Esta pretende ser la historia de quince supervivientes en un mundo devastado y plagado de zombis. Los protagonistas son familiares y amigos míos que habrán de interactuar para llegar hasta el último capítulo. Pero, irremediablemente, algunos de ellos se habrán de quedar en el camino.
(Esta es una sinopsis patrocinada por Doxma)

31 may. 2016

13. ENTRE EL DOLOR Y LA ESPERANZA


El mal humor de Nerine se fue disipando conforme la ciudad iba quedando atrás.  De hecho, en cuanto dejó de ver los últimos edificios en el retrovisor, empezó a sentirse eufórica.
Thomas, que siempre admiró la positividad de su mujer, la miraba con preocupación. Conducía con esa mirada risueña que no la abandonaba, pero le hubiera gustado encontrar en su rostro algún signo de preocupación, se hubiera sentido más tranquilo percibiendo en ella el mismo  miedo que él tenía. Mientras a él lo invadía la angustia ante la incertidumbre, ella sonreía con gozo, como si hubieran salido a pasar un fin de semana en la playa.
Nerine notó que Thomas la miraba.

- ¿Estás mejor, darling?- dijo poniéndole una mano en la pierna.
- Un poco mareado todavía. Y me empieza a doler la cabeza.
- Oh, Thomas, estoy tan contenta de que estemos vivos los dos. ¿Te has dado cuenta... te has dado verdadera cuenta de que hemos sido elegidos? Dios podía haber hecho desaparecer al mundo entero, ¡pero, míranos, aquí estamos!
Thomas evitó decir lo que le vino a la cabeza, sin embargo se sorprendió a sí mismo al oírse en voz alta.

- También esa pobre mujer es una elegida entonces. Y la has abandonado.
La amplia sonrisa de su mujer se replegó de inmediato.
- Oh, Thomas, no he hecho más que tratarla como merecía. El perro herido no debe morder jamás la mano de su salvador.
- ¡Pero la has dejado sin sus cosas!
- ¡Le servirá de escarmiento!
- Ni siquiera sabemos si habrá podido entrar en su casa – decía Thomas con los ojos cerrados, masajeándose las sienes- Eso es cruel.
- Escúchame, Thomas, siempre me has reconocido un sexto sentido para tratar con las personas. Te digo que con esa chica habríamos tenido muchos problemas. Había algo muy extraño en ella. La estuve observando, ¿sabes?  Hubo un momento... No pretendía decírtelo, pero...
- Pero qué.
- ¡Ella es la que te ha hecho sangrar!
- Pero qué estás diciendo, Nerine
- Créeme, Thomas, cuando estaba hablándole... ella cerró los ojos y te aseguro que fue como si entrara en trance... luego abrió los ojos y me miraba ¡pero no me veía! ¡Estaba concentrada en hacerte sangrar!
- ¿A mí? ¿Por qué a mí?
- Bueno... disparaste a su marido. Y a sus hijas.
- Pero...
- Bueno, claro, tú mismo viste que es tan absurda que no quería aceptar la realidad.
- No sé, querida, no me parece que...
- ¡Bah, olvídala, Thomas, era una desagradecida! ¡Créeme!

Quedaron unos segundos en silencio.
La carretera estaba completamente despejada. No habían visto movimiento humano ni de ningún otro tipo desde que se pusieron en marcha.

- Y esos poderes que dices que tiene... ¿llegarán hasta aquí? - dijo Thomas presionándose la nariz con los dedos – Porque estoy sangrando otra vez...

…............................................

Cuando el motor dejó de oírse, María José fue consciente del peso del silencio a su alrededor.
La quietud era tal que hasta el sonido de sus pasos se magnificaba.
Su primer instinto fue descalzarse,  y comenzó a caminar despacio, pegada a las paredes de los edificios.
Se detenía ante el más leve sonido.

Primero fue el aleteo de un toldo que rozaba la barandilla de un balcón.

Después le sobresaltó un chirrido. Era la puerta de un edificio que se abría y cerraba al capricho de las corrientes.
Al acercarse a una esquina  escuchó un ruido de golpes y volvió a detenerse.
Era un ruido hueco, agitado y desconcertante que se escuchaba a intervalos.

Vio entonces cruzar por la calle una rata enorme que cruzaba la calle y se ocultaba en un contenedor volcado.
Escuchó el chillido del animal y de nuevo ese ruido arrebatado. Allí dentro debía de haber más de una rata.

A pocos metros de su casa, María José se detuvo en seco.
Había un hombre arrodillado junto al cadáver de su marido.
Pensó que alguien se había apiadado de él y se disponía a llevárselo de allí para enterrarlo. Incluso le pareció que aquel hombre lloraba.
Pero ver su cara manchada de sangre le bastó para comprender que era un resucitado gruñendo ante el festín.

María José contuvo las ganas de gritar, de gritar por aquel horror y por su impotencia para detenerlo.
Sin embargo no quería esperar a que aquel muerto terminara de saciarse y se marchara. Estaba oscureciendo y necesitaba refugiarse en su casa.
La rabia acumulada le dio fuerzas para acercarse al contenedor y golpearlo con furia con los zapatos que llevaba en la mano.
El ruido rebotó con fuerza en toda la calle. Del interior  salieron cuatro ratas en estampida.

Notando el latido del corazón en las sienes, María José se agazapó detrás del contenedor para observar al devorador. Se había levantado pero no dejaba de masticar. Miró hacia donde ella se encontraba y comenzó a acercarse con paso tambaleante. En una mano llevaba un largo intestino que arrastraba por el suelo.

A María José la tranquilizó comprobar la lentitud de los movimientos del muerto. Pensó que en cuanto se alejara de la entrada correría sin problema para dejarlo atrás. El caminante se encontraba cada vez más cerca y ella ya estaba dispuesta a levantarse y sobrepasarlo sin acercarse siquiera.
Cuando al fin se decidió, una mano le agarró el pelo.
Al volverse aterrorizada se encontró cara a cara con otro devorador al que no había oído llegar.
Detrás de él se acercaban algunos más.

…................................................................

Nacho dio los últimos martillazos a la tubería. De entre los cientos de barras metálicas que había entre toda aquella chatarra, se decantó por una especialmente dura y ligera, que tenía un extremo en forma de L.  En los huecos de cada extremo introdujo una pieza de acero rematada en punta y las fijó aplastando el tubo con una maza.

Un mortecino resplandor anaranjado era la única luz que quedaba en el horizonte y desde aquella altura Nacho se estremeció al mirar al firmamento.

“¿Qué significa para el Universo- se preguntaba- toda esta devastación en la Tierra? Nada. Absolutamente nada. Todavía queda alguien para hacerse preguntas, pero si tampoco yo existiera, el Universo seguiría su curso.  Y amanecería y anochecería todos los días, aunque no hubiese nadie para verlo”.

Comenzó a caminar hacia el coche. Le habría gustado probar la barra, ejercitarla a modo de lanza o hacha con los bidones vacíos que había por allí, pero le pareció muy arriesgado  hacer más ruido y más aún quedando tan poca luz.
Entró en el coche y quedó un instante en silencio, mirando el ocaso.

“Todo sigue siendo tan bello...”

Giró las llaves del contacto y los faros iluminaron unas pilas de neumáticos. Nacho se quedó observando el haz de luz porque le pareció que algo se había movido detrás de las altas columnas. Esperó unos segundos, pero viendo que todo continuaba estático arrancó el furgón.

Y entonces apareció en medio del resplandor. Era un perro.
Un chucho pequeño y famélico que se acercaba con la cabeza gacha. 

Abrió la puerta y silbó para llamarle. El perrillo se acercó y a Nacho le conmovió el contraste entre su mirada profundamente triste y el  vivo movimiento de su cola.

- Pero muchacho, - le dijo acariciándole la cabeza- ¿qué haces tú aquí? ¿Te vienes conmigo?

Cuando Nacho descendía por las amplias curvas hacia la ciudad, el perro, acurrucado a los pies  del asiento delantero, seguía mirándole con ojos cansados y tristes.

- Me pregunto cómo habrás hecho para sobrevivir todo este tiempo.

Le escuchó un débil gemido.

- ¿Sabes? Me alegro de haberte encontrado. Al menos no miraré las estrellas yo solo.

 El animal  apoyó la cabeza sobre sus flacas patas y cerró los ojos.

…...........................................................

Nerine simulaba estar dormida pero observaba a su marido.
Después de casi dos horas conduciendo, habían abandonado la carretera principal para detenerse en un descampado. Cenaron dentro del coche, casi a oscuras, pues la luna no era más que un fino arco desvaído entre nubes grises.

Reclinada tras el volante y tapada con una fina manta miraba al exterior. Había visto cómo Thomas, intentando no hacer ruido,  salía del coche y empezaba a caminar en un amplio círculo alrededor del vehículo.

“Sigue nervioso” – pensaba.  “Ningún lugar le parecía seguro para parar. He de hablarle más, transmitirle tranquilidad. No comprendo tanta preocupación en él. No se da cuenta de que no hemos llegado hasta aquí para nada, que Dios nos tiene reservado algo importante... Pobre Thomas, tan acostumbrado a sus rutinas... No está preparado para este cambio. Quisiera pedirle que venga a dormir pero quizás sea mejor que se canse un poco. Yo... estoy agotada”

La cabeza de Thomas era un remolino de ideas cruzadas que saltaban sobre él igual que los pequeños insectos que abundaban entre aquella reseca hierba.
No encontraba la forma de trazar un plan para el futuro, ni siquiera para el más inmediato, pues por más que se esforzaba en concentrarse, las ideas iban de un lado para otro sin detenerse en ningún punto. 

“No hay luna en el cielo, se ha marchado, no quiere ver tanta desolación.”
Sabía que necesitaba descansar, pero era incapaz de dormir. 
“No soy el mismo. Nunca volveré a ser el que fui”.
Sabía que era indispensable hacer un acopio de víveres, pero no soportaba la idea de un porvenir  tan triste. 
“Mañana buscaremos un lugar con río, aunque ¿para qué?”
Y si  hubiera quedado él solo...
Pero estaba Nerine.
Nerine y su fe:  “Nos queda algo grande por hacer, Thomas. Dios nos lo hará saber.”
Nerine y su optimismo: “Mira cuántos pájaros, Thomas. Lástima no llevar una cámara de fotos".
Nerine y su dependencia: “Prométeme que no me vas a dejar nunca, Thomas. Prométemelo.”

“Allí está, durmiendo en el coche, como si no supiera que en la oscuridad acechan todos los peligros. O tal vez sí lo sabe, pero no le preocupa. Es como una niña. Siempre lo ha sido. Como la niña que se sabe segura si está su padre cerca. Pero yo no soy su padre, no soy capaz de protegerla. Ni siquiera yo le soy imprescindible. Ni siquiera... No puedo más, este dolor de cabeza me va a matar...”

Sin saber por qué, totalmente ajeno a su voluntad, encaminó sus pasos hacia el coche.
Nerine vio el resplandor de la linterna agrandándose en el cristal pero siguió haciéndose la dormida. “Por fin vuelve para descansar”, pensó.
Cuando estaba cerca, la luz empezó a parpadear. Entornó los ojos y vio cómo Thomas  agitaba la linterna con nervio.
“¡Maldita sea! - le oyó gritar - ¿Se va a aquedar sin pilas ahora? ¿Por qué? ¿¿Por qué??”
Nerine se decidió a bajar del coche y entonces le vio avanzar hacia ella enfurecido

- ¡¡Qué haces, loca!! ¡No bajes! ¡¡Es muy peligroso!!
- Pero Thomas...
- ¿¿Cuándo, cuándo te vas a dar cuenta de que el mundo se ha ido a la mierda?? - le gritaba fuera de sí.
- No, darling, entra al coche y hablemos.
- ¡¡No quiero entrar, tengo que vigilar, pero esta puta linterna se queda sin pilas!! ¡¡Eres tú la que te vas a meter en el coche!!

Nerine se quedó quieta, sin saber cómo actuar y Thomas la agarró de un brazo y la  sentó a la fuerza.
Con unos ojos muy abiertos, como jamás le había visto, y con la cara pegada a la suya le escuchó decir:
- Quiero que tengas miedo, ¿entendido? El mundo está ahora lleno de monstruos que quieren hacernos daño. ¡No lo vayas a olvidar nunca!
Nerine metió el pie un segundo antes de que Thomas cerrara la puerta con tal violencia que el vehículo se balanceó.

Se quedó mirando a Thomas con una mezcla de desdén y compasión. Él seguía agitando la linterna y viendo que la débil luz se apagaba definitivamente,  la estrelló con rabia contra el suelo. La nariz le volvió a sangrar.

Se echó las manos a las sienes para inmediatamente después, ciego de dolor, abrir la puerta y abalanzarse al cuello de su mujer. Le apretó la garganta con la misma fuerza que el martillo que golpeaba dentro de su cabeza. De repente lo había visto claro, si le quitaba la vida  ya no habría nada por lo que sufrir. Tenía que matarla para liberarse.
Sin dejar de aferrarle el cuello la sacó del coche y la empujó violentamente contra el lateral del vehículo. Apretaba la carne de su cuello y la sentía frágil entre sus dedos.  La sangre que manaba de la nariz se le metía en la boca y él la escupía sobre el rostro de Nerine, que parecía resistirse a dejar de vivir. Vio una roca en el suelo y empujó a su mujer sobre ella  para golpear su cabeza contra la piedra una y otra vez.
Quedó arrodillado en el suelo, resoplando durante mucho tiempo, con la húmeda frente sobre la tierra. 
Finalmente miró entre sus manos y no había nada.
Nerine seguía dentro del coche.

- Oh, Thomas – le dijo ella con voz suplicante tras bajar la ventanilla - entra en el coche, my dear. No sé por qué no lo he pensado antes. Tengo algo que te irá muy bien.

…...........................................

En adelante, María José recordaría con repugnancia ese primer contacto cuerpo a cuerpo con un infectado.
El primer impulso fue deshacerse de él con un fuerte empujón. Le sorprendió comprobar lo poco que pesaba pues le hizo caer al suelo con facilidad. Pero ella cayó con él, pues aquella zarpa descarnada que la agarraba del pelo no la soltó.
Sabiendo que tenía que evitar que le mordiera inmovilizó la cabeza del zombi sujetándolo por debajo de la mandíbula. Los dedos se hundían en aquella piel viscosa pero soltarla era lo último que haría.
Con la otra mano se afanaba por soltar su pelo de esos huesos ganchudos que la tenían presa.

Durante unos segundos pensó que aquel era su final, que moriría en la calle en la que había vivido, cerca de sus seres queridos. Sin embargo algo en su interior rechazaba esa posibilidad. Ella había visto a Nacho llegar a su casa, había visto su abrazo. ¿Era posible una premonición errónea? ¿Tenía algún sentido haber visto algo que no ocurriría?

Los zombis estaban tan cerca que uno se arrodilló con la boca abierta para intentar morderle una pierna. María José  encogió las piernas conteniendo un grito. Tiraba con  fuerza de la mano que la sujetaba, sintiendo cómo se arrancaba un mechón de pelo. El apestado que buscaba su pierna caminó a cuatro patas hacia ella y María José se defendió dándole una patada en la boca. Pero era ya imposible evitar a los otros zombis que también se lanzaron a morderla. Supo que lo único que podía hacer era levantar la cabeza con todas sus fuerzas. El pelo se desprendió del cuero cabelludo pero el alivio de poder levantarse fue mayor que el dolor que le produjo.

Con la velocidad que nace del deseo de sobrevivir a toda costa, sorteó los brazos de los zombis y se parapetó detrás de otro contenedor.

Los muertos se incorporaron para seguir tras ella y entonces María José empujó aquel enorme recipiente hacia el centro de la calzada para después hacerlo rodar contra  aquellos cuerpos carroñosos.

Aprovechó que el impacto frenaba a tres de ellos para correr hacia su casa, y al llegar a la puerta del edificio la encontró cerrada. Se irritó por su falta de previsión y echó a correr para escapar de aquellos apestados, que de nuevo se aproximaban con los brazos extendidos.

……………………………………………

Nerine le secaba la frente a Thomas con una toalla. Había conseguido que él volviera a sentarse en el coche. Por fin parecía agotado y con ganas de dormir y le estaba dedicando toda su atención con mimos y sonrisas.

- Thomas, ¿vas a obedecerme si te pido una cosa?

Él la miró como si fuera una aparición, como si estuviera contemplando un milagro de la vida. En su mente había matado a su mujer y lo había hecho con saña y sin sentir la más mínima compasión. Sólo lo había imaginado, sin embargo ahora  no temía volver a imaginarlo sino llevarlo a cabo realmente.

- Dime, ¿me vas a hacer ese favor, Thomas?
Asintió sin escuchar realmente lo que ella le decía.
- Bien, te voy a dar un jarabe. Toma, cógelo.
Él se quedó mirando el frasco que su mujer le ponía entre las manos.
- ¿Qué es?
- Tú tómatelo. Me lo has prometido.
- ¿Para qué es?
- Ten fe.
Él se lo llevó a los labios y dio un pequeño sorbo.
- Todo. Tómatelo entero – dijo ella.

………………………………………………

María José estaba hambrienta y cansada. Había conseguido encaramarse al balcón de un primer piso gracias a la pequeña palmera del jardín delantero. La oscuridad era  completa y no se sintió capaz de entrar en aquella vivienda por miedo a que pudiera haber algún ser dentro.

Sentada en el suelo se envolvió en una cortina de plástico que cubría un viejo electrodoméstico allí arrinconado. Empezaba a bajar la temperatura y la cortina la resguardaría de la humedad.
El agotamiento empezó a invadirla y con la primera cabezada comprendió que tenía miedo de dormirse. La nueva habilidad que había descubierto en ella   la inquietaba y no se atrevía a averiguar hasta dónde podría llegar. 
Al mismo tiempo temía que ese extraordinario poder tuviera que ver con el virus que había aniquilado a la humanidad y se preguntaba si las visiones dañarían de alguna forma su mente.
Pero, a pesar de sus temores, sabía que terminaría durmiéndose, por lo que finalmente se abandonó al sueño.

Poco después despertó. Una potente luz le había atravesado los párpados. Vio un coche en la calle con las luces apuntando hacia ella.
Nacho estaba asomado a la ventanilla.

“¿Pero qué haces tú aquí? – le oyó decir- ¿Te vienes conmigo?”
Ella quiso decir que sí, pero no conseguía abrir la boca.
“¿Sabes? – siguió hablando Nacho- Me alegro de haberte encontrado. Al menos no miraré las estrellas yo solo.”
Entonces Nacho arrancaba el coche para marcharse y ella sentía terror por quedarse sola.
Sin dudarlo se encaramó a la barandilla y saltó con los brazos extendidos.

………………………………………….

Una pequeña vela iluminaba el interior del furgón. El perro no comió nada hasta que terminó toda el agua que Nacho le había puesto en un recipiente.

- ¡Pobrecillo! – le dijo mientras lo observaba- ¡Si debías de estar a punto de morir de sed!

Después comprobó con regocijo que se relamía devorando unas magdalenas bañadas en almíbar.

- Qué, muchacho, hacía tiempo que no probabas algo tan rico, ¿eh? No debería darte algo tan dulce, pero de momento no tenemos otra cosa.

Nacho preparó sus mantas en la parte trasera del furgón y colocó otra para el nuevo compañero que parecía mirarlo con ojos de verdadera devoción.

- Sí, ya lo sé, me debes la vida y no sabes cómo agradecérmelo, ¿eh? Bueno, de momento vamos a intentar dormir, que está la noche muy oscura y ya no podemos hacer nada de provecho.

El perro lo miró como si deseara entender aquella verborrea en la que tan buenas vibraciones captaba. Se relamía repetidamente y se acercó a Nacho agitando la cola.

- No, aquí, en esta manta de aquí, ¿vale? ¡Ven, ven aquí!

El perro entendió pronto que aquel era su lugar para descansar y una vez echado allí comenzó a bostezar. Unos minutos más tarde, el animal se quedaba dormido. Nacho se aproximó a la vela y la apagó de un soplido.

La respiración del animal era lo único que se oía en aquel silencio y una débil luz llegaba a través de los cristales de la cabina. Nacho se durmió pensando en que necesitaba conseguir dentífrico y más velas. Y que al día siguiente decidiría hacia qué lugar marchar.

En mitad de la noche despertó de golpe.

No hubiera sabido determinar si fue una voz, una imagen, un recuerdo, una llamada… Lo único que tenía claro es que había despertado con un nombre en la mente: María José.

Nota: La elección del arma (foto)  y la forma de construirla es la colaboración que pedí a Nacho. ¡Deberes cumplidos!

20 may. 2016

12. A VECES NADA ES LO QUE PARECE

La luz del atardecer mengua con rapidez y con ella la temperatura exterior. Los colores de la aldea, que durante el día conserva cierta alegría a pesar de su abandono, comienzan a apagarse y aquellas casas se transforman al ocaso en un lóbrego cuadro de grises y negros.

Fran y A.B. se han alejado sin imaginar que los infectados que deambulaban por la orilla del río invadirán la aldea. Son concsientes de que no es un buen momento para caminar por allí, pero su idea es  liberar a la australiana del maletero y volver a la casa de Holden y Ángeles cuanto antes.

Mientras tanto, a pocos kilómetros de allí, Juan Miguel siente una punzada de terror cuando la puerta de la caravana se abre y golpea el suelo al caer.
Su primer instinto es el de correr al fondo del vehículo, pero en milésimas de segundo comprende que  ese error puede costarle su vida y la de Montse, por lo que se abalanza a cerrar la puerta.
Lo habría conseguido sin ningún problema si aferrando la manivela la hubiera levantado, pero es tal su estado de nervios que la pisa, y su propio peso le impide cerrarla.
Cuando quiere rectificar e intentarlo de nuevo, los zombis más próximos, que ya se han percatado de ese movimiento, se encaminan hacia él. De hecho hay tantos en las inmediaciones que uno de los que en aquellos momentos llega por un lateral de la caravana se arroja al suelo, poniendo las manos sobre la puerta y haciendo imposible el intento de cerrarla.
- ¡Montse!  – le grita- ¡Escóndete en los asientos, rápido!

Medio incorporada en esos momentos, Montse es testigo de algo que la deja petrificada: Juan Miguel sale al exterior.
Se lanza en un impulso asombroso, como el jugador de rugby que con la cabeza por delante y plenamente concentrado en llegar a su objetivo no se frena ante nada y empuja violentamente todo lo que interrumpe su carrera. Grita al mismo tiempo con todas sus fuerzas, por lo que toda aquella multitud de muertos que rodean la caravana giran sus cabezas hacia él. Montse aprovecha ese instante para ocultarse delante de los asientos.

A unos doscientos metros de allí, Carlos escucha ese grito y ve cómo la horda de caminates, incluso aquellos que van en cabeza y han pasado de largo, se detiene un instante para volver sobre sus pasos hacia la caravana. Comprende que tanto Montse como aquel hombre están en peligro y se muerde los nudillos, frustrado ante tanta impotencia.
Sin embargo, ve de repente  una posibilidad de ayuda. Si el barro es una trampa para los vivos, también lo será para los muertos.
Y, al igual que Juan Miguel,  Carlos empieza a gritar.

Grita enérgicamente, moviendo además los brazos, y el efecto es inmediato. Los zombis se despliegan en abanico hacia su posición, introduciéndose en el bancal. En las últimas horas ha recibido tal cantidad de agua que aquella tierra es un blando lodazal que va engulliendo a los infectados hasta las rodillas, incluso hasta la cintura.

Excitado por lograr una victoria tan sencilla, Carlos no cesa de gritar y moverse de un lado a otro, comprobando que ante sus ojos se van acumulando seres que extienden los brazos hacia él sin conseguir avanzar un solo paso.

Juan Miguel, que ha conseguido alejarse varios metros de allí, respira a grandes bocanadas oculto en una pinada. Se ha contusionado un hombro en uno de aquellos violentos choques contra los zombis, que con sus embestidas fueron cayendo al suelo.
 
Apoyado en un gran pino y alerta ante cualquier movimiento,   siente cómo el corazón le golpea el pecho.

Desde allí, escucha cómo el amigo de Montse empieza a cantar New York, New York  y le felicita mentalmente por tan buena idea para atraerles. Incluso los caminantes que le siguieron en su carrera se vuelven buscando el origen de aquella voz.

Pero Juan Miguel continúa intranquilo. Necesita cerciorarse de que ninguno de esos apestados se ha introducido en la caravana, así que, con sigilo, vuelve en busca de Montse.

Del sol tan solo queda un resplandor dorado en el horizonte por lo que en poco tiempo la oscuridad convertirá aquel punto en un lugar extremadamente peligroso.

La voz de Carlos, acompañada de palmas y silbidos, sigue oyéndose con fuerza. Juan Miguel piensa que en un marco tan espeluznante como aquel, con aquellos devoradores por todas partes, oir a un hombre cantar resulta fuera de lugar, pero a él le tranquiliza saber que hay un ser humano pensando en ellos. De hecho empieza a sentir una inmediata simpatía por aquel “salvador”.
Cuando alcanza a ver cuál es la situación, descubre que una gran multitud de zombis  ha penetrado en el bancal y ocupa toda la primera linea del barrizal que los tiene inmovilizados.  Pero eso impide  que el resto pueda introducirse también. Por todas partes hay muertos que intentan alcanzar la voz que suena al otro lado. 

Juan Miguel se acerca a la caravana en cuclillas, ocultándose en las sombras. En ese momento no hay ningún caminante cerca. Ve su bicicleta, que está apoyada en un árbol, y se pregunta si podría serle útil. En una breve carrera, coge la bicicleta, entra con ella en la caravana y cierra la puerta.

- ¡Montse! - la llama en voz baja – Montse, ¿estás bien?
Camina hacia los asientos delanteros y ve un bulto tapado por una manta
- ¿Montse?
- ¿Juan Miguel? - asoma su cara, bañada en sudor - ¡Has vuelto! Ay, qué alegría tan grande, muchacho, ¡el miedo que he pasado! ¡No me atrevía ni a respirar!
- ¿Cómo llevas la pierna?
- ¿La pierna? ¿Quién se acuerda ahora de la pierna? Anda, ayúdame a pasar ahi, que quiero darte un abrazo, que ya pensaba que no te vería más.
….........................................

Mientras tanto, Carlos, que ha dejado de vociferar, camina en busca de un lugar que le permita acceder a la carretera.
El sol se ha ocultado y quiere llegar a la caravana antes de que oscurezca del todo. Piensa que debe de quedar alguno de aquello seres por allí, pero ni siquiera quiere pensar en esa posibilidad. Solo necesita ver a Montse. Siente que es la única familia que le queda y le parece que ha transcurrido una eternidad desde que la dejó sola.
“Si ese tío le ha ayudado – piensa mientras camina- se lo agradeceré de por vida”
…............................................

- Carlos ha dejado de cantar – observa Montse.
Juan Miguel mira la bici mientras se masajea el hombro dolorido.
- Sí - contesta-,  probablemente haya vuelto a la aldea.
- Espero que sí, ya ha oscurecido.

Un rumor incesante y estremecedor, el jadeo de los caminantes atrapados en el barro, llega hasta allí y Montse, inquieta,  anhela el momento de abandonar aquel lugar para siempre.

- ¿Qué vamos a hacer, Juan Miguel?
- De momento no nos queda otra que esperar a mañana.
- No puedo dejar de pensar en Carlos, ¿estará bien?
- Seguro que sí, no te preocupes.

Mientras Montse busca algo para comer, Juan Miguel ha ideado un arma. Logra quitar uno de los radios de las ruedas de la bicicleta y comprueba con satisfacción que se puede introducir casi por completo en un orificio del hinchador. La varilla de hierro  queda ajustada y segura. El hinchador es consistente y manejable, y con ese hierro sobresaliendo  medio palmo se convierte en un arma muy útil  para atravesar el cráneo a los muertos

Los ásperos quejidos del exterior se van  haciendo más tenues al paso de las horas. Montse se ha dormido pero Juan Miguel, echado sobre un colchón, sigue ideando formas de defenderse de los devoradores. Siente la necesidad de unirse a un grupo para estar más seguro. Hay que prepararse, idear formas de defenderse, estudiar las costumbres de los depredadores.

En mitad de esos pensamientos, le parece escuchar unos pasos. Deduce que alguno de esos seres se ha acercado a la caravana.
Permanece atento pero en los minutos posteriores no oye nada más. Le preocupa la posibilidad de que alguno se enganche en la manivela y la puerta vuelva a abrirse. Entonces  la puerta se abre de repente.

Juan Miguel se incorpora de inmediato, agitando a Montse para que despierte y se abalanza a su nueva arma preparado para atacar.

- ¿Montse? - oyen decir en un susurro – Soy Carlos, ¿estás ahí?

….......................................

Ha amanecido.
Ángeles ha dormido poco y mal. Se levanta con cuidado para no despertar a Holden y vuelve a la cama con su cuaderno y un bolígrafo. Comienza a escribir.
En la aldea
 
Ayer ocurrió algo horrible. Una de las personas que han llegado a la casa, una joven llamada Pepi, cayó víctima de los condenados.
Holden y yo estábamos guardando las gallinas cuando la oímos gritar. Salimos en su ayuda, pero ya era tarde.
En esos momentos, en la casa sólo estaban Roquito y Anasister, que llegaron corriendo también, pero tampoco pudieron hacer nada.
Fue espantoso verla morir así, devorada por esos seres del infierno. Y también fue muy doloroso ver el sufrimiento y la impotencia de sus amigos, en especial de Anasister.
Sabiendo que no podíamos hacer nada por Pepi, pobre muchacha, nos ocultamos en la casa y esperamos a que los malditos se marchasen, una vez satisfecho su repugnante instinto.
Al cabo de un rato los vimos marchar, en siniestra procesión, en dirección al río. Entonces, mientras yo me quedaba en la casa con Anasister, que estaba tan impresionada que ni siquiera podía llorar, Holden y Roquito salieron para hacerse cargo de los restos de Pepi; para que, al menos, en su muerte siga siendo un ser humano.
Eso es lo único que se puede hacer por los que caen, y ése es el único y pobre consuelo que se nos permite en este mundo de pesadilla.
Esta forma de acabar es demencial, no estamos preparados para esto, y no creo que, por mucho tiempo que vivamos, aprendamos a soportarlo. Sera horrible siempre.

Por la noche volvieron Fran y AB, que habían salido en busca de una mujer australiana a la que conocen, llamada Nerine. Con su regreso Anasister reaccionó por fin y pudo desahogar su dolor. Fran y AB, al ver quiénes estábamos en la casa, comprendieron de qué se trataba y no hizo falta darles muchas explicaciones.
A pesar de todo, creo que estas personas tienen suerte, porque se tienen unos a otros. Eso los hace fuertes y le da sentido a sus supervivencia.

Más tarde Fran nos contó que él y AB habían llegado al coche donde estaba encerrada la mujer australiana, tal y como dijo el muchacho que llegó pidiendo ayuda y que, según nos ha dicho Roquito, se llama Carlos.
La mujer seguía dentro del maletero, así que la ayudaron a salir, pero, al parecer, se negó a volver con ellos. Por lo que dice Fran, parece obsesionada con volver a la gasolinera en la que vive.

Al margen de todos estos acontecimientos, yo estoy muy preocupada y asustada por Holden. Aquel niño que le atacó le mordió realmente, y tiene la marca en la pierna. Parece una herida superficial, pero quién sabe en qué puede desembocar. Yo me empeño en creer que cicatrizará como otra herida cualquiera y no tendrá consecuencias, pero ¿y si no es así?
Me esfuerzo por mantener la serenidad, para no añadir más tensión a las circunstancias, pero tengo mucho miedo. Si a Holden le ocurriera algo, para mí ya no tendría sentido seguir sobreviviendo.
…..........................................................
 
Cuando Nerine divisa la gasolinera ha oscurecido por completo.

Había hecho todo el trayecto furiosa, caminando descalza por la carretera con uno de sus zapatos en una mano. Estaba convencida de que le habían perdido el otro hasta que lo encontró sobre el asfalto pero su mayor indignación había sido descubrir que ya no tenía el frasco que con tanto celo guardaba.

Desea alejarse de toda aquella gente que tan odiosa le parece pero al mismo tiempo  necesita  volver a verles para maldecirles.

Al alcanzar por fin  el recinto y encontrar la puerta abierta siente un escalofrío.
“Oh, my God. Que mi amado siga ahí  adentro, que siga sano y salvo”

Entra en la polvorienta tienda y la recibie un silencio tan inquietante que por unos segundos no se atreve a dar ni un paso. Tiene que esperar a que sus ojos se acostumbren a aquella oscuridad para encontrar la trampilla del suelo.
La levanta con mucha incertidumbre, esperando ver el resplandor de alguna vela, pero la oscuridad es absoluta.

- ¿Thomas? - se atreve a decir.

Como respuesta a su voz le llega  desde el sótano  un jadeo gutural que no corresponde a un ser humano.
Nerine deja caer la trampilla de golpe.
…...............................................................................
Montse abre los ojos y sonríe al ver a  Carlos. Se le ha pasado la noche en un suspiro desde que él llegó.

- ¡Buenos días, mis héroes! - les dice en voz baja– Me alegra comunicaros que la pierna ya no está hinchada y que no me duele.
- ¡Estupendo! - exclama Carlos – Estábamos hablando de los posibles planes para salir de aquí.
- ¿No queda nadie por ahí afuera? - quiere saber Montse.
- Se ven todavía algunos, aunque  muy esparcidos.
- ¿Y qué habéis pensado?
- Le decía a Juan Miguel que hay gente en una aldea cercana. Uno de ellos quiso acompañarme hasta aquí, pero viendo cómo estaban los campos se marchó.. Me proponía volver  por la carretera pero no creo que vengan a por nosotros.
- ¿Por qué? - dice Montse
- Cada cual tiene sus propios problemas, no me parece que vayamos a encontrar mucha gente solidaria.
- Sin embargo debería ser todo lo contrario – comenta Juan Miguel- Si llegamos a formar un grupo unido será más fácil defendernos y sobrevivir.
- Estoy muy de acuerdo – Montse se levanta y camina.
- Vaya – exclama Juan Miguel – es verdad que ya te mueves mucho mejor.
- Espera a que nos comamos unas galletas que tengo por aquí y verás qué agil me vuelvo- Se pone a buscar entre los módulos volcados en un rincón- ¿Y tienen algún coche, Carlos?
- Vi uno a la entrada del camino a la aldea. Por cierto, si supiérais el mal rato que pasé cuando...
Un estrépito lo interrumpe. A uno de los módulos se le ha abierto la puerta y varios platos de porcelana se han estrellado contra la pared de la caravana.
Todos se miran apretando los dientes y permanecen en silencio esperando no haber sido oídos.
Pero aquel accidente ha resultado una fatalidad. El sonido de pies arrastrando por la gravilla y el agónico ronquido de los muertos acercándose se intensifica.  Unas manos golpean otras arañan arañan la chapa. El ruido es ensordecedor.

- ¡Maldita sea! - exclama Carlos.
- ¡Hay que estar muy pendientes de esa puerta! – grita Juan Miguel – ¡Solo con que muevan un poco la manivela se abriría!
Montse busca cuchillos y  le pasa uno a Carlos.
- Escuchad – dice Juan Miguel, - voy a intentar subir arriba saliendo por la puerta de la cabina.
- Pero qué dices – le dice Montse- ¡Te van a coger!
- No lo creo, no me parece que sean muy inteligentes. Además, quiero probar este pincho. Quedaos pendientes de la puerta, si acaso cayera usad esos cuchillos.
- Confíamos en tí, Juan Miguel – le dice Montse apretándole una mano- Ten mucho cuidado y quita de en medio a todos los que puedas.

La impresión al salir y contemplar aquel enjambre de seres descompuestos casi le hace retroceder. El número de infectados agolpándose contra la caravana es mayor de lo que había previsto. Calcula que serán entre 50 y 60. Todos levantan la mirada y los brazos a la vez y el rugido que sale de aquellas bocas le produce una mezcla de espanto y desprecio.

Pero Juan Miguel no se permite dudar y desde allá arriba, sujetando con fuerza el hinchador lo incrusta en la cabeza de uno de aquellos zombis. La varilla de hierro atraviesa el cráneo y el cuerpo se desploma.
Sin permitir que las manos de aquellos seres hambrientos lo rocen siquiera, sigue dando estocadas en aquellas cabezas.

Cuando ha conseguido abatir a una docena, ve que  algunos de ellos empiezan a  ser capaces de tocarlo.  Los que caen al suelo sirven de escalera para los que vienen detrás.

No se atreve a arriesgarse más y decide volver abajo, pero en ese instante ve asomar a Montse.

- ¡No, Montse, no salgas!
- ¡Han abierto la puerta! - exclama ella- ¡Tenemos que subir aquí!
- ¡Maldita sea! ¿Y los cuchillos?
Al incorporarse y ver tantos brazos agitándose, Montse se ata la larga falda a la cintura y se coloca en el centro, junto a Juan Miguel.
- ¿Y Carlos? - le pregunta - ¿Por qué no sube?
Montse está petrificada al ver la multitud de zombis a sus pies.
- Dios mío... – murmura al contemplar el sinfín de cuerpos atrapados al otro lado de la carretera, intentando escapar de su prisión de barro.
- ¡Montse! - grita Juan Miguel mientras continúa utilizando su arma - ¿Por qué no sube Carlos?
Montse reacciona y  mira  hacia la puerta de la cabina.
- ¡Me ha dicho que subía ya! ¡Carlos! - grita acercándose-  ¡Carlos!
- Vuelve aquí,  Montse- le dice Juan Miguel- No te muevas. Voy a ver qué pasa.

Al entrar ve un brazo inerte entre los dos asientos. El color verdoso de la mano le desvela que pertenece a un muerto.
Oye jadeos y prepara su arma. Mira en el interior y ve a Carlos  en el suelo  intentando zafarse de un  infectado al que sujeta por el cuello. El muerto, con los ojos fijos en Carlos, da dentelladas al aire. Juan Miguel entra pero el cuerpo entre los asientos le dificulta el paso.
- ¡Aguanta, Carlos! ¡Ya voy!
Cuando consigue apartar el cadáver  se acerca al atacante y le clava con furia  la varilla en la sien.
Hay otro zombi con medio cuerpo caído en la misma entrada, con el mango de un cuchillo asomando entre su largo cabello gris. Otros  intentan acceder por ese hueco de la puerta  pero la distancia desde el suelo y el zombi abatido no les facilitan el paso.
- ¿Estás bien?
- Bien – responde Carlos resoplando- Bien dentro de lo que cabe. ¿Y Montse?
- Ayúdale a bajar, creo que va a ser mejor controlarlos desde aquí.

Juan Miguel se acerca a la puerta y tres caras monstruosas jadean con más fuerza al verle.
“¡Cómo os odio!”, dice apretando los dientes.
Los ensarta uno tras otro con su varilla, haciéndola entrar por las cuencas de sus ojos.  Cuando caen, aparecen otras caras con llagas  y labios secos, y Juan Miguel vuelve a arremeter contra ellas.

…..................................................................

Ángeles se ha levantado y se dirige al salón. Se asoma por la ventana. Todo parece tranquilo afuera.

Al volverse se sobresalta al ver a Roquito en un sillón.

- Perdona, no era mi intención asustarte. Llevo aquí un par de horas. No podía dormir más.
- Igual que yo. Estoy  despierta desde hace un buen rato. ¿Los demás duermen?
- No sé, espero que sí. Al menos Anasister necesita descansar.
- No paro de pensar en ella.  Ayer estaba… ¡pobre chica!
- Tengo tanta... ¡rabia!

Ángeles suspira. Después abre la puerta de la leñera, junto a la chimenea, y echa un tronco sobre los rescoldos.

- Voy a preparar unas tortillas, ¿me ayudas?
- ¡Claro! Mejor ocuparse en algo para no pensar más.

Se dirigen a la cocina. Oyen cantar al gallo en la cochera.

- Oye, ¿volvió Carlos anoche? - pregunta Ángeles
- No, y también me he estado preguntando qué haría. Por allí era imposible pasar, pero él estaba empeñado. He llegado a pensar que pueda haberse quedado atrapado por allí.
- Espero que no. Toma, ve batiendo estos huevos mientras yo pelo patatas.
- Estoy deseando hablar con Fran para saber qué vamos a hacer – dice Roquito.
- ¿Te refieres a si seguir viaje o quedaros?
- Si, de todo. Estoy, no sé… descentrado.
- De momento no tenéis coche. No tengáis prisa por marcharos, esperad a decidir con calma  qué hacer.
- Sí, yo es que soy bastante intranquilo, ¿sabes?  Ahora mismo saldría a buscar la caravana de  Carlos.
- Pero eso es un riesgo, ¿no te parece? Y más tú solo
- Bueno, es cuestión de abrir bien los ojos y llevar algo en las manos que te dé seguridad. Y en el peor de los casos... a correr.

A.B. entra en la cocina recogiéndose el pelo.

- Buenos días - dice somnolienta- , no sé si es tarde o temprano
- Son casi las 9 – dice Ángeles mirando su reloj.
- No os vais a creer qué me ha despertado.
Roquito deja de batir huevos.
- ¡Un cuervo! Estaba en  la ventana, picando el cristal sin parar. Y cuando ha visto que me he incorporado ha hecho gruaá, gruaá, como diciendo ¡Hola, buenos días!
- Son listos esos bichos – dice Ángeles- No hace mucho uno me robó  unos calcetines  que tenía puestos a secar. Vi cómo quitaba las pinzas y se llevaba los dos.   Había más pero se llevó esos. Imagino que le llamaron la atención porque eran rojos.
- En parte me alegro de que me haya despertado- dice A.B.- porque estaba soñando con la australiana. ¡Ay, qué tía! ¡Hasta en sueños me saca de quicio!
- Me la imagino anoche – dice Roquito sonriendo.
- No, seguro que te quedas corto. Se puso echa una fiera. Que no éramos personas, que las personas no encierran a una mujer y la dejan abandonada,  que le habíamos perdido su medicamento, que Dios nos iba a castigar… Y encima insultando… Yo casi le salto encima. Si no es por Fran, que me paró…
- ¿Pero hay alguien más en esa gasolinera? – pregunta Ángeles
- Yo no sé qué pensar – contesta Roquito-  Primero dijo que estaba enferma, luego que era su marido el que estaba enfermo…
- Esa es una embustera – exclama A.B. - Allí no hay nadie. Lo que sí debe tener es una despensa bien llena la muy bruja.

- Hombre - exclama Roquito al ver entrar a Fran – ya quedan menos dormidos que despiertos.
- Hola, Fran – le saluda Ángeles-  ¿Sigue durmiendo tu hermana?
- Sí, ¿y Holden?
- También. Suele levantarse temprano, pero hoy…

Ángeles coloca las patatas peladas en una sartén y siente de repente la necesidad de ver a Holden.
- ¿Ponéis esto en el fuego? Ahora mismo vuelvo.

Cuando entra en la habitación le encuentra en la misma posición en que le dejó.

- Vamos, Holden, hoy estás perezoso, ¿eh?
Al no ver el más mínimo movimiento, ni el de su respiración, se acerca angustiada.
- ¿Holden?
Ángeles le pone una mano en el hombro y lo sacude, pero Holden no responde.

Notas: 
1) El título de este capítulo ha sido idea de Nerine (¡deberes cumplidos!)
2) Lo que Ángeles escribe en su diario está realmente escrito por ella (¡otra colaboración más)

8 may. 2016

LAS 7 DIFERENCIAS: SOLUCIONES

Y yo que pensaba que el juego os parecería sencillo y divertido y ha resultado que todos lo habéis visto muy difícil y hasta os ha puesto nerviosos.
Bueno, de todas formas algo he de deciros: en un mundo como éste, con zombis pululando por todas partes, no ser observador sería con seguridad una desventaja, así que aquel que menos lo haya sido... pues eso, que tendrá que decir adiós.

Vamos a ver las soluciones. 
Esta era la cabecera original, que he vuelto a reponer.

Y ésta la modificada:
Qué bien se distinguen ahora, ¿verdad? Las siete diferencias son:
1) Ese cuervo no estaba antes.
2) Ha desaparecido la E de Zombie
3) El título aparecía  centrado, no a la izquierda como antes.
4) En el frasco de DOXMA solo se leía XMA, no OXMA como en el original.
5) El zombie que camina por el campo iba hacia la izquierda, éste en sentido contrario.
6) Hay una amapola en primer término que no estaba antes.
7) He sustituido "la visión" por "la aparición" en ese texto.

Solo me queda ahora hacer visibles las respuestas que disteis y que vosotros mismos veáis cuántas habéis acertado. 
(No, no diré yo el nombre del perdedor, simplemente aceleraré su desenlace en la historia)

Gracias a todos por participar.

5 may. 2016

11. CUERVOS Y PREMONICIONES

María José abrió los ojos de golpe. Una fuerte detonación había sonado en algún lugar.
 - ¿Qué ha sido eso? - preguntó asustada.
No te preocupes, - le contestó su vecina Nerine, sin dejar de pasarle un paño húmedo por los brazos - es mi marido, que ha salido a despejar la escalera.

Al momento entró en el salón un hombre muy alto y flaco, sujetando una escopeta de caza. Acostumbrada a presenciar escenas que creyendo reales resultaban ser tan solo sueños, María José se preguntó si estaría realmente despierta. Ante su gesto de desorientación, Nerine comenzó a hablarle despacio, intentando trasmitirle tranquilidad.

Has pasado por cosas terribles, lo sé, pero ahora estás a salvo, en mi casa.
María José se quedó mirando a aquel gigante armado que la saludó con un rápido movimiento de cabeza al pasar por su lado.

- Te mareaste y Thomas y yo te sentamos aquí – siguió diciéndole Nerine -  Mi marido dice que estás débil y deshidratada y por eso te  he preparado un buen caldo.
- Gracias – murmuró María José.
- No nos des las gracias a nosotros, ¡es nuestro Señor quien te ha salvado! A ti y también a nosotros. Thomas empezó con  algo de fiebre… y la fiebre siguió aumentando. Cada vez más... Pensé que Dios se lo ievaría de mi lado, pero sin duda escuchó mis oraciones.
- Yo también tuve mucha fiebre.
- Y sin embargo Él ha decidido que no es tu momento todavía, ¿no es maravilioso? Io ni siquiera he estado enferma. ¡Me siento tan agradecida…! Verdaderamente creo que Él nos tiene preparada alguna misión importante.

Thomas volvió con una bandeja que Nerine se apresuró a tomar de sus manos para ofrecérsela a María José.
- Vamos, es hora de que empieces a coger fuerzas. Tómate esto y después seguiremos hablando.

Dando pequeños sorbos del tazón, María José observaba a aquella peculiar pareja de australianos con la que tan poca relación había tenido en su comunidad de vecinos.
Él tenía los ojos muy abiertos, lo que le daba el aspecto de estar continuamente espantado, y sus movimientos eran nerviosos, como si llevara un motor interno siempre revolucionado.
Durante los minutos posteriores,  María José le vio en repetidas ocasiones salir a la escalera con la escopeta y volver a entrar al piso a grandes zancadas, y todas las veces se pasaba por el cabello una mano que pudo ver temblar levemente.
La mujer mostraba habitualmente una suave sonrisa que contrastaba con el rictus serio de su marido. Tenía algún colgante debajo de la camisa  que constantemente apretaba con la palma de una mano contra el pecho.

Se terminó todo el tazón de caldo y seguía sintiéndose ajena a todo lo que la rodeaba, como si estuviera despertando en un mundo extraño y necesitara observarlo con detalle para saber a qué atenerse. 
Se sentía fuera de lugar en aquel reducto en el que el tiempo parecía haberse aletargado, y le sorprendía su  pasividad, tan impropia de la situación en la que se encontraba.  A pesar de  todo prefería seguir sumida en ese estado antes que reaccionar para sufrir el dolor de la pérdida, que amenazaba con asaltarla en cualquier momento.

Cerró los ojos tan solo un instante y una imagen perturbadora la sobresaltó de tal manera que la bandeja cayó al suelo.
- ¿Estás bien, querida? - exclamó Nerine acudiendo a su lado.
- Lo siento, no sé cómo... - empezó a lamentar Maria José, mientras se levantaba. del sillón para recoger todo lo que había caído.
- No, no te levantes, – le dijo Nerine – no vaias a marearte.

María José volvió a sentarse muy confundida. En esas décimas de segundo en que había cerrado los ojos, pudo ver a Thomas sangrando por la nariz,  y  con las manos en la cabeza gritaba sin emitir sonido alguno.

- Ahora te traeré un poco de fruta, ¿de acuerdo? - le decía Nerine - Después, si te sientes con fuerza, puedes subir a tu casa a traer todo lo que nos pueda hacer falta. Vamos a marcharnos.
- ¿Cómo que a marcharnos?
- No pensarás quedarte aquí tú sola, ¿verdad?
- Pero, ¿a dónde vamos?
- No lo sé, pero la ciudad está llena de infectados. Y ia has visto en qué se han convertido...  Hay que buscar algo más seguro.
- No sé si me voy a atrever a...
- ¿A entrar en tu casa?  Thomas dice que no hay peligro, que ia ha mirado bien y está vacía.
- ¿Qué ha hecho... con los cuerpos?
- No te preocupes por eso ahora. No los vas a ver.

Antes de subir el último tramo de escalones, María José vio la puerta de su piso abierta y sintió un escalofrío. En mitad de aquel silencio, un sonido hueco que rebotaba en las paredes le llegaba desde algún lugar de la escalera y al asomarse por la barandilla vio a Thomas, que limpiaba con una fregona un rastro de sangre.

Decidió hacer las cosas con celeridad, sin pensar demasiado en nada. Llenó el carro de la compra con las conservas que quedaban en la despensa. Entró en el baño, cogió todo lo que usaba a diario y lo soltó en la cama. Bajó del armario una maleta y la llenó con ropa y los utensilios de aseo. Antes de cerrarla metió  un portafotos que no quiso mirar.
Cuando se apresuraba para salir,  sus pies golpearon el frasco vacío que había en el suelo, que giró como una peonza. Observando ese movimiento hipnótico, María José se recordó a sí misma arrodillada en el suelo bebiendo de un trago todo aquel jarabe dulzón.
Recordó entonces las palabras de Nerine 
“ ...es nuestro Señor quien te ha salvado, ¿no es maravilioso?”
“No, -  se dijo a sí misma – es el Doxma lo que me ha salvado”

Sacó la caja de cartón de debajo de la cama y salió de allí.
Al cerrar la puerta de su piso se despidió mentalmente de todo lo que dejaba atrás.

…..........................................................

Nacho se sacudió de la camisa las migajas de galletas saladas que había estado comiendo. Se encontraba aparcado junto a un parque de árboles frondosos, observando la bandada de cuervos que se había posado en la barra de hierro de los columpios.
“¡Vaya una estampa! – pensó - Para que el mundo sea aún más tétrico, ahora en los parques no se ven palomas, sino cuervos”.
Una de aquellas ruidosas aves graznó mirando en su dirección y Nacho observó cómo dejaba a sus compañeras para, en un corto vuelo,  sobrevolar de cerca el vehículo.
“Eres listo – musitó – Has venido a curiosear, ¿eh?”
El cuervo regresó a la barra del columpio y desde allí volvió a graznar con más fuerza, consiguiendo alborotar al resto de las aves, que lo imitaron en lo que parecía una competición de sonoridad.

La algarabía no tardó en llamar la atención de los caminantes de la zona. Los primeros infectados en presentarse surgieron del mismo jardín, pero Nacho vio también llegar a otros por las calles adyacentes.
Por unos instantes quedó paralizado, sin saber qué hacer, pues era obvio que acudían al ruido que hacían los cuervos y que a él no lo verían mientras no se moviese.
Pero, incomprensiblemente, los cuervos echaron a volar y, sin dejar de graznar, se posaron en el techo del furgón, por lo que el rumbo de los zombis cambió hacia aquella dirección.
"¡Hijos de puta!" - exclamó Nacho, arrancando de inmediato el vehículo para salir de aquel lugar. 
En un acto reflejo frenó de golpe cuando uno de aquellos seres putrefactos apareció de repente delante del coche. Los cuervos no dejaban de chillar y el zombi, cara a cara con Nacho a través del parabrisas, levantaba la cabeza y los brazos hacia él. Nacho aceleró. El zombi cayó bajo el coche y quedó enganchado. 

Con la cara crispada por la aprensión, Nacho aceleraba y frenaba intentando deshacerse tanto de los cuervos como del bulto que arrastraba bajo sus pies. Irritado ya por sus múltiples intentos en vano, frenó y bajó del vehículo
"¡Malditos...!"

La reacción de los cuervos le dejó impresionado. Nada más abrir la puerta volaron todos a varios metros, posándose en diversos lugares, observándolo. Cesó la algarabía. La calle quedó en silencio. Solo se oía un tenue jadeo debajo del furgón.

Nacho se arrodilló  para mirar al hombre que había atropellado. Movía los brazos lentamente y emitía un ronquido apagado, como el de un moribundo. Volvió a subir al vehículo con una idea en la cabeza y nada más ponerse en marcha vio por el espejo retrovisor cómo uno de los cuervos alzaba el vuelo para llegar pronto al techo del furgón. Inmediatamente lo imitaron todos, para nuevamente comenzar a graznar con fuerza.

La idea dio el resultado esperado.  Nacho dirigió el furgón hacia el bordillo de una acera hasta subir en ella y así consiguió que el cuerpo se soltara.
Entonces los cuervos se abalanzaron hacia el guiñapo.  
Manos, cara, orejas, ojos... los gruesos picos de los cuervos rasgaban la piel del zombi con un ímpetu tal que en poco tiempo dejaron todo su cráneo al descubierto.

Nacho se fue alejando lentamente, hipnotizado por lo que veía en el espejo retrovisor. Cuando se distanció lo suficiente como para dejar de escuchar a los pájaros, aceleró, despreciando interiormente a aquellas siniestras aves, pero al mismo tiempo fascinado por su violento instinto.

“Primera lección de mi nueva vida – se dijo mentalmente - No te fíes de los cuervos”
…...........................................................

A María José la ponía nerviosa la presencia de Thomas. Era evidente que era hombre de pocas palabras, hasta el punto  que parecía entenderse perfectamente con su mujer con tan solo mirarse entre ellos. Pero su continuo caminar por la casa y sus insistentes entradas y salidas del piso  empezaban a  irritarla. De vez en cuando hacía un gesto a su mujer y entonces se apartaban de ella, pero no lo suficiente como para dejar de oírles cuchichear.

Tenía muy claro que no se atrevía a quedarse sola en aquel edificio, pero empezaba a plantearse si  la idea de salir de la ciudad con aquella pareja era la mejor opción. No hacía falta ser muy observador para darse cuenta de  que Thomas y Nerine  estaban llenos de rarezas y no se veía trabando amistad con ellos.

Como lo más práctico era llevar pocos bultos, María José volvió a abrir su maleta para pasar a ella todos los frascos de Doxma.

- ¿Estás medicándote, querida? - el dulce tono de voz de Nerine a sus espaldas la sobresaltó.
- ¿Eh? Ah, no, no. Es... Bueno, un amigo me consiguió esto. Me aseguró que podría servirme de ayuda.
- ¿Qué es?
- Es un simple jarabe para la tos, pero parece que tiene unos componentes que … - María José dudó un instante antes de proseguir -  ...que dan fuerza al organismo.
- Ah, bien, - dijo Nerine aumentando su sonrisa- ¡nada de lo que avergonzarse entonces!
- No, claro que no – respondió María José, ignorando el significado de aquel comentario.
Nerine hizo un amago de alejarse, pero volvió a encararse a María José.
- Verás, Thomas estuvo haciendo exploraciones por muchos barrios de la ciudad. Parece que la fiebre ha sido terrible. No ha encontrado a nadie con vida.
- Pero... no podemos ser los únicos – dijo María José cerrando la maleta.
- Imagino que no, pero no parece que vayamos a encontrar supervivientes aquí– decía Nerine sin dejar de apretar el colgante bajo su suéter.
- De todas formas, me gustaría comprobar si...
- No, querida, no hay nada que comprobar. No queda nadie.
- ¡Pero, cómo puede estar tan segura! Esta ciudad es grande, ¡no podemos ser solo tres!
- No vaias a insultar la infinita bondad de nuestro Señor por haberte salvado.
- ¿Pero qué está diciendo? Yo no estoy insultando...
- ¡Haz el favor de no gritarme! - le interrumpió Nerine endureciendo su gesto – Creo que me he portado... nos hemos portado bien contigo. Deberías tenerlo presente.
- Oiga, Nerine, yo le agradezco enormemente esa ayuda, pero comprenda que me he quedado sola, que quiero intentar localizar a algún familiar, algún amigo...
- ¡Dios es ahora nuestro amigo! ¡Nuestro único amigo! Y deberías estar dándole gracias por...
- ¿Gracias? - gritó María José totalmente exasperada - Gracias por qué ¿Por haberme dejado con vida pero no a mi marido y mis hijas? ¿Debo saltar de contenta y gritarle a los cielos “¡Gracias! ¡Gracias! Ellos han muerto pero yo sigo viva!”
El impacto de la bofetada de Nerine la desplazó.
De repente estaba sentada en un parque y unos cuervos volaban en dirección a un coche aparcado. En ese coche había alguien a quien necesitaba ver, convencida de que era alguien con quien podía ser feliz. Pero las alas negras de las aves tapaban su  rostro.
Entre brumas, María José regresó en un viaje fugaz a aquel salón. La australiana la miraba con desdén.
No quedaba nada de la amable sonrisa de su rostro.

…........................................................

 Nacho conducía con el ceño fruncido. Sin nada con lo que defenderse en sus manos todavía, se sentía más vulnerable cuanto más tiempo transcurría, así que estaba decidido a construirse un arma eficaz.
No tenía nada en mente, salvo que debía ser algo duro, contundente y fácil de manejar. Entonces recordó un amplio lugar en las afueras, un enorme cementerio de chatarra.
“¿Qué habrá sido de él?” - se preguntó mientras giraba el volante en aquella dirección.
No vio señal de vida en todo el recorrido por el extrarradio de la ciudad, tan solo el vuelo de algunos cuervos, diminutos puntos negros en la distancia. Se le erizó la piel al recordar las miradas de las aves desde aquel columpio.

Próximo ya al cementerio de chatarra,  en una zona de suaves colinas se cruzó con uno de aquellos caminantes.
Llevaba una bata de hospital muy manchada y arrastraba por la calzada una botella de suero que aún seguía inyectada a sus venas. El muerto, con la mandíbula desencajada, se detuvo a ver pasar el coche, como si fuera la cosa más llamativa que hubiera visto en mucho tiempo.
A pesar de la horripilante imagen, Nacho no pudo evitar reír y el sonido de su propia risa  le sonó tan divertido que desembocó en una carcajada interminable. Tuvo que detener el coche para dejar salir aquellas incontenibles ganas de reír. Cada vez que miraba  al zombi por el retrovisor, que seguía con su expresión de  bobo detenido en el centro de la calzada, explotaba en una nueva oleada de carcajadas.


“Vamos – decía Nacho secándose las lágrimas con las manos- ¿no oyes cómo me río de tu cara? ¡Ven a defenderte!”

Sin embargo el muerto continuó su camino en dirección contraria  y Nacho lo siguió con la mirada hasta dejar de verlo.

Desde allí se podía contemplar una hermosa panorámica de la ciudad y sus alrededores. El sol, que empezaba a descender, arrancaba reflejos a muchas superficies metálicas o de cristal, haciéndolas brillar desde lo lejos.
Nacho buscó el lugar exacto del almacén, del lugar que había sido su hogar en todos aquellos meses, y no tardó en localizarlo. También sus pequeñas ventanas brillaban y a Nacho le pareció que le hacían guiños de despedida.
Le invadió de repente una profunda sensación de soledad y se quedó pensando si volvería a reír alguna otra vez de la forma en que lo había hecho aquel día.

Un suave viento meció los altos matorrales de aquellas colinas.

Antes de reanudar la marcha se secó de nuevo otra lágrima. Una última lágrima que nada tenía que ver con las anteriores.

…..............................................

Thomas había preparado el coche en la puerta del edificio. María José, que no dirigió una sola mirada a Nerine, se había sentado en las escaleras junto a la puerta de entrada. Desde allí vio cómo ella iba bajando  muchas maletas y bolsas de gran tamaño pero no sentía ningunas ganas de ofrecerse a ayudarla.
Thomas quería que le fueran pasando el equipaje y  cuando estuviera todo en el maletero abriría las puertas del coche para que ellas entrasen.

- Ha de ser todo muy rápido, ok? - les dijo- Me aseguraré de que la calie esté despejada y entonces os haré una senial.
María José estaba ausente en aquellos momentos. No dejaba de pensar en su última visión y en por qué le asaltaban aquellas incomprensibles imágenes, algo que no le había sucedido nunca con anterioridad. 
“¿Qué ha cambiado en mí?- se preguntaba – Algo me sucede y no me reconozco.”
Miró de reojo a Nerine y observó que en las manos portaba un pequeño libro de tapas azules en el que se leía “Hole Bible”.

Cuando todos los bultos estaban ya en el maletero, Thomas entró al edificio para volver a subir al piso.

- ¿A dónde vas, querido? - preguntó Nerine
Él se volvió un instante con ojos desorbitados y le hizo señal de que no gritara.
- ¡Se me olvidaba algo muy importante!

A María José, los minutos a solas con aquella mujer se le hicieron eternos.
- ¿Estás más calmada ahora? - le preguntó Nerine de repente con aquella sonrisa de nuevo en la cara.
Thomas volvió a bajar con un par de cajas de cartuchos.
- Bien, - dijo-  todo listo por fin. No tenéis más que dirigiros al coche, subir y cerrar las puertas. No quiero que miréis a los lados, solo al coche, OK?

A la señal esperada, salieron las dos con presteza, pero para María José fue imposible dejar de ver una señal de sangre  sobre la acera, que condujo su mirada al hombre que yacía sobre un charco oscuro.
Una vez dentro del coche no se atrevió a comprobar lo que su  mente estaba procesando. Aquel cuerpo…

El coche se puso en marcha y empezó a avanzar. Contra su voluntad, María José volvió a mirar a aquel hombre muerto. Reconoció su camisa, sus pantalones, el color de su pelo…
- Oh, Dios mío, gritó cubriéndose el rostro, ¿por qué lo ha dejado ahí?
Nerine, sentada junto a Thomas, se volvió para mirarla
- Oh, vamos, querida, ese ya no era tu marido.
- ¡Pero no esperaba encontrarlo ahí tirado! ¡Yo no quería verle así! ¡Me aseguró que no lo vería!
- ¿Y para qué has mirado? ¡Thomas dijo que miraras sólo al coche!
- Oh, por favor… - empezó a decir él con evidentes muestras de nerviosismo.
- ¡Ha sido muy cruel por su parte! – les recriminó María José furiosa.
- Oh, pero por qué eres tan desagradable- exclamó Nerine con tono severo- ¡No haces más que protestar! ¿Aún no te has dado cuenta de que es una bendición ser una elegida de Dios?
- ¡No me nombres más a Dios! ¿Vale? – le gritó María José – Eres una mujer egoísta y sólo piensas en ti. ¡¡Me gustaría saber qué dirías si fuera tu marido el que estuviera ahí tirado en la calle!!
- ¡¡Estúpida ingrata!! – le gritó Nerine - No se te ocurra hablarme así jamás. ¡Después de lo que estamos haciendo por ti!
La mirada de Thomas se quedó perdida durante unos segundos hasta que frenó de golpe. Parecía que los ojos fueran a escapar de sus órbitas y tanto Nerine como Maria José vieron que se apretaba la cabeza con manos temblorosas
Thomas empezó a sangrar por la nariz y abrió la boca en un gesto de dolor sin llegar a emitir sonido alguno.

- Oh, my God – exclamó Nerine- ¿¿Qué te pasa, querido?? ¿Has visto lo que has conseguido, estúpida? – gritó a María José con desprecio – Aún está convaleciente, ¿no te das cuenta?
María José no escuchaba a Nerine. Estaba impresionada ante lo que estaba viendo. Aquello era exactamente igual a la imagen que había visto en su mente horas atrás. “¿Qué me está ocurriendo?”

Nerine se apresuró a ponerle a Thomas un pañuelo en la nariz sin dejar de susurrarle “Shhhh, shhhh…”

En aquellos instantes de confusión, escuchando a Nerine hablar a su marido, la voz de ella se difuminó  como si estuviera muy lejos de allí, y entendió que verdaderamente se había alejado a otro lugar. No era un lugar físico sino la sensación de flotar y verlo todo a su antojo. Se acercó a toda velocidad a aquel vehículo que llamaba su atención y espantó a todos los cuervos que volaban junto a él. Se acercó a los cristales y dentro pudo ver a Nacho. 
¡Aquel era su amigo Nacho!
Acto seguido lo vio en su casa y él  la abrazaba y ella por fin podía llorar ante alguien que la escuchaba y la comprendía. Y  la sensación de paz fue tan intensa que ni siquiera la voz aguda de Nerine ante su cara, devolviéndola de nuevo a aquel asfixiante reducto le borró la sonrisa.

- ¿Me estás escuchando? – le gritaba la australiana- ¡Aiúdame a sentar a mi marido en mi sitio! Voy a conducir io mientras se recupera.
María José, sin  dejar marchar del todo aquella agradable premonición, negaba con la cabeza y sonreía.
- ¿Estás diciéndome que no?
- Sí
- ¡Si no me aiudas ahora mismo, te quedas aquí, maldita ingrata!
María José seguía sonriendo.
Nerine, fuera de sí, salió, rodeó el coche y ayudó a salir a su marido, que parecía estar recuperándose.
Cuando cambiaron de asiento, María José abrió la puerta.
- Que tengan buen viaje, yo me quedo.
- ¡Estás loca!
- Puede ser, por eso estarán mejor sin mí. Voy a coger mis cosas y me voy.
- ¡No esperes a que dé la vuelta para ievarte a tu casa!
- No hace falta. Está cerca.

Cuando María José descendió y se dirigía al maletero, Nerine aceleró.

En solo medio minuto el coche desapareció y con él sus maletas, su comida, su ropa… y todos los frascos de Doxma.

Thomas se giró y vio el asiento vacío.
- ¡La has dejado atrás!
- No, no dejo atrás a nadie.
  .......................................................................
Nota: Las dos primeras fotos me las envía  Carlos (¡deberes cumplidos!)
La tercera foto me la manda Nerine (¡antes de saber que en el capítulo aparecerían cuervos!)
La última frase en rojo fue la propuesta por Anasister para este capítulo (¡deberes cumplidos también!)

En los siguientes seguiré con vuestras aportaciones.
¡Gracias a todos!