Esta pretende ser la historia de quince supervivientes en un mundo devastado y plagado de zombis. Los protagonistas son familiares y amigos míos que habrán de interactuar para llegar hasta el último capítulo. Pero, irremediablemente, algunos de ellos se habrán de quedar en el camino.
(Esta es una sinopsis patrocinada por Doxma)

21 abr. 2017

21. CADA MINUTO CUENTA



La madrugada transcurre silenciosa.
Una luna redonda emerge como un potente faro tras el cañaveral, proyectando largas sombras en la vega que humedece el río.  En las casas de la aldea, la luz se refleja en los cristales, y en los tejados brilla el relente caído del cielo.

Echado en uno de los sofás del salón, Roquito descansa, pero su mente está fuera de la casa.
Ha convencido a Fran para que se encaramen al tejado desde una ventana y desde allí llegar  hasta el coche saltando de casa en casa.

“Esto es muy arriesgado -  le advierte Fran – Las casas son viejas y en cualquier momento se nos puede hundir un tejado y matarnos”
“No, simplemente hay que caer con cuidado. Mira cómo lo hago yo”.

Empieza a correr por la linea superior del tejado. Se siente muy ligero y lo achaca  a lo poco que come ultimamente. Cuando no hay más espacio para sus zancadas, da un brinco tan potente  que su cuerpo vuela hasta la mitad de la  casa más próxima, donde aterriza con la delicadeza de un ave.

“¡Vamos, Fran! – le grita – ¡Haz como yo!”

Fran se queda muy quieto y niega con la cabeza.
Regresa entonces junto a él en un nuevo salto, comprobando que ni siquiera necesita correr para evitar el vacío.

“¡No te imaginas lo fácil que es! – exclama eufórico- ¡Solo hay que impulsarse y ya está!”
“No, Roquito – le oye decir con voz abatida, casi irreconocible- Vas a tener que ir tú solo”.
“¡Pero qué dices! ¡Anda, ven!”

Sujeta a Fran de una muñeca y empieza a correr. Se alegra al comprobar que también él es  muy ligero.
Pero en el mismo instante del impulso, Fran se vuelve muy pesado. No hay tiempo para echarse atrás, así que  flexiona las piernas para intensificar el salto.

Pero apenas consigue elevarse. Siente que el vacío lo atrae y la seguridad de que va a caer acuchilla todo su cuerpo. No puede sujetar a Fran, y lo ve desaparecer entre la niebla de un profundo abismo.
Quiere llamarlo, pero no consigue gritar y siente alivio al ver que él no ha caído y que es capaz de elevarse por encima del caserío como una pluma en el viento.

La niebla empieza a diluirse y ve a Fran caminando entre casas derruidas y columnas de humo. Desciende junto a él liviano, casi etéreo.

“Qué susto me has dado - le dice – Pensaba que estarías muerto”

Fran no dice nada,  y entonces puede ver que está cubierto de polvo y telarañas y que hay  huesos sobresaliéndole por todo el cuerpo, como mástiles rotos que han atravesado su ropa.

“Ten cuidado, Roquito – le oye decir- Estoy lleno de serpientes”

De un agujero de la cabeza asoman los ojos de una serpiente que le mira fijamente.

“Apártate,  - le dice Fran- es venenosa” 

El viscoso reptil le  salta a la cara emitiendo un fuerte siseo.
Angustiado, Roquito  se despierta.

Respira hondo cuando ve a Fran colocando un tronco sobre las brasas de la chimenea.

- ¿Ya es de día? - le pregunta, pasándose una mano por la frente.
- No, qué va. No podía dormir más.
-  ¿Sabes? - dice apretándose los ojos con los dedos - Estaba soñando.  Habíamos subido al tejado y...
-  Escucha, Roquito – dice Fran acercándose - ¿Y si salimos ya hacia el coche?
- ¿Ahora?
- Si, cuanto antes mejor. Creo que cada minuto cuenta y si esperamos a que amanezca... podría ser demasiado tarde.
- Pero cómo vamos a...
- Me he asomado a la ventana. Se han dispersado. Hay luna llena y todo se ve con claridad. Si nos movemos rápido, pegados a las paredes de las casas, creo que no tardaremos ni una hora en ir y volver.
- Pero tendremos que avisarles de que nos vamos.
- No hace falta. Vamos a estar de vuelta antes de que despierten.
- Pero...
- ¡Hay que hacerlo ya! La última oportunidad que tiene Holden para salir de esta es que traigamos esa medicina ahora mismo. Y la tenemos ahí, a un par de kilómetros como mucho.  Vamos a hacerlo por él. Y por Ángeles.
- Está bien – dice Roquito poniéndose en pie – ¡Vamos!

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Tumbada en la cama, Ángeles observa cómo las nubes cubren y descubren la luna, sin conseguir ocultarla  detrás de sus velos rotos.
Con una mano de Holden entre las suyas, se concentra como si intentara transmitirle la energía que él parece estar perdiendo, y anhela el momento en que él vuelva a mirarla, en que vuelva a ser consciente de que ella sigue a su lado.

A veces el miedo se acerca, desafiante, y ella lo expulsa de inmediato, luchando por aliviar los arañazos que va dejando en su ánimo.
Otras veces le basta con escuchar el murmullo de otras voces en la casa para sentirse acompañada y segura, y convencerse de que todo va a salir bien.

Ángeles imagina el brillo de la luna en el reverberar del río, el mismo río que tanto ama Holden. En su evocación le parece que el  rumor de sus aguas consigue llegar hasta allí y cierra los ojos intentando proyectar sus pensamientos sobre él.
“¿Oyes el río? - le susurra – El río nos espera, Holden...”
 
Cuando vuelve a abrir los ojos, la luna ya no se ve en el marco de la ventana.
Por un instante piensa que  las nubes no han conseguido atraparla y la han dejado marchar, y de nuevo la inquietud le oprime el pecho.

Sin más referente visual en movimiento, el tiempo parece detenerse por completo. Es como si de repente el mundo se hubiera cansado de seguir rotando y nunca más fuera a amanecer.
Pero  la creciente claridad demuestra que las horas pasan, y Ángeles se impacienta por que llegue el momento en que Fran y Roquito salgan y traigan por fin la medicina.

Ángeles no consigue dormir, pero no es la única insomne en la casa.
Con la mirada perdida en la penumbra del garaje, Nerine reza entre susurros.

Está sentada en el suelo, recostada contra unos sacos de fertilizante. Lleva mucho tiempo manoseando el colgante que le rodea el cuello, colocando su pequeño crucifjio de oro sobre los labios y volviendo a ocultarlo bajo su blusa. A veces pronuncia oraciones en voz alta, y las gallinas, en su duermevela,  responden con breves y amortiguados cacareos de sorpresa.

Cuando Nerine piensa en el tiempo que lleva allí encerrada, su respiración se agita y el cuerpo se le tensa hasta dolerle.
Imagina a Thomas buscándola por todas partes, acudiendo una y mil veces a su refugio, preguntándose qué ha ocurrido con su mujer.  Piensa que tal vez, dado el tiempo que ha pasado,  desistió ya de aguardarla en la gasolinera y se esté alejando demasiado.

“Malditos – susurra - ¡¡Malditos!!”

Las manos buscan sus preciadas posesiones: el cuchillo y el frasco de medicamento. Los ha dejado en el suelo, a su lado, y al tocarlos vuelve a ser consciente de la situación. Y piensa que en adelante, todo puede depender de ella.
Se pone de pie y camina hacia la puerta. Golpea con fuerza la chapa de hierro. Continúa golpeando durante unos segundos sin pronunciar palabra. 
Después se queda en silencio. Sabe que nadie atenderá a su llamada hasta que se haga de día, por lo que se resigna a volver junto a los sacos y esperar. 
Busca el crucifijo bajo su blusa, se sienta, y vuelve a sus oraciones

“¿Hasta cuándo vas a estar ahí echada?” - oye en su cabeza. Es la voz de Thomas, sonando tan cerca como si estuviera allí mismo - ¿Te has rendido?”
- ¡No, claro que no me he rendido, darling! - responde Nerine, escrutando la penumbra con la mirada.
“¡Pues deja ya de rezar y sal de aquí de una vez!” - le oye decir.
-  ¡No puedo, Thomas! ¿Es que no ves que me tienen encerrada?
“No entiendo cómo  has permitido llegar a esto. Ya te advertí que la gente era peligrosa. Estos no iban a ser menos. ¿Por qué te has acercado a ellos?”
- ¿Dónde estás, Thomas? ¡No te veo!
“Estoy aquí”
- No, - dice Nerine cerrando los ojos- Tú no puedes estar aquí.
“Te dije que no te abandonaría”
- Pero necesito verte. Estoy... estoy tan cansada, darling. Déjame verte para que pueda dormir un poco... Solo un poco... No puedo más...

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Primero piensa que es el viento que hace vibrar el cristal de la ventana, pero  el temblor se convierte en un  golpe seco, seguido de otros muchos. Es entonces cuando Carlos abre los ojos.

- ¿Montse? - pregunta, sin obtener respuesta.

El sonido continúa ahí, intermitente, como si alguien tocara con los nudillos y aguardara a que acudieran a abrirle.
Intrigado, Carlos despierta por completo y se levanta de la cama.

Al otro lado del cristal hay un cuervo picoteando el marco de la ventana. Cuando el ave  observa que alguien se mueve, comienza a graznar y a golpear el cristal con fuerza.
A Carlos le parece una imagen tan irreal que por un instante piensa que está soñando.
Montse entra en la habitación.
- ¿Qué pasa? - dice con voz encogida.
- Tenemos un cuervo en la ventana. Y parece furioso.

El ave se queda quieta un instante, mirando a ambos con curiosidad. De repente emite un sonoro graznido, da un salto y echa a volar.

Carlos se acerca a la ventana y se queda boquiabierto.

- Ven a ver esto, Montse.
- ¡Por todos los santos! - exclama ella al mirar al exterior.

En la distancia, cientos, miles de cuervos vuelan en grandes círculos sobre los campos. Infinidad de puntos negros se mueven por un cielo bicolor. Es el momento en que el amanecer  abre una brecha dorada en el horizonte, y en ese continuo ir y venir de las aves, se diría que surgieran desde el mismo resplandor del sol.
Montse y Carlos las observan sin pronunciar palabra.
Están por todas partes, en los árboles, en los cables, los muros y las cercas

- ¡Dios mío, si ocupan todo el cielo!  ¿Pero de dónde ha salido tanto cuervo?
Carlos se queda pensativo.
- Creo que están sobrevolando la zona en la que quedaron atrapados tantos infectados.
- ¡Es verdad! - dice ella – Por allí está el bancal donde se hundieron en el barro.
- Eso ha debido de atraerlos. Tal vez estén hambrientos.
- ¿Quieres decir que  han venido a  comerse a...?
- ¿Por qué no? Los cuervos se atreven con todo.

Desde la planta inferior les llega un ruido.

- ¿Qué hora es? - dice Carlos sin dejar de mirar al exterior- ¿Hay alguien más despierto?
-  No lo sé. Voy a ver.

Montse encuentra a Juan Miguel junto a la chimenea.

-  ¡Juan Miguel! - dice a media voz - ¿Quieres ver algo increíble? ¡Sube!

Montse observa la cara de asombro de Juan Miguel cuando éste se acerca a la ventana. Los tres quedan como estatuas mirando al exterior.

Un cuervo planea por delante de la ventana. A los tres les impresiona verlo tan de cerca. Sus alas extendidas le confieren unas dimensiones asombrosas y cuando de repente se posa en el poyo de la ventana y golpea el cristal con el pico, no pueden evitar un respingo.
Pronto es un segundo cuervo el que hace lo mismo, y los impactos de ambos picos sobre el cristal hacen reaccionar a Juan Miguel, que los espanta con enérgicos aspavientos.
Los cuervos se alejan sin dejar de graznar.

- ¿Por qué han hecho eso?- pregunta Montse -  No querrán atacarnos, ¿no?
-  No lo sé – responde Juan Miguel – Pero hay que contarles esto a los demás.


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Nacho despierta a María José
- Es hora de partir- le dice- Ya lo tengo todo preparado.
- ¿Por qué no me has despertado? Quería ayudarte.

María José se viste mirando por la ventana. Los primeros rayos del sol hacen brillar el rocío de la madrugada.
Ve a Nacho secando a Solito con una toalla. Intuye que el perro  ha estado correteando  entre la hierba  mientras  Nacho cargaba el furgón de víveres  y ahora se agita deseoso de introducirse en el vehículo.

Antes de salir de la cabaña, María José  se vuelve para mirar el lugar en el que han vivido durante un tiempo, y suspira.
Sale al exterior y camina sobre la hierba. El prado que rodea la cabaña muestra un manto de diminutas perlas, y le parecen millones de ojos haciendo guiños.

Solito ladra al verla y corre a su lado. María José piensa en lo afortunado que es el animal, que se contenta con seguirles allá donde vayan, sin arrastrar el pesado lastre de los recuerdos.

Una vez arrancado el motor y cuando el coche empieza a moverse, María José observa que Nacho no mira hacia la cabaña, y vuelve a sentir un leve remordimiento.

- Lo siento, Nacho
- ¿Que lo sientes? ¿El qué?
- Sé que estabas a gusto aquí.
- Ah, bueno, no te preocupes por eso. Encontraremos otro lugar. Tan bueno o mejor que este.
- Habías conseguido que fuera un sitio muy agradable.
- Lo habíamos conseguido los dos. 
María José se queda en silencio.
- Gracias - dice finalmente.
- Te lo digo de verdad – dice Nacho al notarla afligida – En otras circunstancias me hubiera costado marcharme, pero entiendo tu forma de ver las cosas. Sí, creo que esto es lo que conviene hacer en estos momentos.
Solito jadea tumbado en el asiento trasero. En ocasiones  se incorpora para asomarse por la ventanilla y emite un ahogado gruñido cuando intuye algo anormal, como la presencia de esos seres hostiles que caminan  sin rumbo.

Termina el camino y llegan a una bifurcación con una carretera. Nacho detiene el vehículo.

- Bueno, ¿qué hacemos?
- Solo estoy segura de que hay que ir hacia el sur.

Nacho gira hacia la izquierda y acelera el vehículo por la carretera.
María José mordisquea unas galletas y con la imaginación camina sobre el suave perfil de las colinas que se deslizan a su lado. Después contempla el verdor de unas choperas, y cuando el resplandor del sol parpadea entre sus troncos, entrecierra los ojos.

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- ¡Fran no está! - exclama Juan Miguel- ¡Y Roquito tampoco!
- ¡Cómo! - dice Carlos - ¿Han salido?

De repente una sucesión de  golpes los sobresalta.

- ¡Por Dios! - grita Montse con una mano en el pecho – Hay que hacer algo con esa mujer. No podemos tenerla ahí encerrada más tiempo.

Juan Miguel levanta las manos y se queda mirando a sus compañeros, esperando una explicación.
- ¿Alguien entiende algo? ¿Se han ido sin decir nada a nadie?
-  ¡ABRIDME DE UNA VEZ! - grita la australiana  golpeando  la puerta del garaje.
En el piso superior se cierra una puerta.
- ¡Ay, Ángeles! - dice Montse al verla descender las escaleras-  Ya sabía yo que te despertaría  tanto  escándalo.
- ¿Fran no está? - pregunta con gesto de preocupación –  ¿Cuándo han salido?
-  Ni idea -  responde Juan Miguel, molesto- ¿No acordamos no actuar sin consultar al grupo?
-  Bueno, - dice Montse juntando las manos bajo la barbilla- está claro que no han querido perder tiempo. Seguro que pronto están de vuelta con el medicamento.

Ángeles aparta los visillos de la ventana. Ya hay suficiente claridad y no ve a ningún infectado caminando por delante de la casa.
Intenta poner en orden todos los pensamientos que se le agolpan en la cabeza. Tiene ganas de llorar, pero también siente alivio, el alivio de la esperanza que va creciendo a cada paso.

- Yo haré guardia para verlos llegar – se ofrece Carlos- Y avisaré para que les abramos la puerta.

- ¡SÉ QUE ESTÁIS AHI! - vuelve a gritar Nerine entre golpes - ¡¡OS OIGO CUCHICHEAR!! ¡¡MALNACIDOS, HIJOS DEL DEMONIO!!

Anasister sale de su habitación con aire desorientado. Ha oído que Fran y Roquito han salido y el miedo ha entumecido sus piernas. Juan Miguel la ve temblorosa y se acerca a ella. 

- Tranquila, volverán en seguida.

- ¡ABRID! ¡DEJADME SALIR, MALDITA SEA!
Montse mira a Ángeles.
- Yo no puedo soportarlo más, - le dice-  hay que dejar salir a esa pobre mujer.
- ¡No! – responde Anasister - ¡Ni se os ocurra abrirle!
-  Ponte en su lugar por un momento – dice Montse- Toda la noche encerrada... ¿Tenía una manta siquiera?  Debe de tener hambre.
-  ¡Que no!  - repite Anasister
- Vamos a darle agua al menos.
- Para eso hay que abrirle. Esa mujer es impredecible. ¡No me fio ni un pelo de ella! Esperemos a que vuelvan Roquito y Fran y decidiremos qué hacer con ella entonces.

Ángeles observa que el manojo de llaves de la puerta de entrada no está en la cerradura.

- De todas formas  tenemos que esperar – les dice-  Fran y Roquito se han llevado las llaves.

- ¡Los cuervos!  – dice Carlos sin dejar de mirar por la ventana – Empiezan a verse por aquí también.
- ¿Qué cuervos? - pregunta Ángeles.
- Ay, sí – dice Montse mirando a Ángeles y Anasister – Hemos estado viendo un montón a lo lejos. ¡Muchísimos!
Nerine vuelve a golpear  con insistencia.
Juan Miguel se acerca a la puerta que da acceso al garaje.
- ¡Espere solo un poco más! - dice alzando la voz - ¡Le abriremos pronto!
- ¡MI MARIDO PUEDE MORIR POR VUESTRA CULPA! ¡SOIS GENTE CRUEL! ¡SOIS...!
Anasister hace un gesto a Juan Miguel para que no siga hablando con ella.


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María José nota que el coche se ha detenido y abre los ojos.
Están en mitad de una recta carretera que se pierde en el horizonte. Nacho está añadiendo  combustible al vehículo, vertiéndolo de un pequeño bidón con un embudo.
- ¿Cuánto tiempo llevo durmiendo?
- Un rato, como veinte minutos.
-  ¿Y el perro? - pregunta al ver el asiento trasero vacío.
- Por allá va. Se ha vuelto  loco espantando a unos cuervos que había en la cuneta.

En un repentino destello, a María José le llegan las imágenes de lo que ha estado viendo mientras dormía.  Una bandada de  cuervos cubria por completo el cielo y ella oía sus graznidos en la distancia. Solo algunos de ellos se acercaban a observarla de cerca, planeando  circularmente sobre su cabeza.
Las oscuras aves se desplazaban en una dirección y ella, aunque las temía, era consciente de que debía seguirlas.

- ¿Cuervos? - le pregunta - ¿Muchos?
-  Una media docena. Aunque hace un rato sí he visto pasar un buen número.

Nacho termina de repostar y guarda el bidón en la parte trasera. Después silba con fuerza y se mete en el coche. Ambos ven llegar a Solito, que corre hacia el vehículo con la lengua colgando.

- Tenemos que seguirlos – dice María José
- ¿A los cuervos?
-  Sí. No sé decirte por qué, pero así lo siento.

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- ¡Ya los veo! - exclama Carlos- ¡¡Vienen hacia aquí!!
El grito de Carlos  contagia al grupo de una repentina emoción y todos se mueven con nerviosismo. 
Juan Miguel se apresura hacia la puerta.
- ¡Dime cuándo puedo abrir!
Anasister se abalanza hacia la ventana.
- ¿Los ves bien?  ¿Te parece que puedan estar heridos?
Montse se pasa las manos por la cara apartando las lágrimas y mira a Ángeles, asistiendo con la cabeza.
Ángeles se pone en pie y se queda muy quieta, sin atreverse a respirar siquiera.
- ¡Ahora se han puesto a correr! – les dice Carlos – ¡Juan Miguel, abre la puerta en cinco segundos! Cuatro... tres... dos... ¡abre!

El salón se colma de luz durante un instante, el tiempo en que Fran y Roquito entran en la casa y Juan Miguel vuelve a cerrar la puerta.

- No veo nada – dice Roquito entre soplidos – Está oscuro aquí.

Fran siente el abrazo de su hermana. Montse se pone a aplaudir.
Ángeles les mira las manos. Roquito acaba de dejar su barra de acero en un rincón y Fran ha soltado en el suelo un hacha en la que no se aprecia sangre reciente.
Todos quedan a la expectativa, sin atreverse  a preguntar siquiera, deseando que uno de los dos se meta la mano en un bolsillo y extraiga el frasco de Doxma.
Fran mira a Ángeles y ella solo encuentra tristeza en sus ojos. Roquito también la mira. Quiere decirle algo pero aprieta los dientes y baja la vista al suelo.
- No os preocupeis – les dice Ángeles – Ya encontraremos otro remedio.
Se dirige después a las escaleras y antes de subir  a su habitación les da las gracias a todos. Anasister la acompaña.
- ¡Pero cómo es posible! - exclama Carlos – ¡Os aseguro que yo lo dejé allí!
- Hemos visto muchos cuervos – dice Roquito – Y había algunos muy cerca del coche. Para mí que uno de esos bichos se ha llevado el frasco.

 En esos momentos estallan de nuevo los golpes de Nerine sobre la puerta del garaje.

- Fran, hay que sacarla ya– protesta Montse- No ha parado de golpear la puerta y de gritar. Me tiene los nervios de punta.
- Está histérica – dice Juan Miguel
- Bien, - dice Fran - voy a entrar.
- Te acompaño – se apresura a decir Roquito
-  No, quedaos aquí, si os ve se pondrá peor. Sé cómo tranquilizarla.
- Espera – dice Montse – Hay que darle algo de comer.

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Nacho ha detenido el furgón a la sombra de una encina en mitad de un páramo.

- Los nervios me han dado hambre – dice – Vamos a comer algo.

 Desde aquel lugar pueden divisar cualquier movimiento a gran distancia desde los cuatro puntos cardinales. Nacho ha sacado una pequeña mesa plegable y sobre ella coloca unas latas y un tarro de fruta en conserva. No deja de pensar en la siniestra imagen de la ciudad vacía que han sobrepasado  desde la carretera paralela, y en los cuerpos desgarbados que encontraron después, caminando en fila india por el arcén. Un par de aquellos caminantes se cruzaron al verles pasar y Nacho no tuvo más remedio que arrollarlos.

- ¿Abrimos esta de sardinas en aceite?
-  Sí– responde María José – Por mí bien.
Nacho levanta la anilla y ésta se hunde en el metal. María José ve cómo emerge el aceite, que tiene un color rojizo que se va tornando más vivo. El líquido cubre toda la superficie de la lata y rebosa sobre los dedos de Nacho, que se tornan rojos de inmediato. El aceite es ahora sangre y cae a chorros al suelo. María José mira con horror cómo el intenso rojo se extiende sobre la tierra.  Mira entonces a Nacho y descubre la cara de Nerine, que la mira con ojos de absoluta locura.

- ¿Va todo bien? - dice él
María José tarda unos segundos en reaccionar.  Entonces Nacho comprende.
- Has visto algo, ¿verdad?
- Sí... - dice ella poniéndose en pie y aspirando hondo- He visto... Creo que Nerine está a punto de hacer algo horrible.

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Nerine escucha el sonido de unas llaves en la cerradura y, temblando de impaciencia, retrocede unos pasos. De repente se siente insegura y entonces se da cuenta de que ha dejado el cuchillo en el suelo, junto a los sacos. Corre a por él, pero la puerta se abre antes de que ella llegue al lugar.

- Buenos días, Nerine – dice Fran, que entra con una bandeja entre las manos. Con un pie vuelve a cerrar la puerta, simulando no haber visto el aturdimiento de Nerine al agacharse y esconder  precipitadamente una mano tras la espalda- Te traigo algo para comer.
Nerine, estática, lo mira fijamente.
- Toma – le dice Fran acercándose y ofreciéndole la bandeja.
- No tengo hambre – responde friamente.
- ¿Seguro? Come algo, mujer.
- No quiero nada vuestro. Absolutamente nada. Sólo quiero que me dejéis marchar.
- Lo sé - dice Fran- Y con ese propósito vengo – y avanza unos pasos, fingiendo buscar un lugar donde dejar la bandeja pero con la intención de descubrir qué esconde la australiana – Anoche estábamos todos muy nerviosos y, créeme, no me quedaba otra opción que meterte aquí. Te pido disculpas si...
- ¡No quiero tus disculpas!- grita Nerine -  ¡Mi marido está enfermo! Si le ha ocurrido algo...
- Calma, Nerine – dice Fran dejando la bandeja en el suelo – No te estamos reteniendo porque sí, solo intentábamos evitar que salieras cuando no era posible.
-  ¡Quiero irme ahora mismo!
- De acuerdo, pero come un poco.  Necesitas coger fuerzas.
- ¡¡He dicho que no quiero nada!!
-  En cuanto comas un poco te podrás ir. Nadie te lo va a impedir – La australiana lo mira con desconfianza y Fran asiente con la cabeza – Te lo prometo.
 Nerine se acerca a la bandeja. Cuando intenta agacharse, el frasco de jarabe, aferrado en la misma mano en la que sujeta el cuchillo, resbala y cae al suelo. Nerine se sienta de inmediato encima de él.

- ¡Está bien, vete!- le grita Nerine - ¡Déjame comer a solas!  ¡No te quedes mirándome como si fuera un perro! ¡VETE!

Pero  Fran no se mueve. Le ha bastado esa fracción de segundo para entenderlo todo.

- ¿Qué escondes ahí, Nerine? - empieza a decir, todavía desconcertado.
- ¡¡VETE DE UNA VEZ!!  ¡¡VOY A COMER Y DESPUÉS ME IRÉ!!
- Todo este tiempo... ¿tenías TÚ ese jarabe?
- ¡¡DESPUÉS ME IRÉ!! ¡¡ME LO HAS PROMETIDO!!

Fran se acerca furioso y la aferra de una muñeca.

- ¡LEVÁNTATE Y ENSÉÑAME LO QUE ESCONDES AHÍ! - grita Fran, y gira la cabeza hacia la puerta – ¡¡EH, VENID A  VER...

Un fugaz latigazo. Eso es lo que Fran nota en el cuello. Simplemente.

Después siente manar un líquido ardiente que le recorre el pecho, y va empapando su ropa. En un movimiento instintivo levanta la mano al lugar en donde la carne palpita  y comprende lo que ha ocurrido.
Los ojos de Nerine, sobre un rostro inhumano salpicado de sangre,  lo miran con la furia de un animal enloquecido.
Fran da unos pasos hacia la puerta. La vista se le nubla, las piernas se le doblan y cae al suelo.

Con la respiración desbocada, Nerine  se queda mirando la sangre que se va extendiendo sobre el cemento. Después mira el cuchillo que sigue aferrando en una mano que ahora tiembla.
Una voz desde el otro lado de la puerta la llama.

- Muy bien, querida – oye decir a Thomas – Ahora puedes irte de aquí. Ya eres libre.

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EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO...