Esta pretende ser la historia de quince supervivientes en un mundo devastado y plagado de zombis. Los protagonistas son familiares y amigos míos que habrán de interactuar para llegar hasta el último capítulo. Pero, irremediablemente, algunos de ellos se habrán de quedar en el camino.
(Esta es una sinopsis patrocinada por Doxma)

26 dic. 2016

18. AL LÍMITE

En la aldea

Apenas tengo fuerzas para sostener el bolígrafo, pero no quiero dejar de escribir. Este diario es el único medio por el que puedo aliviar la tensión y la ansiedad que me acosan cada día.
Antes escribía por costumbre, porque siempre he tenido el hábito de anotar todo lo que me ocurría y todo lo que pensaba y sentía. Cuando llegamos a esta aldea seguí con mi costumbre. Escribir me hacía sentir que seguía habiendo algo de normalidad en mi vida, en el mundo, pero mi verdadero apoyo era Holden. Podía hablar con él, compartíamos todo lo que ocurría y me sentía protegida. No tenía miedo, a pesar de todo, estando en su compañía.

Pero ahora ya no es así. Desde que aquel niño infectado le causó la herida de la pierna las cosas no han dejado de empeorar. Y ya no puedo contar con él. No sé cómo va a reaccionar cada vez que me dirijo a él, cada vez que intento acercarme. Su agresividad va en aumento y empiezo a temer que se convierta en un peligro, no ya para mí, sino para sí mismo. Siempre ha sido valiente, pero ahora se ha vuelto temerario. Parece que confía en sí mismo en exceso, o que no ve el verdadero peligro que nos rodea. El peligro que conlleva el sólo hecho de vivir en este mundo.

Y por desgracia, no nos faltan motivos para confirmar lo que acabo de decir. Ayer regresaron Fran, Anasister y Roquito. Cuando los vi llegar, con un cajón de medicinas pero completamente derrotados, me eché a llorar. Supe, antes de que me dijeran nada, que habíamos perdido a AB. Y tan doloroso me resultó saber de su muerte como ver a sus amigos nuevamente abatidos por el dolor. Después de la muerte de Pepi, ahora han de soportar la de AB. No sé cómo pueden sobrellevarlo.
Me contaron cómo ocurrió, y fue conmovedor ver cómo hablaban de ella, de su valor y su entereza; y cómo recordaron su buen humor y su actitud siempre colaboradora.
Se me partía el corazón al ver el sufrimiento de Roquito, multiplicado por su sentimiento de culpa, que comprendo perfectamente.
Pero pueden tener el consuelo de que AB no ha muerto sin más. Porque creo que en este mundo absurdo lo único que tiene sentido es la superviviencia de aquellos a quienes queremos, y morir a su lado, defendiéndolos, es la única manera sensata de morir.
Por desgracia, esa muerte, por más digna que pueda ser, no es el fin de quienes mueren a manos de esos seres abyectos. Así que a Fran, Roquito y Anasister aún les quedaba el trance de evitar que AB se transformara.
Según me contó Fran, tomaron una decisión inmediata y arriesgada: extrajeron gasolina de los coches que había en la calle, y prepararon un pequeño bidón con una mecha de trapo. Le prendieron fuego y lo lanzaron al interior de la farmacia.

Entre lágrimas, y a pesar de todo, Anasister tuvo aún la bondad de disculparse por no haber encontrado el medicamento que podría haber ayudado a Holden. Entonces me sentí culpable yo también, pues por ayudarnos a Holden y a mí, habían corrido muchos riesgos y perdido a su amiga.
Sólo pude darles las gracias, desde lo más profundo de mi corazón, por haberlo intentado, pero sentí que Roquito me miraba con rencor. Y no puedo reprochárselo.

Por último, quiero anotar también que ayer llegó  a la casa otro pequeño grupo. Se trata de Carlos, que ya estuvo aquí, y sus dos compañeros, Montse y Juan Miguel. Parecen personas responsables y serviciales, pero creo que se llevaron una mala impresión de Holden. Les expliqué que él no es así, que está cambiado…
Parece que no quiere a nadie en la casa, que todo el mundo le estorba. Yo echo de menos la tranquilidad que teníamos él y yo al principio, pero ahora sé que es mejor que seamos más. Estamos más protegidos en grupo, entre todos somos más fuertes, más capaces.
Ojalá Holden también comprenda esto, pero no sé si puede.

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La primavera avanza imperturbable, ajena al sufrimiento de los hombres. Con ella resurgen, como preludio de su presencia, el color limpio del cielo, nuevas flores entre la hierba y multitud de mariposas zigzagueando en los campos.
Nada ha variado, pero apenas quedan seres humanos para apreciar esa belleza.

Los amaneceres son fríos todavía, y en los altos juncos de la vaguada del río se acumula la niebla, que lentamente se desvanece al avanzar el día.
Cuerpos corruptos atraviesan la lechosa bruma. Los mismos seres que en su día sonreían al contemplar el paisaje y llenaban sus pulmones de aire puro, son hoy  carne sin vida, cuerpos llagados, órganos secos que no necesitan oxígeno, materia inerte que camina sin rumbo, hundiendo los pies en el barro.

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Una vez más, Nerine ha pasado gran parte de la noche soñando.

Tardó mucho en dormirse. Se había arropado con una manta y, sentada sobre la cama y mirando fijamente la llama de una vela, estuvo hablando mentalmente consigo misma durante horas. Sus pensamientos iban dirigidos a Dios, y también a Thomas, y sentía que realmente la escuchaban.

Cuando el cansancio empezó a relajar su cuerpo, volvió a recordar el momento de su promesa a Dios.

“Mi fe flaquea, Señor, y ya no sé qué hacer. Si tu voluntad es que vuelva a ver a Thomas, muéstrame una señal de que sigue vivo, y prometo no desesperar más y seguir buscándolo, si esa es tu voluntad”

Recordó cómo aquella noche vio a Thomas en sueños. Él estaba a su lado, enfermo, y  ella lo cuidaba con devoción. En el sueño él tenía los ojos cerrados y le  pedía el jarabe con voz débil. Cada vez que ella se lo daba, una luz azulada atravesaba sus párpados y ella apreciaba su mejoría.
“Esto es mi salvación”, susurraba él con una débil sonrisa. “Gracias a  tus cuidados me recuperaré. Ya lo verás.”

Con la mirada perdida en el resplandor de la llama, volvió a pensar en  aquello tan extraordinario que sucedió a la mañana siguiente.
Después de varias semanas sin encontrase con nadie, vio llegar a un hombre a la gasolinera. Ambos permanecieron unos segundos mirándose, sorprendidos.

El hombre estaba preocupado y le dijo  algo sobre unas personas a las que había dejado atrás, a algunos kilómetros de allí.  Pero Nerine no conseguía recordar nada  porque había dejado de escucharlo cuando él le dijo su nombre.
Se llamaba Tomás.

Aquel nombre, pronunciado en voz alta, le pareció la inequívoca señal que esperaba de Dios. Aquel hombre no era Thomas, su Thomas, pero si había llegado hasta allí surgiendo desde la nada, era sin duda por alguna razón. Y la razón no podía ser otra que la recompensa a su fe.
El hombre siguió hablando y ella vio en sus ojos, en sus gestos, algunas semejanzas con su marido y poco a poco empezó a sentir que su corazón se llenaba de júbilo. 
“Esta puede ser, pensó, tu promesa de no abandonarme nunca. No te reconozco, pero eres tú. ¡Sé que eres tú, Thomas!”

Ella le sonreía conteniendo las lágrimas. Asentía a todo lo que él le pedía. Al parecer buscaba comida. Estaba  hambriento, era evidente, así que le hizo pasar a la tienda y le señaló la trampilla abierta en el suelo.

Le hubiera gustado que él la reconociera pero no lo consiguió, a pesar de sus intentos.

- ¿De verdad no me reconoces, darling?
Nerine se agitó incómoda al recordar cómo tuvo que retenerlo a la fuerza, golpeándolo en la cabeza.

“Oh, Dios, murmuró compungida, no lo hice bien, ahora sé que no lo hice bien. Te había prometido que me sometería a tu voluntad, pero es que... cuando vi que su intención era marcharse otra vez... ¡Necesitaba tanto de él! ¡Tenía tanto miedo a quedarme sola de nuevo!”

Finalmente se durmió y sus sueños fueron opresivos y confusos. Reaparecían aquellos dos hombres y la chica joven que comía cerezas. Entraban en el sótano. La llamaban mentirosa, se burlaban de ella y se llevaban su coche y el jarabe. Después veía el frasco en la carretera, bajo la lluvia, pero no conseguía llegar a él. Escuchaba a Thomas a su lado, nuevamente enfermo, pidiéndole que lo recuperara, pues solo con aquella medicina milagrosa él lograría sanar.

“Lo he perdido, Thomas, –decía ella llorando- ya no nos queda nada de ese jarabe”
“¡No es cierto! - le  respondía enérgico- ¡Se te cayó en algún lugar! ¡Tienes que salir a buscarlo!

De repente volvía a estar en la ciudad, con María José.
“¿Sabes, Nerine?- le decía ella con una extraña sonrisa- Ya no es necesario que busques a tu marido. Hace tiempo que murió.
Nerine intentaba abofetearla pero María José se esfumaba al cerrar los ojos.

Nerine despierta de golpe con la respiración agitada. La llama de la vela, a punto de consumirse, vuelve a ser la conexión con la realidad.
Aparta la manta y sale de la cama.

Coge la Biblia y la aprieta en su pecho. Después la abre al azar y lee en voz alta.

“Y así,  habiendo esperado con paciencia,  alcanzó la promesa. Hebreos 6:15”

Sin soltar la pequeña  Biblia, apaga de un soplido la vela y sube las escaleras.
En su cabeza no hay más que una idea: encontrar el jarabe que perdió.

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Desde la ventana de su habitación, Holden mira la estancia vacía de la casa de enfrente. Observa cómo la brisa hace oscilar el racimo de cencerros que cuelgan del techo. En ocasiones la corriente consigue que algún badajo roce una vaina de latón y el inconfundible sonido le trae recuerdos de su niñez, imágenes de tardes de pesca junto a su abuelo, o ayudando a su madre a llevar los huevos del corral a la cocina.
Una larga cuerda recorre el espacio que dista entre aquellos viejos cencerros y las manos de Holden.

Cree recordar que fue en la anterior primavera cuando consiguió encerrar a los infectados que deambulaban por la aldea. No ha pasado ni siquiera un año pero  le parece toda una vida.
Había llegado con el propósito de echar un vistazo antes de seguir camino en busca de Ángeles. La idea de retirarse a aquel lugar se grabó en su mente cuando todo a su alrededor comenzó a derrumbarse, cuando fue consciente de que el mundo que había conocido había desaparecido. Para Holden solamente aquella aldea,  que tantos momentos de felicidad le había proporcionado en el pasado, podía salvarlo del horror y la desesperación del nuevo mundo.

Descubrió que para recuperar  la tranquilidad del caserío bastaría el sonido de un cencerro. Y con ese ruido atrajo a los infectados hacia la casa vacía. 
Los cuerpos muertos se agolparon en masa contra la puerta y Holden, sin dejar de emitir ese sonido que tanto les excitaba, percibía su furia al otro lado del portón. 
Cuando calculó que el grupo completo estaba congregado delante de la casa, descorrió el cerrojo y subió las escaleras a grandes zancadas.
La puerta se abrió de golpe.

En el piso superior había preparado con antelación la trampa definitiva. Tres cencerros colgaban del alto techo en la cámara del fondo, y entre ellos había atado a una gallina viva.  La gallina se agitó al ver aquella turba en movimiento y en su batir de alas hizo sonar con fuerza los cencerros. Holden aguardaba detrás de una de las puertas.. Miraba a través de un pequeño agujero, intentando controlar la respiración. Cuando se aseguró de que todos habían entrado, empujó la puerta y la atrancó con un tablón.

Antes de marcharse, tomó otra precaución.
Después de varios viajes portando cubos de agua del pozo, llenó el tonel grande que colocó delante de la puerta, haciéndola infranqueable.
Aquellos depredadores no saldrían jamás de allí.
La aldea era de nuevo un lugar seguro.

Holden vuelve de su abstracción al oír la voz de Juan Miguel en el piso inferior.

“¡Malditos todos! ”, susurra apretando la cuerda entre sus manos. “¡Llegaron y todo se jodió!”
Al poco entra Ángeles en la habitación. Trae un par de frascos en las manos. Se queda quieta mirándolo.

- Ya sé a lo que vienes – dice Holden sin dejar de mirar por la ventana- No voy a tomarme nada de eso.
Ángeles sigue quieta, intentando encontrar la forma de no alterarlo y llevarlo a su terreno.
- Pues deberías tomarlo. Por dos razones.
Holden no contesta.
- La primera es que estoy muy asustada. Tenemos que intentarlo, Holden. No puedo quedarme cruzada de brazos. Nada te cuesta si...
- ¿Y la otra razón? - la interrumpe
- Por ellos. Se marcharon con la intención de ayudarte y...
- ¡Yo no les pedí nada!
Ángeles se acerca hasta ponerse frente a él.
- ¡Pero a ti qué te pasa! ¿Cómo puedes ser tan insensible? ¡Se han arriesgado! ¡Han perdido a su amiga!
- ¡YO NO TENGO LA CULPA DE ESO!
- Es verdad Tú no tienes la culpa. Pero lo menos que puedes hacer es agradecerles el gesto. Prueba a tomarte estos  jarabes.
- ¿PARA QUÉ? ¡MALDITA SEA! ¡ESTOY BIEN!

Juan Miguel sube y se asoma a la habitación. Ángeles le hace un gesto indicándole que vuelva abajo.
- No, entra, entra – le dice Holden- Ya puestos a invadir el pueblo y mi casa, entrad también en mi habitación.
- No es mi intención molestar – dice Juan Miguel- Yo solo quería...
- No, tranquilo, amigo - dice Holden con tono sarcástico- Te vengo escuchando desde que llegaste. Parece que eres el típico sabelotodo que se cree que sabrá controlar la situación, que quiere que sigamos sus instrucciones porque así todo saldrá muy bien. Dime una cosa, ¿quieres arreglar esto?
Juan Miguel se queda en silencio
- Vamos, contesta, ¿quieres arreglar esto?
- ¿A qué te refieres? – responde Juan Miguel – Todos queremos mejorar las cosas.
- ¡Y una mierda! - Holden se ha levantado y le reta con la mirada.
- Si todos nos organizamos... - empieza a decir Juan Miguel
Holden empieza a liarse el cabo de la cuerda en la mano.
- Espera, Holden – le dice Ángeles intuyendo sus intenciones – No es el mejor momento todavía.
Pero Holden da un fuerte tirón a la cuerda y los cencerros de la casa de enfrente retumban en  metálica tempestad.

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Nerine llega al camino en el que destaca el Ford Mustang que se detuvo por falta de combustible. Ve desde lejos cómo la puerta trasera ha quedado levantada y su primer impulso al acercarse es mirar en el interior del maletero.

Se queda unos segundos absorta. El frasco que perdió está allí mismo, destacando en el oscuro hueco.

Emocionada por encontrar tan pronto el jarabe que su marido le ha pedido en sueños empieza a besar el frasco.

“¡Lo tengo, Thomas!  ¡Lo tengo! Ahora dime dónde estás”

De repente le llega un ruido desde algún lugar próximo. Le parece  un sonido alegre y acompasado y Nerine piensa que alguien lo está emitiendo como llamada de auxilio. Cuando comienza a caminar en busca del origen de aquella extraña música, ya no le cabe ninguna duda: Thomas la está llamando.
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Ángeles vuelve con el grupo, abatida por la frustración. Todos la miran pero aunque intenta explicarles lo ocurrido no consigue articular palabra.
Roquito, aferrado a su inseparable barra de acero, comprende que no es buen momento para hacerle hablar y se dirige a Juan Miguel.
- ¿Qué ha pasado?
- Pues que sigue con su idea de encerrar a todo lo que hay por ahí afuera. Lo tenía preparado.
- Está sonando fuerte – dice Fran – Desde luego se van a acercar todos.
- No ha querido esperar – se lamenta Juan Miguel
- Pero a qué había que esperar – pregunta  Roquito – Si tan fácil lo ve, por qué no intentarlo.
- Sí, la idea parece buena, pero no ha contado con nadie para que nos coordinemos. Podría no salir como espera.

Montse se levanta y se dirige a la cocina con la intención de preparar alguna infusión para Ángeles y al pasar por su lado la anima a seguirla con un gesto. Anasister también las acompaña.

- Imagino que no ha querido... - empieza a decir Anasister
- No, - dice Ángeles – ya imaginaba yo que se negaría a tomárselos, pero con un poco de suerte... creo que podré convencerlo.
- De todas formas...
- Ya lo sé, - se anticipa Ángeles - sé que no es lo que buscabais. Pero quizás tengan también algún componente que pueda servir. No hay que perder la esperanza.
- Eso está muy bien dicho– dice Montse.

Ángeles está disimulando lo muy nerviosa que le pone el sonido de los cencerros. No por el hecho de que pronto toda la aldea estará llena de muertos hambrientos sino porque percibe en cada tirón de Holden a la cuerda esa especie de locura que le está invadiendo.
 - Ay -exclama Montse-, no sabéis cuánto me gustaría poder salir a recolectar ciertas plantas. En la Naturaleza hay remedio para mil cosas. Pero ahora solo quería prepararte una tila, Ángeles, y no sé si tienes.
- Gracias –dice Ángeles dirigiéndose a una pequeña alacena–, por suerte eso es algo que no me falta.

En el salón, Roquito y Juan Miguel están de pie junto a la ventana, esperando ver aparecer a los muertos. Fran y Carlos están sentados frente al fuego de la chimenea.

- Tienes mala cara, Carlos  - le dice Montse al verle.
 - Tengo escalofríos desde hace un rato.
- ¡Mira! ¡Por allí! – oyen decir a Roquito
Juan Miguel aparta el visillo y acerca la cara al cristal.
- Vaya, viene a buen paso.
- ¡No me lo puedo creer! - exclama Roquito – ¡Fran, adivina a quién estoy viendo ahí afuera!
- ¡Es una mujer! - exclama Juan Miguel
Roquito se vuelve para mirar a Fran.
- ¡La australiana viene hacia aquí!

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Los muertos errantes que desde hace días se acumulan en la orilla del rio, atraídos por el rumor del agua, reaccionan ahora al reclamo que inunda el valle.
Las cabezas se vuelven hacia el cielo, las bocas se abren y de las negras gargantas surgen gruñidos de animales hambrientos.
 La resonancia crece a medida que avanzan, y con ella el macabro lamento de toda aquella marabunta, caminando excitada hacia la aldea.

Desde su posición, Holden los ve llegar como oscuras sombras destacando en el verdor de los prados.
Se acercan por las huertas, por el camino,  por los corrales, algunos llegan bordeando los muros, otros caen al tropezar con viejas alambradas y vuelven a levantarse.
Holden  piensa que está viendo al ejército de la muerte.

“Acercaos – murmura apretando los dientes – acercaos, malditos cabrones”

De repente un movimiento mucho más cercano llama su atención. Un cuerpo se mueve en dirección a la casa por la calle. Holden fija la mirada y deja de dar tirones a la cuerda.

“Pero... qué coño...”

Se asoma inmediatamente por la ventana.

- ¡Qué hace ahí! ¡Está loca o qué!

Nerine se queda quieta. Los gritos primero y la inmediata aparición de cuerpos por su derecha la han dejado paralizada. Un hombre con la cabeza torcida se dirige hacia ella arrastrando los pies. Unos metros más abajo, otro hombre con una chaqueta cubierta de polvo aparece por detrás de un árbol  y se queda mirándola.

En el interior de la casa, Roquito reacciona ante la situación.

- ¡Joder, la van a coger! – exclama. Y se apresura hacia la puerta.
- ¡No! - grita Anasister – ¡No se te ocurra salir!
- ¡Que la van a coger, Anasister!
- ¡Por favor, Roquito! ¡Que es muy peligroso!
- ¡Pero tendremos que abrirle la puerta al menos! ¡Que vea que puede entrar!
Fran se abalanza hacia las escaleras

- Holden, ¿has visto a esa mujer? –le dice al entrar en la habitación
- ¡Pero qué coño hace esa imbécil! - dice sin dejar de mirar por la ventana -  ¡No se mueve!
Fran se acerca  y ambos ven cómo Nerine  se pone  la Biblia sobre  el pecho.
En esos momentos entran en la calle tres nuevos infectados que también se dirigen hacia ella.
- Nada, – murmura Holden – ¡la tía es idiota!
 Vuelve a sacar el cuerpo por la ventana.
- ¡Señora, escóndase de una puta vez!

Por fin Nerine reacciona y comienza a caminar pegada a la pared de la casa más próxima. Ya hay media docena de muertos acercándose a ella. Fran y Holden ven cómo Nerine ha puesto la Biblia sobre su cara como si se tratara de una coraza y con la espalda pegada a la pared, sigue avanzando.

- ¡Diles que le abran la puerta! – ordena Holden a Fran.

En ese instante uno de los zombis se precipita hacia Nerine y ella grita y echa a correr. Roquito abre la puerta. En la calle ya hay un gran número de zombis rugiendo como un enjambre.

- ¡Aquí, entre aquí!

Roquito  aprieta su barra de acero, atento a que ninguno se acerque a la puerta,
Holden observa cómo la mujer da manotazos al aire, gritando y blandiendo el libro que lleva en la mano
Cuando Nerine pasa por delante de la casa vacía y la ve abierta se apresura a entrar y cierra la puerta.
"¡¡Hija de puta!!" - murmura Holden apretando los puños.

- ¡Está a salvo! - exclama  Roquito cerrando también.

Holden baja por las escaleras como un caballo desbocado. Coge el atizador de hierro de la chimenea y apartando a Roquito sale de la casa.

- ¡Eh, a dónde vas! - exclama Roquito 
- ¡HOLDEN! - grita Ángeles al verle salir.
- ¡Es un suicidio! –  dice Juan Miguel.

Fuera de sí, Holden se encamina a  la casa en la que se ha refugiado Nerine. Un par de muertos arañan la puerta por la que la han visto desaparecer. Holden les revienta el cráneo con el atizador y caen a sus pies.

Roquito se debate entre cerrar o salir a por Holden. Entonces lo ve abrir la puerta de la otra casa de una patada.

Dos nuevos zombis están pegados a la espalda de Holden, pero él no parece ser consciente de la  realidad. Nerine, que ni siquiera había pasado el cerrojo y se apoyaba tras la puerta, está en el suelo. Holden la aferra de un brazo y la levanta violentamente.

- ¡Todo mi plan a la mierda por su culpa! - le grita

Cuando se vuelve para sacarla de allí  encuentra la salida obstruida por los infectados, que extienden los brazos hacia ellos. Holden vuelve a descargar con furia el atizador. Sale al exterior con el rostro encendido como una brasa. Nerine, en cambio, está pálida y aturdida.

Roquito ha salido a pelear. Hay zombies próximos a la puerta y es consciente de que si la cierra condena a Holden y Nerine. Escucha gritar a Anasister y Ángeles, pero concentra toda su energía en despejar la entrada.

Juan Miguel sale también con su arma y se dirige hacia Nerine.
En el interior de la casa, sólo Montse observa con la mente despejada todo lo que ocurre a su alrededor. Está de pie, junto al fuego, abrazando a Carlos que, cansado de tanto horror, llora recordando a Ana Bohemia. Ve que Anasister también abraza a Fran, a quien ha estado rogando que no salga. Se compadece de Ángeles, que aguarda con desesperación a que entren todos. Imagina cuánto está sufriendo por Holden. Observa cómo sus manos no cesan de temblar aun sujetándolas contra el pecho.

Por fin ve aparecer a Juan Miguel en el marco de la puerta. Tiene salpicaduras de sangre en la cara. Hace entrar rápidamente a Nerine, que mira a todos lados, desconcertada. Después entra Holden. Hay manchas oscuras en su camisa militar. El último en entrar y cerrar la puerta es Roquito, que respira con agitación y tiene la cara brillante.

Ve algo horrible en la mirada de Holden. No le parece un ser humano sino más bien una bestia a punto de atacar.

- Y ahora – dice Holden -  dejadme terminar de una puta vez lo que había empezado.

Sube las escaleras y todos escuchan de nuevo el sonido de los cencerros en fuertes embestidas.

Juan Miguel mira a Ángeles con desolación. Se siente agotado y triste, y no sabe si va a ser capaz de decirle que ha visto cómo uno de aquellos malditos mordía con fuerza a Holden en un hombro hasta hacerle sangrar.