Esta pretende ser la historia de quince supervivientes en un mundo devastado y plagado de zombis. Los protagonistas son familiares y amigos míos que habrán de interactuar para llegar hasta el último capítulo. Pero, irremediablemente, algunos de ellos se habrán de quedar en el camino.
(Esta es una sinopsis patrocinada por Doxma)

8 jul. 2016

15. DIME QUE SIEMPRE ESTAREMOS JUNTOS


Cuando estaban detenidos en aquel descampado, en mitad de la noche, Nerine había conseguido que Thomas se tranquilizara, volviera al coche y tomara el jarabe que ella le ofrecía.
En los sucesivos días siguió insistiendo para que lo tomara y comprobó que su ansiedad se apaciguaba tras cada dosis. No llegaba a dormir durante las largas horas de la madrugada, pero al menos era capaz de permancer sentado o tumbado, sin la  constante necesidad de movimiento que sobrevino tras  su convalecencia en la ciudad.

Sus pensamientos, en cambio, no dejaron de ser negativos, sobre todo al ocultarse el sol. Thomas miraba a su mujer cuando ella dormía y sufría imaginando la posibilidad de que quedara sola en aquel mundo devastado.
No compartía con ella su idílica visión de la supervivencia, ese “regalo de Dios”  que Nerine agradecía en todo momento. Muy al contrario, maldecía para sus adentros el castigo de tener que subsistir día a día sin una ilusión por la que seguir luchando.

Thomas no era capaz de conducir más de una hora seguida, y en  uno de los descansos en su viaje, pararon casualmente junto a un gran almacen de conservas. Thomas lo inspeccionó y consiguió acceder a él colocando un tablón a modo de rampa sobre una de sus ventanas. Se llevaron todas las latas  que el coche les permitió cargar y ese día Nerine le escuchó canturrear por primera vez en mucho tiempo.

Pero su humor variaba continuamente.
Se ponía muy nervioso cada vez que encontraban grupos de caminantes, y en esas  ocasiones daba grandes rodeos para evitarlos.  La tensión que le producía su simple visión  le dejaba exhausto y malhumorado.

Cada noche, Nerine acudía a los frascos que María José había cargado en el coche junto con el resto de sus pertenencias. Era consciente de que llegaría un momento en que se acabarían, pero seguía esperanzada con la idea de que para entonces su marido se hubiera acostumbrado a la nueva situación.

Una tarde se refugiaron en un expositor de muebles de grandes ventanales que encontraron abierto a la salida de una pequeña población. Nerine se congratulaba de poder dormir en una bonita cama con dosel, pero no conseguía contagiar su alegría a Thomas. 
Acercaron la cama a uno de los escaparates buscando la luz del exterior y ella pasó un buen rato acariciando el cabello de su marido mientras le leía  versículos de la Biblia.

- “Pero los que confían en el Señor - le decía con voz serena - renovarán sus fuerzas; volarán como las águilas: correrán y no se fatigarán, caminarán y no se cansarán”.
- Yo sí estoy cansado – respondió Thomas con los ojos cerrados.
- Tu cuerpo puede estar cansado pero no tu alma, ¿verdad que no?
- Mi alma también está cansada.

Pero Nerine no quería prestar atención a esas muestras de decaimiento de Thomas.

- ¿No te parecen preciosos esos cojines?  Creo que es mejor que metamos algunos en el coche.
- No nos queda espacio, Nerine.
- Verás como sí. Oh, mira – exclamó levantándose de la cama al ver un quinqué encima de una cómoda- Y parece que tiene aceite. Esta noche podremos tener luz.
- No es muy seguro eso, – apuntó Thomas- la luz se ve desde muy lejos.
- Pero podemos separarnos de la ventana, y este parece un lugar seguro, ¿verdad? Oh, Thomas, ¿por qué no nos quedamos aquí?
- ¿Aquí? - dijo incorporándose- ¿Por qué aquí?
- Es un sitio muy agradable, y no está ni cerca ni lejos del pueblo que hemos pasado.
- Pero aquí no hay agua- Thomas se masajeaba la frente con el ceño fruncido.
Nerine quedó pensativa durante un instante.
- Sí, tal vez sea mejor  vivir cerca de un río. Donde haya árboles y tierra que cultivar.
- Exacto, hay que volver a la Naturaleza, – dijo él con aire abatido- estamos obligados a comenzar desde el principio.

Ella abrazó uno de los cojines que decoraban un sillón de terciopelo y miró a su marido con una sonrisa melancólica.
- Volver al principio – afirmó - Como Adán y Eva.

Una hora más tarde, antes de quedarse a oscuras, Thomas salió al coche para entrar algunas conservas. 
Se dio cuenta de que la escopeta había quedado oculta debajo de todo aquel cargamento de latas y eso lo puso furioso. Fue apartándolas hasta conseguir verla e intentó sacarla a tirones. El leve dolor de cabeza fue aumentando por el esfuerzo. Y estaba tan abstraído en la tarea que no vio que alguien se le acercaba. En el momento en que consiguió sacar la escopeta notó la presencia, y, sin mirar,  le descargó un rápido golpe con la culata.
Nerine se tambaleó al tiempo que comenzaba a sangrar y antes de perder el conocimiento vio cómo su marido la miraba completamente enajenado, como si hubiera perdido el juicio.

Thomas estaba conmocionado ante aquella escena inesperada: su mujer yacía en el suelo con una brecha en la frente y la cara cubierta de sangre.  Algo en él  lo impulsaba a socorrerla pero otro pensamiento se obstinaba en poner fin a tanto dolor.
Se quedó mirándola.
Solo tenía que dispararle en la cabeza y después a sí mismo. Todo sería rápido y sencillo.  Aquel era el momento para poner punto final a tanto miedo y  sufrimiento.

El pulso le latía en las sienes en dolorosas punzadas  cuando levantó la escopeta y apuntó a la cabeza de su mujer.

….......................................................

María José se despertó asustada. Tan desorientada se sentía que por un instante creyó haber perdido la memoria. Sólo cuando se percató de que estaba envuelta en una cortina de plástico, el recuerdo de su escalada al balcón la tranquilizó.

Tuvo la impresión de que algo la había despertado.  El sonido de una bocina o algo parecido.
“He estado soñando”, pensó.

Comenzaba a amanecer  y un creciente resplandor asomaba por detrás de los edificios.
Volvió a cerrar los ojos para poner en orden sus pensamientos.
Tenía como objetivo primordial  regresar a su casa, aún sabiendo que se sentiría muy mal entre tantos recuerdos. Tampoco sabía si sería capaz de abrir la puerta. Lo único que tenía claro es que la visión que tuvo de Nacho  había sido allí, en su propia casa, y que tal vez estaba forzada a volver a ella para que la premonición se cumpliera.

Antes de abandonar el balcón miró a su alrededor y vio una polvorienta caja de herramientas en una estantería metálica. La abrió y en ella encontró un martillo.

En el momento en que puso las manos sobre la barandilla, sonó el claxon de un coche.
El sonido se repitió hasta cuatro veces y entre aquel silencio resultaba algo desconcertante. Tuvo entonces la certeza de que  era la bocina que la había despertado.
Intuyendo que aquel coche sólo podía ser el de Nacho, y que estaría en su calle, dejó caer el martillo sobre el césped del jardín y se descolgó por la barandilla.

Cuando María José corría hacia su casa, volvió a oír el claxon. De repente la invadió el pánico de no llegar a tiempo, de que Nacho se marchara sin verla. La angustia creció cuando a punto de llegar se encontró con un par de caminantes que se dirigían hacia el origen de aquel ruido.

Se ocultó un instante en el hueco de un portal, esperando que no la hubiesen oído, y cuando  los infectados desaparecieron al volver la esquina, María José continuó a buen paso, pegada a las paredes de los edificios.

Se le tensó todo el cuerpo cuando unos segundos después escuchó el coche arrancar. Los neumáticos chirriaron en la carretera y, tras un golpe seco, surgió una furgoneta que se marchaba  a toda velocidad.

- ¡Nacho! - gritó corriendo hacia el vehículo- ¡Nacho!

Llegó a su calle y miró hacia la izquierda, pero el vehículo ya había desaparecido. Al mirar a la derecha encontró a los caminante atropellados. Con torpes movimientos  hacían esfuerzos por volver a levantarse.

Consciente de que aquella era la oportunidad de actuar, corrió hacia  la entrada de su edificio. Evitó mirar el cuerpo desmembrado que seguía junto a la puerta y con el martillo  golpeó el cristal entre las barras de forja que lo cubrían.  La sobrecogió el gran estruendo que hizo al romperse y caer dentro del portal.
Metió la mano, giró el tirador  y entró con celeridad.

Uno de los muertos se aproximó a la puerta inesperadamente e introdujo un brazo entre los barrotes, llegando a rozar a María José. Ella subió las escaleras hacia su puerta. De sobra sabía que también la encontraría cerrada pero la empujó con las manos, anhelando el milagro de que se abriera.
El jadeo de los dos zombis en la entrada se agrandaba en el hueco de la escalera y llegaba a ella como una reverberación macabra, como si una gran serpiente siseara mientras subía hacia ella.
Acobardada por la situación, se sentó en un escalón y se tapó los oídos con las manos.
“Nacho”, musitó con los ojos cerrados, “Nacho... ¡Vuelve!”

…..........................................

“Vuelve” , pensó Nacho de repente.
Entonces disminuyó la velocidad hasta detenerse.
Miró un instante al perro, que levantó la cabeza intuyendo que algo pasaba.
- ¿Sabes? - le dijo- Sé que es la mayor tontería del mundo ...  - subió el furgón en la acera y maniobró para girar-  pero vamos a intentarlo por última vez.

….........................................

Thomas  había acostado a Nerine en la cama. Después de lavar la herida rasgó una sábana para vendarle la cabeza. Se encontraba muy nervioso y volvió a salir al exterior. Buscó los frascos de jarabe hasta que descubrió que Nerine los había guardado en el compartimento del salpicadero.
Solo quedaban dos frascos. 
Abrió uno y bebió la mitad en cortos sorbos.

Después volvió a entrar y se sentó junto a Nerine, esperando a que despertara.
Estaba tan abatido que el cuerpo entero le pesaba como una losa. Miraba a su mujer con tal intensidad que en ocasiones le parecía que era alguien a quien no conocía. En determinados instantes, en cambio, se sentía confuso, ajeno a sí mismo, y le cercaba un terror casi palpable, el terror a reaccionar en contra de su voluntad sin poder evitarlo.
“Ya no soy yo” – murmuró con la mirada perdida.

Quiso hablarle para que despertara y no sabiendo qué decir se levantó y cogió la Biblia.
Ya  había oscurecido por completo. Thomas encendió el quinqué y lo colocó  en una de las mesitas. Después abrió el libro al azar y empezó a leer:

No tengas miedo; yo soy el primero y el último. Soy el que vive; pues morí, pero ahora estoy vivo para siempre...

- ¿Thomas? - dijo Nerine entreabriendo los ojos.
Él dejó el libro sobre la cama y se acercó a besarla en la frente.
- Mi amor... Lo siento tanto... No imaginé que fueras tú y te golpeé. Lo siento, lo siento...
- No... no pasa nada, darling – dijo con voz cansada – Hazme un favor, sigue leyendo.

Thomas volvió a abrir el libro.

- “Me has dado a conocer la senda de la vida...
- Espera, - interrumpió ella – busca la página en la que puse un tallo de lavanda- Ahí subrayé algo.
Thomas lo buscó entre las páginas.
- Sí, aquí está: “No me ruegues que te deje y que me aparte de ti; porque a dondequiera que tú vayas, yo iré; y dondequiera que tú vivas, yo viviré...
- Thomas – dijo Nerine
- Dime, querida
- Vas a sanar y dejarás de tener miedo. Y siempre estaremos juntos, ¿me has oído? - A Thomas se le llenaron los ojos de lágrimas – Dime que siempre estaremos juntos.
- Él se descalzó y se echó en la cama junto a ella.
- Siempre estaremos juntos.
- Prométemelo, Thomas
- Te prometo que siempre estaremos juntos.
- ¿Nunca me dejarás?
- Nunca te dejaré.

A pesar del dolor de cabeza, Nerine cenó con su habitual sonrisa mientras Thomas se esforzaba por disimular su angustia. Cada vez le resultaba más insoportable tener que pasar las noches en vela. Los pensamientos se volvían turbios, como una niebla densa por la que le aterraba adentrarse. El amanecer tardaba una eternidad en llegar y el solo intento de tratar de dormir le tensaba los nervios.

De madrugada apuró el penúltimo Doxma.

….................................................................

Nacho sintió un escalofrío al entrar de nuevo en la calle. No fue sólo por el hecho de divisar un grupo de  zombis agolpados frente al portal, sino más bien por constatar que su  necesidad de volver allí había sido algo más que una corazonada.
Acercó despacio el furgón hasta situarse detrás de los muertos, que ni siquiera le oyeron llegar. Jadeaban con furia, apretándose contra la puerta y metiendo los brazos entre los barrotes.

“¡No hay duda! - pensó Nacho- ¡Ahí dentro hay alguien! ¡Tiene que ser ella!”

No tenía mejor forma de comprobarlo que hacer sonar el claxon de nuevo.

Los jadeos cesaron de inmediato. Los cinco maltrechos cuerpos se volvieron hacia él.  Nacho se dio cuenta de que el perro se encogía en el asiento pero al mismo tiempo gruñía timidamente enseñando los dientes .
- Tranquilo, muchacho, - le dijo acariciándole la cabeza - no pueden hacernos daño aquí.

Ignorando a aquellos infectados de caras llagadas y profundas heridas, que empezaron a gruñir y arañar las ventanillas, Nacho volvió a tocar el claxon sin dejar de mirar fijamente hacia el portal, esperando descubrir algún movimiento en la penumbra.

Los zombis, que se enfurecían con cada bocinazo, obstaculizaban muchas veces su ángulo de visión, pero mirando entre aquellos  cuerpos vio aparecer a alguien tras los barrotes.
Nacho la reconoció al instante. 
Estaba  más delgada y  algo demacrada, pero era ella.
María José no necesitó verlo para saber que era él. Sabía que aparecería tarde o temprano y al acercarse al portal, asentía con la cabeza, al tiempo que su cuerpo temblaba de emoción y lloraba por el alivio y la alegría.

- ¡Increíble! - musitó Nacho sin dejar de mirarla - ¡Ahí está! ¿Te lo puedes creer?
Y entonces gritó  “¡Está viva!”,  y con la euforia del momento perdió por completo el miedo a aquella turba macabra.

Cogió del asiento trasero su maciza tubería y empujó con furia la puerta, haciendo caer a uno de los caminantes.
Salió, y antes de que  se levantara le incrustó la lanza en el cráneo.

A Nacho se le aceleró la respiración. Era la primera vez que “mataba” a alguien en su vida y el desagradable sonido al atravesarle la cabeza lo desconcertó durante un instante.

El perro salió por la puerta abierta y echó a correr calle abajo. Nacho se sorprendió, pero  no se permitió preocuparse en esos momentos. Los zombis ahora iban hacia él.
Rodeó el coche y se acercó por la espalda a uno de los caminantes que había quedado rezagado. El zombi cayó de rodillas con el cráneo perforado.

Entonces el perro comenzó a ladrar desde la distancia, y sonaba con tanta fuerza que Nacho pensó en lo mucho que se magnificaban los sonidos en una ciudad en completo silencio.
Los tres muertos restantes se dieron la vuelta buscando el origen de aquel ruido y Nacho aprovechó para perforarles el cráneo con firmes estocadas.
Aquella carroña andante cayó al suelo y por fin quedó inmóvil.
Nacho dio un silbido y el perro volvió corriendo hacia él.
 A punto de alcanzarlo, el animal se detuvo y comenzó a ladrar de nuevo. Nacho se dio la vuelta justo en el momento en que un nuevo infectado caía sobre él. 
El peso del inesperado atacante le hizo perder el equilibrio, pero antes de caer  ensartó al muerto  por la garganta y en el golpe contra el suelo, la lanza  le atravesó  la cabeza.

El perro volvió a acercarse despacio, y solo cuando Nacho se levantó, corrió hacia él moviendo la cola.  Nacho lo cogió en brazos y se acercó al portal del edificio.

Le pareció extraño no ver a  su amiga  entre los barrotes y al abrir la puerta la encontró  sentada en los escalones, con la cara muy blanca.

- ¡María José!

El perro se escabulló de los brazos de Nacho y volviéndose hacia el exterior, comenzó a gruñir de nuevo.

…................................................................

En la distancia surgió la silueta de una gasolinera.
Durante los últimos kilómetros había estado oyendo  las continuas quejas de Thomas, que temía quedarse sin combustible, así que Nerine volvió a pensar que Dios siempre escuchaba sus plegarias.

Por si aquello no bastara para sentirse afortunada, hubo un descubrimiento fortuito que la llenó de dicha.
Un cierre metálico con cadena y candado impedía el acceso al local. Sin embargo, Nerine alzó los brazos, tocó con los dedos la parte superior de la puerta y dio con la llave.

- ¿Cómo has sabido...? - empezó a decir Thomas, extrañado.
- Oh, my darling – contestó Nerine con una amplia sonrisa - ¿cuándo te vas a convencer de que somos afortunados? Algo me dijo que estaría ahí.

La tienda de la gasolinera estaba cubierta de polvo, pero todo continuaba en perfecto  orden, como si en su día la cerraran con la intención de volver pronto.
Ambos la inspeccionaron buscando cosas que les fueran útiles.
Y las había.
Cerillas, linternas, pilas, chicles, golosinas, latas de refresco, velas, prensa, libros...
Thomas volvía a mostrarse nervioso ante la relajada actitud de Nerine.

- ¿Sabes que quedan pocas horas de luz?
- Bueno, podemos descansar aquí, ¿no? Este es un sitio como otro cualquiera.
- No, no lo creo – dijo Thomas – La gente debe de estar buscando gasolineras.
- ¿La gente? ¿Has visto gente en algún sitio en todo el viaje?
- No, pero la hay.
- ¿Y cuál es el problema, Thomas?
- ¿Cómo que cuál es el problema? - contestó airado – ¡Ahora todo es una problema! Y mi mayor problema es que tú no quieras ver en qué gran problema estamos metidos.
- Oh, Thomas, cálmate – dijo Nerine con tono tranquilizador.
- ¡Odio tu tranquilidad! ¡Odio tu alegría! Odio que tu optimismo no te deje ver el peligro. No hay que evitar solo a esos seres … ¡repugnantes! ¡Ahora también los vivos pueden ser peligrosos!
- Pero, Thomas... deberías sentirte contento por verme así, sin miedo. Yo... yo no tengo miedo estando a tu lado.
- ¡Pues deberías tenerlo!

Inmediatamente después, se arrepintió de su forma de contestarle y sintiéndose confundido y avergonzado salió al exterior.

Había nubes anaranjadas junto a las suaves montañas, que empezaban a oscurecer a contraluz, mostrando sus perfiles contra el cielo. No había viento, ni brisa, ni sonidos de aves o insectos. Thomas, de pie bajo el gran techado metálico de la gasolinera, miraba la larga carretera.
“¿Qué hacemos aquí?”, se preguntó.

De algún lugar surgió una bandada de cuervos que formó una estela de diminutas siluetas negras en el horizonte.
La soledad del lugar parecía llamarle desde la distancia y Thomas sintió de nuevo el manso dolor de su prolongada desesperación. 

- ¡Thomas! - gritó Nerine desde el interior- ¡Ven, Thomas!
Cuando entró, ella lo miraba con su sonrisa habitual.

- ¡Esto sí es todo un hallazgo, darling! ¡Aquí abajo hay un escondite! He mirado con linterna y hay una cama. ¿No te parece maravilloso?

 ….................................................................

 Maria José y Nacho se abrazaron. Con fuerza, como si al hacerlo estuvieran rompiendo un nefasto sortilegio. Y reía él y lloraba ella. Y también al revés. Y ninguno atinaba a decir nada a pesar de las muchas preguntas que deseaban hacerse.

El perro gruñía a sus pies y solo cuando comenzó a ladrar se separaron. Nacho fue a la puerta, y se apresuró a cerrarla cuando vio que nuevos caminantes se acercaban hacia ellos.

- Vamos, sube antes de que nos vean – le dijo a Maria José – Y volvió a coger al perro esperando que  dejara de ladrar.
- No tengo las llaves de mi casa – dijo Maria José mientras subían – Ni podemos entrar en ningún sitio. Está todo cerrado.
- ¿Y dónde has vivido todo este tiempo?
- En mi casa, hasta que... iba a marcharme con unos vecinos  pero decidí quedarme.
- ¿Por qué? ¿Había alguien más?
María José negó con la cabeza.
- Me he quedado sola – dijo con los ojos llenos de lágrimas.
Nacho la volvió a abrazar.
- Tranquila, ahora ya no.
- Nacho, no lo vas a creer, pero ¿sabes por qué no me fui? Es.. es muy raro, todo esto es... ¡Yo sabía que estabas vivo y que ibas a venir a buscarme!

…............................................

Nerine se había dormido después de una extraordinaria actividad. 
El sótano de la gasolinera, un espacio pequeño y no muy bien ventilado, le pareció un lugar coqueto y acogedor. Había subido y bajado tantas veces para adecentarlo que ahora estaba exhausta.
Thomas la había visto trabajar sin entender realmente lo que hacía. El pulso había vuelto a torpedearle las sienes y se exasperaba cada vez que su mujer se dirigía a él.
Salió y entró del recinto en numerosas ocasiones, manifestando un mayor nerviosismo conforme iba quedando menos luz.

Caminó hasta llegar a la carretera. Más tarde llegó a los campos, adentrándose entre la espelta silvestre y las cañarejas.
Ya no había luz, y se detuvo.
Oía el murmullo del agua y el de su propia respiración y en ese instante supo que había encontrado el lugar perfecto.

Imaginó a Nerine durmiendo entre aquellos almohadones, como una reina cansada, segura  en su alcoba.

A pesar de las densas punzadas que nublaban su vista, la había acariciado mientras dormía.

"Espero que seas feliz – recordaba haberle dicho – Que tu fe, esa fe que yo no tengo,  te dé fuerza para seguir adelante".

Se había vuelto una última vez para mirarla. La llama de una vela titilaba dentro de un vaso.

"Ojalá puedas perdonarme".

Thomas se sumergió poco a poco en el río y el agua sonó alegre al chocar contra él. Inundó rapidamente sus zapatos. Le empapó el pantalón y, tras unos pasos, también los bajos de la camisa.
En el punto en el que la corriente era algo más fuerte se detuvo y se puso el cañon de la escopeta debajo de la barbilla.

Las estrellas resplandecían en una noche muy negra, tan negra como sus pensamientos. Dejó que la húmeda brisa secara sus ojos y dedicó un último recuerdo a su mujer, arrepintiéndose en aquel instante de no haberla llevado consigo.

Thomas movió el dedo bajo el agua y el estampido rebotó en los montes, voló a ras de las espigas y se perdió en el infinito.

17 jun. 2016

14. EN BUSCA DEL DOXMA

En la aldea

Parece que en este mundo nuevo las cosas nunca van a mejor. Puede parecer que sí, porque a veces solucionamos una dificultad o conseguimos algo que necesitamos. Pero son mejorías temporales, nunca duran mucho. Siempre acaba ocurriendo algo que nos supera.

Creo que Holden y yo teníamos aquí, en la aldea, en esta casa, la mejor situación posible dentro de las circunstancias, y llegué a creer que duraría indefinidamente. Pero el mundo ya no es un lugar lógico ni existen ya las situaciones estables.

Esta mañana, mientras conversaba en la cocina con Roquito, AB y Fran, me di cuenta de que Holden llevaba demasiado tiempo durmiendo, mucho más de lo habitual en él. 
Subí a verlo y al intentar despertarlo vi que estaba inconsciente. Apenas respiraba y tenía mucha fiebre.
Supe que había pasado lo que yo tanto temía: no sólo la herida de la pierna no se curaba, sino que ese virus o lo que quiera que sea lo que ha destruido el mundo, está invadiendo el organismo de Holden.
Les dije a los otros lo que ocurría, y sentí que era una bendición tenerlos en la casa.
Fran fue a buscar a Anasister, que seguía en su habitación. Pensamos que quizá con sus conocimientos de enfermería podría hacer algo. En realidad yo pensaba que ella, por más que quisiera, no podría ayudar a Holden, como él mismo dijo cuando me contó que aquel niño infectado le había mordido; pero yo necesitaba alguna esperanza, por infundada que fuese.
Y lo cierto es que algo sí pudo hacer, y no sólo gracias a sus conocimientos médicos.
Consiguió bajarle la fiebre un poco y que respirase mejor. Y al cabo de unos minutos Holden despertó. Estaba demacrado y desorientado, pero verlo consciente fue un gran alivio.
Poco a poco fue recuperando energía y durante casi todo el día ha estado levantado. Pero algo ha cambiado en él, en su persona. Está irascible, agresivo. Es cierto que su carácter es un poco impulsivo, y que a veces puede resultar vehemente, pero por encima de todo es noble y sensato y en seguida se domina.  Ahora no es así. Parece que no es consciente de sus propias reacciones.

Más tarde Anasister habló conmigo en privado, y me dijo algo que me sorprendió y me dio ánimo.
Había recordado algo que ocurrió al principio de todo este desastre, cuando los medios de comunicación hablaban de los primeros casos de infectados. Me dijo que su hermano Juan, del que no han tenido noticia en todo este tiempo, le habló de un mensaje que había recibido en su móvil. Era de una amiga suya, y decía que existía una posible cura, o un antídoto. Le había llamado mucho la atención el hecho de que ese antídoto fuera, al parecer, un jarabe común para la tos. Anasister supone que ese jarabe debe de tener algún componente con un efecto secundario imprevisto. De ser así, resultaría providencial.
Anasister no recuerda el nombre del jarabe, pero hemos pensado que quizá si viera el envase se despertaría su recuerdo y lo reconocería. Por eso había que ir en seguida a la ciudad para buscar en las farmacias, en los hospitales, donde sea.
Todos se ofrecieron para ir, benditos sean, pero decidieron que uno de ellos se quedase en la casa conmigo, porque no les parecía conveniente que me quedase sola con Holden. Esto, aun siendo de agradecer, me resultó doloroso. Porque yo sé que por muy impredecible que se haya vuelto su comportamiento en las últimas horas, por muy agresivo que pueda llegar a ponerse, no tengo nada que temer de él. Lo sé.
Así que los convencí para que fuesen los cuatro, porque creo que es lo más seguro para ellos. 

Cuando le pidieron el coche a Holden, él, contra toda lógica, se negó a dejárselo. Fue imposible hacerle entender que era urgente que fuesen a la ciudad, que era la única posibilidad, aunque remota, de encontrar un remedio para su estado.
En vista de su negativa y de que cada vez se alteraba más, les pedí a todos que olvidaran el asunto. No tenía sentido enredarse en una discusión con alguien que no puede razonar. 
Cuando se calmó un poco dijo que estaba muy cansado y le dolía la cabeza, y subió a acostarse. Entonces yo les di a ellos las llaves del coche y se marcharon. Supongo que Holden se enfadará mucho conmigo cuando se dé cuenta, pero eso ahora es lo de menos.

Yo quisiera tener la fe que tienen algunas personas, fe en alguien a quien rogar para que Anasister, Fran, Roquito y AB vuelvan con el remedio. Pero esa fe dejó de tener sentido hace tiempo. Ya sólo cabe aferrarse a la esperanza y confiar en la suerte, en el azar, que, al fin y al cabo, es lo que ahora gobierna nuestras vidas.

……………………………………………

Nerine, sentada en el suelo, mira la trampilla con estupor y una creciente pesadumbre empieza a invadirla.  Sigue escuchando el jadeo de alguien  allá abajo  y un único pensamiento le ronda en la mente: ha llegado tarde.

Pero tras los primeros minutos de confusión, reacciona con furia.
"¡No, no y no! – grita golpeando con los puños sobre la madera -  ¡Me prometiste que jamás me abandonarías!"
Sobreponiéndose al peligro, o tal vez olvidándose de él, busca la vela y las cerillas que dejó en el mostrador de la tienda. Entonces abre la trampilla para descender en busca de su marido.
"¡Thomas! – dice bajando con cuidado – ¡Soy Nerine! Tú no vas a hacerme daño, ¿verdad?"
La luz de la vela deja ver trémulas imágenes de un lugar que parece descubrir por vez primera en la oscuridad. Nerine se emociona al reconocer ciertos objetos personales.
Una vez alcanzado el suelo firme ya ha averiguado que la voz suena desde detrás de la puerta del fondo.
Cuando descubre en el suelo las cuerdas con las que ató a Tomás empieza a comprender que el que ha quedado encerrado en el pequeño cuarto no es más que un convertido.
“Oh, my dear, - musita- has salido a buscarme. ¡Sabía que no me ibas a decepcionar!”

…...................................................................

Fran conduce el coche de Holden. A su lado Roquito mira al frente sujetando su barra de acero como si fuese un fusil de asalto. Detrás, A.B. y Anasister miran los campos en silencio. 

Al enfilar el camino que les lleva a la carretera divisan el Ford Mustang y al pasar junto a él, las ruedas del coche rozan el frasco de Doxma que hay en el suelo y que ninguno ve.
Salen a la carretera y giran a la derecha.

…..................................................................

Juan Miguel ha perdido la cuenta de la cantidad de muertos a los que ha conseguido perforar el cráneo.  Desde su cómoda posición, dentro de la caravana, actúa de forma mecánica.
Los cuerpos se amontonan ante la puerta. Cada vez que un  condenado cae por una estocada de Juan Miguel, aparece otra cara de boca agresiva.

- ¡Maldita sea!  – murmura tras una nueva embestida- ¿No se van a acabar nunca?
Carlos se dirige de repente a la cabina.
- ¿Qué vas a hacer? - le pregunta Montse.
- ¡Me parece estar escuchando un motor! ¡Voy a ver! - Sale y se encarama a lo alto de la caravana.
Efectivamente un coche aparece girando en la  curva, a la sombra de los árboles. El ruido llama la atención de los zombis que giran sus cabezas hacia la carretera.

- ¡Joder! - exclama Roquito dando un respingo- ¡Es Carlos! ¡El tío consiguió pasar!
- ¡No me lo puedo creer! - dice Fran mirando la legión de zombis que tuercen sus cuerpos en el bancal- ¡Están hundidos en el barro!

Fran detiene el coche. Una veintena de caminantes se aproxima desde la cuneta. Roquito no duda ni un instante en bajar del coche.

- ¡¡Roquito, por Dios!! - le dice A.B. - ¡Sube, que son muchos!
- ¡¡Eh, Carlos!! - grita Roquito- ¿Estáis bien?
- ¡Estamos atrapados!
En ese momento se le une Montse, que mira con emoción a los ocupantes del vehículo. Después aparece Juan Miguel.
Roquito da tres pasos  para descargar la barra en la cabeza del primer zombi que  alcanza el coche.
- ¡Sube, Roquito! - le grita Fran- ¡Son demasiados!
- ¡Tranquilos! - responde separando las piernas para recibir al segundo -¡Mientras vengan de uno en uno...!
- ¡No te arriesgues! - grita Juan Miguel desde lo alto de la caravana-. Alejaos tocando el cláxon.
- ¡Vale! - dice Roquito antes de subir- ¡Carlos, llévalos a la aldea! Y cuidado, hay más por el río.

Roquito cierra la puerta y Fran arranca cuando una lluvia de manos huesudas y azuladas golpea el coche.

- Vámonos, Fran – dice Anasister con los hombros encogidos, sin querer mirar aquellas caras que se pegan a los cristales.

Juan Miguel, Carlos y Montse ven cómo el coche se aleja y tras él una estela de seres descompuestos. El cláxon empieza a sonar de forma intermitente y escuchan el excitado jadeo de los perseguidores.

- ¿Sabéis de lo que me estoy acordando? - dice Montse- Del flautista de Hamelín, cuando se lleva a las ratas.
- Vamos, – dice Juan Miguel- este es el momento de largarnos de aquí.
….......................................................

Ángeles ha entrado en el garaje para poner agua a las gallinas y les ha echado de comer. Después se  asoma al cuarto en penumbra para observar a Holden. Lo oye respirar y  siente un gran alivio.
Baja al salón y se acerca a la chimenea. Con el atizador convierte en brasas el tronco consumido y echa otro sobre los  resplandecientes rescoldos.
Siente el silencio de una forma distinta. Acostumbrada a la presencia del grupo, nota ahora su ausencia. Tan solo ha transcurrido una hora desde que marcharon y sin embargo le parece una eternidad.

Vuelve a subir al cuarto y se acerca en silencio para comprobar si se ha dormido. No puede evitar sobresaltarse al descubrir que tiene los ojos muy abiertos, fijos en el techo.
Él gira levemente la cabeza para mirarla y por unos segundos no parece reconocerla.

- Me has asustado – dice ella- Pensaba que dormías.
- No, no duermo. No puedo dormir. Estaba pensando.
- ¿En qué piensas? - le pregunta sentándose a su lado.
- Pensaba... Es algo extraño que no sabría explicarte.
- ¿Por qué no lo intentas? Me gustaría oirlo.
- Cuando yo estaba tan dormido... no era yo.
- ¿Cómo?
- Quiero decir que yo no estaba aquí, en la cama.
- ¿No? ¿Dónde estabas?
- ¡Contigo! ¡Con vosotros!
- Soñabas que estabas despierto, ¿no?
- No, no es eso. Estaba con vosotros realmente.  Ví cómo preparábais la tortilla, cómo te ayudaba Roquito.
Ángeles lo mira sin decir nada.
- No me crees, ¿verdad?
- Sí, bueno..., siempre he dicho que hasta lo más difícil de creer no deja de ser posible. Quién sabe  de lo que es capaz nuestra mente.
- Te digo que yo estaba fuera de mi cuerpo, por eso os pareció que estaba muerto. ¿Cómo iba a despertar si yo no estaba allí?
- Entonces, ¿viste cómo intentábamos despertarte?
- Vi cómo Fran llamaba a su hermana. Y antes... - Holden se calla de repente.
- ¿Y antes qué?
- ¡Joder! ¡Me acuerdo muy bien de algo! ¡Había un cuervo en la ventana!
- ¡El cuervo! - exclama Ángeles cubriéndose la boca con una mano- A.B. nos dijo que...
Holden se queda muy serio mirándola fijamente a los ojos.
- ¡No me mires así! ¡Me asustas!

Holden se incorpora para levantarse.

- ¿Qué pasa? ¿A dónde vas? - le pregunta Ángeles.
- Tengo que hablar con A.B. - dice poniéndose los zapatos.
- ¡Espera! Ahora no...
Holden sale de la habitación y baja al salón. Ángeles lo sigue.
- ¡Holden! Escucha...
Él se vuelve para mirarla.
- No te enfades, por favor... – empieza a decir Ángeles. - Es que...
Holden se dirige al garaje a grandes zancadas y descubre que su coche no está allí.
- ¿¿Se lo han llevado?? - grita dando vueltas por el lugar que ocupaba el vehículo - ¿Cómo lo has permitido?
- ¡Van a volver, Holden!
- ¿Y tú qué sabes si van a volver?
- ¡Lo sé! ¡Son buena gente! Se ofrecieron enseguida a ayudarte.
- ¿A mí? - sigue gritando- ¿Ayudarme a qué? ¡Yo no les he pedido ayuda!
- ¡Pero yo sí!  Escucha, existe una posibilidad de... ¡hay un remedio!
- ¡Otra vez con esa gilipollez! 
- ¡Curarte no es ninguna gilipollez!
- ¡Maldita sea! - Holden da una patada al recipiente del agua y las gallinas cacarean alborotadas - ¿Cómo quieres que te diga que estoy bien?
Ángeles suspira y se sienta sobre un saco de almendras.
- Holden, escúchame... – le dice con voz serena – No estás bien. Has tenido fiebre, estás irascible... te veo distinto. Esa herida de la pierna...
- ¡Este jodido rasguño de mierda no va a matarme!
- Si fuera un rasguño ya habría cicatrizado, ¿no te das cuenta?
- ¡Malditos apestados!
- Por eso les he pedido que vayan a alguna ciudad y que busquen por algún  hospital, por farmacias... Anasister me dijo que...
- ¡Ya vale! -dice Holden saliendo del garaje. 
Entra en la casa y se acerca a la chimenea. Se queda mirando el resplandor del fuego. El atizador está sobre las brasas.
Cuando Ángeles entra lo ve con el atizador en la mano. Tiene la respiración agitada y una mirada cargada de ira.
- ¿Qué... qué haces, Holden?
- Voy a acabar con esto.
Se baja los pantalones y presiona el hierro candente sobre la herida.

 …..............................................

- “BIENVENIDOS A MONTERA” - lee Roquito en voz alta- Parece grande esto, ¿verdad?
- Fijaos en las indicaciones – dice Fran- A ver si leéis HOSPITAL.

Siguen circulando por la avenida principal, flanqueada por altos árboles. La calzada está repleta de hojas secas.  
La quietud del lugar es sobrecogedora. Todos los coches se ven perfectamente aparcados, con los parabrisas cubiertos de polvo y de excrementos de aves.

- “HAY CARNE DE VENADO” - sigue leyendo Roquito – ¡Uf, quién pillara un ciervo asado entero!
- ¡Con guarnición! – apunta A.B. - ¡Y mucho pan para mojar!

Hay una rama enorme caída en la carretera y Fran la sortea subiendo el coche en la mediana.
Termina la avenida y siguen camino por una calle en la que aparece una iglesia con un gran campanario. Un par de cuervos revolotean entre las campanas.
- Mirad, ahí enfrente hacían “TATOOS” - dice Roquito aliviando un poco la tensión  que se respira en el coche - ¿Vosotros tenéis algún tatuaje?
- No – responden los tres.
- Yo sí. Me lo hice muy joven.
- ¿Dónde lo tienes? - pregunta A.B.
Roquito pone la pierna izquierda en el salpicadero y se sube el pantalón.  
- Aún me acuerdo del disgusto de mis padres. Para ellos fue como si me hubieran contaminado de radiación o algo así. Pensaban que la tinta me iba a matar. Mi hermano en cambio me dijo: “Di que sí, eso de plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo va después, pero lo primero: ¡hacerse un tatuaje!”

Una rata cruza la calle y se apresura a ocultarse tras la reja de una alcantarilla.

- ¿Qué pasa, Anasister? - dice A.B.- No has dicho nada en todo el camino.
- He llegado a tener la marca del jarabe en la punta de la lengua, pero nada, no me viene a la cabeza.
- ¡Pobre Ángeles! - dice Roquito- Qué preocupada estaba cuando nos ha dado las llaves.
- Sí, es verdad -dice Fran-. Me ha pedido que volvamos pronto, pero sabe que es imposible que podamos regresar hoy mismo.
- Me pregunto si habrá supervivientes por aquí – dice Roquito.
- Probablemente – dice Fran- Pero que demos con ellos...
- ¡¡Eh, Fran, una ferretería!! - exclama Roquito-  ¿Y si paramos y pillamos cosas que nos puedan servir? Un pico, por ejemplo, para romper los cierres.
- ¡Ay,  he visto uno! – exclama A.B. - ¡Un zombi! ¡Por allí va!

Fran detiene el coche junto a la ferretería.

- No os mováis – dice Fran- A ver si pasa de largo...
El caminante arrastra los pies por la acera, a pocos metros de ellos. Su cabeza parece rebotar conforme avanza, volviendo el rostro al cielo o al suelo indistintamente.
Cuando lo pierden de vista, Roquito baja del coche.

- ¡Míralo! - se queja A.B.- ¡Siempre el primero en saltar del asiento! ¿No ves que aún nos puede oír?
- Y si vuelve, ¿qué pasa? - le dice Roquito- Le termino de arreglar el muelle de la cabeza de un varazo y ya está.

En una corta carrera se acerca a la puerta de la ferreteria. Hace señas a Fran para que baje.

- Hay que romper el escaparate.
- ¡Pero eso hará mucho ruido!
Roquito se encoge de hombros.
- ¡Espera!
Fran se acerca al coche.
- Vamos a romper el escaparate. Estad atentas y si veis venir a alguien tocad el claxon.

Antes de que termine de hablar, un estruendo de cristales rotos les sobresalta.
- ¡Pero mira que es bestia! – murmura A.B.
….................................................

- ¡Un Ford Mustang! - exclama Montse al verlo en la distancia – ¡Me encantan esos coches!
Carlos observa que el maletero está entornado y que la piedra que colocó encima ya no está. Se pregunta dónde estará la mujer que metió allí.
Siguen caminando y Carlos ve  el frasco  en el suelo. Lo recoge y vuelve sobre sus pasos para echarlo en el maletero.

- ¿Qué era eso? - pregunta Juan Miguel
- Nada, algo que perdió una mujer.
- ¿Una mujer de la aldea?
Montse se detiene de golpe con el ceño fruncido.
- ¿Te duele la pierna? - le pregunta Carlos
Montse aferra la muñeca de su compañero y le hace una señal con la cabeza para que mire hacia adelante.

Cinco caminantes están subiendo desde el río.
 NOTAS:
1) El diario de Ángeles vuelve a estar escrito realmente por ella. Y así será en adelante (mientras sobreviva)
2) Las palabras "venado", "radiación", "libro", "hijo" y "tatuaje" que pronuncia Roquito, son las cinco palabras que eligió para que aparecieran dichas por él en la historia. Sus "deberes", (que a la vez son míos) también quedan aquí presentados.
3) La fotografía del tatuaje es de la pierna del verdadero Roquito.