Esta pretende ser la historia de quince supervivientes en un mundo devastado y plagado de zombis. Los protagonistas son familiares y amigos míos que habrán de interactuar para llegar hasta el último capítulo. Pero, irremediablemente, algunos de ellos se habrán de quedar en el camino.
(Esta es una sinopsis patrocinada por Doxma)

29 nov. 2016

NUEVA PRUEBA DE SUPERVIVENCIA

Creo que puedo decir que hemos rebasado el ecuador de The Zombie Experience.

Digo “creo” porque en realidad no estoy seguro. Ya os dije una vez que esta historia no ha tenido nunca una dirección clara ni una ruta preestablecida, y que, de forma incomprensible tal vez, va caminando sola y no sabe muy bien hacia dónde.
Lo que más me gusta es esto precisamente, que en su improvisación es capaz de sorprendernos en cualquier momento, incluso a mí.

Yo, como vosotros, me sigo preguntando qué va a pasar con Holden, si esa pequeña herida de la pierna acabará con él o no. ¿Y cómo sobrellevará Ángeles la transformación de su carácter?
Tengo ganas de saber qué sucederá con Maria José, si sus premoniciones y sueños la conducirán a algo en concreto.
¿Y Nerine? ¿Será capaz de superar la ausencia de Thomas e integrarse en el grupo?
¿Y qué pasará con el resto? ¿Tendrá Juan Miguel la oportunidad de convertirse en el lider de todos?
¿Quién será el próximo en abandonar la historia? ¿Roquito? No, espero que no, que intuyo que necesita vengar a A.B.
¿Carlos, Montse? ¡Imposible! ¡Ahora se necesitan más que nunca!
¿Nacho? No, no, sería una tragedia dejar sola a María José otra vez.
¿Fran , Anasister? Ojalá los hermanos logren llegar hasta el final sin más percances, pero... ¿será así?

Suena extraño pero es totalmente cierto que, a dia de hoy, aún no lo sé.

Y es que solo dos cosas tenía muy claras desde el principio: que los protagonistas serían familiares y amigos (¡en menudo berenjenal os metísteis!) y que no todos llegarían al final, pero en ningún caso tendría yo nada que ver en sus desapariciones.

Este es uno de esos momentos en que la supervivencia vuelve a estar en vuestras manos porque ha llegado una nueva prueba.

La cosa no puede ser más sencilla.
Meteos por un instante dentro de vuestros personajes, en ese otro mundo en el que apenas quedan seres vivos y los muertos se vuelven a levantar en continua amenaza. Pensad en vuestra vida antes de esa hecatombe mundial, cuando no érais capaces de imaginar que todo iba a cambiar de manera fulminante.

Y ahora decidme... además de a familiares y amigos, ¿qué echais de menos de aquella vida anterior? Decidme algo en concreto en los comentarios del blog. No es necesario que os extendáis mucho, pero si lo hacéis, estaré encantado.

Doy de plazo hasta última hora del domingo 4 de diciembre. El último en dejar su respuesta, sintiéndolo mucho, no sobrevivirá. 
En el caso de que pasado el plazo haya más de uno que no ha respondido, se sortearía la baja.
Podeis participar todos, pero la prueba está enfocada para aquellos que seguís vivos.

Nada más por hoy. Un saludo y mucha suerte a todos.

(Gif creado por A.B.)

15 nov. 2016

17. OSCUROS PRESAGIOS



Echada en la cama, Nerine se desperezó. Se encontraba bien en aquel lugar. Le recordaba a un escondite que tuvo siendo niña, cuando con su hermana construyó una cabaña a los pies de un frondoso árbol. Aquella cabaña en penumbra, camuflada entre la vegetación, siempre les dio seguridad y se convirtió en su espacio privado, ajeno y vedado por completo al mundo de los mayores.

Revivía en su mente aquellas imágenes del pasado cuando se dio cuenta de que Thomas ya se había levantado y no estaba allí. 
“Siempre tan madrugador”, pensó mientras se incorporaba.
Trató de recordar el momento en que lo sintió tumbarse a su lado, para terminar deduciendo que su sueño debió de ser demasiado profundo como para notarlo.
Al levantarse tuvo sin embargo la extraña sensación de que Thomas no había dormido allí, junto a ella.
Se puso los zapatos y subió los escalones.
La tienda estaba vacía.
Desplazó a un lado el cierre metálico y salió al exterior.
Era más tarde de lo que había supuesto pues el sol brillaba con fuerza muy por encima del horizonte.
Avanzó hacia los surtidores mirando en todas direcciones. Fue más allá del gran espacio de sombra que proporcionaba el techado de la gasolinera, esperando encontrar a su marido en algún punto de la carretera.
Al llegar al asfalto, la brisa levantó un pequeño remolino de polvo en el arcén y Nerine sintió un escalofrío.

“Ha salido con el coche”, se dijo. “No puede estarse quieto y está investigando los alrededores. No tengo por qué preocuparme”
Volvió sobre sus pasos. Sus zapatos hacían crujir las pequeñas piedras del camino, dándole la impresión de que  junto a ella caminaba alguien más.
Se detuvo para volver a mirar a su alrededor. Estaba completamente sola.
En cierta medida, la idea de volver a su escondite la reconfortó.

…...................................................................

- Sácame de aquí
Nacho vio en los ojos de María José una súplica desesperada.  Pudo percibir  en el leve temblor de sus pupilas  la necesidad de huir lejos de aquel lugar en el que había sido el hogar de su familia. Comprendió que en ese instante ella estaba depositando en él toda su esperanza de escapar de aquella amargura y no pudo evitar sentir miedo. Miedo al futuro, al peligro, a lo desconocido... Miedo a no conseguir una vida mejor para los dos pero, sobre todo y por encima de la suya propia, una vida mejor para ella. 
Para Nacho la razón de su supervivencia había cobrado de repente un sentido: conseguir que  aquella mujer recuperara la paz que necesitaba.

- Sí, vamos a irnos, – le dijo apretando aún más sus manos- ¡Confía en mí!
El tétrico murmullo de los zombis les llegaba con claridad desde la calle.
- Lo primero es conseguir que se aparten de la puerta.
María José no pronunció palabra pero su mirada estaba llena de interrogantes.
- A ver, si conseguimos algo con que... Oye, ¿hay azotea? - preguntó Nacho alzando la mirada por el hueco de la escalera.
- Si – contestó María José.
- Ven conmigo.
El perro, adivinando la intención de sus movimientos, fue el primero en apresurarse a subir las escaleras.

La puerta que daba acceso a la azotea estaba entornada y Nacho tomó precauciones antes de salir  al exterior.
Una vez afuera, miró a su alrededor y encontró unas macetas alineadas junto a un tabique.  .
- Bien, es justo lo que necesitamos – dijo mientras sopesaba una – No son muy grandes pero harán bastante ruido.
El perro olisqueaba nervioso la tierra, e incluso mordisqueó algún tallo seco.
- Escucha, María José, voy a lanzar estas macetas a la calle, a ver si el ruido los hace alejarse de la entrada. Pero primero baja tú y quédate lo más cerca posible de la puerta sin que te vean. El furgón está abierto, pero no salgas hasta que compruebes que se han alejado lo suficiente.
- ¿Y tú?
- Yo bajaré con él – dijo mirando un instante al animal, que seguía olisqueando cada rincón de la azotea.
- Bien – dijo María José después de vacilar unos segundos – Os espero en el coche.

La primera maceta cayó  en el centro de la calzada. Nacho la lanzó  lo más lejos que pudo y reventó con más ruido del que había imaginado. Tras el estallido se levantó una nube de polvo.
Desde allí, Nacho no podía ver la reacción de aquella masa de infectados, pero le pareció que el rumor de sus voces había desaparecido.
En seguida lanzó otra maceta y otra inmediatamente después. Tras la doble detonación, el pequeño chucho comenzó a ladrar.
A Nacho le impresionó el sonido de los ladridos, rebotando en el silencio de la ciudad, como si hubiera otros perros contestando a aquellas llamadas.
Volvió a  asomarse por el antepecho. Los apestados se encaminaban hacia donde habían caído las macetas y Nacho apretó los puños al verlos. Era el momento de escapar de allí.
Dio un corto silbido para llamar al perro, y se dirigió hacia las escaleras. Llegó a la entrada en el mismo instante en que María José cerraba la puerta del furgón.
Los ladridos se volvieron a escuchar en el exterior y Nacho se detuvo en seco, asombrado de que el perro hubiera salido sin que él lo viera.
Se aproximó a la puerta y desde allí hizo una señal a María José para que esperara un momento. 
Había dado por hecho que el perro lo seguiría, pero los ladridos venían desde arriba: el perro seguía en la azotea
…...................................................................

Después de un ligero desayuno, Nerine decidió mantenerse ocupada. No encontró la más mínima evidencia de que Thomas hubiera pasado la noche allí, pero se esforzó en apartar los oscuros presagios que la rondaban y no dejó de hacer deducciones optimistas de todo aquel misterio. 
Sin embargo, conforme avanzaba el tiempo, su buena voluntad iba perdiendo fuerza.

“¡Verás cuando te vea aparecer!”, murmuraba mientras apilaba las latas de conserva. “No puedes salir para tanto tiempo... ¡y menos sin decirme a dónde vas!
Sacó unas velas de una caja y las colocó en varios puntos de la estancia.
“Sí,  te diste cuenta de que no tengo miedo, o no tanto como tú, ¡pero eso no quiere decir que no me preocupe!
Incapaz de seguir esperando volvió a salir al exterior. La belleza de un luminoso cielo sin nubes hizo tambalear su entereza.
“Oh, Thomas - exclamó a punto de sollozar-  ¿dónde te has metido?”,
De repente cayó en la cuenta de que no había mirado en la parte posterior de la gasolinera y con paso decidido se encaminó hacia allí.

Un amplio descampado comenzaba a espaldas del edificio, donde una maraña de  altas hierbas lo ocupaba todo. 
Nerine se echó las manos a la boca al descubrir el coche, camuflado entre las altas espigas.  Por unos instantes quedó paralizada y sus pensamientos se dispararon en todas direcciones.
“¡No se ha llevado el coche! ... ¿Cómo entonces...? ¿Se ha marchado caminando?... ¿O es que se ha dormido dentro? Pero no es posible que siga durmiendo... ¡¡No puede estar ahí!! Oh, my God, -murmuraba cuando comenzó a caminar lentamente hacia el vehículo-  ¡Oh, no! ¡Dime que Thomas no está  ahí!
Nerine acercó la cara al cristal y la mantuvo allí mientras experimentaba el alivio de encontrarlo vacío. Poco a poco, ese alivio se fue tornando en desconcierto y del desconcierto pasó a la rabia. De repente sintió la necesidad de gritar y de patear el coche.
- ¡Maldita sea, Thomas! - gritaba furiosa- ¡Vuelve de una vez!
Y presa de un ataque de frustración daba puñetazos en los cristales.
Cuando se sosegó le pareció oír un chasquido, como el crujir de alguna rama  seca. Surgiendo de entre la alta vegetación apareció ante sus ojos uno de aquellos monstruos que deambulaban por todas partes. Se dirigió hacia ella con los brazos extendidos y Nerine observó que tenía una maraña de tallos espinosos prendidos en su ropa y  pelo.
No se alteró lo más mínimo al verlo, tan solo abrió la puerta del coche y se metió dentro. Las llaves estaban puestas y lo arrancó.
El coche empezó  a avanzar y Nerine miró fugazmente por el retrovisor para ver cómo el caminante se iba quedando atrás.
Respiró hondo y giró el volante hacia la carretera

- Voy a encontrarte, my dear – dijo secándose las lágrimas.
…...................................................................

Nacho subió las escaleras a toda prisa. El perro, excitado al escuchar el eco de sus propios ladridos, había alzado las patas delanteras sobre el parapeto y respondía con brío.

- Pero mira que eres tonto – le dijo Nacho mientras lo cogía en brazos – Vámonos de aquí.

Un vistazo a la calle antes de marcharse lo dejó helado. Los muertos se acercaban de nuevo al furgón en el que María José aguardaba, pero otros  habían surgido desde las calles adyacentes, en ambos sentidos.  Sin detenerse a pensar si sería más rápido que todos ellos, Nacho se abalanzó hacia las escaleras. Cuando estaba a punto de salir al exterior, el perro,  asustado sin duda por el peligro inminente, se agitó en sus brazos hasta saltar al suelo. María José, consciente de que cada segundo contaba, ya había arrancado el motor y se apresuró a abrir la puerta del conductor por la que el animal se introdujo de un brinco. Nacho vio cómo uno de los zombis se precipitaba tras el perro y corrió a cerrar la puerta.

- ¡Por aquí! - gritó María José abriendo la  de su lado.
De un fuerte tirón, Nacho se pudo desasir de una mano azulada que le aferró la camisa. Bordeó el coche consciente de lo mucho que se había arriesgado al salir a la calle a toda costa y se le secó la boca al comprender que otro muerto iba a alcanzar  aquella puerta al mismo tiempo que él.
No se permitió dudar ni un segundo. Su único pensamiento era entrar al coche y cerrar la puerta con fuerza. Más tarde comprendería que fue el miedo lo que lo salvó en aquel instante. Nacho embistió al muerto con su propio cuerpo, y al meterse en el coche  cerró con tal ímpetu que la puerta reventó aquella repugnante cabeza.
María José apretó el acelerador en el instante en que la mayor parte de aquellos podridos cercaban por completo el vehículo.
…...................................................................

Nerine condujo despacio a lo largo de aquella larga y solitaria carretera. Había tal quietud en el paisaje que hasta el repentino aleteo de cualquier avecilla captaba inmediatamente su atención.
Su deseo de encontrar a Thomas era tan intenso que parecía verlo caminar a la vuelta de cada curva.

- Oh, my darling,- susurraba con dulce voz- tú que eres tan previsor... ¡y  te has perdido! Seguro que te alejaste más de la cuenta y ahora andas desorientado. Pobre Thomas, estarás hambriento... y cansado.

Pasó junto a un campo de cerezos en flor y al contemplarlo sintió una  mansa tristeza que inundaba poco a poco todo su cuerpo.
- Mira qué bonito todo esto, Thomas

Un par de kilómetros más adelante giró para seguir el mismo recorrido en sentido contrario.
En la distancia, a su izquierda, un conjunto de tejados de color terracota contrastaba con el verdor de una frondosa higuera. La posibilidad de que aquel podía ser el lugar al que se había encaminado su marido la animó, y al girar por el único camino que debía de conducir allí, ya estaba convencida de que iba a encontrarle.
…...................................................................

Nacho se lavaba en el agua turbia de una alberca. Frotaba con fuerza toda la sangre oscura y maloliente que le había saltado a la cara y las manos.
Habían detenido el coche en una zona de chalets a las afueras de la ciudad, un lugar muy tranquilo a primera vista.
Esperándole en el coche, María José acariciaba al perro, complacida en la actitud del animal, que no dejaba de mirarla atentamente con sus ojillos brillantes.
Nacho volvió al coche y se inclinó para mirarles.
- Aún no me has dicho cómo se llama – dijo María José
- ¿Te creerás que no le he puesto nombre? Lo encontré hace unos días.
- ¿En serio?  Yo pensaba que llevabais juntos todo este tiempo.
- No,  estaba por la circunvalación del norte, en un desguace. Es increíble que haya podido sobrevivir.
- ¡Vaya, pobrecillo! - María José le acarició la cabeza- ¡No me quiero ni imaginar el miedo que pasarías tú solito por ahí!

Nacho se dirigió a la parte trasera del furgón y tras rebuscar en su interior volvió con las pocas reservas de comida que aún tenia y las repartió entre los tres.
- ¿Qué vamos a hacer, Nacho?  - empezó a decir María José – Yo... no llevo más que lo puesto. Toda la ropa que tenía...
Nacho se puso un dedo sobre los labios.
- No pienses ahora en nada de eso. Ahora toca comer y eso es lo que vamos a hacer. Todo lo que vayamos necesitando lo iremos tomando de aquí y de allá. En su momento.
- ¿Dónde vamos a pasar la noche?
- No me estás haciendo caso: ahora toca comer. Después pensaremos en todo eso.
María José quedó unos segundos en silencio mirando la manzana y las tortas de maíz que tenía en las manos.
- Supongo que tendré que acostumbrarme a que ahora sobra tiempo para todo.

Comieron en silencio. Nacho miraba las tenues sombras de las nubes desplazándose sobre las montañas. María José observaba el ligero temblor de las orejas del perro que,  apoyada la cabeza en su regazo, había cerrado los ojos. Conmovida por el animal, pensando en lo deseoso que parecía de dar y recibir cariño, le acarició la cabeza y murmuró: “Solito”

Hasta bien avanzada la tarde, estuvieron inspeccionando varias de las casas de aquella zona rural. Accedieron a ellas sin la menor dificultad pues la mayoría estaban abiertas y vacías. Tan solo en una escucharon por el piso superior el ruido de pasos que se arrastraban  y prefirieron no acceder. Tampoco entraron en otra en la que un penetrante olor los  asaltó nada más abrir la puerta.

Nacho caminaba siempre delante, portando  la tubería que había convertido en arma días atrás.  Permanecía atento a cualquier posible reacción del perro, que caminaba despreocupado olisqueando el suelo.
Encontraron dos maletas encima de un armario, y María José fue guardando en una de ellas algunas prendas de su medida, así como artículos de aseo personal y varios medicamentos. Utilizaron la otra maleta para llevarse todo lo aprovechable de las despensas de aquellas casas
El silencio en todas ellas era tan denso que hasta el ruido de sus propios pasos les parecían sonidos perturbadores, y en más de una ocasión se quedaron muy quietos creyendo haber escuchado pasos ajenos.
Nacho observaba que todo estaba en aparente orden y eso le hizo pensar que no habría supervivientes por los alrededores. De haber sido así ya habrían saquedado aquellas viviendas.
Cuando empezó a oscurecer, Nacho propuso pasar la noche en alguna de aquellas habitaciones.
…...................................................................

Nerine conducía de regreso a la gasolinera. De repente la había invadido un sentimiento de culpa por haberse ausentado del lugar al que su marido regresaría.
Había estado admirando las sólidas casas de aquella aldea, sus árboles y la fértil vaguada que llegaba hasta un río, y en todo ese tiempo su único pensamiento había sido el de poder compartir aquella belleza con Thomas. El hecho de que no lo encontrara allí, de pronto perdió importancia, pues lo fundamental era que había dado con el lugar en el que serían felices, el entorno perfecto que Thomas había propuesto para vivir.
Y al sentir la necesidad de contarle a Thomas lo que había visto, le pareció que hacía mucho tiempo que había salido en su busca. Pensó que él ya habría vuelto, y su angustia fue aumentando conforme aceleraba el coche por el camino que subía a la carretera.

Unos minutos después descendía del vehículo para llamar a Thomas con ansiedad. 
Sí, estaba convencida, de que ya había vuelto y lo iba a encontrar en aquel escondite que había limpiado y engalanado con tanto mimo para los dos. Casi adivinaba la forma en que se estaba moviendo por la estancia, con aquel cuerpo alto y algo encorvado, y que cuando la oyera se volvería para gruñir como era habitual en él.
- ¡Thomas! - gritó – ¡Ya estoy aquí!

Pero no había nadie alli.  

Nerine miró toda la estancia desconcertada, intentando que su cabeza encontrara otra vez una razón convincente por la que Thomas no estuviera allí.
- No, no me hagas esto – empezó a murmurar – No me hagas esto, no me hagas esto, ¡NO ME HAGAS ESTO!

Nerine gritaba y daba manotazos tirando al suelo todas aquellas ordenadas pilas de conservas
- ¿Cómo eres capaz de dejarme sola? - gritaba - ¡No me lo merezco! ¡Canalla! ¿Dónde, Thomas, dónde? ¿DONDE ESTÁS?
Continuó lanzando al suelo los cojines, las velas y al ver la Biblia la cogió e hizo un amago de lanzarla con furia contra la pared, pero finalmente se contuvo. Se sentó en el jergón y mirando su colorida colcha  se echó a llorar.
…...................................................................

Un chillido sonó en algún lugar  no lejos de allí y María José dio un respingo.
- Tranquila,  solo ha sido un cuervo – dijo Nacho inspeccionando el cielo a través de la amplia luna del furgón-  No te imaginas cuántos se ven ahora.

Casi había anochecido. Hablaron de la posibilidad de pasar la noche en alguna de aquellas habitaciones pero finalmente determinaron que lo más práctico y seguro era dormir en la parte trasera del furgón, eso les permitíría huir rapidamente de allí si surgían problemas.

Nacho estaba cambiando las pilas a una linterna.
- Pobre mujer - susurró María José
Él la miró  sin estar seguro de lo que había oído.
Nacho,  dime una cosa, ¿cómo es que hemos sobrevivido?
- Bueno…  no somos los únicos. Ten por seguro que hay mucha gente que habrá  superado todo esto. Algunos organismos…
- Yo creo que estuve a punto de morir, ¿sabes? - le interrumpió – Tuve mucha fiebre… deliraba... no sé cuánto tiempo estuve así. Y creo que me salvé al tomarme uno de aquellos frascos que me diste.
Nacho la miró extrañado.
- No, no es que lo crea, estoy segura de que eso me salvó.
- Pero ese jarabe solo tiene propiedades contra la infección de las mordeduras.
- Supongo que es como dices pero… En serio, Nacho, creo que me salvó. Pero al mismo tiempo... me ha transformado.
- ¿Cómo que te ha transformado?
- Te va a resultar muy extraño, pero hace un momento he visto a una mujer que conozco.
- ¿Que has visto a...? Explícame eso.
- Ha sido un instante, justo al oír ese graznido. La he visto gritar porque no encuentra a su marido. Está desesperada.
Nacho se quedó callado.
- Sí, ya sé que te sonará a cosa de locos. Yo tampoco logro explicármelo, pero no es la primera vez que me pasa.
- ¿Quieres decir… que ahora ves cosas?
- Nacho, ¡yo sabía que vendrías a por mí! ¡Te veía!  Vi el momento en que me encontrabas y nos abrazábamos. Pero te había visto antes… Dentro del coche, aparcado junto a un parque en el que había muchos cuervos.
Él se quedó mudo.
- Te ocurrió eso, ¿verdad?
Nacho quiso decir algo pero ella prosiguió.
- Dime, ¿lanzaste algún frasco de jarabe al cielo? ¿Y se rompió al caer? ¡Vi algo así!
María José vio cómo a Nacho se le abría la boca por el asombro ante lo que oía y sintió  alivio al poder contar aquello que  la maravillaba y asustaba al mismo tiempo.

Continuó dándole detalles y con cada episodio de las  visiones que María José le relataba, Nacho comprendía que todo aquello, todo lo que estaban viviendo, era aún más extraordinario e incomprensible de lo que había pensado hasta entonces. Y aunque  esos sueños y visiones de María José habían ayudado a que ellos se encontraran, no estaba seguro de si eran una bendición o todo lo contrario.

3 oct. 2016

16. SIEMPRE EN GUARDIA


Carlos, Montse y Juan Miguel se quedan muy quietos al ver a aquellos seres subiendo por el camino. Vacilan unos segundos ante la posibilidad de que sean personas de la aldea, pero sus movimientos lentos y cimbreantes les confirman que se trata de infectados.

- Eso son... - susurra Montse.
- ¡Sí!  ¡Agachaos! - ordena Juan Miguel.
- Deberíamos escondernos - sugiere Carlos mientras se tiende en el suelo.
- No, no os mováis. Parece que no nos han visto.

Los tres quedan echados en tierra con los ojos fijos en los caminantes que poco a poco se van acercando.
Uno de ellos arrastra un pie al andar y en todos parece haber un aire de ausencia, como si fueran inofensivos fantasmas sin rumbo. Pero la experiencia ya ha demostrado que esos seres tan débiles aparentemente, despiertan de forma furibunda al ver a los vivos y que se muestran sumamente agresivos en su presencia.

- Escuchad, - dice Juan Miguel en baja voz – cabe la posibilidad de que se desvíen por ese camino de la izquierda. Si se marchan por ahí no tendremos que arriesgarnos.
- ¿Y si lo pasan de largo? - susurra Montse.
- Entonces terminarán viéndonos. Son cinco, pero con el bate y el pincho... no habrá problema.

Los cinco seres  se aproximan al desvío. El que va en cabeza empieza a variar su dirección hacia el camino.

- Bien, vamos, vamos... – susurra Juan Miguel – ¡Continuad por ahí!
Efectivamente, el que encabeza la fila se interna finalmente por el camino y también se desvían los que le siguen. Montse suspira aliviada.
Solo queda el zombi que arrastra el pie.
Al llegar a la bifurcación también hace conato de seguir al resto pero de repente se detiene.

- Pero... qué... -  empieza a susurrar Montse
- ¡Calla! – dice Juan Miguel.

El zombi levanta la cabeza al cielo y la gira lentamente hacia ambos lados, como si hubiera captado algún olor en el aire. Pueden ver su piel negruzca pegada a los huesos de la cara. Su chaqueta, llena de manchas, le viene grande, como si su cuerpo se hubiera consumido desde la última vez que se la pusiera.

La inquietud de los tres, agazapados en el polvo del camino,  parece convertirse  de repente en algo visible, pues el zombi hace un brusco movimiento y se encamina hacia ellos.

- ¡Mierda!- exclama Carlos –  ¡Viene!
Montse se incorpora y coge el bate de la mochila de Juan Miguel.
- Escuchad,  no os apresuréis, dejad que llegue hasta aquí. Lo último que debemos hacer es llamar la atención de los que han pasado.
Es evidente que el zombi  tiene rota la tibia en su parte más baja, pero a pesar de su cojera, llega deprisa y  desde sus profundas cuencas mantiene los ojos fijos en ellos.

- Vale, Montse, - dice Juan Miguel – vamos a intentar que caiga al suelo. Cuando yo te diga golpéale con fuerza en la pierna buena.
El gorgoteo de su garganta se intensifica al oírles hablar y el podrido levanta los brazos.
- ¡Ahora!
Montse lo golpea con el bate por debajo de la rodilla, pero no consigue derribarlo y se retira unos pasos. Carlos, que se ha situado detrás del muerto, le empuja y lo hace caer como un tronco talado. En ese momento Juan Miguel le atraviesa el cráneo.

En un movimiento reflejo, miran los tres hacia el lugar por donde se marcharon los zombis. Apenas  han hecho ruido, pero se están acostumbrando a estar siempre en guardia.
Unos segundos después, Juan Miguel considera que ha pasado el peligro y propone continuar.
Para llegar a la aldea han de seguir el camino que tomaron los muertos, pero hacen tiempo para que se alejen.

- ¿Estáis listos? - pregunta Juan Miguel sonriéndoles.
Carlos y Montse, que aún no han conseguido librarse de la tensión, asienten con la cabeza.
- Somos un buen equipo – les dice.
Y comienzan a caminar.

….....................................................

Anasister y A.B. vigilan ambos lados de la calle, cada una apoyada en un extremo del coche.
El silencio del lugar resulta inquietante, y en esa calma cualquier sonido, por leve que sea, resulta  sobrecogedor.

Roquito sale de la ferretería con un cortafríos y un par de hachas de largos mangos.

- Estáis haciendo demasiado ruido ahí dentro – protesta A.B.- ¿no podéis ser más silenciosos?
- ¡Mira qué maravilla! – dice Roquito sin contestar- De aquí nos vamos a llevar cosas que nos vendrán de puta madre. Hasta  linternas, ¡y pilas!
Fran sale con un par de  picos en una mano. En la otra lleva una horca de mango de madera y cuatro largas puntas de metal.
- ¿Qué os parece esto? - dice blandiendo en el aire la horca
- ¿Qué estás comiendo? - le pregunta Anasister.
- Galletas
- ¿Habéis encontrado galletas? - exclama A.B.
- Sí, al lado del mostrador

A.B. vacila unos segundos
- Entra, entra – le insta Roquito –, es un sitio seguro.
Fran y Roquito empiezan a colocar el botín en el maletero.
- ¿Pero por qué no habéis sacado las galletas también? - les dice Anasister
A.B. vuelve al coche con cara de contrariedad.
- ¿Qué pasa? - pregunta Anasister – Era una broma, ¿no? No hay galletas.
- Sí. Hay muchas. ¡Pero son para perro! ¡Vendían comida para perros también!
- Pues están bastante buenas – dice Fran.
- Tranquila, A.B. - le dice Roquito mientras vuelven a subir al coche- Ya tenemos lo necesario para entrar en cualquier supermercado.

El coche avanza sobre la calle de adoquines y los neumáticos hacen crujir la hojarasca acumulada, que en algunos puntos llega a ser de considerable altura. Al llegar al final de la calle, Fran detiene el coche nada más girar.

- Muy bonito me parecía para ser verdad– dice.

En aquella otra travesía hay coches abandonados en mitad del asfalto. Algunos de ellos tiene las puertas abiertas y en todos se ha acumulado el polvo hasta hacer prácticamente invisibles  sus colores.  Pueden ver un par de cuerpos tendidos en el suelo que el paso del tiempo ha acartonado. Fran piensa que tienen la apariencia de algún decorado macabro para una película de terror de bajo presupuesto.
Pueden ver a un hombre y una mujer medio devorados. La mujer tiene hojas secas enredadas en el pelo y el hombre, boca abajo, extiende su brazo derecho  hacia ella, como si se hubiera esforzado por acercarse antes de morir.
- ¡Anda,  Fran! – dice A.B. ¡Vámonos de aquí!
Es la única que dice algo.

Fran mira un instante a su hermana y le preocupa su silencio,  la poca comunicación que ha tenido con los demás desde que salieron de la aldea. Intentando animarla habla al grupo de forma positiva.

- Bueno, esto son gajes del oficio – dice mientras retrocede con el coche - No todo podía salirnos bien. Ahora vamos a hacer un recorrido por las calles por las que se pueda pasar. Os quiero a todos con los ojos bien abiertos para encontrar una farmacia y algún supermercado, ¿de acuerdo? ¡A la caza de un buen botín!

- ¡Allí, Fran! - exclama Roquito – Si antes lo dices... ¡un supermercado!
- ¡Venga, vamos a por él! - dice A.B. y empieza a aplaudir.
- ¡No! – dice de repente Anasister – No debemos perder el tiempo. Ya vendremos en otra ocasión. Ahora lo importante es encontrar una farmacia. Si de verdad queremos ayudar a Holden y a Ángeles... el tiempo es oro.
- ¡Pero Anasister! – protesta A.B. - ¡También necesitamos comer! Y llevando comida también ayudamos.
- Sí, pero no es prioritario.
- Creo que Anasister tiene razón, A.B. - dice Roquito – Si no tuviéramos nada que echarnos a la boca sería distinto, pero algo hemos traído.

A.B. quiere decir algo pero, viendo que Fran ha continuado la marcha, se limita a exhalar un hondo suspiro.

…..................................................

Ángeles ha cortado una gruesa hoja de aloe y después de eliminar su dura piel con un cuchillo, extrae el viscoso gel.  Actúa con destreza, sin pensar en lo que hace. Tiene grabada en las retinas el desconcertante momento en que vio a Holden apretándose el hierro encendido sobre la herida. La mandíbula tensa, las venas del cuello marcadas, los ojos cerrados con fuerza... Se estremece al recordar cómo la miró después, cuando encontró en sus ojos una expresión de furia como jamás antes le había visto.

Echa la pulpa transparente en un cuenco y lo lleva al salón.
- Ya está, Holden, ya lo tengo.
No lo encuentra allí, pero le parece verlo cruzar por el exterior y abre la puerta con cuidado.
- Holden, ¿qué haces aquí afuera?
- Voy a encerrarlos a todos – dice él antes de introducirse en la casa adyacente.

Ángeles recuerda a los zombis apareciendo en tropel por aquella puerta y siente un escalofrío.
Mira a derecha e izquierda antes de salir y seguir apresurada a Holden.
- ¿Puedes esperar a que te ponga esto? – le dice subiendo las escaleras.
- Te he dicho que no te molestaras.
Holden está en la planta superior, atando grandes cencerros a una cuerda.
- Esto va a aliviarte la quemadura.
- Escucha, Ángeles, no ha sido un accidente ¡He querido quemarme!  ¡Quiero que me duela!
- ¡Pero por qué! - protesta ella – ¡No lo comprendo!
- Quiero demostrarle a esta... mierda de herida, que aquí mando yo.
- Pero si no te pones aloe el dolor no te dejará dormir, y necesitas descansar.

Holden continúa inspeccionándolo todo. Levanta el tonel volcado, entra en la gran estancia vacía, hace cálculos de la capacidad de aquel lugar, murmura algo, vuelve a salir...
- ¿Puedo... - empieza a decir Ángeles.
- ¡No, no puedes! - grita él
Iba a preguntarte si puedo serte de ayuda en algo, pero veo que estás demasiado irascible. Me vuelvo a casa.

Deja el cuenco en el suelo y se marcha.

…............................................

Carlos avanza con cautela unos pasos por delante de sus compañeros. No consigue ver nada que le haga reconocer el camino que recorrió el día anterior, pero está seguro de que llegó a la aldea por allí.

Hay una densa alameda que flanquea el lado derecho. La humedad de la zona, con un río a pocos metros, ha propiciado una vegetación enmarañada a ras del suelo, que en muchos puntos se apelmaza formando muros o se abraza a los troncos como verdes telarañas. Los tres caminan prestando atención a ese bosque en el que el ruido de pájaros y otros animales les sobresalta constantemente.

- ¡Por fin! - dice Carlos – Ahí está la primera casa. Hemos llegado.
- Sigamos atentos – advierte Juan Miguel – No hemos visto a esos zombis que nos precedían. Podrían estar por aquí.

Carlos les hace un gesto para que continúen andando y les guía al otro extremo del caserío, donde está la vivienda en la que encontró gente.

Holden escucha unas voces en el exterior. Se asoma por la ventana del primer piso y ve llegar al mismo tipo que apareció la tarde anterior. Le acompañan una mujer que viste con ropa colorida y un joven con una mochila a la espalda. Ambos están alerta, mirando hacia todas partes.

- ¡Un huerto! - escucha decir a Montse- ¡Llevo mucho tiempo con ganas de volver a cultivar un huerto!

Desde su posición, Holden ve cómo Carlos golpea con los nudillos en la puerta de su casa. Le fastidia saber de antemano que Ángeles dará la bienvenida a aquella gente. De haber estado solo, no los habría recibido. Habría dejado que pasaran de largo
Le duele mucho la pierna y en oleadas le invade un odio repentino hacia todo. Desea estar solo, sin tener que dar explicaciones a nadie.
Sin embargo, vuelve a recorrer con la mirada aquella amplia estancia vacía, y al ver el cuenco que Ángeles ha dejado en el suelo, la añora de inmediato.

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Fran ha detenido el coche en la esquina de una avenida atestada de vehículos. Los cuatro observan con atención la fachada de una farmacia a la que no es  posible acercarse más.
Tanto la puerta como el escaparate están herméticamente cerrados por macizas persianas metálicas.
Se pueden ver algunos cuerpos deambulando a lo largo de la calle. No van en grupo, como suele ser habitual, sino que están esparcidos por ambas aceras y por la calzada, caminando muy lentamente con los brazos caídos.

- Doce, cuento a simple vista – dice Fran
- Yo he contado quince – apunta A.B.
- Ninguno cerca,  ¿bajamos? - propone Roquito
- Un momento, habrá que planificarnos primero, ¿no? – opina Anasister.
- Es fácil – dice Roquito – Me puedo acercar con un pico y reventar la cerradura del suelo.
- No, espera – responde Fran – No creo que sea tan sencillo. Probablemente no la rompas a la primera. Necesitarías muchos más golpes, y... no, descartado. Además tiene toda la pinta de ser una persiana mecánica, de las que no se levantan a mano.
- ¿Entonces? – pregunta  Roquito
Fran sigue observando la escena.
- Se me ocurre... – empieza a decir al cabo de unos segundos – Mirad la tienda de al lado... la de la esquina.  No está cerrada,
- ¿Entrar a la farmacia a través de ella? - dice Roquito – Pero para romper un muro haremos mucho ruido también. Y durante más tiempo.
- Sí,  pero ya no estaremos en plena calle.
- ¿Y no se acercarán igualmente cuando empecemos a dar golpes? – dice Anasister.
- Sí, claro, se agolparán en la puerta, pero...
- Yo me puedo quedar aquí – propone A.B. - Cuando me hagáis una señal los alejo de la entrada con el claxon.
- Eso es – exclama Fran – Arrancas el coche, te los llevas lejos y después vuelves a por nosotros.
- Bien, ¿cuál será la señal?
- Allí se entrevé un maniquí. Cuando lo pongamos asomado en el cristal es que estamos listos para salir.

Fran, Roquito y Anasister descienden  intentando pasar desapercibidos. Roquito saca  los picos del maletero y lo deja abierto. Fran les hace un gesto para que se oculten detrás del coche más próximo. Hasta la entrada del local de la esquina no hay más de veinte metros.
Anasister ha cogido una de las hachas. Se le ha secado la boca ante la idea de utilizarla contra alguno de aquellos apestados.
En una rápida y silenciosa carrera se acercan a la puerta de cristal de lo que debió de ser una lujosa tienda de trajes de novia. Fran se percata entonces de que uno de los escaparates tiene el cristal roto en una esquina, con una abertura del tamaño de un balón de futbol.
Roquito empuja una de las láminas y la puerta se abre sin  resistencia.

- No me gusta esto – susurra Fran – ¡Antes que nada hay que impedir que se abra tan fácilmente! Ayudadme – dice señalando el mostrador de madera, que está volcado en el suelo.

Entre los tres logran colocarlo contra la puerta, impidiendo así que se abra.
Anasister recoge telas esparcidas por el suelo y tapa con ellas el agujero del escaparate.


Cuando miran más detenidamente a su alrededor, quedan sobrecogidos.
El local es un caos por el que es muy complicado caminar. Está totalmente destrozado, con muebles y lámparas volcados, así como papeles, y  telas acartonadas cubriendo todo el suelo.
El sol está descendiendo, y la luz, tamizada por las grandes manchas de pintura de los ventanales,  acentúa  el aspecto fantasmagórico de aquel antro.

Lo más inquietante son los maniquíes.
La mayoría están volcados y desprovistos de ropa, pero algunos continúan de pie, como personas petrificadas, luciendo blancas galas cubiertas de polvo.  Una de aquellas mujeres de plástico con peluca rojiza y una boca entreabierta les mira directamente.  Con un dedo señala hacia la puerta.

Roquito se aproxima al fondo, y entra en  un pequeño despacho ennegrecido.

- Aquí hubo un incendio – les dice.

Parte del techo se ha desprendido y hay ladrillos y escayola formando una montaña de escombros. Hay charcos en el suelo y manchas de humedad por las paredes.

- Creo que este es buen sitio para pasar al otro lado– dice Fran al verlo.

Desde el coche, A.B. oye con claridad  cómo los picos empiezan a golpear allá adentro.

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Acomodaos donde podáis – les dice Holden sin entusiasmo –  Si necesitáis algo...
Y vuelve a salir al exterior sin  dar más explicaciones.

El cielo se ha encapotado y todos sienten la humedad en el ambiente. Con el descenso de la luz exterior, el salón se ha oscurecido y parece que los ánimos han decaído también.

Ángeles aviva el fuego de la chimenea con aire ausente.

Carlos y Juan Miguel se miran, y éste le dedica una  leve sonrisa  de complicidad.  Carlos vuelve a ensimismarse.  Una vez conseguido su propósito de poner a salvo a su compañera, su actitud se ha vuelto taciturna.  Montse también está callada, acordándose igualmente de  Ana Bohemia,  y observa con ojos brillantes cómo bailan las llamas entre los troncos.

- Tengo que pediros disculpas – dice Ángeles en mitad de aquel nuevo silencio.
Montse vuelve la cabeza y la mira con atención.
- No os hemos recibido con demasiado entusiasmo – les dice -  Pero no es por vosotros, es que... nos habéis pillado en un momento complicado.  El resto del grupo salió y... en fin, estamos muy preocupados.
- No te preocupes, - responde Montse- es más que comprensible. Ninguno estamos en un buen momento, precisamente.
- Pero quería que lo supierais. Sentíos bienvenidos.
Montse asiente con una sonrisa.
- ¿Sabéis qué? - dice Juan Miguel-  Siento buenas vibraciones. Llevamos mucho tiempo dando tumbos, pasándolas canutas,  sin saber qué hacer ni a dónde ir. Pero... ahora mismo... con techo, con algo para comer, en compañía...  ¿no creéis que entre todos podemos conseguir que empiece a irnos mejor
- Vaya – le contesta Ángeles tras un suspiro -  Optimismo no te falta.  Sí, creo que nada ayuda más que una actitud positiva. Y tú pareces tenerla, sin duda.
- Sí, ahora sí – les dice, y mira hacia las llamas - pero también tuve algunos momentos...  Supongo que también os habrá pasado. No veía... futuro. No veía nada por lo que seguir luchando... Llegué a pensar en lo peor.

La leña  deja escapar un sonoro chasquido.

- Muy bien– dice Montse poniéndose en pie – Basta de pensamientos tristes. Ángeles, como ama del lugar, danos instrucciones para colaborar, que no hemos venido a ser un estorbo.

En ese momento vuelve a entrar Holden, que ha escuchado las últimas palabras de Montse.  Se queda mirando a todos con el ceño fruncido y tras pasarse varias veces la mano por la barba exclama:
- Hay que encerrar a todos esos jodidos muertos que campan por el río. ¿Quién me acompaña?

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Como era de esperar, los golpes en la pared de la tienda empiezan a excitar a los muertos de la calle. A.B. comprueba angustiada cómo se van agrupando y acercando hacia el lugar de donde provienen. La extrema quietud que mostraban aquellos cuerpos, se ha transformado en una convulsión generalizada, y los ve llegar por las aceras y a través de los vehículos con muecas crispadas, con las fauces abiertas, emitiendo ese jadeo que siempre le acelera el pulso.

"Ay, Dios, terminad pronto, terminad pronto..."

En el interior del local, el boquete de la pared  es lo suficientemente grande como para que quepa una cabeza. Fran deja de picar y hace una señal a Roquito para que se detenga.

- Me da miedo preguntaros algo – les dice - ¿Hemos cogido alguna linterna?
- ¡Yo no! – dice Anasister
- ¡Mierda! - exclama Roquito
Una absoluta oscuridad  asoma desde el otro lado.

Escuchan entonces un inquietante rumor que proviene del exterior y Anasister se asoma con cuidado por la puerta del despacho. Antes de mirar siquiera, ya sabe que hay una multitud de zombis tras los escaparates, pues sus sombras se proyectan en el suelo como un hervidero de espíritus.

- Bueno, nada que no estuviera previsto- dice Fran intuyéndolo– Lo mejor es actuar con rapidez. Hay que intentarlo. Entramos y ya veremos si nos acostumbramos a la oscuridad.

Mientras siguen agrandando la abertura, Anasister pasa a la tienda y se oculta tras una columna.  A pesar del macabro espectáculo, se siente más tranquila vigilando la situación.
Al murmullo de pies arrastrando en la calle y el agónico estertor que surge de las gargantas de los caminantes, se suman otros ruidos que parecen provenir del piso superior.

De repente la luz del sol inunda con fuerza toda la estancia, intensificando la marea de sombras en el suelo. Un potente brillo ilumina una pared y Anasister descubre que es el reflejo de un espejo de cuerpo entero que hay  junto a una columna.
Se le ocurre una idea pero le parece muy arriesgado dejarse ver por la muchedumbre del exterior.
Fran y Roquito dejan de picar.

"¿Anasister?",  oye decir.
Vuelve  al pequeño despacho para descubrir que ya pueden entrar a la farmacia.
- Escuchad, - les dice - ahí afuera hay un espejo grande, creo que si lo volcáramos delante de esta puerta, buscando el ángulo adecuado, los rayos del sol entrarían por este hueco.

Con movimientos sigilosos, Roquito sale en busca del espejo. Comprueba que los muertos se agolpan en la puerta pero no parecen saber que hay vivos allí adentro. Solo se han dejado llevar por el ruido.
La intuición de Anasister da resultado: la luz de la tarde rebota en la lámina de cristal, entra por el despacho y atraviesa el oscuro agujero de la pared.
Entra primero Fran, después Anasister. Cuando Roquito inclina el cuerpo para acceder, oye un murmullo por encima de su cabeza.
El incremento de luz permite ver ahora claramente parte del piso superior a través del desprendimiento del techo.

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- ¡Qué dices! - exclama Ángeles. La propuesta de Holden la ha alarmado. Todos se han puesto en pie, alerta a un peligro incierto- ¿¿Cómo que encerrar a...??
- Sí, encerrarlos- insiste él – Ya lo hice una vez y se puede volver a hacer.
- Pero no es el mejor momento – le rebate – No estás...
- No estoy qué – contesta de inmediato.
- ¡Quedan solo un par de horas de luz!
- ¡Es más que suficiente!
- Pero quieres decir... ¿encerrarlos en esta casa de al lado otra vez? Son... muchos, ¡demasiados!
- Es lo bastante grande para que entren todos.
Carlos y Montse permanecen atentos a lo que les parece una idea de locos, pero es Juan Miguel el que decide intervenir.
- ¿Cuál es tu intención, Holden?
- Ya lo he dicho. Encerrarlos. Así de simple. Esos podridos son como borregos, es fácil dirigirlos en manada. Sólo hay que hacer ruido.
- Pero que se metan en una casa en concreto... ¿cómo harías eso?
- Con cencerros. El sonido de los cencerros los pone furiosos. Entrarán, seguro, uno tras otro. Lo tengo todo preparado.
Ángeles se acerca a Holden pensando en la forma de disuadirlo. Lo toma de una mano y se asusta al descubrir que de nuevo desprende mucho calor.
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El resplandor que entra por el agujero y el hecho de que la farmacia tenga grandes  muebles blancos les ayuda a acomodar  la vista en aquella  penumbra.
Anasister vacía en el suelo uno de los muchos cajones metálicos y lo coloca sobre el mostrador.

- Venga, llenaremos esto de cosas útiles, ¿vale? Buscad gasas, alcohol, agua oxigenada, analgésicos...
- Aquí hay tijeras – dice Fran
- Sí, también. Y esto son... antibióticos. Sí, perfecto.
Actúan con celeridad, como si tuvieran un tiempo determinado para estar allí dentro y alguien hubiera activado un cronómetro.
Entran y salen de la trastienda, chocando a veces entre ellos, echando todo tipo de medicamentos y utensilios  en el cajón.
- ¿Qué haces? - dice Fran mirando a Roquito, que se ha puesto a toser.
- Joder, leche en polvo – les dice – No me he podido contener. ¡Y hay potitos también! ¿Nos llevamos algún bote?
- Ay, estoy muy nerviosa – exclama Ana – Necesito encontrar lo más importante. Ese jarabe...
Un estruendo los sobresalta.
- ¿Qué ha sido eso? – exclama Anasister - ¿Han entrado?
- No, no es posible – responde Fran con voz trémula– Habríamos escuchado ruido de cristales.

Salen de la trastienda  hasta el mostrador y descubren que por el haz luminoso que atraviesa el agujero de la pared flota una nube de polvo.
- ¡Se ha hundido el techo! – deduce Roquito– ¡Se ha terminado de desplomar!
Pueden ver entonces cómo una sombra alargada  se proyecta en la pared iluminada, y su movimiento enciende y apaga  el brillante polvo suspendido.
- Mierda, mierda, mierda – susurra Roquito buscando su barra de acero – Me temo que no solo ha caído el techo, también algún putozombi.
Quedan unos segundos en absoluto silencio, intuyendo que algún cuerpo va a asomar por el hueco y entrará en la farmacia. Pero nada ocurre.
- Vamos a terminar aquí – dice Fran – ¡Y rápido!
Anasister busca angustiada todos los frascos de jarabe. Apenas se detiene a mirar sus nombres. Además de faltarle luz, el miedo la ha ofuscado.
- Da igual, – dice- nos llevamos una caja de todos los que hay.

Cuando están listos para salir, Fran coge el cajón mientras Roquito se acerca sigilosamente al agujero y examina el otro lado desde una distancia prudencial.
Les hace una señal para que avancen.
- Tiene que haber alguno a la fuerza, - susurra - pero no lo veo.
Fran se acerca y pasa el abarrotado cajón al otro lado. Después extrae el hacha que tiene enganchada en el cinturón y atraviesa el agujero.
Levanta la palma de la mano para que esperen, y avanzando muy despacio se asoma al local.
Roquito y Anasister ven cómo Fran les indica con un dedo que puede ver un  zombi.
- Venga – dice Roquito a Anasister - Cuanto antes, mejor.
Pasa al otro lado y la ayuda a salir.

En el exterior, a A.B. le parece que ha pasado una eternidad desde que se quedó sola. Hace mucho que dejaron de oírse los golpes en la pared, pero la horda de caminantes ha quedado amontonada en la entrada de la tienda, sonando como un enjambre.
Su mirada sigue fija en aquel maniquí, deseando que cualquiera de sus amigos lo acerque al ventanal.
Por fin vislumbra un movimiento y se incorpora.
“Gracias a Dios – musita- ¡Ya están ahí!”
Sin embargo no es el maniquí lo que se acerca al ventanal, es uno de aquellos seres tambaleantes, caminando sin rumbo por la tienda.
- No, no, no, - musita petrificada- ¿pero dónde os habéis metido? ¿¿Qué hace eso ahí dentro??

Aterrada por la incertidumbre, A.B. gira la llave en el contacto y hace sonar el claxon. Arranca el coche y sin dejar de pitar maniobra para encarar el vehículo en otra dirección, preparada para llevarse de allí aquella tropa de muertos.

- ¡Vamos, malditos asquerosos! – grita con lágrimas en los ojos- ¡¡SEGUIDME!!

El sonido del claxon llega con fuerza al interior de la tienda, rebotando en las paredes, y Fran y Roquito cruzan miradas de sorpresa.
Una serie de gemidos llega por el hueco del techo y  sin darles tiempo a reaccionar, ven caer un cuerpo sobre el montón de escombros. Inmediatamente cae otro, y siguen cayendo en una lluvia de hombres y mujeres  semidescompuestos.  Roquito es el primero en reaccionar y hunde el extremo de su barra en una de las cabezas. Otro podrido le cae sobre los brazos. El impacto le hace perder su barra de acero

- ¡Hay que salir de aquí! – grita Fran
Anasister se abalanza hacia el botín de medicamentos, pero Fran la sujeta de una muñeca y la obliga a salir a la zona diáfana.  Se topan de cara con el muerto que deambulaba por la tienda.
Consiguen esquivarlo y escapar hacia la puerta.
- ¡Roquito! – grita Anasister – Tenemos que mover el mostrador… ¡¡Roquito!!
Pero Roquito no ha salido todavía
- ¡Joder! – exclama Fran al ver que el zombi se les acerca – Espera aquí.
Fran se acerca al jadeante y le hunde el hacha en la frente, por donde escapa un chorro de sangre oscura. El zombi cae a sus pies.
Desde el despacho se oyen fuertes golpes. Fran vuelve, se asoma y ve a Roquito abalanzarse sobre el cúmulo de cuerpos con un bloque de cemento.
Tiene la cara y las manos llenas de sangre, pero aquel montículo de carne putrefacta sigue pugnando por levantarse.
- ¡Vamos, Roquito, – le grita Fran – los de la calle se alejan, tenemos que salir!
- ¡Claro! – brama con ira – ¡Pero no sin  la caja! ¡Sacadla de aquí!

Cuando A.B. logra apartar varios metros a toda aquella turba de la entrada, da un volantazo para regresar. La zona no está totalmente despejada, aún rondan dos caminantes por allí.
La sobresalta el estruendo de cristales rotos que se produce justo en el momento en que decide descender del coche.
Por el escaparate salen Fran y Anasister portando una  caja. El alivio al verles le nubla la vista con lágrimas de alegría.
- ¿¿Y Roquito?? – pregunta mientras corre hacia ellos.
- Maldita sea – dice Fran-  ¿por qué no sale?
A.B. le saca el hacha del cinturón y se encamina a la tienda.
- Dile que salir! - Gritos - se adhieren a ella, AB!
- ¡Ten cuidado! – le advierte Anasister – ¡Hay algunos dentro!

En el mismo instante en que Roquito escucha cómo sus compañeros destrozan el escaparate para salir, deja de golpear la maraña de cuerpos amontonados.
Todavía se mueven algunos brazos y un par de cabezas se giran hacia él mostrando sus bocas ulceradas, pero sabe que es el momento de salir de allí.
Pero la lucha lo ha agotado. Su cuerpo no le responde. Intenta moverse pero cae de rodillas al suelo.

“¡¡ROQUITO!!”, oye gritar, y reconoce la voz de A.B.
"Sí,  dice con un hilo de voz, estoy aquí"
“ROQUITO, ¿DÓNDE ESTÁS?”

Poniendo todo su empeño, Roquito  empieza a levantarse.
A.B. aparece en el marco de la puerta y al verle  ensangrentado se estremece.
- Dios mio, ¿estás bien? ¡Roquito!
- Sí – dice él sonriendo para calmarla -  Solo necesito un respiro.
Ella descubre que tiene un golpe en la cabeza y que parece a punto de desmayarse.
- Venga, apóyate en mí – y le pasa un brazo por su cuello para sacarlo de allí.

Dos de los muertos, con las caras machacadas por los golpes recibidos, consiguen levantarse y se mueven hacia ellos. A.B. camina con dificultad sosteniendo a Roquito. Tiene la vista fija en el escaparate roto, anhelando salir al exterior. Roquito vuelve la cabeza.

- Están ahí, A.B. – le dice – ¡Los tenemos detrás!
Ella aprieta el paso pero el peso de Roquito le hace perder el equilibrio y caen los dos.
A.B. se levanta con el rostro enrojecido y se encara con los perseguidores.

Con un fuerte hachazo hace crujir un brazo del primer zombi, pero no logra detenerlo. El otro se pone a su altura y abriendo desmesuradamente la boca se abalanza hacia A.B. Ella lo empuja con fuerza hacia atrás y los pies del zombi se enredan en una lámpara de cristales y cae al suelo.
Roquito se levanta.
- ¡En la cabeza, A.B.! – le dice  con la cara pálida – ¡Dales en la cabeza como tú sabes!
Inesperadamente, el zombi que permanece en pie se lanza  sobre Roquito, haciéndole caer de nuevo. En el mismo instante en que la boca se cierne sobre su cuello, A.B. le abre la cabeza en dos.

A.B. ignora al cuerpo que queda en el suelo enredado en la lámpara de araña y vuelve a intentar incorporar a Roquito. 
Siente entonces unas manos como garras de hielo que la aferran y una lacerante  punzada que le atraviesa una pierna. Después una dentellada que la hace caer al suelo. A.B. está tan conmocionada  que no es  capaz de emitir un solo sonido, consciente de que aquel maldito zombi  la ha atrapado irremediablemente.

Fran entra apresurado en la tienda en el instante en que Roquito emite un grito de rabia.
Puede ver cómo ese zombi hambriento que A.B  tiene a sus espaldas sube hasta su cuello  y lo desgarra de un mordisco.

Los ojos de A.B. están abiertos y sus pupilas se mueven mirando a Roquito. Su expresión se suaviza, al ver entrar  a Fran, como si de repente  se sintiera aliviada al saber que ambos saldrán de allí.
Ninguno de los dos aparta la vista mientras el zombi le muerde.
Ella tampoco deja de mirarlos hasta que cae al suelo.