningún ser moviéndose por allí antes de descender del furgón. Guiándose por la voz que seguía llamando localizó finalmente a la mujer en un balcón.

- ¡Gracias a Dios que ha parado!  ¡Llevo días sin ver a nadie! - ¡Necesito que me ayude!
- ¿Qué le pasa?
- Apenas me queda nada de comer y no puedo salir de casa – y se echó a llorar.
- Tranquilícese. ¿No se atreve a salir?
La mujer negaba con la cabeza sin poder interrumpir el llanto.
- ¿Quiere que suba?
- No.
- ¿No quiere que la ayude?
- En la escalera... hay muchos...
Nacho miraba a uno y otro lado. La necesidad de hablar a gritos le inquietaba.

- Puedo hacer algo – le dijo – Si abro la puerta de aquí abajo y hago ruido, saldrán.
- Por favor, prométame que no se va a ir – le suplicó la mujer temblando.
- Descuide. Lánceme las llaves de esta puerta, yo abro y grito para que me oigan y bajen. Seguramente saldrán a la calle y se marcharán. Yo mientras tanto me  alejaré pero espéreme en el portal y volveré a por usted.
- Pero es que las llaves están en mi habitación, y en mi habitación... - la mujer se ahogaba al hablar- está mi marido. Encerrado. No me atrevo a entrar.

Nacho pensó qué podía hacer.

- Por favor, no se marche – gimoteó de nuevo la mujer.
- No me voy a ir, tranquila.
- Hace unos días vi a una chica joven corriendo y le pedí ayuda pero ni siquiera paró.
- Imagino que todos los que quedamos  estamos asustados. Es lógico. Usted lo está. Yo también.
- Me llamo Gloria.
- Yo soy Nacho.
- Gracias por no marcharte. Dime qué puedo hacer.
- Si quieres salir de ahí... ¡tienes que...! Bueno,  ya sabes que está muerto, que ese ya no es tu marido.
Gloria asentía en silencio.
- Coge algo puntiagudo, como un cuchillo. Un cuchillo grande.  En la cabeza. ¡Con fuerza!

La mujer aferraba  la barandilla y miraba a Nacho fijamente, mentalizándose en lo que ya estaba dispuesta a hacer.
- No lo pienses demasiado  – le instó Nacho- No es muy seguro seguir aquí, gritando.

Acto seguido la mujer  abandonó el balcón para entrar en su casa.

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Tomás llega al punto en el que se separó de Pepi y Anasister.
Se queda quieto delante de aquella pequeña casa de labranza, temeroso de entrar y no encontrarlas. Algo le dice que  no estarán dentro.
Como esperaba, la encuentra vacía,  pero descubre  un mensaje escrito en la pared con un tizón de madera.
TOMÁS, SEGUIMOS CARRETERA ESPERANDO ENCONTRARTE. BÚSCANOS.

Sale de nuevo al exterior, desmoralizado ante la idea de desandar tantos kilómetros y continuar en dirección contraria.
Mete la mano en un bolsillo y coge un puñado de almendras tostadas que empieza a comer mientras reanuda la marcha.
“Maldita mujer”, murmura pensando en Nerine, rememorando el momento en que la vio en la puerta de aquella gasolinera.

“Ah, gracias a Dios que  iega usted. Mi marido se ha torcido un pie y no puede subir escaleras. ¿Puede aiudarme?”
Recuerda cómo despertó amordazado y con un fuerte dolor en el cráneo. Aquella extranjera le engañó y le retuvo a la fuerza.
“¡El tiempo que me ha hecho perder esa loca!  ¿Cuánto tiempo he pasado allí? ¿Dónde estará ahora? Como la encuentre se va a acordar de mí”

Le intranquiliza el hecho de llevar la misma dirección que tomó aquel pelotón de muertos que vio pasar y se pregunta si su novia y su hermana estarán a salvo de ellos.

Del campo de cebada que hay a su izquierda surge una bandada de cuervos, graznando inquietos ante su proximidad. Vuelan en amplios círculos a ras de las espigas para volver a ocultarse en el mismo punto del que surgieron.

Tomás piensa que estarán dándose un festín con algún animal muerto, pero cuando los ha rebasado varios metros vuelve sobre sus pasos. De repente siente la necesidad de comprobar si aquellos cuervos están realmente comiendo la carroña de  un animal.

Se adentra en la alta cebada. 
Saltan diminutos insectos en todas direcciones. Muchos pulgones quedan prendidos en su ropa. 
La tierra está húmeda y el barro se pega en las suelas de los zapatos. La brisa balancea las espigas haciendo sisear la hierba. Le llega el hedor de un cuerpo en descomposición. Siente miedo, el preludio de algo desagradable que quisiera no mirar pero que se ve obligado a comprobar.

Un cuervo grazna ruidosamente y Tomás grita para espantarlos. A Tomás le parece ver un cuerpo tendido en el punto que los cuervos se resisten a abandonar.
Teme encontrar allí a Pepi  y Anasister, muertas, devoradas por aquellas odiosas aves y durante unos segundos no se atreve a avanzar.
Le parece escuchar un jadeo.

“¡Fuera!”, grita con fuerza al tiempo que bate palmas, ¡Largo de aquí!”

Cuando los cuervos se alejan percibe mejor ese monótono jadeo. Se acerca y descubre a un hombre boca arriba con las cuencas de los ojos sangrando. Todo su rostro está picoteado, rasgado, con la piel arrancada a tiras que cuelgan a ambos lados. Tiene restos de plumas en la boca, los dientes manchados de sangre y en su mano  un cuervo decapitado.
Bajo la tela de sus vaqueros hay un casi imperceptible temblor, y Tomás descubre una masa blancuzca asomando  por sus perneras.

Tomás está impresionado ante algo tan repulsivo e incomprensible. Depredadores  y presas actuando unos sobre otros al mismo tiempo, en una realidad imposible de aceptar.
El zombi apenas puede moverse pero todavía es capaz de acercar la mano a la boca para morder y tragar los restos de su presa.
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María José no conseguía abrir los ojos. Un hondo sopor  la tenía sumida en una semiinconsciencia que en ocasiones  confundía con la muerte. 
Se veía a sí misma levantándose una y mil veces para comprobar que su familia seguía bien, pero cada vez que lo hacía notaba  que sus hijas evitaban mirarla a la cara, y le dolía escuchar  lo que de antemano sabía que le dirían: “Mamá, ¿te has muerto ya?”

A veces abría los ojos y no sabía si era de día o de noche, pero se dejaba llevar por la somnolencia, como si se dejara arrastrar por la corriente de un manso río,  sin importarle demasiado dónde le llevara.
Dormía y su descanso estaba plagado de sueños.

Soñó que se levantaba y que sacaba la caja de debajo de la cama. Abría un frasco de uno de aquellos jarabes y se lo bebía entero. Le gustaba el sabor, dulzón, como de zumo de  fresas calientes. Ese sabor persistió durante mucho tiempo y en uno de sus momentos de insomnio  ya no estaba segura de si aquello fue un sueño o lo hizo realmente.
“Este sabor en la boca... ¿Llegué a tomar ese jarabe? … ¿Por qué no lo recuerdo?”

Sentía la lengua pastosa y llamó a su marido para pedirle un vaso de agua, pero como no oía su propia voz, dio por hecho que seguía durmiendo.
“¿Cuánto hace que no despierto? … Dios mío, ¿y si he muerto y no me he dado cuenta?... ¿Tuve fiebre?... Sí,  me acosté con fiebre. Pero ya no me encuentro mal... ¿Por qué no me despierto entonces?”
“Mamá, no corremos peligro, ¿verdad?”
“No, hijas, no os preocupéis”, les dijo mentalmente, sintiendo el alivio de oír sus voces llenas de vida, sintiendo el sosiego de saberse escuchada.
“No, no puedo estar muerta porque las oigo hablar y ellas me escuchan”

Aquella noche, ¿o era aún de día?, sintió mucha sed. Llamó muchas veces a su marido, cada vez más fuerte, aunque seguía  sin oírse a sí misma.
Notó que él le ponía la mano en la frente.
“Cariño, tienes mucha fiebre – le oyó decir- pero te vas a poner bien”
“Dame agua, por favor- le pedía- dame agua, que me muero de sed”
Veía una y otra vez el vaso que él le ponía delante pero cada vez que movía la lengua para tragar agua solo sentía el denso sabor del jarabe, un sabor  que ya no podía soportar.
“Dame agua, por favor. Tengo mucha sed”
“¿Por qué has tomado el jarabe, María José?”
“¿Cómo?”, preguntaba confusa.
“Te dije que solo serviría si te mordían”
“Tú no me dijiste eso. Eso me lo dijo… ¡Nacho!”
Intentaba abrir los ojos para mirar a la cara a su marido, pero él se colocaba delante de la ventana y no conseguía distinguir su rostro a contraluz.
“¿Por qué me has dicho eso? ¿Eres Nacho?”
“Tienes mucha fiebre, pero te vas a poner bien”

De repente sentía miedo de esa figura que se balanceaba delante de la ventana. Quería gritar, pero no podía.
“Estoy muerta. Debo de estar muerta. Mi cuerpo no me responde”
Quiso hablar con  sus hijas y lo hizo de la única forma en que había comprobado que funcionaba: llamándolas mentalmente.
“Mamá, ¿qué quieres?” – las escuchó decir en un susurro.
“Tengo mucha sed”
“Porque tienes mucha fiebre”
“No, es porque he bebido ese jarabe. No sé por qué lo hice, pero necesito beber agua”
“¿Por qué te bebiste el Doxma?”
“¿Nacho? ¿Eres tú? Por favor, Nacho, tráeme agua. No puedo levantarme, no puedo despertar, y hay alguien a mi lado, moviéndose delante de la ventana”
“Entonces es mejor que te quedes quieta”
¿Dónde estás tú? ¿Qué haces? ¿Vendrás a por mí?”

María José abrió los ojos y vio a Nacho.  Estaba buscando algo con evidente nerviosismo. Era una caja de Doxma. La abría a toda prisa y sacaba un par de frascos. Después los lanzaba al aire para ver cómo volvían a caer y se estrellaban contra el suelo.
“¡Por lo que más quieras, cógelo!” – suplicaba él.

……………………………………………………

Los minutos se le hicieron interminables esperando que Gloria volviera a asomar.
Nacho miraba hacia el balcón apretando los puños, cuando un movimiento  llamó su atención.
 Tres caminantes habían aparecido por  la calle transversal del fondo. Les vio avanzar muy lentamente y desaparecer por la esquina.
Entonces escuchó cómo Gloria gritaba en el interior del piso. Unos segundos después la vio asomar al balcón con la mirada desorbitada. Sujetaba un cuchillo grande en la mano derecha y con la izquierda se apretaba un hombro. Tenía la camiseta manchada de sangre.
Nacho le indicó con gestos que no hiciera ruido pero Gloria, sin mirarle siquiera, soltó el cuchillo, cayó de rodillas en el balcón y comenzó a gritar desesperada.

- ¡Calla, Gloria, no grites!

Como supuso, los zombis volvieron a aparecer, sin duda atraídos por aquel alarido.

- ¿Lo has hecho, Gloria? ¿Tienes ya las llaves?
- ¡¡Me ha mordido!! – gritó ella levantando la mano que presionaba el hombro- ¡Dios mío, me ha mordido!
- ¡Escúchame, Gloria, puedo ayudarte! ¡Tírame el cuchillo primero! ¡Lo necesito!

Gloria lloraba y gritaba ajena a los ruegos de Nacho, que ya tenía a aquellos tres resucitados cerca.

- ¡El cuchillo, Gloria! ¡Tíralo a la calle!

Ante la impasibilidad de la mujer, que gritaba angustiada, Nacho se metió en el furgón y pasó a la parte trasera donde almacenaba varias cajas. Buscó entre ellas y encontró la caja de Doxma, la abrió a toda prisa y cogió un par de frascos que introdujo en sus bolsillos.

Los tres zombis alcanzaron el furgón en ese momento y,  jadeando,  arañaban los  cristales de las ventanillas con sus manos llagadas.
“¡Maldita sea!,  murmuró,  ¡no podían ser más inoportunos!”

Consciente de que la rapidez en sus actos era de vital importancia, Nacho  se arriesgó a bajar  una de las ventanillas hasta que la abertura permitiera a aquellos zombis introducir las manos. Dos de ellos lo hicieron de inmediato, momento que Nacho aprovechó para volver a subir con fuerza el cristal dejándolos atrapados.
Volvió a la parte trasera, de dónde extrajo el gato mecánico de su compartimento y salió al exterior tras comprobar que el tercer zombi se encontraba apartado en esos momentos.

Aferró con ambas manos  la pesada máquina y se puso a la vista de ese otro caminante. Observó que llevaba una brecha oscura en la cabeza y una sudadera acartonada en la que entre sangre seca se leía LOVE UNIVERSITY.

Echó una rápida mirada al balcón de Gloria porque la oyó toser y la pudo ver vomitando.
El zombi, al ver a Nacho, se acercó de inmediato y éste, cuando lo tuvo enfrente le lanzó con ímpetu el gato mecánico a la cabeza.
La máquina le impactó en la cara haciéndole  trastabillar  hacia atrás y caer de espaldas. Nacho solo tuvo que recogerla rápidamente del suelo  y volver a lanzarla contra el cráneo del zombi, que al reventar esparció en el asfalto todo su viscoso contenido.

Nacho se aseguró de que los otros zombis seguían atrapados en la ventanilla antes de dirigirse a la mujer.

- Gloria, escúchame por favor. Te voy a lanzar esto que tengo aquí. Ábrelo y tómatelo, ¿de acuerdo?
La mujer se había vuelto a sentar  en el suelo y tenía las manos sobre la cara.
- ¿Me estás oyendo, Gloria? ¡Atiéndeme! ¡¡Te estoy diciendo que aún puedes salvarte!! ¡¡Coge esto y tómatelo!!

Nacho lanzó entonces el frasco del jarabe, que golpeó en la barandilla del balcón y volvió a caer a la calle. A pesar de ser de plástico, el envase se rajó y el líquido salpicó en todas direcciones.
- Me estoy mareando – gimoteó ella.
- Gloria, te voy a lanzar otro.  Por lo que más quieras, ¡cógelo!

El segundo frasco entró en el balcón y cayó a los pies de Gloria sin romperse.
- Me estoy mareando – volvió a decir ella.
- ¡Si no coges ese jarabe me marcho ahora mismo! - gritó Nacho.
Ella buscó  por el suelo con la mirada perdida y lo cogió.
- No puedo abrirlo – dijo débilmente.

Fueron sus últimas palabras antes de desmayarse.

………………………………………………………

María José abrió los ojos y vio la pequeña mancha de humedad del techo, la que tenía forma de M. Solo  entonces supo que aquel despertar era distinto a todos los anteriores.
Llamó a su marido y se escuchó a sí misma.
Después llamó a sus hijas, pero tampoco obtuvo respuesta.
Con una creciente inquietud en su interior, se concentró para llamarlas mentalmente, pero tan solo el silencio acudió a sus oídos.

Se esforzó  para apartar la manta y empujar sus piernas hasta el suelo.
Le sorprendió hallarse vestida. Se palpó la cara y sintió el pelo pegado a la frente. Tocó el almohadón y lo encontró húmedo.
Tras calzarse empezó a caminar  lentamente,  sintiéndose débil.
“Estoy despierta”, pensó , ¡por fin estoy despierta!  

La caja de Doxma  estaba abierta  junto a la cama, y vio un frasco  en  el suelo.

Salió de la habitación rechazando los negros presagios que intentaban invadirla. Había empezado a llorar en silencio sin atreverse a indagar la razón.
Caminó con lentitud  a través del pasillo.

Llegó a la puerta de la habitación de sus hijas y se quedó unos segundos delante de ella, suplicando a los cielos escuchar alguna voz al otro lado.
Le pareció oír un ruido y se decidió a abrir esperanzada.

Sus hijas estaban allí, de pie, encaradas una junto a la otra, con las mascarillas puestas.
Se volvieron hacia  su madre y a María José se le heló el corazón al no reconocer  sus miradas. Ambas se tambalearon antes de precipitarse hacia ella.

María José avanzaba por el pasillo, chocando con las paredes, rogando a Dios que aquello fuera de nuevo una de sus pesadillas.

Golpeando la puerta de su vecina lloraba porque sabía que lo había perdido todo, y gritaba porque oía como esas niñas que un día fueron sus hijas bajaban las escaleras para hacerle daño,  y entre su pesadumbre y  su miedo aún quedaba un resquicio para intentar razonar lo inexplicable.
Sabía que su vecina estaba viva y que le abriría la puerta y cuando efectivamente la abrió y entró, María José estaba tan fuera de sí que la vecina la abofeteó varias veces para que se desahogara llorando.
Después la abrazó.

- Vamos, querida, sé lo que has pasado. Pero ia ha acabado todo. Ahora nos aiudaremos la una a la otra, ok?

Y para tranquilizarla le susurraba “Shhhh, shhhhh…”

………………………………………..

Tomás abandona el campo de cebada y continúa la marcha  por la carretera. 
El sol ha empezado a caer y su sombra se proyecta alargada en el asfalto, moviéndose delante de él.

A su derecha, por un prado en declive que termina en unas lomas verdes ve dos figuras caminando. Están demasiado lejos como para reconocerlas pero da por hecho que son Anasister y Pepi y las llama pletórico de alegría.

Corre hacia ellas, sin importarle el barro que  en su carrera salta a uno y otro lado. También su sombra corre con él y la sombra también hace saltar trozos de sombra de barro. 

Una nube oculta el sol en esos momentos.

Tomás sigue corriendo, pero la sombra de Tomás ha desaparecido.