Esta pretende ser la historia de quince supervivientes en un mundo devastado y plagado de zombis. Los protagonistas son familiares y amigos míos que habrán de interactuar para llegar hasta el último capítulo. Pero, irremediablemente, algunos de ellos se habrán de quedar en el camino.
(Esta es una sinopsis patrocinada por Doxma)

3 oct. 2016

16. SIEMPRE EN GUARDIA


Carlos, Montse y Juan Miguel se quedan muy quietos al ver a aquellos seres subiendo por el camino. Vacilan unos segundos ante la posibilidad de que sean personas de la aldea, pero sus movimientos lentos y cimbreantes les confirman que se trata de infectados.

- Eso son... - susurra Montse.
- ¡Sí!  ¡Agachaos! - ordena Juan Miguel.
- Deberíamos escondernos - sugiere Carlos mientras se tiende en el suelo.
- No, no os mováis. Parece que no nos han visto.

Los tres quedan echados en tierra con los ojos fijos en los caminantes que poco a poco se van acercando.
Uno de ellos arrastra un pie al andar y en todos parece haber un aire de ausencia, como si fueran inofensivos fantasmas sin rumbo. Pero la experiencia ya ha demostrado que esos seres tan débiles aparentemente, despiertan de forma furibunda al ver a los vivos y que se muestran sumamente agresivos en su presencia.

- Escuchad, - dice Juan Miguel en baja voz – cabe la posibilidad de que se desvíen por ese camino de la izquierda. Si se marchan por ahí no tendremos que arriesgarnos.
- ¿Y si lo pasan de largo? - susurra Montse.
- Entonces terminarán viéndonos. Son cinco, pero con el bate y el pincho... no habrá problema.

Los cinco seres  se aproximan al desvío. El que va en cabeza empieza a variar su dirección hacia el camino.

- Bien, vamos, vamos... – susurra Juan Miguel – ¡Continuad por ahí!
Efectivamente, el que encabeza la fila se interna finalmente por el camino y también se desvían los que le siguen. Montse suspira aliviada.
Solo queda el zombi que arrastra el pie.
Al llegar a la bifurcación también hace conato de seguir al resto pero de repente se detiene.

- Pero... qué... -  empieza a susurrar Montse
- ¡Calla! – dice Juan Miguel.

El zombi levanta la cabeza al cielo y la gira lentamente hacia ambos lados, como si hubiera captado algún olor en el aire. Pueden ver su piel negruzca pegada a los huesos de la cara. Su chaqueta, llena de manchas, le viene grande, como si su cuerpo se hubiera consumido desde la última vez que se la pusiera.

La inquietud de los tres, agazapados en el polvo del camino,  parece convertirse  de repente en algo visible, pues el zombi hace un brusco movimiento y se encamina hacia ellos.

- ¡Mierda!- exclama Carlos –  ¡Viene!
Montse se incorpora y coge el bate de la mochila de Juan Miguel.
- Escuchad,  no os apresuréis, dejad que llegue hasta aquí. Lo último que debemos hacer es llamar la atención de los que han pasado.
Es evidente que el zombi  tiene rota la tibia en su parte más baja, pero a pesar de su cojera, llega deprisa y  desde sus profundas cuencas mantiene los ojos fijos en ellos.

- Vale, Montse, - dice Juan Miguel – vamos a intentar que caiga al suelo. Cuando yo te diga golpéale con fuerza en la pierna buena.
El gorgoteo de su garganta se intensifica al oírles hablar y el podrido levanta los brazos.
- ¡Ahora!
Montse lo golpea con el bate por debajo de la rodilla, pero no consigue derribarlo y se retira unos pasos. Carlos, que se ha situado detrás del muerto, le empuja y lo hace caer como un tronco talado. En ese momento Juan Miguel le atraviesa el cráneo.

En un movimiento reflejo, miran los tres hacia el lugar por donde se marcharon los zombis. Apenas  han hecho ruido, pero se están acostumbrando a estar siempre en guardia.
Unos segundos después, Juan Miguel considera que ha pasado el peligro y propone continuar.
Para llegar a la aldea han de seguir el camino que tomaron los muertos, pero hacen tiempo para que se alejen.

- ¿Estáis listos? - pregunta Juan Miguel sonriéndoles.
Carlos y Montse, que aún no han conseguido librarse de la tensión, asienten con la cabeza.
- Somos un buen equipo – les dice.
Y comienzan a caminar.

….....................................................

Anasister y A.B. vigilan ambos lados de la calle, cada una apoyada en un extremo del coche.
El silencio del lugar resulta inquietante, y en esa calma cualquier sonido, por leve que sea, resulta  sobrecogedor.

Roquito sale de la ferretería con un cortafríos y un par de hachas de largos mangos.

- Estáis haciendo demasiado ruido ahí dentro – protesta A.B.- ¿no podéis ser más silenciosos?
- ¡Mira qué maravilla! – dice Roquito sin contestar- De aquí nos vamos a llevar cosas que nos vendrán de puta madre. Hasta  linternas, ¡y pilas!
Fran sale con un par de  picos en una mano. En la otra lleva una horca de mango de madera y cuatro largas puntas de metal.
- ¿Qué os parece esto? - dice blandiendo en el aire la horca
- ¿Qué estás comiendo? - le pregunta Anasister.
- Galletas
- ¿Habéis encontrado galletas? - exclama A.B.
- Sí, al lado del mostrador

A.B. vacila unos segundos
- Entra, entra – le insta Roquito –, es un sitio seguro.
Fran y Roquito empiezan a colocar el botín en el maletero.
- ¿Pero por qué no habéis sacado las galletas también? - les dice Anasister
A.B. vuelve al coche con cara de contrariedad.
- ¿Qué pasa? - pregunta Anasister – Era una broma, ¿no? No hay galletas.
- Sí. Hay muchas. ¡Pero son para perro! ¡Vendían comida para perros también!
- Pues están bastante buenas – dice Fran.
- Tranquila, A.B. - le dice Roquito mientras vuelven a subir al coche- Ya tenemos lo necesario para entrar en cualquier supermercado.

El coche avanza sobre la calle de adoquines y los neumáticos hacen crujir la hojarasca acumulada, que en algunos puntos llega a ser de considerable altura. Al llegar al final de la calle, Fran detiene el coche nada más girar.

- Muy bonito me parecía para ser verdad– dice.

En aquella otra travesía hay coches abandonados en mitad del asfalto. Algunos de ellos tiene las puertas abiertas y en todos se ha acumulado el polvo hasta hacer prácticamente invisibles  sus colores.  Pueden ver un par de cuerpos tendidos en el suelo que el paso del tiempo ha acartonado. Fran piensa que tienen la apariencia de algún decorado macabro para una película de terror de bajo presupuesto.
Pueden ver a un hombre y una mujer medio devorados. La mujer tiene hojas secas enredadas en el pelo y el hombre, boca abajo, extiende su brazo derecho  hacia ella, como si se hubiera esforzado por acercarse antes de morir.
- ¡Anda,  Fran! – dice A.B. ¡Vámonos de aquí!
Es la única que dice algo.

Fran mira un instante a su hermana y le preocupa su silencio,  la poca comunicación que ha tenido con los demás desde que salieron de la aldea. Intentando animarla habla al grupo de forma positiva.

- Bueno, esto son gajes del oficio – dice mientras retrocede con el coche - No todo podía salirnos bien. Ahora vamos a hacer un recorrido por las calles por las que se pueda pasar. Os quiero a todos con los ojos bien abiertos para encontrar una farmacia y algún supermercado, ¿de acuerdo? ¡A la caza de un buen botín!

- ¡Allí, Fran! - exclama Roquito – Si antes lo dices... ¡un supermercado!
- ¡Venga, vamos a por él! - dice A.B. y empieza a aplaudir.
- ¡No! – dice de repente Anasister – No debemos perder el tiempo. Ya vendremos en otra ocasión. Ahora lo importante es encontrar una farmacia. Si de verdad queremos ayudar a Holden y a Ángeles... el tiempo es oro.
- ¡Pero Anasister! – protesta A.B. - ¡También necesitamos comer! Y llevando comida también ayudamos.
- Sí, pero no es prioritario.
- Creo que Anasister tiene razón, A.B. - dice Roquito – Si no tuviéramos nada que echarnos a la boca sería distinto, pero algo hemos traído.

A.B. quiere decir algo pero, viendo que Fran ha continuado la marcha, se limita a exhalar un hondo suspiro.

…..................................................

Ángeles ha cortado una gruesa hoja de aloe y después de eliminar su dura piel con un cuchillo, extrae el viscoso gel.  Actúa con destreza, sin pensar en lo que hace. Tiene grabada en las retinas el desconcertante momento en que vio a Holden apretándose el hierro encendido sobre la herida. La mandíbula tensa, las venas del cuello marcadas, los ojos cerrados con fuerza... Se estremece al recordar cómo la miró después, cuando encontró en sus ojos una expresión de furia como jamás antes le había visto.

Echa la pulpa transparente en un cuenco y lo lleva al salón.
- Ya está, Holden, ya lo tengo.
No lo encuentra allí, pero le parece verlo cruzar por el exterior y abre la puerta con cuidado.
- Holden, ¿qué haces aquí afuera?
- Voy a encerrarlos a todos – dice él antes de introducirse en la casa adyacente.

Ángeles recuerda a los zombis apareciendo en tropel por aquella puerta y siente un escalofrío.
Mira a derecha e izquierda antes de salir y seguir apresurada a Holden.
- ¿Puedes esperar a que te ponga esto? – le dice subiendo las escaleras.
- Te he dicho que no te molestaras.
Holden está en la planta superior, atando grandes cencerros a una cuerda.
- Esto va a aliviarte la quemadura.
- Escucha, Ángeles, no ha sido un accidente ¡He querido quemarme!  ¡Quiero que me duela!
- ¡Pero por qué! - protesta ella – ¡No lo comprendo!
- Quiero demostrarle a esta... mierda de herida, que aquí mando yo.
- Pero si no te pones aloe el dolor no te dejará dormir, y necesitas descansar.

Holden continúa inspeccionándolo todo. Levanta el tonel volcado, entra en la gran estancia vacía, hace cálculos de la capacidad de aquel lugar, murmura algo, vuelve a salir...
- ¿Puedo... - empieza a decir Ángeles.
- ¡No, no puedes! - grita él
Iba a preguntarte si puedo serte de ayuda en algo, pero veo que estás demasiado irascible. Me vuelvo a casa.

Deja el cuenco en el suelo y se marcha.

…............................................

Carlos avanza con cautela unos pasos por delante de sus compañeros. No consigue ver nada que le haga reconocer el camino que recorrió el día anterior, pero está seguro de que llegó a la aldea por allí.

Hay una densa alameda que flanquea el lado derecho. La humedad de la zona, con un río a pocos metros, ha propiciado una vegetación enmarañada a ras del suelo, que en muchos puntos se apelmaza formando muros o se abraza a los troncos como verdes telarañas. Los tres caminan prestando atención a ese bosque en el que el ruido de pájaros y otros animales les sobresalta constantemente.

- ¡Por fin! - dice Carlos – Ahí está la primera casa. Hemos llegado.
- Sigamos atentos – advierte Juan Miguel – No hemos visto a esos zombis que nos precedían. Podrían estar por aquí.

Carlos les hace un gesto para que continúen andando y les guía al otro extremo del caserío, donde está la vivienda en la que encontró gente.

Holden escucha unas voces en el exterior. Se asoma por la ventana del primer piso y ve llegar al mismo tipo que apareció la tarde anterior. Le acompañan una mujer que viste con ropa colorida y un joven con una mochila a la espalda. Ambos están alerta, mirando hacia todas partes.

- ¡Un huerto! - escucha decir a Montse- ¡Llevo mucho tiempo con ganas de volver a cultivar un huerto!

Desde su posición, Holden ve cómo Carlos golpea con los nudillos en la puerta de su casa. Le fastidia saber de antemano que Ángeles dará la bienvenida a aquella gente. De haber estado solo, no los habría recibido. Habría dejado que pasaran de largo
Le duele mucho la pierna y en oleadas le invade un odio repentino hacia todo. Desea estar solo, sin tener que dar explicaciones a nadie.
Sin embargo, vuelve a recorrer con la mirada aquella amplia estancia vacía, y al ver el cuenco que Ángeles ha dejado en el suelo, la añora de inmediato.

…................................................

Fran ha detenido el coche en la esquina de una avenida atestada de vehículos. Los cuatro observan con atención la fachada de una farmacia a la que no es  posible acercarse más.
Tanto la puerta como el escaparate están herméticamente cerrados por macizas persianas metálicas.
Se pueden ver algunos cuerpos deambulando a lo largo de la calle. No van en grupo, como suele ser habitual, sino que están esparcidos por ambas aceras y por la calzada, caminando muy lentamente con los brazos caídos.

- Doce, cuento a simple vista – dice Fran
- Yo he contado quince – apunta A.B.
- Ninguno cerca,  ¿bajamos? - propone Roquito
- Un momento, habrá que planificarnos primero, ¿no? – opina Anasister.
- Es fácil – dice Roquito – Me puedo acercar con un pico y reventar la cerradura del suelo.
- No, espera – responde Fran – No creo que sea tan sencillo. Probablemente no la rompas a la primera. Necesitarías muchos más golpes, y... no, descartado. Además tiene toda la pinta de ser una persiana mecánica, de las que no se levantan a mano.
- ¿Entonces? – pregunta  Roquito
Fran sigue observando la escena.
- Se me ocurre... – empieza a decir al cabo de unos segundos – Mirad la tienda de al lado... la de la esquina.  No está cerrada,
- ¿Entrar a la farmacia a través de ella? - dice Roquito – Pero para romper un muro haremos mucho ruido también. Y durante más tiempo.
- Sí,  pero ya no estaremos en plena calle.
- ¿Y no se acercarán igualmente cuando empecemos a dar golpes? – dice Anasister.
- Sí, claro, se agolparán en la puerta, pero...
- Yo me puedo quedar aquí – propone A.B. - Cuando me hagáis una señal los alejo de la entrada con el claxon.
- Eso es – exclama Fran – Arrancas el coche, te los llevas lejos y después vuelves a por nosotros.
- Bien, ¿cuál será la señal?
- Allí se entrevé un maniquí. Cuando lo pongamos asomado en el cristal es que estamos listos para salir.

Fran, Roquito y Anasister descienden  intentando pasar desapercibidos. Roquito saca  los picos del maletero y lo deja abierto. Fran les hace un gesto para que se oculten detrás del coche más próximo. Hasta la entrada del local de la esquina no hay más de veinte metros.
Anasister ha cogido una de las hachas. Se le ha secado la boca ante la idea de utilizarla contra alguno de aquellos apestados.
En una rápida y silenciosa carrera se acercan a la puerta de cristal de lo que debió de ser una lujosa tienda de trajes de novia. Fran se percata entonces de que uno de los escaparates tiene el cristal roto en una esquina, con una abertura del tamaño de un balón de futbol.
Roquito empuja una de las láminas y la puerta se abre sin  resistencia.

- No me gusta esto – susurra Fran – ¡Antes que nada hay que impedir que se abra tan fácilmente! Ayudadme – dice señalando el mostrador de madera, que está volcado en el suelo.

Entre los tres logran colocarlo contra la puerta, impidiendo así que se abra.
Anasister recoge telas esparcidas por el suelo y tapa con ellas el agujero del escaparate.


Cuando miran más detenidamente a su alrededor, quedan sobrecogidos.
El local es un caos por el que es muy complicado caminar. Está totalmente destrozado, con muebles y lámparas volcados, así como papeles, y  telas acartonadas cubriendo todo el suelo.
El sol está descendiendo, y la luz, tamizada por las grandes manchas de pintura de los ventanales,  acentúa  el aspecto fantasmagórico de aquel antro.

Lo más inquietante son los maniquíes.
La mayoría están volcados y desprovistos de ropa, pero algunos continúan de pie, como personas petrificadas, luciendo blancas galas cubiertas de polvo.  Una de aquellas mujeres de plástico con peluca rojiza y una boca entreabierta les mira directamente.  Con un dedo señala hacia la puerta.

Roquito se aproxima al fondo, y entra en  un pequeño despacho ennegrecido.

- Aquí hubo un incendio – les dice.

Parte del techo se ha desprendido y hay ladrillos y escayola formando una montaña de escombros. Hay charcos en el suelo y manchas de humedad por las paredes.

- Creo que este es buen sitio para pasar al otro lado– dice Fran al verlo.

Desde el coche, A.B. oye con claridad  cómo los picos empiezan a golpear allá adentro.

….....................................................

Acomodaos donde podáis – les dice Holden sin entusiasmo –  Si necesitáis algo...
Y vuelve a salir al exterior sin  dar más explicaciones.

El cielo se ha encapotado y todos sienten la humedad en el ambiente. Con el descenso de la luz exterior, el salón se ha oscurecido y parece que los ánimos han decaído también.

Ángeles aviva el fuego de la chimenea con aire ausente.

Carlos y Juan Miguel se miran, y éste le dedica una  leve sonrisa  de complicidad.  Carlos vuelve a ensimismarse.  Una vez conseguido su propósito de poner a salvo a su compañera, su actitud se ha vuelto taciturna.  Montse también está callada, acordándose igualmente de  Ana Bohemia,  y observa con ojos brillantes cómo bailan las llamas entre los troncos.

- Tengo que pediros disculpas – dice Ángeles en mitad de aquel nuevo silencio.
Montse vuelve la cabeza y la mira con atención.
- No os hemos recibido con demasiado entusiasmo – les dice -  Pero no es por vosotros, es que... nos habéis pillado en un momento complicado.  El resto del grupo salió y... en fin, estamos muy preocupados.
- No te preocupes, - responde Montse- es más que comprensible. Ninguno estamos en un buen momento, precisamente.
- Pero quería que lo supierais. Sentíos bienvenidos.
Montse asiente con una sonrisa.
- ¿Sabéis qué? - dice Juan Miguel-  Siento buenas vibraciones. Llevamos mucho tiempo dando tumbos, pasándolas canutas,  sin saber qué hacer ni a dónde ir. Pero... ahora mismo... con techo, con algo para comer, en compañía...  ¿no creéis que entre todos podemos conseguir que empiece a irnos mejor
- Vaya – le contesta Ángeles tras un suspiro -  Optimismo no te falta.  Sí, creo que nada ayuda más que una actitud positiva. Y tú pareces tenerla, sin duda.
- Sí, ahora sí – les dice, y mira hacia las llamas - pero también tuve algunos momentos...  Supongo que también os habrá pasado. No veía... futuro. No veía nada por lo que seguir luchando... Llegué a pensar en lo peor.

La leña  deja escapar un sonoro chasquido.

- Muy bien– dice Montse poniéndose en pie – Basta de pensamientos tristes. Ángeles, como ama del lugar, danos instrucciones para colaborar, que no hemos venido a ser un estorbo.

En ese momento vuelve a entrar Holden, que ha escuchado las últimas palabras de Montse.  Se queda mirando a todos con el ceño fruncido y tras pasarse varias veces la mano por la barba exclama:
- Hay que encerrar a todos esos jodidos muertos que campan por el río. ¿Quién me acompaña?

…...................................................

Como era de esperar, los golpes en la pared de la tienda empiezan a excitar a los muertos de la calle. A.B. comprueba angustiada cómo se van agrupando y acercando hacia el lugar de donde provienen. La extrema quietud que mostraban aquellos cuerpos, se ha transformado en una convulsión generalizada, y los ve llegar por las aceras y a través de los vehículos con muecas crispadas, con las fauces abiertas, emitiendo ese jadeo que siempre le acelera el pulso.

"Ay, Dios, terminad pronto, terminad pronto..."

En el interior del local, el boquete de la pared  es lo suficientemente grande como para que quepa una cabeza. Fran deja de picar y hace una señal a Roquito para que se detenga.

- Me da miedo preguntaros algo – les dice - ¿Hemos cogido alguna linterna?
- ¡Yo no! – dice Anasister
- ¡Mierda! - exclama Roquito
Una absoluta oscuridad  asoma desde el otro lado.

Escuchan entonces un inquietante rumor que proviene del exterior y Anasister se asoma con cuidado por la puerta del despacho. Antes de mirar siquiera, ya sabe que hay una multitud de zombis tras los escaparates, pues sus sombras se proyectan en el suelo como un hervidero de espíritus.

- Bueno, nada que no estuviera previsto- dice Fran intuyéndolo– Lo mejor es actuar con rapidez. Hay que intentarlo. Entramos y ya veremos si nos acostumbramos a la oscuridad.

Mientras siguen agrandando la abertura, Anasister pasa a la tienda y se oculta tras una columna.  A pesar del macabro espectáculo, se siente más tranquila vigilando la situación.
Al murmullo de pies arrastrando en la calle y el agónico estertor que surge de las gargantas de los caminantes, se suman otros ruidos que parecen provenir del piso superior.

De repente la luz del sol inunda con fuerza toda la estancia, intensificando la marea de sombras en el suelo. Un potente brillo ilumina una pared y Anasister descubre que es el reflejo de un espejo de cuerpo entero que hay  junto a una columna.
Se le ocurre una idea pero le parece muy arriesgado dejarse ver por la muchedumbre del exterior.
Fran y Roquito dejan de picar.

"¿Anasister?",  oye decir.
Vuelve  al pequeño despacho para descubrir que ya pueden entrar a la farmacia.
- Escuchad, - les dice - ahí afuera hay un espejo grande, creo que si lo volcáramos delante de esta puerta, buscando el ángulo adecuado, los rayos del sol entrarían por este hueco.

Con movimientos sigilosos, Roquito sale en busca del espejo. Comprueba que los muertos se agolpan en la puerta pero no parecen saber que hay vivos allí adentro. Solo se han dejado llevar por el ruido.
La intuición de Anasister da resultado: la luz de la tarde rebota en la lámina de cristal, entra por el despacho y atraviesa el oscuro agujero de la pared.
Entra primero Fran, después Anasister. Cuando Roquito inclina el cuerpo para acceder, oye un murmullo por encima de su cabeza.
El incremento de luz permite ver ahora claramente parte del piso superior a través del desprendimiento del techo.

…...............................................................

- ¡Qué dices! - exclama Ángeles. La propuesta de Holden la ha alarmado. Todos se han puesto en pie, alerta a un peligro incierto- ¿¿Cómo que encerrar a...??
- Sí, encerrarlos- insiste él – Ya lo hice una vez y se puede volver a hacer.
- Pero no es el mejor momento – le rebate – No estás...
- No estoy qué – contesta de inmediato.
- ¡Quedan solo un par de horas de luz!
- ¡Es más que suficiente!
- Pero quieres decir... ¿encerrarlos en esta casa de al lado otra vez? Son... muchos, ¡demasiados!
- Es lo bastante grande para que entren todos.
Carlos y Montse permanecen atentos a lo que les parece una idea de locos, pero es Juan Miguel el que decide intervenir.
- ¿Cuál es tu intención, Holden?
- Ya lo he dicho. Encerrarlos. Así de simple. Esos podridos son como borregos, es fácil dirigirlos en manada. Sólo hay que hacer ruido.
- Pero que se metan en una casa en concreto... ¿cómo harías eso?
- Con cencerros. El sonido de los cencerros los pone furiosos. Entrarán, seguro, uno tras otro. Lo tengo todo preparado.
Ángeles se acerca a Holden pensando en la forma de disuadirlo. Lo toma de una mano y se asusta al descubrir que de nuevo desprende mucho calor.
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El resplandor que entra por el agujero y el hecho de que la farmacia tenga grandes  muebles blancos les ayuda a acomodar  la vista en aquella  penumbra.
Anasister vacía en el suelo uno de los muchos cajones metálicos y lo coloca sobre el mostrador.

- Venga, llenaremos esto de cosas útiles, ¿vale? Buscad gasas, alcohol, agua oxigenada, analgésicos...
- Aquí hay tijeras – dice Fran
- Sí, también. Y esto son... antibióticos. Sí, perfecto.
Actúan con celeridad, como si tuvieran un tiempo determinado para estar allí dentro y alguien hubiera activado un cronómetro.
Entran y salen de la trastienda, chocando a veces entre ellos, echando todo tipo de medicamentos y utensilios  en el cajón.
- ¿Qué haces? - dice Fran mirando a Roquito, que se ha puesto a toser.
- Joder, leche en polvo – les dice – No me he podido contener. ¡Y hay potitos también! ¿Nos llevamos algún bote?
- Ay, estoy muy nerviosa – exclama Ana – Necesito encontrar lo más importante. Ese jarabe...
Un estruendo los sobresalta.
- ¿Qué ha sido eso? – exclama Anasister - ¿Han entrado?
- No, no es posible – responde Fran con voz trémula– Habríamos escuchado ruido de cristales.

Salen de la trastienda  hasta el mostrador y descubren que por el haz luminoso que atraviesa el agujero de la pared flota una nube de polvo.
- ¡Se ha hundido el techo! – deduce Roquito– ¡Se ha terminado de desplomar!
Pueden ver entonces cómo una sombra alargada  se proyecta en la pared iluminada, y su movimiento enciende y apaga  el brillante polvo suspendido.
- Mierda, mierda, mierda – susurra Roquito buscando su barra de acero – Me temo que no solo ha caído el techo, también algún putozombi.
Quedan unos segundos en absoluto silencio, intuyendo que algún cuerpo va a asomar por el hueco y entrará en la farmacia. Pero nada ocurre.
- Vamos a terminar aquí – dice Fran – ¡Y rápido!
Anasister busca angustiada todos los frascos de jarabe. Apenas se detiene a mirar sus nombres. Además de faltarle luz, el miedo la ha ofuscado.
- Da igual, – dice- nos llevamos una caja de todos los que hay.

Cuando están listos para salir, Fran coge el cajón mientras Roquito se acerca sigilosamente al agujero y examina el otro lado desde una distancia prudencial.
Les hace una señal para que avancen.
- Tiene que haber alguno a la fuerza, - susurra - pero no lo veo.
Fran se acerca y pasa el abarrotado cajón al otro lado. Después extrae el hacha que tiene enganchada en el cinturón y atraviesa el agujero.
Levanta la palma de la mano para que esperen, y avanzando muy despacio se asoma al local.
Roquito y Anasister ven cómo Fran les indica con un dedo que puede ver un  zombi.
- Venga – dice Roquito a Anasister - Cuanto antes, mejor.
Pasa al otro lado y la ayuda a salir.

En el exterior, a A.B. le parece que ha pasado una eternidad desde que se quedó sola. Hace mucho que dejaron de oírse los golpes en la pared, pero la horda de caminantes ha quedado amontonada en la entrada de la tienda, sonando como un enjambre.
Su mirada sigue fija en aquel maniquí, deseando que cualquiera de sus amigos lo acerque al ventanal.
Por fin vislumbra un movimiento y se incorpora.
“Gracias a Dios – musita- ¡Ya están ahí!”
Sin embargo no es el maniquí lo que se acerca al ventanal, es uno de aquellos seres tambaleantes, caminando sin rumbo por la tienda.
- No, no, no, - musita petrificada- ¿pero dónde os habéis metido? ¿¿Qué hace eso ahí dentro??

Aterrada por la incertidumbre, A.B. gira la llave en el contacto y hace sonar el claxon. Arranca el coche y sin dejar de pitar maniobra para encarar el vehículo en otra dirección, preparada para llevarse de allí aquella tropa de muertos.

- ¡Vamos, malditos asquerosos! – grita con lágrimas en los ojos- ¡¡SEGUIDME!!

El sonido del claxon llega con fuerza al interior de la tienda, rebotando en las paredes, y Fran y Roquito cruzan miradas de sorpresa.
Una serie de gemidos llega por el hueco del techo y  sin darles tiempo a reaccionar, ven caer un cuerpo sobre el montón de escombros. Inmediatamente cae otro, y siguen cayendo en una lluvia de hombres y mujeres  semidescompuestos.  Roquito es el primero en reaccionar y hunde el extremo de su barra en una de las cabezas. Otro podrido le cae sobre los brazos. El impacto le hace perder su barra de acero

- ¡Hay que salir de aquí! – grita Fran
Anasister se abalanza hacia el botín de medicamentos, pero Fran la sujeta de una muñeca y la obliga a salir a la zona diáfana.  Se topan de cara con el muerto que deambulaba por la tienda.
Consiguen esquivarlo y escapar hacia la puerta.
- ¡Roquito! – grita Anasister – Tenemos que mover el mostrador… ¡¡Roquito!!
Pero Roquito no ha salido todavía
- ¡Joder! – exclama Fran al ver que el zombi se les acerca – Espera aquí.
Fran se acerca al jadeante y le hunde el hacha en la frente, por donde escapa un chorro de sangre oscura. El zombi cae a sus pies.
Desde el despacho se oyen fuertes golpes. Fran vuelve, se asoma y ve a Roquito abalanzarse sobre el cúmulo de cuerpos con un bloque de cemento.
Tiene la cara y las manos llenas de sangre, pero aquel montículo de carne putrefacta sigue pugnando por levantarse.
- ¡Vamos, Roquito, – le grita Fran – los de la calle se alejan, tenemos que salir!
- ¡Claro! – brama con ira – ¡Pero no sin  la caja! ¡Sacadla de aquí!

Cuando A.B. logra apartar varios metros a toda aquella turba de la entrada, da un volantazo para regresar. La zona no está totalmente despejada, aún rondan dos caminantes por allí.
La sobresalta el estruendo de cristales rotos que se produce justo en el momento en que decide descender del coche.
Por el escaparate salen Fran y Anasister portando una  caja. El alivio al verles le nubla la vista con lágrimas de alegría.
- ¿¿Y Roquito?? – pregunta mientras corre hacia ellos.
- Maldita sea – dice Fran-  ¿por qué no sale?
A.B. le saca el hacha del cinturón y se encamina a la tienda.
- Dile que salir! - Gritos - se adhieren a ella, AB!
- ¡Ten cuidado! – le advierte Anasister – ¡Hay algunos dentro!

En el mismo instante en que Roquito escucha cómo sus compañeros destrozan el escaparate para salir, deja de golpear la maraña de cuerpos amontonados.
Todavía se mueven algunos brazos y un par de cabezas se giran hacia él mostrando sus bocas ulceradas, pero sabe que es el momento de salir de allí.
Pero la lucha lo ha agotado. Su cuerpo no le responde. Intenta moverse pero cae de rodillas al suelo.

“¡¡ROQUITO!!”, oye gritar, y reconoce la voz de A.B.
"Sí,  dice con un hilo de voz, estoy aquí"
“ROQUITO, ¿DÓNDE ESTÁS?”

Poniendo todo su empeño, Roquito  empieza a levantarse.
A.B. aparece en el marco de la puerta y al verle  ensangrentado se estremece.
- Dios mio, ¿estás bien? ¡Roquito!
- Sí – dice él sonriendo para calmarla -  Solo necesito un respiro.
Ella descubre que tiene un golpe en la cabeza y que parece a punto de desmayarse.
- Venga, apóyate en mí – y le pasa un brazo por su cuello para sacarlo de allí.

Dos de los muertos, con las caras machacadas por los golpes recibidos, consiguen levantarse y se mueven hacia ellos. A.B. camina con dificultad sosteniendo a Roquito. Tiene la vista fija en el escaparate roto, anhelando salir al exterior. Roquito vuelve la cabeza.

- Están ahí, A.B. – le dice – ¡Los tenemos detrás!
Ella aprieta el paso pero el peso de Roquito le hace perder el equilibrio y caen los dos.
A.B. se levanta con el rostro enrojecido y se encara con los perseguidores.

Con un fuerte hachazo hace crujir un brazo del primer zombi, pero no logra detenerlo. El otro se pone a su altura y abriendo desmesuradamente la boca se abalanza hacia A.B. Ella lo empuja con fuerza hacia atrás y los pies del zombi se enredan en una lámpara de cristales y cae al suelo.
Roquito se levanta.
- ¡En la cabeza, A.B.! – le dice  con la cara pálida – ¡Dales en la cabeza como tú sabes!
Inesperadamente, el zombi que permanece en pie se lanza  sobre Roquito, haciéndole caer de nuevo. En el mismo instante en que la boca se cierne sobre su cuello, A.B. le abre la cabeza en dos.

A.B. ignora al cuerpo que queda en el suelo enredado en la lámpara de araña y vuelve a intentar incorporar a Roquito. 
Siente entonces unas manos como garras de hielo que la aferran y una lacerante  punzada que le atraviesa una pierna. Después una dentellada que la hace caer al suelo. A.B. está tan conmocionada  que no es  capaz de emitir un solo sonido, consciente de que aquel maldito zombi  la ha atrapado irremediablemente.

Fran entra apresurado en la tienda en el instante en que Roquito emite un grito de rabia.
Puede ver cómo ese zombi hambriento que A.B  tiene a sus espaldas sube hasta su cuello  y lo desgarra de un mordisco.

Los ojos de A.B. están abiertos y sus pupilas se mueven mirando a Roquito. Su expresión se suaviza, al ver entrar  a Fran, como si de repente  se sintiera aliviada al saber que ambos saldrán de allí.
Ninguno de los dos aparta la vista mientras el zombi le muerde.
Ella tampoco deja de mirarlos hasta que cae al suelo.



2 oct. 2016

ANTERIORMENTE EN TZE / PREVIOUSLY ON TZE

En los capítulos anteriores dejamos a todos nuestros héroes en situaciones muy complicadas.
Por un lado, vimos cómo Nerine se quedó sola. Thomas, su marido, decidió que no quería seguir viviendo esa vida peligrosa e impredecible, como impredecible se había vuelto su carácter a causa del virus. Temía hacer daño a Nerine de manera irreparable, así que la dejó dormida en la gasolinera, donde habían encontrado refugio, y se fue, con su escopeta al río, donde puso fin a su vida.

Por otro lado, María José y Nacho, después de mucho tiempo buscándose el uno al otro, consiguieron encontrarse. Al parecer, los pensamientos de María José guiaron de alguna manera a Nacho que, llevado por un impulso más intenso que una corazonada, se dirigió hacia la casa de ella.  Después de un arriesgado enfrentamiento de Nacho con los zombis que se agolpaban ante el portal, vimos cómo él y María José se abrazaban por fin.

En la aldea, Holden se desespera por la herida de su pierna, causada por el mordisco de un niño zombie. Se ha vuelto agresivo e irracional, incluso contra sí mismo. Ángeles se esfuerza por ayudarle y por mantener la calma, pero él rechaza con furia todo intento de ayuda y cualquier idea que pueda suponer una esperanza para su situación.

Los otros ocupantes de la casa -Fran, Anasister, AB y Roquito- de acuerdo con Ángeles,  han partido en busca de un posible antídoto del que Anasister tuvo noticia tiempo atrás. No recuerda el nombre del medicamento que han de buscar, pero todos esperan que si lo ve en alguna farmacia u hospital, se despierte su recuerdo y lo identifique.


Por su parte, Carlos, Montse y Juan Miguel se ven atrapados en la caravana, rodeados por una horda de zombis a los que apenas consiguen contener. En su camino hacia la ciudad, Fran y sus compañeros divisan al grupo y Roquito reconoce a Carlos, que ha subido al techo del vehículo. Tocando el cláxon consiguen atraer a los zombis hacia el coche y que lo sigan, alejándolos de la caravana. La intención de Carlos, Juan Miguel y Montse es  dirigirse ahora a la aldea.
(Resumen por gentileza de nuestra amiga Ángeles)