Esta pretende ser la historia de quince supervivientes en un mundo devastado y plagado de zombis. Los protagonistas son familiares y amigos míos que habrán de interactuar para llegar hasta el último capítulo. Pero, irremediablemente, algunos de ellos se habrán de quedar en el camino.
(Esta es una sinopsis patrocinada por Doxma)

26 dic. 2016

18. AL LÍMITE

En la aldea

Apenas tengo fuerzas para sostener el bolígrafo, pero no quiero dejar de escribir. Este diario es el único medio por el que puedo aliviar la tensión y la ansiedad que me acosan cada día.
Antes escribía por costumbre, porque siempre he tenido el hábito de anotar todo lo que me ocurría y todo lo que pensaba y sentía. Cuando llegamos a esta aldea seguí con mi costumbre. Escribir me hacía sentir que seguía habiendo algo de normalidad en mi vida, en el mundo, pero mi verdadero apoyo era Holden. Podía hablar con él, compartíamos todo lo que ocurría y me sentía protegida. No tenía miedo, a pesar de todo, estando en su compañía.

Pero ahora ya no es así. Desde que aquel niño infectado le causó la herida de la pierna las cosas no han dejado de empeorar. Y ya no puedo contar con él. No sé cómo va a reaccionar cada vez que me dirijo a él, cada vez que intento acercarme. Su agresividad va en aumento y empiezo a temer que se convierta en un peligro, no ya para mí, sino para sí mismo. Siempre ha sido valiente, pero ahora se ha vuelto temerario. Parece que confía en sí mismo en exceso, o que no ve el verdadero peligro que nos rodea. El peligro que conlleva el sólo hecho de vivir en este mundo.

Y por desgracia, no nos faltan motivos para confirmar lo que acabo de decir. Ayer regresaron Fran, Anasister y Roquito. Cuando los vi llegar, con un cajón de medicinas pero completamente derrotados, me eché a llorar. Supe, antes de que me dijeran nada, que habíamos perdido a AB. Y tan doloroso me resultó saber de su muerte como ver a sus amigos nuevamente abatidos por el dolor. Después de la muerte de Pepi, ahora han de soportar la de AB. No sé cómo pueden sobrellevarlo.
Me contaron cómo ocurrió, y fue conmovedor ver cómo hablaban de ella, de su valor y su entereza; y cómo recordaron su buen humor y su actitud siempre colaboradora.
Se me partía el corazón al ver el sufrimiento de Roquito, multiplicado por su sentimiento de culpa, que comprendo perfectamente.
Pero pueden tener el consuelo de que AB no ha muerto sin más. Porque creo que en este mundo absurdo lo único que tiene sentido es la superviviencia de aquellos a quienes queremos, y morir a su lado, defendiéndolos, es la única manera sensata de morir.
Por desgracia, esa muerte, por más digna que pueda ser, no es el fin de quienes mueren a manos de esos seres abyectos. Así que a Fran, Roquito y Anasister aún les quedaba el trance de evitar que AB se transformara.
Según me contó Fran, tomaron una decisión inmediata y arriesgada: extrajeron gasolina de los coches que había en la calle, y prepararon un pequeño bidón con una mecha de trapo. Le prendieron fuego y lo lanzaron al interior de la farmacia.

Entre lágrimas, y a pesar de todo, Anasister tuvo aún la bondad de disculparse por no haber encontrado el medicamento que podría haber ayudado a Holden. Entonces me sentí culpable yo también, pues por ayudarnos a Holden y a mí, habían corrido muchos riesgos y perdido a su amiga.
Sólo pude darles las gracias, desde lo más profundo de mi corazón, por haberlo intentado, pero sentí que Roquito me miraba con rencor. Y no puedo reprochárselo.

Por último, quiero anotar también que ayer llegó  a la casa otro pequeño grupo. Se trata de Carlos, que ya estuvo aquí, y sus dos compañeros, Montse y Juan Miguel. Parecen personas responsables y serviciales, pero creo que se llevaron una mala impresión de Holden. Les expliqué que él no es así, que está cambiado…
Parece que no quiere a nadie en la casa, que todo el mundo le estorba. Yo echo de menos la tranquilidad que teníamos él y yo al principio, pero ahora sé que es mejor que seamos más. Estamos más protegidos en grupo, entre todos somos más fuertes, más capaces.
Ojalá Holden también comprenda esto, pero no sé si puede.

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La primavera avanza imperturbable, ajena al sufrimiento de los hombres. Con ella resurgen, como preludio de su presencia, el color limpio del cielo, nuevas flores entre la hierba y multitud de mariposas zigzagueando en los campos.
Nada ha variado, pero apenas quedan seres humanos para apreciar esa belleza.

Los amaneceres son fríos todavía, y en los altos juncos de la vaguada del río se acumula la niebla, que lentamente se desvanece al avanzar el día.
Cuerpos corruptos atraviesan la lechosa bruma. Los mismos seres que en su día sonreían al contemplar el paisaje y llenaban sus pulmones de aire puro, son hoy  carne sin vida, cuerpos llagados, órganos secos que no necesitan oxígeno, materia inerte que camina sin rumbo, hundiendo los pies en el barro.

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Una vez más, Nerine ha pasado gran parte de la noche soñando.

Tardó mucho en dormirse. Se había arropado con una manta y, sentada sobre la cama y mirando fijamente la llama de una vela, estuvo hablando mentalmente consigo misma durante horas. Sus pensamientos iban dirigidos a Dios, y también a Thomas, y sentía que realmente la escuchaban.

Cuando el cansancio empezó a relajar su cuerpo, volvió a recordar el momento de su promesa a Dios.

“Mi fe flaquea, Señor, y ya no sé qué hacer. Si tu voluntad es que vuelva a ver a Thomas, muéstrame una señal de que sigue vivo, y prometo no desesperar más y seguir buscándolo, si esa es tu voluntad”

Recordó cómo aquella noche vio a Thomas en sueños. Él estaba a su lado, enfermo, y  ella lo cuidaba con devoción. En el sueño él tenía los ojos cerrados y le  pedía el jarabe con voz débil. Cada vez que ella se lo daba, una luz azulada atravesaba sus párpados y ella apreciaba su mejoría.
“Esto es mi salvación”, susurraba él con una débil sonrisa. “Gracias a  tus cuidados me recuperaré. Ya lo verás.”

Con la mirada perdida en el resplandor de la llama, volvió a pensar en  aquello tan extraordinario que sucedió a la mañana siguiente.
Después de varias semanas sin encontrase con nadie, vio llegar a un hombre a la gasolinera. Ambos permanecieron unos segundos mirándose, sorprendidos.

El hombre estaba preocupado y le dijo  algo sobre unas personas a las que había dejado atrás, a algunos kilómetros de allí.  Pero Nerine no conseguía recordar nada  porque había dejado de escucharlo cuando él le dijo su nombre.
Se llamaba Tomás.

Aquel nombre, pronunciado en voz alta, le pareció la inequívoca señal que esperaba de Dios. Aquel hombre no era Thomas, su Thomas, pero si había llegado hasta allí surgiendo desde la nada, era sin duda por alguna razón. Y la razón no podía ser otra que la recompensa a su fe.
El hombre siguió hablando y ella vio en sus ojos, en sus gestos, algunas semejanzas con su marido y poco a poco empezó a sentir que su corazón se llenaba de júbilo. 
“Esta puede ser, pensó, tu promesa de no abandonarme nunca. No te reconozco, pero eres tú. ¡Sé que eres tú, Thomas!”

Ella le sonreía conteniendo las lágrimas. Asentía a todo lo que él le pedía. Al parecer buscaba comida. Estaba  hambriento, era evidente, así que le hizo pasar a la tienda y le señaló la trampilla abierta en el suelo.

Le hubiera gustado que él la reconociera pero no lo consiguió, a pesar de sus intentos.

- ¿De verdad no me reconoces, darling?
Nerine se agitó incómoda al recordar cómo tuvo que retenerlo a la fuerza, golpeándolo en la cabeza.

“Oh, Dios, murmuró compungida, no lo hice bien, ahora sé que no lo hice bien. Te había prometido que me sometería a tu voluntad, pero es que... cuando vi que su intención era marcharse otra vez... ¡Necesitaba tanto de él! ¡Tenía tanto miedo a quedarme sola de nuevo!”

Finalmente se durmió y sus sueños fueron opresivos y confusos. Reaparecían aquellos dos hombres y la chica joven que comía cerezas. Entraban en el sótano. La llamaban mentirosa, se burlaban de ella y se llevaban su coche y el jarabe. Después veía el frasco en la carretera, bajo la lluvia, pero no conseguía llegar a él. Escuchaba a Thomas a su lado, nuevamente enfermo, pidiéndole que lo recuperara, pues solo con aquella medicina milagrosa él lograría sanar.

“Lo he perdido, Thomas, –decía ella llorando- ya no nos queda nada de ese jarabe”
“¡No es cierto! - le  respondía enérgico- ¡Se te cayó en algún lugar! ¡Tienes que salir a buscarlo!

De repente volvía a estar en la ciudad, con María José.
“¿Sabes, Nerine?- le decía ella con una extraña sonrisa- Ya no es necesario que busques a tu marido. Hace tiempo que murió.
Nerine intentaba abofetearla pero María José se esfumaba al cerrar los ojos.

Nerine despierta de golpe con la respiración agitada. La llama de la vela, a punto de consumirse, vuelve a ser la conexión con la realidad.
Aparta la manta y sale de la cama.

Coge la Biblia y la aprieta en su pecho. Después la abre al azar y lee en voz alta.

“Y así,  habiendo esperado con paciencia,  alcanzó la promesa. Hebreos 6:15”

Sin soltar la pequeña  Biblia, apaga de un soplido la vela y sube las escaleras.
En su cabeza no hay más que una idea: encontrar el jarabe que perdió.

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Desde la ventana de su habitación, Holden mira la estancia vacía de la casa de enfrente. Observa cómo la brisa hace oscilar el racimo de cencerros que cuelgan del techo. En ocasiones la corriente consigue que algún badajo roce una vaina de latón y el inconfundible sonido le trae recuerdos de su niñez, imágenes de tardes de pesca junto a su abuelo, o ayudando a su madre a llevar los huevos del corral a la cocina.
Una larga cuerda recorre el espacio que dista entre aquellos viejos cencerros y las manos de Holden.

Cree recordar que fue en la anterior primavera cuando consiguió encerrar a los infectados que deambulaban por la aldea. No ha pasado ni siquiera un año pero  le parece toda una vida.
Había llegado con el propósito de echar un vistazo antes de seguir camino en busca de Ángeles. La idea de retirarse a aquel lugar se grabó en su mente cuando todo a su alrededor comenzó a derrumbarse, cuando fue consciente de que el mundo que había conocido había desaparecido. Para Holden solamente aquella aldea,  que tantos momentos de felicidad le había proporcionado en el pasado, podía salvarlo del horror y la desesperación del nuevo mundo.

Descubrió que para recuperar  la tranquilidad del caserío bastaría el sonido de un cencerro. Y con ese ruido atrajo a los infectados hacia la casa vacía. 
Los cuerpos muertos se agolparon en masa contra la puerta y Holden, sin dejar de emitir ese sonido que tanto les excitaba, percibía su furia al otro lado del portón. 
Cuando calculó que el grupo completo estaba congregado delante de la casa, descorrió el cerrojo y subió las escaleras a grandes zancadas.
La puerta se abrió de golpe.

En el piso superior había preparado con antelación la trampa definitiva. Tres cencerros colgaban del alto techo en la cámara del fondo, y entre ellos había atado a una gallina viva.  La gallina se agitó al ver aquella turba en movimiento y en su batir de alas hizo sonar con fuerza los cencerros. Holden aguardaba detrás de una de las puertas.. Miraba a través de un pequeño agujero, intentando controlar la respiración. Cuando se aseguró de que todos habían entrado, empujó la puerta y la atrancó con un tablón.

Antes de marcharse, tomó otra precaución.
Después de varios viajes portando cubos de agua del pozo, llenó el tonel grande que colocó delante de la puerta, haciéndola infranqueable.
Aquellos depredadores no saldrían jamás de allí.
La aldea era de nuevo un lugar seguro.

Holden vuelve de su abstracción al oír la voz de Juan Miguel en el piso inferior.

“¡Malditos todos! ”, susurra apretando la cuerda entre sus manos. “¡Llegaron y todo se jodió!”
Al poco entra Ángeles en la habitación. Trae un par de frascos en las manos. Se queda quieta mirándolo.

- Ya sé a lo que vienes – dice Holden sin dejar de mirar por la ventana- No voy a tomarme nada de eso.
Ángeles sigue quieta, intentando encontrar la forma de no alterarlo y llevarlo a su terreno.
- Pues deberías tomarlo. Por dos razones.
Holden no contesta.
- La primera es que estoy muy asustada. Tenemos que intentarlo, Holden. No puedo quedarme cruzada de brazos. Nada te cuesta si...
- ¿Y la otra razón? - la interrumpe
- Por ellos. Se marcharon con la intención de ayudarte y...
- ¡Yo no les pedí nada!
Ángeles se acerca hasta ponerse frente a él.
- ¡Pero a ti qué te pasa! ¿Cómo puedes ser tan insensible? ¡Se han arriesgado! ¡Han perdido a su amiga!
- ¡YO NO TENGO LA CULPA DE ESO!
- Es verdad Tú no tienes la culpa. Pero lo menos que puedes hacer es agradecerles el gesto. Prueba a tomarte estos  jarabes.
- ¿PARA QUÉ? ¡MALDITA SEA! ¡ESTOY BIEN!

Juan Miguel sube y se asoma a la habitación. Ángeles le hace un gesto indicándole que vuelva abajo.
- No, entra, entra – le dice Holden- Ya puestos a invadir el pueblo y mi casa, entrad también en mi habitación.
- No es mi intención molestar – dice Juan Miguel- Yo solo quería...
- No, tranquilo, amigo - dice Holden con tono sarcástico- Te vengo escuchando desde que llegaste. Parece que eres el típico sabelotodo que se cree que sabrá controlar la situación, que quiere que sigamos sus instrucciones porque así todo saldrá muy bien. Dime una cosa, ¿quieres arreglar esto?
Juan Miguel se queda en silencio
- Vamos, contesta, ¿quieres arreglar esto?
- ¿A qué te refieres? – responde Juan Miguel – Todos queremos mejorar las cosas.
- ¡Y una mierda! - Holden se ha levantado y le reta con la mirada.
- Si todos nos organizamos... - empieza a decir Juan Miguel
Holden empieza a liarse el cabo de la cuerda en la mano.
- Espera, Holden – le dice Ángeles intuyendo sus intenciones – No es el mejor momento todavía.
Pero Holden da un fuerte tirón a la cuerda y los cencerros de la casa de enfrente retumban en  metálica tempestad.

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Nerine llega al camino en el que destaca el Ford Mustang que se detuvo por falta de combustible. Ve desde lejos cómo la puerta trasera ha quedado levantada y su primer impulso al acercarse es mirar en el interior del maletero.

Se queda unos segundos absorta. El frasco que perdió está allí mismo, destacando en el oscuro hueco.

Emocionada por encontrar tan pronto el jarabe que su marido le ha pedido en sueños empieza a besar el frasco.

“¡Lo tengo, Thomas!  ¡Lo tengo! Ahora dime dónde estás”

De repente le llega un ruido desde algún lugar próximo. Le parece  un sonido alegre y acompasado y Nerine piensa que alguien lo está emitiendo como llamada de auxilio. Cuando comienza a caminar en busca del origen de aquella extraña música, ya no le cabe ninguna duda: Thomas la está llamando.
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Ángeles vuelve con el grupo, abatida por la frustración. Todos la miran pero aunque intenta explicarles lo ocurrido no consigue articular palabra.
Roquito, aferrado a su inseparable barra de acero, comprende que no es buen momento para hacerle hablar y se dirige a Juan Miguel.
- ¿Qué ha pasado?
- Pues que sigue con su idea de encerrar a todo lo que hay por ahí afuera. Lo tenía preparado.
- Está sonando fuerte – dice Fran – Desde luego se van a acercar todos.
- No ha querido esperar – se lamenta Juan Miguel
- Pero a qué había que esperar – pregunta  Roquito – Si tan fácil lo ve, por qué no intentarlo.
- Sí, la idea parece buena, pero no ha contado con nadie para que nos coordinemos. Podría no salir como espera.

Montse se levanta y se dirige a la cocina con la intención de preparar alguna infusión para Ángeles y al pasar por su lado la anima a seguirla con un gesto. Anasister también las acompaña.

- Imagino que no ha querido... - empieza a decir Anasister
- No, - dice Ángeles – ya imaginaba yo que se negaría a tomárselos, pero con un poco de suerte... creo que podré convencerlo.
- De todas formas...
- Ya lo sé, - se anticipa Ángeles - sé que no es lo que buscabais. Pero quizás tengan también algún componente que pueda servir. No hay que perder la esperanza.
- Eso está muy bien dicho– dice Montse.

Ángeles está disimulando lo muy nerviosa que le pone el sonido de los cencerros. No por el hecho de que pronto toda la aldea estará llena de muertos hambrientos sino porque percibe en cada tirón de Holden a la cuerda esa especie de locura que le está invadiendo.
 - Ay -exclama Montse-, no sabéis cuánto me gustaría poder salir a recolectar ciertas plantas. En la Naturaleza hay remedio para mil cosas. Pero ahora solo quería prepararte una tila, Ángeles, y no sé si tienes.
- Gracias –dice Ángeles dirigiéndose a una pequeña alacena–, por suerte eso es algo que no me falta.

En el salón, Roquito y Juan Miguel están de pie junto a la ventana, esperando ver aparecer a los muertos. Fran y Carlos están sentados frente al fuego de la chimenea.

- Tienes mala cara, Carlos  - le dice Montse al verle.
 - Tengo escalofríos desde hace un rato.
- ¡Mira! ¡Por allí! – oyen decir a Roquito
Juan Miguel aparta el visillo y acerca la cara al cristal.
- Vaya, viene a buen paso.
- ¡No me lo puedo creer! - exclama Roquito – ¡Fran, adivina a quién estoy viendo ahí afuera!
- ¡Es una mujer! - exclama Juan Miguel
Roquito se vuelve para mirar a Fran.
- ¡La australiana viene hacia aquí!

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Los muertos errantes que desde hace días se acumulan en la orilla del rio, atraídos por el rumor del agua, reaccionan ahora al reclamo que inunda el valle.
Las cabezas se vuelven hacia el cielo, las bocas se abren y de las negras gargantas surgen gruñidos de animales hambrientos.
 La resonancia crece a medida que avanzan, y con ella el macabro lamento de toda aquella marabunta, caminando excitada hacia la aldea.

Desde su posición, Holden los ve llegar como oscuras sombras destacando en el verdor de los prados.
Se acercan por las huertas, por el camino,  por los corrales, algunos llegan bordeando los muros, otros caen al tropezar con viejas alambradas y vuelven a levantarse.
Holden  piensa que está viendo al ejército de la muerte.

“Acercaos – murmura apretando los dientes – acercaos, malditos cabrones”

De repente un movimiento mucho más cercano llama su atención. Un cuerpo se mueve en dirección a la casa por la calle. Holden fija la mirada y deja de dar tirones a la cuerda.

“Pero... qué coño...”

Se asoma inmediatamente por la ventana.

- ¡Qué hace ahí! ¡Está loca o qué!

Nerine se queda quieta. Los gritos primero y la inmediata aparición de cuerpos por su derecha la han dejado paralizada. Un hombre con la cabeza torcida se dirige hacia ella arrastrando los pies. Unos metros más abajo, otro hombre con una chaqueta cubierta de polvo aparece por detrás de un árbol  y se queda mirándola.

En el interior de la casa, Roquito reacciona ante la situación.

- ¡Joder, la van a coger! – exclama. Y se apresura hacia la puerta.
- ¡No! - grita Anasister – ¡No se te ocurra salir!
- ¡Que la van a coger, Anasister!
- ¡Por favor, Roquito! ¡Que es muy peligroso!
- ¡Pero tendremos que abrirle la puerta al menos! ¡Que vea que puede entrar!
Fran se abalanza hacia las escaleras

- Holden, ¿has visto a esa mujer? –le dice al entrar en la habitación
- ¡Pero qué coño hace esa imbécil! - dice sin dejar de mirar por la ventana -  ¡No se mueve!
Fran se acerca  y ambos ven cómo Nerine  se pone  la Biblia sobre  el pecho.
En esos momentos entran en la calle tres nuevos infectados que también se dirigen hacia ella.
- Nada, – murmura Holden – ¡la tía es idiota!
 Vuelve a sacar el cuerpo por la ventana.
- ¡Señora, escóndase de una puta vez!

Por fin Nerine reacciona y comienza a caminar pegada a la pared de la casa más próxima. Ya hay media docena de muertos acercándose a ella. Fran y Holden ven cómo Nerine ha puesto la Biblia sobre su cara como si se tratara de una coraza y con la espalda pegada a la pared, sigue avanzando.

- ¡Diles que le abran la puerta! – ordena Holden a Fran.

En ese instante uno de los zombis se precipita hacia Nerine y ella grita y echa a correr. Roquito abre la puerta. En la calle ya hay un gran número de zombis rugiendo como un enjambre.

- ¡Aquí, entre aquí!

Roquito  aprieta su barra de acero, atento a que ninguno se acerque a la puerta,
Holden observa cómo la mujer da manotazos al aire, gritando y blandiendo el libro que lleva en la mano
Cuando Nerine pasa por delante de la casa vacía y la ve abierta se apresura a entrar y cierra la puerta.
"¡¡Hija de puta!!" - murmura Holden apretando los puños.

- ¡Está a salvo! - exclama  Roquito cerrando también.

Holden baja por las escaleras como un caballo desbocado. Coge el atizador de hierro de la chimenea y apartando a Roquito sale de la casa.

- ¡Eh, a dónde vas! - exclama Roquito 
- ¡HOLDEN! - grita Ángeles al verle salir.
- ¡Es un suicidio! –  dice Juan Miguel.

Fuera de sí, Holden se encamina a  la casa en la que se ha refugiado Nerine. Un par de muertos arañan la puerta por la que la han visto desaparecer. Holden les revienta el cráneo con el atizador y caen a sus pies.

Roquito se debate entre cerrar o salir a por Holden. Entonces lo ve abrir la puerta de la otra casa de una patada.

Dos nuevos zombis están pegados a la espalda de Holden, pero él no parece ser consciente de la  realidad. Nerine, que ni siquiera había pasado el cerrojo y se apoyaba tras la puerta, está en el suelo. Holden la aferra de un brazo y la levanta violentamente.

- ¡Todo mi plan a la mierda por su culpa! - le grita

Cuando se vuelve para sacarla de allí  encuentra la salida obstruida por los infectados, que extienden los brazos hacia ellos. Holden vuelve a descargar con furia el atizador. Sale al exterior con el rostro encendido como una brasa. Nerine, en cambio, está pálida y aturdida.

Roquito ha salido a pelear. Hay zombies próximos a la puerta y es consciente de que si la cierra condena a Holden y Nerine. Escucha gritar a Anasister y Ángeles, pero concentra toda su energía en despejar la entrada.

Juan Miguel sale también con su arma y se dirige hacia Nerine.
En el interior de la casa, sólo Montse observa con la mente despejada todo lo que ocurre a su alrededor. Está de pie, junto al fuego, abrazando a Carlos que, cansado de tanto horror, llora recordando a Ana Bohemia. Ve que Anasister también abraza a Fran, a quien ha estado rogando que no salga. Se compadece de Ángeles, que aguarda con desesperación a que entren todos. Imagina cuánto está sufriendo por Holden. Observa cómo sus manos no cesan de temblar aun sujetándolas contra el pecho.

Por fin ve aparecer a Juan Miguel en el marco de la puerta. Tiene salpicaduras de sangre en la cara. Hace entrar rápidamente a Nerine, que mira a todos lados, desconcertada. Después entra Holden. Hay manchas oscuras en su camisa militar. El último en entrar y cerrar la puerta es Roquito, que respira con agitación y tiene la cara brillante.

Ve algo horrible en la mirada de Holden. No le parece un ser humano sino más bien una bestia a punto de atacar.

- Y ahora – dice Holden -  dejadme terminar de una puta vez lo que había empezado.

Sube las escaleras y todos escuchan de nuevo el sonido de los cencerros en fuertes embestidas.

Juan Miguel mira a Ángeles con desolación. Se siente agotado y triste, y no sabe si va a ser capaz de decirle que ha visto cómo uno de aquellos malditos mordía con fuerza a Holden en un hombro hasta hacerle sangrar.

29 nov. 2016

NUEVA PRUEBA DE SUPERVIVENCIA

Creo que puedo decir que hemos rebasado el ecuador de The Zombie Experience.

Digo “creo” porque en realidad no estoy seguro. Ya os dije una vez que esta historia no ha tenido nunca una dirección clara ni una ruta preestablecida, y que, de forma incomprensible tal vez, va caminando sola y no sabe muy bien hacia dónde.
Lo que más me gusta es esto precisamente, que en su improvisación es capaz de sorprendernos en cualquier momento, incluso a mí.

Yo, como vosotros, me sigo preguntando qué va a pasar con Holden, si esa pequeña herida de la pierna acabará con él o no. ¿Y cómo sobrellevará Ángeles la transformación de su carácter?
Tengo ganas de saber qué sucederá con Maria José, si sus premoniciones y sueños la conducirán a algo en concreto.
¿Y Nerine? ¿Será capaz de superar la ausencia de Thomas e integrarse en el grupo?
¿Y qué pasará con el resto? ¿Tendrá Juan Miguel la oportunidad de convertirse en el lider de todos?
¿Quién será el próximo en abandonar la historia? ¿Roquito? No, espero que no, que intuyo que necesita vengar a A.B.
¿Carlos, Montse? ¡Imposible! ¡Ahora se necesitan más que nunca!
¿Nacho? No, no, sería una tragedia dejar sola a María José otra vez.
¿Fran , Anasister? Ojalá los hermanos logren llegar hasta el final sin más percances, pero... ¿será así?

Suena extraño pero es totalmente cierto que, a dia de hoy, aún no lo sé.

Y es que solo dos cosas tenía muy claras desde el principio: que los protagonistas serían familiares y amigos (¡en menudo berenjenal os metísteis!) y que no todos llegarían al final, pero en ningún caso tendría yo nada que ver en sus desapariciones.

Este es uno de esos momentos en que la supervivencia vuelve a estar en vuestras manos porque ha llegado una nueva prueba.

La cosa no puede ser más sencilla.
Meteos por un instante dentro de vuestros personajes, en ese otro mundo en el que apenas quedan seres vivos y los muertos se vuelven a levantar en continua amenaza. Pensad en vuestra vida antes de esa hecatombe mundial, cuando no érais capaces de imaginar que todo iba a cambiar de manera fulminante.

Y ahora decidme... además de a familiares y amigos, ¿qué echais de menos de aquella vida anterior? Decidme algo en concreto en los comentarios del blog. No es necesario que os extendáis mucho, pero si lo hacéis, estaré encantado.

Doy de plazo hasta última hora del domingo 4 de diciembre. El último en dejar su respuesta, sintiéndolo mucho, no sobrevivirá. 
En el caso de que pasado el plazo haya más de uno que no ha respondido, se sortearía la baja.
Podeis participar todos, pero la prueba está enfocada para aquellos que seguís vivos.

Nada más por hoy. Un saludo y mucha suerte a todos.

(Gif creado por A.B.)
ACTUALIZACIÓN (5/12/16):

Superado el plazo para dejar comentarios, veo que sois tres los que no habéis llegado a tiempo: Carlos, Fran y Juan Miguel.

Imagino que con el ajetreo de la vida real os habéis olvidado del peligro de vuestra otra vida 2.0, que no puede quedar olvidada, (más que nada por las desgracias que eso puede conllevar)
Qué va a ocurrir ahora, os preguntaréis. Pues que he de dejar vuestro destino en manos del azar. Recurro otra vez al sorteo de la ONCE y, colocando vuestros nombres en orden alfabético,  expongo lo siguiente:

Que en el sorteo de la ONCE del próximo VIERNES 9...

si el número premiado acaba en 1, 2 ó 3, el desafortunado será Carlos.
Si  el número premiado acaba en 4, 5 ó 6, el desventurado será Fran.
Si el número premiado acaba en 7, 8 ó 9,  nos quedaríamos sin el lider Juan Miguel.
En el supuesto de que el número acabara en 0, los tres habrían de escribir cualquier comentario en esta entrada del blog, siendo el último en hacerlo el que dijera adiós a la historia.

¡Mucha suerte a los tres!
Un saludo a todos 

15 nov. 2016

17. OSCUROS PRESAGIOS



Echada en la cama, Nerine se desperezó. Se encontraba bien en aquel lugar. Le recordaba a un escondite que tuvo siendo niña, cuando con su hermana construyó una cabaña a los pies de un frondoso árbol. Aquella cabaña en penumbra, camuflada entre la vegetación, siempre les dio seguridad y se convirtió en su espacio privado, ajeno y vedado por completo al mundo de los mayores.

Revivía en su mente aquellas imágenes del pasado cuando se dio cuenta de que Thomas ya se había levantado y no estaba allí. 
“Siempre tan madrugador”, pensó mientras se incorporaba.
Trató de recordar el momento en que lo sintió tumbarse a su lado, para terminar deduciendo que su sueño debió de ser demasiado profundo como para notarlo.
Al levantarse tuvo sin embargo la extraña sensación de que Thomas no había dormido allí, junto a ella.
Se puso los zapatos y subió los escalones.
La tienda estaba vacía.
Desplazó a un lado el cierre metálico y salió al exterior.
Era más tarde de lo que había supuesto pues el sol brillaba con fuerza muy por encima del horizonte.
Avanzó hacia los surtidores mirando en todas direcciones. Fue más allá del gran espacio de sombra que proporcionaba el techado de la gasolinera, esperando encontrar a su marido en algún punto de la carretera.
Al llegar al asfalto, la brisa levantó un pequeño remolino de polvo en el arcén y Nerine sintió un escalofrío.

“Ha salido con el coche”, se dijo. “No puede estarse quieto y está investigando los alrededores. No tengo por qué preocuparme”
Volvió sobre sus pasos. Sus zapatos hacían crujir las pequeñas piedras del camino, dándole la impresión de que  junto a ella caminaba alguien más.
Se detuvo para volver a mirar a su alrededor. Estaba completamente sola.
En cierta medida, la idea de volver a su escondite la reconfortó.

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- Sácame de aquí
Nacho vio en los ojos de María José una súplica desesperada.  Pudo percibir  en el leve temblor de sus pupilas  la necesidad de huir lejos de aquel lugar en el que había sido el hogar de su familia. Comprendió que en ese instante ella estaba depositando en él toda su esperanza de escapar de aquella amargura y no pudo evitar sentir miedo. Miedo al futuro, al peligro, a lo desconocido... Miedo a no conseguir una vida mejor para los dos pero, sobre todo y por encima de la suya propia, una vida mejor para ella. 
Para Nacho la razón de su supervivencia había cobrado de repente un sentido: conseguir que  aquella mujer recuperara la paz que necesitaba.

- Sí, vamos a irnos, – le dijo apretando aún más sus manos- ¡Confía en mí!
El tétrico murmullo de los zombis les llegaba con claridad desde la calle.
- Lo primero es conseguir que se aparten de la puerta.
María José no pronunció palabra pero su mirada estaba llena de interrogantes.
- A ver, si conseguimos algo con que... Oye, ¿hay azotea? - preguntó Nacho alzando la mirada por el hueco de la escalera.
- Si – contestó María José.
- Ven conmigo.
El perro, adivinando la intención de sus movimientos, fue el primero en apresurarse a subir las escaleras.

La puerta que daba acceso a la azotea estaba entornada y Nacho tomó precauciones antes de salir  al exterior.
Una vez afuera, miró a su alrededor y encontró unas macetas alineadas junto a un tabique.  .
- Bien, es justo lo que necesitamos – dijo mientras sopesaba una – No son muy grandes pero harán bastante ruido.
El perro olisqueaba nervioso la tierra, e incluso mordisqueó algún tallo seco.
- Escucha, María José, voy a lanzar estas macetas a la calle, a ver si el ruido los hace alejarse de la entrada. Pero primero baja tú y quédate lo más cerca posible de la puerta sin que te vean. El furgón está abierto, pero no salgas hasta que compruebes que se han alejado lo suficiente.
- ¿Y tú?
- Yo bajaré con él – dijo mirando un instante al animal, que seguía olisqueando cada rincón de la azotea.
- Bien – dijo María José después de vacilar unos segundos – Os espero en el coche.

La primera maceta cayó  en el centro de la calzada. Nacho la lanzó  lo más lejos que pudo y reventó con más ruido del que había imaginado. Tras el estallido se levantó una nube de polvo.
Desde allí, Nacho no podía ver la reacción de aquella masa de infectados, pero le pareció que el rumor de sus voces había desaparecido.
En seguida lanzó otra maceta y otra inmediatamente después. Tras la doble detonación, el pequeño chucho comenzó a ladrar.
A Nacho le impresionó el sonido de los ladridos, rebotando en el silencio de la ciudad, como si hubiera otros perros contestando a aquellas llamadas.
Volvió a  asomarse por el antepecho. Los apestados se encaminaban hacia donde habían caído las macetas y Nacho apretó los puños al verlos. Era el momento de escapar de allí.
Dio un corto silbido para llamar al perro, y se dirigió hacia las escaleras. Llegó a la entrada en el mismo instante en que María José cerraba la puerta del furgón.
Los ladridos se volvieron a escuchar en el exterior y Nacho se detuvo en seco, asombrado de que el perro hubiera salido sin que él lo viera.
Se aproximó a la puerta y desde allí hizo una señal a María José para que esperara un momento. 
Había dado por hecho que el perro lo seguiría, pero los ladridos venían desde arriba: el perro seguía en la azotea
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Después de un ligero desayuno, Nerine decidió mantenerse ocupada. No encontró la más mínima evidencia de que Thomas hubiera pasado la noche allí, pero se esforzó en apartar los oscuros presagios que la rondaban y no dejó de hacer deducciones optimistas de todo aquel misterio. 
Sin embargo, conforme avanzaba el tiempo, su buena voluntad iba perdiendo fuerza.

“¡Verás cuando te vea aparecer!”, murmuraba mientras apilaba las latas de conserva. “No puedes salir para tanto tiempo... ¡y menos sin decirme a dónde vas!
Sacó unas velas de una caja y las colocó en varios puntos de la estancia.
“Sí,  te diste cuenta de que no tengo miedo, o no tanto como tú, ¡pero eso no quiere decir que no me preocupe!
Incapaz de seguir esperando volvió a salir al exterior. La belleza de un luminoso cielo sin nubes hizo tambalear su entereza.
“Oh, Thomas - exclamó a punto de sollozar-  ¿dónde te has metido?”,
De repente cayó en la cuenta de que no había mirado en la parte posterior de la gasolinera y con paso decidido se encaminó hacia allí.

Un amplio descampado comenzaba a espaldas del edificio, donde una maraña de  altas hierbas lo ocupaba todo. 
Nerine se echó las manos a la boca al descubrir el coche, camuflado entre las altas espigas.  Por unos instantes quedó paralizada y sus pensamientos se dispararon en todas direcciones.
“¡No se ha llevado el coche! ... ¿Cómo entonces...? ¿Se ha marchado caminando?... ¿O es que se ha dormido dentro? Pero no es posible que siga durmiendo... ¡¡No puede estar ahí!! Oh, my God, -murmuraba cuando comenzó a caminar lentamente hacia el vehículo-  ¡Oh, no! ¡Dime que Thomas no está  ahí!
Nerine acercó la cara al cristal y la mantuvo allí mientras experimentaba el alivio de encontrarlo vacío. Poco a poco, ese alivio se fue tornando en desconcierto y del desconcierto pasó a la rabia. De repente sintió la necesidad de gritar y de patear el coche.
- ¡Maldita sea, Thomas! - gritaba furiosa- ¡Vuelve de una vez!
Y presa de un ataque de frustración daba puñetazos en los cristales.
Cuando se sosegó le pareció oír un chasquido, como el crujir de alguna rama  seca. Surgiendo de entre la alta vegetación apareció ante sus ojos uno de aquellos monstruos que deambulaban por todas partes. Se dirigió hacia ella con los brazos extendidos y Nerine observó que tenía una maraña de tallos espinosos prendidos en su ropa y  pelo.
No se alteró lo más mínimo al verlo, tan solo abrió la puerta del coche y se metió dentro. Las llaves estaban puestas y lo arrancó.
El coche empezó  a avanzar y Nerine miró fugazmente por el retrovisor para ver cómo el caminante se iba quedando atrás.
Respiró hondo y giró el volante hacia la carretera

- Voy a encontrarte, my dear – dijo secándose las lágrimas.
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Nacho subió las escaleras a toda prisa. El perro, excitado al escuchar el eco de sus propios ladridos, había alzado las patas delanteras sobre el parapeto y respondía con brío.

- Pero mira que eres tonto – le dijo Nacho mientras lo cogía en brazos – Vámonos de aquí.

Un vistazo a la calle antes de marcharse lo dejó helado. Los muertos se acercaban de nuevo al furgón en el que María José aguardaba, pero otros  habían surgido desde las calles adyacentes, en ambos sentidos.  Sin detenerse a pensar si sería más rápido que todos ellos, Nacho se abalanzó hacia las escaleras. Cuando estaba a punto de salir al exterior, el perro,  asustado sin duda por el peligro inminente, se agitó en sus brazos hasta saltar al suelo. María José, consciente de que cada segundo contaba, ya había arrancado el motor y se apresuró a abrir la puerta del conductor por la que el animal se introdujo de un brinco. Nacho vio cómo uno de los zombis se precipitaba tras el perro y corrió a cerrar la puerta.

- ¡Por aquí! - gritó María José abriendo la  de su lado.
De un fuerte tirón, Nacho se pudo desasir de una mano azulada que le aferró la camisa. Bordeó el coche consciente de lo mucho que se había arriesgado al salir a la calle a toda costa y se le secó la boca al comprender que otro muerto iba a alcanzar  aquella puerta al mismo tiempo que él.
No se permitió dudar ni un segundo. Su único pensamiento era entrar al coche y cerrar la puerta con fuerza. Más tarde comprendería que fue el miedo lo que lo salvó en aquel instante. Nacho embistió al muerto con su propio cuerpo, y al meterse en el coche  cerró con tal ímpetu que la puerta reventó aquella repugnante cabeza.
María José apretó el acelerador en el instante en que la mayor parte de aquellos podridos cercaban por completo el vehículo.
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Nerine condujo despacio a lo largo de aquella larga y solitaria carretera. Había tal quietud en el paisaje que hasta el repentino aleteo de cualquier avecilla captaba inmediatamente su atención.
Su deseo de encontrar a Thomas era tan intenso que parecía verlo caminar a la vuelta de cada curva.

- Oh, my darling,- susurraba con dulce voz- tú que eres tan previsor... ¡y  te has perdido! Seguro que te alejaste más de la cuenta y ahora andas desorientado. Pobre Thomas, estarás hambriento... y cansado.

Pasó junto a un campo de cerezos en flor y al contemplarlo sintió una  mansa tristeza que inundaba poco a poco todo su cuerpo.
- Mira qué bonito todo esto, Thomas

Un par de kilómetros más adelante giró para seguir el mismo recorrido en sentido contrario.
En la distancia, a su izquierda, un conjunto de tejados de color terracota contrastaba con el verdor de una frondosa higuera. La posibilidad de que aquel podía ser el lugar al que se había encaminado su marido la animó, y al girar por el único camino que debía de conducir allí, ya estaba convencida de que iba a encontrarle.
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Nacho se lavaba en el agua turbia de una alberca. Frotaba con fuerza toda la sangre oscura y maloliente que le había saltado a la cara y las manos.
Habían detenido el coche en una zona de chalets a las afueras de la ciudad, un lugar muy tranquilo a primera vista.
Esperándole en el coche, María José acariciaba al perro, complacida en la actitud del animal, que no dejaba de mirarla atentamente con sus ojillos brillantes.
Nacho volvió al coche y se inclinó para mirarles.
- Aún no me has dicho cómo se llama – dijo María José
- ¿Te creerás que no le he puesto nombre? Lo encontré hace unos días.
- ¿En serio?  Yo pensaba que llevabais juntos todo este tiempo.
- No,  estaba por la circunvalación del norte, en un desguace. Es increíble que haya podido sobrevivir.
- ¡Vaya, pobrecillo! - María José le acarició la cabeza- ¡No me quiero ni imaginar el miedo que pasarías tú solito por ahí!

Nacho se dirigió a la parte trasera del furgón y tras rebuscar en su interior volvió con las pocas reservas de comida que aún tenia y las repartió entre los tres.
- ¿Qué vamos a hacer, Nacho?  - empezó a decir María José – Yo... no llevo más que lo puesto. Toda la ropa que tenía...
Nacho se puso un dedo sobre los labios.
- No pienses ahora en nada de eso. Ahora toca comer y eso es lo que vamos a hacer. Todo lo que vayamos necesitando lo iremos tomando de aquí y de allá. En su momento.
- ¿Dónde vamos a pasar la noche?
- No me estás haciendo caso: ahora toca comer. Después pensaremos en todo eso.
María José quedó unos segundos en silencio mirando la manzana y las tortas de maíz que tenía en las manos.
- Supongo que tendré que acostumbrarme a que ahora sobra tiempo para todo.

Comieron en silencio. Nacho miraba las tenues sombras de las nubes desplazándose sobre las montañas. María José observaba el ligero temblor de las orejas del perro que,  apoyada la cabeza en su regazo, había cerrado los ojos. Conmovida por el animal, pensando en lo deseoso que parecía de dar y recibir cariño, le acarició la cabeza y murmuró: “Solito”

Hasta bien avanzada la tarde, estuvieron inspeccionando varias de las casas de aquella zona rural. Accedieron a ellas sin la menor dificultad pues la mayoría estaban abiertas y vacías. Tan solo en una escucharon por el piso superior el ruido de pasos que se arrastraban  y prefirieron no acceder. Tampoco entraron en otra en la que un penetrante olor los  asaltó nada más abrir la puerta.

Nacho caminaba siempre delante, portando  la tubería que había convertido en arma días atrás.  Permanecía atento a cualquier posible reacción del perro, que caminaba despreocupado olisqueando el suelo.
Encontraron dos maletas encima de un armario, y María José fue guardando en una de ellas algunas prendas de su medida, así como artículos de aseo personal y varios medicamentos. Utilizaron la otra maleta para llevarse todo lo aprovechable de las despensas de aquellas casas
El silencio en todas ellas era tan denso que hasta el ruido de sus propios pasos les parecían sonidos perturbadores, y en más de una ocasión se quedaron muy quietos creyendo haber escuchado pasos ajenos.
Nacho observaba que todo estaba en aparente orden y eso le hizo pensar que no habría supervivientes por los alrededores. De haber sido así ya habrían saquedado aquellas viviendas.
Cuando empezó a oscurecer, Nacho propuso pasar la noche en alguna de aquellas habitaciones.
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Nerine conducía de regreso a la gasolinera. De repente la había invadido un sentimiento de culpa por haberse ausentado del lugar al que su marido regresaría.
Había estado admirando las sólidas casas de aquella aldea, sus árboles y la fértil vaguada que llegaba hasta un río, y en todo ese tiempo su único pensamiento había sido el de poder compartir aquella belleza con Thomas. El hecho de que no lo encontrara allí, de pronto perdió importancia, pues lo fundamental era que había dado con el lugar en el que serían felices, el entorno perfecto que Thomas había propuesto para vivir.
Y al sentir la necesidad de contarle a Thomas lo que había visto, le pareció que hacía mucho tiempo que había salido en su busca. Pensó que él ya habría vuelto, y su angustia fue aumentando conforme aceleraba el coche por el camino que subía a la carretera.

Unos minutos después descendía del vehículo para llamar a Thomas con ansiedad. 
Sí, estaba convencida, de que ya había vuelto y lo iba a encontrar en aquel escondite que había limpiado y engalanado con tanto mimo para los dos. Casi adivinaba la forma en que se estaba moviendo por la estancia, con aquel cuerpo alto y algo encorvado, y que cuando la oyera se volvería para gruñir como era habitual en él.
- ¡Thomas! - gritó – ¡Ya estoy aquí!

Pero no había nadie alli.  

Nerine miró toda la estancia desconcertada, intentando que su cabeza encontrara otra vez una razón convincente por la que Thomas no estuviera allí.
- No, no me hagas esto – empezó a murmurar – No me hagas esto, no me hagas esto, ¡NO ME HAGAS ESTO!

Nerine gritaba y daba manotazos tirando al suelo todas aquellas ordenadas pilas de conservas
- ¿Cómo eres capaz de dejarme sola? - gritaba - ¡No me lo merezco! ¡Canalla! ¿Dónde, Thomas, dónde? ¿DONDE ESTÁS?
Continuó lanzando al suelo los cojines, las velas y al ver la Biblia la cogió e hizo un amago de lanzarla con furia contra la pared, pero finalmente se contuvo. Se sentó en el jergón y mirando su colorida colcha  se echó a llorar.
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Un chillido sonó en algún lugar  no lejos de allí y María José dio un respingo.
- Tranquila,  solo ha sido un cuervo – dijo Nacho inspeccionando el cielo a través de la amplia luna del furgón-  No te imaginas cuántos se ven ahora.

Casi había anochecido. Hablaron de la posibilidad de pasar la noche en alguna de aquellas habitaciones pero finalmente determinaron que lo más práctico y seguro era dormir en la parte trasera del furgón, eso les permitíría huir rapidamente de allí si surgían problemas.

Nacho estaba cambiando las pilas a una linterna.
- Pobre mujer - susurró María José
Él la miró  sin estar seguro de lo que había oído.
Nacho,  dime una cosa, ¿cómo es que hemos sobrevivido?
- Bueno…  no somos los únicos. Ten por seguro que hay mucha gente que habrá  superado todo esto. Algunos organismos…
- Yo creo que estuve a punto de morir, ¿sabes? - le interrumpió – Tuve mucha fiebre… deliraba... no sé cuánto tiempo estuve así. Y creo que me salvé al tomarme uno de aquellos frascos que me diste.
Nacho la miró extrañado.
- No, no es que lo crea, estoy segura de que eso me salvó.
- Pero ese jarabe solo tiene propiedades contra la infección de las mordeduras.
- Supongo que es como dices pero… En serio, Nacho, creo que me salvó. Pero al mismo tiempo... me ha transformado.
- ¿Cómo que te ha transformado?
- Te va a resultar muy extraño, pero hace un momento he visto a una mujer que conozco.
- ¿Que has visto a...? Explícame eso.
- Ha sido un instante, justo al oír ese graznido. La he visto gritar porque no encuentra a su marido. Está desesperada.
Nacho se quedó callado.
- Sí, ya sé que te sonará a cosa de locos. Yo tampoco logro explicármelo, pero no es la primera vez que me pasa.
- ¿Quieres decir… que ahora ves cosas?
- Nacho, ¡yo sabía que vendrías a por mí! ¡Te veía!  Vi el momento en que me encontrabas y nos abrazábamos. Pero te había visto antes… Dentro del coche, aparcado junto a un parque en el que había muchos cuervos.
Él se quedó mudo.
- Te ocurrió eso, ¿verdad?
Nacho quiso decir algo pero ella prosiguió.
- Dime, ¿lanzaste algún frasco de jarabe al cielo? ¿Y se rompió al caer? ¡Vi algo así!
María José vio cómo a Nacho se le abría la boca por el asombro ante lo que oía y sintió  alivio al poder contar aquello que  la maravillaba y asustaba al mismo tiempo.

Continuó dándole detalles y con cada episodio de las  visiones que María José le relataba, Nacho comprendía que todo aquello, todo lo que estaban viviendo, era aún más extraordinario e incomprensible de lo que había pensado hasta entonces. Y aunque  esos sueños y visiones de María José habían ayudado a que ellos se encontraran, no estaba seguro de si eran una bendición o todo lo contrario.